domingo, 12 de noviembre de 2023

Lejos de la tierra quemada

Película vista en Movistar+ que pasaba por ahí.

Lejos de la tierra quemada nos explica la historia de tres mujeres que no tienen una vida fácil en una ciudad pequeña cerca de la frontera EEUU-México. Primero tenemos a Sylvia, que regenta un restaurante y es, aparentemente feliz, pero su pasado tiene secretos que no es capaz de gestionar. Luego tenemos a Mariana, una adolescente que vive tranquila hasta que su padre muere en circunstancias extrañas. Finalmente, está Gina, una mujer madura que descubre en un amor prohibido la manera de salir de la asfixiante rutina en la que vive, lo que desembocará en una cadena de acontecimientos de funestas consecuencias.

Este juego a tres bandas va cambiando de lugar siguiendo un patrón que percibimos pero no comprendemos. Realiza un seco de la vida de las tres féminas, mostrando los traumas que arrastran unas y otras, dejando claro que la vida es dura y, bueno, hay que vivir con ello. Desde un primer momento se percibe que hay algo que une a las tres historias, aunque se hace difícil comprender el qué, más allá de la importancia de la culpa y el perdón (especialmente hacia uno mismo), y de su influencia en nuestras decisiones. Se hace especial hincapié en que no hay decisiones buenas o malas, solamente acciones y consecuencias, siendo tarea nuestra vivir con ello.

Lejos de la tierra quemada busca el artificio en una cabriola innecesaria, al estructurar la trama – que en el fondo es la arqueología completa de una relación romántica – con una complejidad gratuita que sólo parece querer complicarse la vida por motivos onanistas. En cierto modo, me recordó a Biutiful, con la que comparte conceptos y estructuras. Una vez comprobé el director, pude entender el origen de esta sensación. No en vano, Guillermo Arriaga es el antiguo guionista de González Iñárritu y tiene en su haber la firma en obras como Babel o 21 gramos. Ataca aquí su primera obra como director independiente y siente la necesidad de lucirse y demostrar lo bueno que es. Es su estilo enmarañar las tramas, provocar entrelazamientos imposibles entre seres que van y vienen, siempre en ambientes agrestes, poco amables para vivir. Se nota quizás la falta de Iñárritu tras las cámaras, que transforma este bosque en una experiencia, pues en Lejos de la Tierra Quemada se combina una puesta en escena no excesivamente lustrosa con una falta de ritmo más que notoria. Cuesta y es necesario cierto esfuerzo para no perder el interés de lo que se te está contando, con el amargo regusto de que el director quiere ser más profundo de lo que sabe.

Por suerte para él (y para nosotros), tiene la suerte de contar con tres actrices (Charlize Theron, Jennifer Lawrence y Kim Basinger) más que capaces, conscientes de un guión trabajado, que permite el lucimiento. Así, las tres protagonistas de este agreste drama se empeñan en sacar adelante sus papeles de mujeres sufridoras. Constituyen, con diferencia, lo mejor de la película, manteniendo a flote un barco que se habría vuelto demasiado indigesto en su ausencia.

Y es que sin ellas, no queda sino la sensación de estar viendo una película que has visto otras veces mejor contada. El drama compartido no destaca por su originalidad, y su fragmentada narración no ayuda a captar el interés ni sabe intrigar para que quieras seguir viendo la película.

Puede ser que no fuera el momento para ver esta película, o que mi mente esperara otra propuesta, pero se me ha hecho bastante cuesta arriba. Las cabriolas argumentales y su desnuda puesta escena no dan pie a captar el interés, a pesar de que las actuaciones muy meritorias de las tres protagonistas ayuden a hacer que este dramonazo sea algo más digerible.

 

Nota: 4

Nota filmaffinity: 6.4 

viernes, 10 de noviembre de 2023

A silent voice

 Hoy apetecía una de anime, que hace tiempo que no se pasaban por aquí.

A silent voice nos presenta la historia de dos seres solitarios. Por un lado, tenemos a Shôko Nishimiya, una estudiante de primaria que es sorda, tímida y algo apocada, que lo único que quiere es tener un día tranquilo sin causar muchos problemas a su familia. Acaba de mudarse y llega a una nueva escuela, deseando encajar con sus nuevos compañeros. Éstos, en cambio, no parecen recibir con buenos ojos a una alumna “especial”, y pronto se dedican a amargarle la existencia de los modos más imaginativos. El cabecilla de estos demonios es Shôda Ishida, un chavalín que disfruta siendo el centro de atención, regodeándose en fastidiar a la “nueva” y “diferente”. Finalmente, la cosa se sale de madre y Shôko debe trasladarse de nuevo. Años después, ya en el instituto, ambos vuelven a encontrarse. Ella sigue siendo la misma chica tímida, pero ha encontrado su hueco en el que ser más o menos feliz. Por otro lado, él ha madurado un poco y busca la redención por sus malas acciones, pero su pasado le persigue, provocando que sea el chivo expiatorio perfecto en una clase en la que nadie le dirige la palabra.

Este planteamiento se dirime en los primeros quince minutos y, luego, lo que veremos es una narración en dos tiempos, saltando de una época a otra. Así, seremos testigos de las tribulaciones de ambos personajes a lo largo de los años y cómo han llegado a ser lo que son. Esta evolución es especialmente patente en Shôya, que comprende la gravedad de sus acciones y vive desesperado por buscar un perdón y una redención que no cree merecer. Por su parte, Shôko tiene muy presente el daño que sufrió y es consciente de que no tiene porqué perdonar, aunque esto no implique que odie a su antiguo torturador o desee que sufra especialmente. Y, como remate a toda la situación, la clara reflexión de que si algunas palabras pudieran haberse dicho en los momentos adecuados –que ninguno de ellos fue capaz de expresar – se habrían ahorrado muchos sufrimientos.

Repetimos otra vez con una obra japonesa que versa en gran parte sobre el problema de la (falta de) comunicación. Os aseguro que no ha sido deliberado, no había mirado de qué iba antes de empezarla. El exquisito uso de la sordera de la protagonista (una cualidad más, no definitoria), haciendo que tanto la música como los ruidos ambientales suelen diferente cuando ella manda en la narración, reforzando la sensación de aislamiento en la que vive. Así podemos comprender todavía mejor su ansia de integrarse y ser una más sin destacar en lo más mínimo. Por otro lado, la incapacidad para expresar sus sentimientos (porque es un machote y los machotes no hacen eso) es lo que provoca que Shôta sea un payaso que necesita continuamente la aprobación de la gente alrededor, con los consiguientes problemas que ello causa para sus víctimas.

El argumento gira en torno al bullying escolar y sus consecuencias, y seguro puede dar lugar a debate sobre la capacidad de redención, la culpa y la incapacidad de escapar del rol que nos ha puesto la sociedad. No hay rastro de maniqueísmos, sino de verosimilitud y sensibilidad. La directora Naoko Yamada adapta hábilmente el manga de la escritora Yoshitoki Ôima del mismo nombre. Me gusta especialmente como el foco principal se fija en el acosador, no tanto para explicar por las causas del acoso, sino por sus consecuencias, no sólo para la víctima, sino para el agresor. La culpa y el autoodio lo acompañan a diario, mostrándose incapaz de mirar a los ojos a sus compañeros, incapaz de hacer amigos y preguntándose continuamente porqué se dedicó a humillar sistemáticamente a Shôyo en el pasado.

Repetimos otra vez en otra obra japonesa sobre el problema de la (falta de) comunicación. Os aseguro que no ha sido deliberado. Utilizando además la sordera de la protagonista (es una cualidad más, no definitoria), encontramos una interesante fábula sobre el bullying escolar, que a buen seguro puede dar lugar a debate sobre la capacidad de redención, la culpa y la incapacidad de escapar del rol que nos ha puesto la sociedad.  No escatima dureza a la hora de representar el ostracismo de los personajes, su fragilidad y sufrimiento ante las reacciones de los demás y las contradicciones inherentes a la hora de encajar en la sociedad. Especialmente en una tan estratificada y restrictiva con la individualidad como la japonesa, en la que los prejuicios y la imagen tienen tanta importancia para el futuro social de una persona. Esto provoca un sinfín de incoherencias y contradicciones en torno a las acciones y las reacciones de unos y otros. El desarrollo de estos reflejos funciona como un reloj durante gran parte del metraje, aunque quizás se hace algo reiterativo cuando nos vamos acercando al obvio (o no) desenlace. Quizás unos minutos menos hubieran aligerado la película (que puede hacerse algo bola a algunos), pero luego la potencia del final compensa el resultado.

A silent voice realiza un estupendo retrato de los personajes, mostrándose como todos son víctimas de la sociedad, unos de sí mismos, otros de acciones ajenas y los últimos de la incomprensión (voluntaria) de los demás. Comprendemos la gran evolución que tienen, siendo partícipes de sus culpas y sus traumas, de sus ansias y sueños, acompañándolos en la espiral de reproches, rechazos y frustraciones de la que no parecen ser capaces de salir.

La seriedad y trascendencia en el retrato de los personajes y el pesado desarrollo de su trama podrían hacer de la película una experiencia indigesta, pero la bellísima animación, llena de viveza y colorido, provoca una extraña disonancia que la convierte en el vehículo perfecto para narrar esta historia. Por un lado, permite suavizar las humillaciones que se muestran, de manera que nos provoquen menos rechazo. Luego, la exageración caricaturesca nos permite comprender mejor las sutilezas que rigen las acciones de cada personaje, aprovechando el lenguaje que permite el género para deformar la realidad a conveniencia, de acuerdo a como la perciben los protagonistas influidos por sus traumas. Desde las cruces que ve Shôya en las caras de los que deberían ser sus amigos al distanciamiento (sonoro y visual) con que Shîyo se relaciona con la sociedad, mostrando como sufre al ver que causa problemas a todos los que tiene a su alrededor. Los gestos y miradas de los personajes cobran especial importancia, pues siempre están sucediendo cosas en el fondo, obligando al espectador a prestar atención a todo lo mostrado en pantalla. No encontramos aquí virtuosismos imposibles ni mundos ficticios que dejan boquiabierto. A silent voice busca la realidad y la muestra con naturalismo. Puede ser bella o desagradable, pero es vívida y verosímil, con una animación fluida que funciona estupendamente.

Los primeros cinco minutos pueden llevar a pensar que tenemos un simple anime de instituto, pero pronto nos damos cuenta de que el cóctel de esta película es un drama con bullying, culpabilidad, amores tóxicos, suicidios, problemas de aceptación y búsquedas desesperadas de redención. Un pequeño bache de ritmo en sus tres cuartos no empaña una película que sabe clavarse en las entrañas, acaba por todo lo alto y da pie a debates interesantes. Merece la pena.

 

Nota: 9

Nota filmaffinity: 7.2

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Drive my car

No hay nada dentro de Drive My Car (¿título quizás inspirado por la canción de Los Beatles?) que progrese por azar. Todo se desarrolla según las leyes de una magnitud constante que permite a Hamaguchi de reflejar, a su manera, una vertiginosa profundidad dentro de la comprensión del alma humana. El cine de Hamaguchi nunca ha sido explícito, funciona por ecos, tomándose su tiempo para situar con habilidad los elementos a los que se hará referencia posteriormente para influir subliminalmente a los personajes. Como el coche del título, Drive my car avanza con su ritmo imperturbable, melancólico y sereno, a lo largo de las suaves curvas de los sentimientos de los protagonistas dónde, entre amores perdidos, confidencias y nuevas creaciones, todo acabará por encontrar su lugar.

De la novela original de Murakami, Hamaguchi guarda lo esencial: Los intercambios entre Kafuku, un veterano director de teatro, y su jovencísima chófer Misaki, a la que se ha confiado la seguridad de sus trayectos en coche. Hamaguchi añade una bella primera parte, relatando la vida de Kafuku con su mujer Oto, guionista por su parte, que extraía su energía creativa a partir de travesuras sexuales, y a quién Kafuku una vez sorprendió con otro hombre sin poder comprender jamás ese gesto. Dos años después de su pérdida, mientras monta la obra Tio Vania de Chéjov para un festival en Hiroshima, y a partir de que Misaki se instala al volante de su coche, que comienza un paciente proceso de reconstrucción dentro del alma de Kafuku.

El vetusto Saab 900 de Kafuku tiene en este título un lugar principal. Ya hemos perdido la cuenta de las películas que utilizan el poder alegórico del automóvil: lugar ideal para la puesta en escena, a la vez habitáculo íntimo y abierto al mundo. Los hay nerviosos, confortables, fatigados… El de Kafuku es de un rojo intenso sin ser llamativo, y navega con habilidad las carreteras casi siempre vacías de las zonas rurales japonesas. Lo especial es que se trata de un coche donde se cuentan infinidad de historias. Cuando antaño viajaba con su esposa, escuchaba las historias que ella inventaba para sus guiones. Una vez solo, inserta los casetes donde tiene grabados diálogos de las obras en las que estaba trabajando y que él re escucha sin cesar para memorizar hasta el más mínimo detalle. Un proceso al que más tarde se verá expuesta Misaki y que provocará en ellos una extraña alquimia.

Verdadero vehículo de historias, el coche muestra entonces la verdadera joya del film: El poder de la palabra. La palabra circula sin cesar entre los seres, a veces por vías inesperadas, ordena las historias de los personajes y, finalmente, lleva a cabo su tarea con los sentimientos. Relaciona la ficción y la realidad, da cuerpo a existencias aisladas y junta aquello que la vida había desperdigado. ¿Podrá Kafuku permitirse ser feliz otra vez? ¿Qué oculta Misaki sobre su pasado? ¿Cómo llegó a ser chófer con apenas veinte años? ¿A qué llevará la extraña complicidad que se va gestando entre ambos?

Es poco corriente de ver a un cineasta proveer de tanta intensidad a las miradas con la confianza que aporta a los diálogos. Para Hamaguchi, filmar el contar tiene más fuerza que filmar lo contado. Pues la voz desvela menos el misterio de lo que no debe saberle.  Como ejemplo tenemos el guión que Oto cuenta a Kafuku tras sus escarceos amorosos: la historia de una escolar que se salta las clases para adentrarse, en su ausencia, en la habitación del chico que le gusta, pero al que no se atreve a declarársele. Kafuku comprende: hay zonas dentro de nosotros que no conocemos y zonas que ya hemos explorado. Cuando el secreto se revela, la historia alcanza una nueva intensidad.

Estos diálogos confusos son utilizados para hablar sobre la culpa y la ausencia, sobre las palabras que se debían haber dicho y las que debían haberse callado, sobre el duelo y el permitirse sufrir por los que ya no están y, sobretodo, por el lado oscuro de las personas que conocemos. Son complementados por todas las acciones en torno a la obra del Tio Vania, de la que seremos testigos de los ensayos y preparaciones, añadiendo, en una suerte de ficción metaliteraria, nuevos puntos de vista que aportan trasfondo adicional al sufrimiento de nuestros personajes. Ello cobra especial importancia cuando el actor escogido para protagonizar la obra es justamente aquel con quien Oto decidió ser infiel.

Este argumento aparentemente vacuo, repleto de información que se transmite a base de miradas y palabras no explicadas, se alarga a lo largo de tres horas que, por alguna razón, no se me han hecho pesadas. Sabiendo que es una propuesta que puede hacerse cuesta arriba con mucha facilidad, que exige un tremendo esfuerzo del espectador para rellenar todos los huecos y que se vertebra principalmente a partir de personas hablando en un coche sobre sus vidas, es evidente que sólo deberíais atreveros con Drive My Car si sois conscientes de lo que vais a ver y si os apetece ver algo así en este momento. Si no, la tortura puede ser morrocotuda.

El mensaje sobre la falta de comunicación y el poder de la palabra se ve reforzado por el uso de cinco idiomas diferentes a lo largo de la película (japonés, chino, coreano, inglés y signos), jugando muy bien en torno a los idiomas que conocen unos y otros personajes y sobre la posibilidad de quedarse perdidos sin traducción en unos y otros momentos. Especialmente destacable es uno de los papeles secundarios de Tio Vania, interpretado por una mujer muda, que interpreta su papel con lengua de signos. Su marido hace las veces de traductor de un mensaje que nosotros hemos leído en subtítulos, provocando que estemos expectantes de la reacción del resto de personajes respecto a una información que conocemos, con resultados impactantes cuando la trascendencia se impone. No obstante, su papel de “ángel” sirve de catalizador para que los demás despierten, permitiendo destacar que sigue habiendo algo bueno que aprovechar en cada vida.

No es, ni mucho menos, la primera obra japonesa que focaliza su atención en los problemas de comunicación, pero sí es una de las que lo refleja con mayor habilidad, dejando patente la de cosas que se habrían resuelto simplemente hablando. El guión destaca por su sutileza en el trazo, mezclando las tribulaciones de los personajes con los entresijos de una obra de teatro, cine dentro de cine bien tratado (que siempre me gusta), imágenes que dicen más de lo que parece y una magnífica construcción de caracteres. Esta tarea de orfebre se complementa con ritmo hipnótico muy bien pensado, llevado a reflejar el concepto de la rutina y los pequeños cambios que hay a cada ciclo que permiten progresar. Como he comentado antes, me sorprende lo bien que pasaron las tres horas de metraje.

Aunque salí con un delicioso regusto del cine, me sorprendió la atención que atrajo en los Oscar, pues fue nominada a Película, director, guión (doble mérito de Hamaguchi) y película extranjera. Además, una vez vistos los nominados, ésta era la que más me gustaba de todas. No es que CODA me parezca una mala película (ni por asomo, ya se pasará por aquí), pero Drive My Car es una propuesta de mejor calado y resultado en casi todos sus aspectos. También acepto que es una propuesta más difícil y no serán pocos los espectadores que salgan volando a la que se suban en el coche – y tampoco pasa nada por ello –, pero me hubiera gustado que se llevara algo más que el Oscar a película extranjera. No todos los años tenemos Parásitos (jé).

Drive my car es una película hermosa. En sus reflexiones, en sus paisajes y su puesta en escena. Es una película triste, en sus personajes y en sus historias. Es una película melancólica, que insinúa más que explicita. Y es, sobretodo, una película optimista, que brinda a aprovechar la vida porque merece ser vivida, que abraza la tristeza y la soledad como un aspecto más de nuestro día a día con el que hemos de convivir. Todo ello con una cadencia hipnótica de viajes en coche, ensayos de obras de teatro y diálogos certeros fielmente reflejados. ¿Qué puede aburrir a muchos? También. Pero a mí no. Echad un ojo, y si es lo vuestro, disfrutad.

 

 

Nota: 9

Nota filmaffinity: 6.9 

domingo, 5 de noviembre de 2023

El oro de Cuzco (Antoine B. Daniel)

Hace apenas unos meses que reseñé el primer libro de los Incas y ya tenemos su segunda parte por aquí. Ya es raro que me ocurra esto con las sagas. ¿Tardaremos mucho en ver su tercera parte?

Título: El Oro de Cuzco

Autor: Antoine B. Daniel

Título original: L’or de Cuzco

Traducción: Manuel Serrat Crespo

“La supervivencia de los hijos del Sol está cada vez más amenazada. Pero no son las armas de los conquistadores lo que está marcando el fin del Imperio inca, sino el oro. ¿Conseguirá Anamaya salvar su relación con Gabriel, el joven conquistador, en medio de esta profunda espiral de odio y violencia?”

Nos situamos unos años tras el desenlace del anterior libro. Los Conquistadores Españoles que culminaron la toma del poder con la caída de Atahualpa, ahora dominan con cierta placidez gran parte del territorio inca, que se dedican a saquear de manera no demasiado ordenada. La posibilidad de una rebelión armada de los Incas rompe el precario status quo en que se vivía, provocando que los Conquistadores vayan escalando progresivamente la violencia con la que se imponen, arrebatando poco a poco cada elemento de autonomía que los Incas puedan preservar.



Cualquiera que conozca un poco la historia, sabrá que estos hechos culminan con la caída de Cuzco (quizás de un modo no tan esperado), poniendo de manifiesto el dominio absoluto de los Conquistadores, que ahora ya se sentirán legitimados para llevar a cabo cualquier abuso que les venga en gana.

A modo de testigos de estos hechos, tendremos a los personajes que ya conocimos en el primer tomo.

Quien tiene más páginas de protagonismo es la joven Anamaya, ahora convertida en la sacerdotisa // princesa del pueblo, tiene un doble papel de preservar la cultura ancestral de los Incas mientras hace las veces de consejera del nuevo Emperador. Es consciente de que ambos bandos se ven cada vez más abocados a la violencia, poseídos por la sed de oro y la devoción para su Dios Verdadero. Con ahínco busca una paz que evite las muertes y el sufrimiento, pero sus peticiones se ven siempre ignoradas en este mundo que se aboca a la destrucción.

Su contrapartida amorosa, Gabriel, representa a aquel Conquistador que mantiene algo de dignidad, trata a los incas con respeto, intentando salvar lo poco que queda. Desde un primer momento vemos como se conmueve por la gente, por sus tierras y su cultura. A su manera no siempre coherente, busca la concordia entre el Emperador y los Españoles, como si fuera posible encontrar una manera en que ambas culturas se complementen y favorezcan entre ellas. Evidentemente, la mayoría de sus compatriotas no son tan nobles y su sed de riquezas y poder se impone al sentido común.



La historia de amor queda en segundo plano, ya que ambos personajes se utilizan para que vayan de aquí para allá y sean testigos de los grandes hechos que tienen lugar. Así, a lo largo de los años tienen pequeños escarceos amorosos que se cierran con la promesa de verse más en un futuro que ninguno ve claro.

Y es que teniendo a los Hermanos Pizarro como enemigos, poca ventura es posible. Francisco, Gonzalo y Juan. Uno indiferente ante los abusos, satisfecho por el deber cumplido. Los otros dos, malnacidos que disfrutan dejándose llevar por sus ansias de oro y poder, esclavizando a los Incas, saqueando su imperio y eliminando sus dioses y prácticas paganas. Sabedores de que Cuzco esconde los últimos tesoros de oro de los Incas, harán todo lo posible por apoderarse de la ciudad y saquear cualquier cosa de valor que quedara en ella.

Somos testigos de auténticas atrocidades, siempre para desesperación de un Fray Bartolomé de las Casas que no reconocí como personaje histórico (muy mal por mi parte) hasta que utilizan su nombre completo. Hasta entonces, es un fraile más amplio de miras que, como si de un Gandalf se tratara, intenta evitar las matanzas, congraciándose con ambos bandos en la medida de lo posible. Es quizás el único personaje capaz de razonar, pensando en lo que hace y no moviéndose a base de impulsos o de instinto, lo que le hace ganar enteros cada vez que aparece por ahí.

El oro de Cuzco se queda a medio camino entre la novela de aventuras y la romántica, deudora siempre de los elementos históricos que insiste en respetar. Repite en un tono muy ligero que permite leer sin esfuerzo, disimulando un poquito las bastardadas que llegan a ocurrir para que no afecten a corazones (o estómagos) sensibles. Su inexistente trama lastra en gran medida el conjunto, pues no tiene un argumento como tal, sino hechos que van ocurriendo, de acuerdo con la realidad histórica. Así, los personajes se mueven según necesidades de guión, haciéndose los tontos para que las cosas cuadren cuando conviene. No obstante, hay que reconocer que se repeta la historicidad de los hechos, llegando a situaciones inverosímiles pero que, curiosamente, están acreditadas.

Aunque el desarrollo de los personajes es un poco ya tal, sí sabe captar el toque melancólico que siempre imprega a las caídas. Sabemos que va a acabar sucediendo, la destrucción de un mundo para construir uno nuevo a partir de las ruinas del anterior, pero eso no impide nos duela ver todo lo que se pierde y nunca se recuperará.


Si te gustó la primera parte, ésta está mejor equilibrada y tiene menos acrobacias extrañas. Se decide más por las aventuras, ganando en cohesión y efectividad. Quizás no sea la gran cosa, pero se lee con agrado.

 

 

Nota: 6

Nota goodreads: 3.68/5 

viernes, 3 de noviembre de 2023

Mr Link - El origen perdido

Centrémonos hoy en una propuesta con menos trascendencia, más presta a disfrutarse sin tonterías. Nos centramos en una película que me dolió perderme en su paso por los cines. Laika es uno de los estudios con los que mejor me lo paso, pero este film llegó en un mal momento, así que no pude ir en las reducidas dos semanitas que duró antes de desaparecer. Finalmente, llegó su turno de dedicarle un ratito de tiempo, así que nos ponemos con ella y recupero un poco el cariño que le profeso al estudio.

Así que, situémonos, estamos a finales del Siglo XIX, en una de tantas sociedades de exploradores de Inglaterra, donde unos estirados ricachones se dedican a presumir de sus conquistas, sus cacerías y de cómo el hombre blanco se impone ante cualquier adversidad. Pareciera que todos son felices en este lugar, pero no. Entre ellos, hay una oveja negra, un explorador que no vive para sojuzgar y presumir, sino que goza descubriendo lo indómito, poseído por el espíritu del pionero, presto a dejarse maravillar ante las novedades que el mundo le tiene preparado. Un alma tan cándida no es bien recibida en el lugar, tolerada como si de un bufón se tratara. Con el objetivo de demostrar su valía, marcha a la búsqueda del Big Foot, y no sólo lo encontrará, sino que lo traerá a Inglaterra, escandalizando a todas las almas bienpensantes de la organización.

Mr. Link me deja la sensación de que me han ofrecido una aventura muy diferente a lo que esperaba. Los primeros minutos dan lugar a pensar a que el fulcro de la película es la captura del Big Foot. Pronto vemos que no, dirigiéndose hacia una comedia de pez fuera del agua, abusando de errores culturales y chistes a costa de la vergüenza ajena. Sin embargo, se abandona rápido esta premisa con un giro argumental más que inesperado (que no voy a revelar) que lanza la película hacia la aventura, chascarrillos de slapstick y un poquito de moraleja sobre la importancia de focalizar tus esfuerzos en lo que eres bueno o en lo que disfrutas haciendo.

Todo este mejunje no excesivamente bien equilibrado se envuelve en un paquetito la mar de mono, muy deudor del característico estilo de Laika. La trabajada imaginería denota un bello trabajo artesanal repleto de buen gusto. No obstante, el diseño no llega a las altísimas cotas de calidad que hemos disfrutado anteriormente en películas del mismo estudio como Kuro y las cuerdas mágicas. Sin querer dar a entender que falle en este sentido (ni por asomo), su colorismo festivo es disfrutón no deslumbra como sabemos que son capaces.

Otra de las características propias del Estudio Laika es que en sus proyectos prima más la forma que el fondo, encontrando aquí uno de sus ejemplos característicos. Mr. Link adolece de no tener apenas ninguna escena para recordar ni despide un especial carisma. Desarrolla su trama con cierta originalidad, intentando sorprender con sus quiebros y cambios de género. Contiene un subtexto muy claro sobre la aceptación de las diferencias entre unos y otros, además de una bonita exaltación de la amistad, pero el tratamiento es ligero, sin querer ahondar en ello, no sea que distraiga de las acrobacias que se ven en pantalla. Sus pocas pretensiones no impiden que Mr. Link se vea con agrado, deslizándose sin esfuerzo durante los reducidos (hoy en día) noventa minutos que dura (créditos incluidos). La trama no tiene tropos molestos sus giritos pueden descolocar agradablemente a más de uno, lo que le añade cierta gracia. Despide un aroma confortable, siendo una película con la que pasar una tarde sin exigencias, a pesar de que deja la sensación de que debería ser mejor de lo que acaba siendo.

A los mandos está un veterano de la casa, Chris Butler. Normalmente guionista, ya tuvo su estreno en la dirección con Paranorman (una película algo olvidada, pero reivindicable en su modesta irregularidad). No firma aquí su trabajo más inspirado, fallando al dotar de alma a las bonitas imágenes que estamos viendo. Sin contener errores importantes, simplemente, es incapaz de hacerse carismática más allá de su particular imaginería.

Como suele ser también habitual en la casa, Mr. Link recibió su correspondiente nominación a los Oscars de animación. Y también, como es habitual, se fue de vacío. En este caso, como probablemente la peor de las nominadas en un año no especialmente inspirado que ganó Toy Story 4.



Mr. Link ofrece aventuras para toda la familia, con el añadido del característico estilo de Laika en la puesta en escena y algún girito inesperado que sienta la mar de bien. Tan agradable de ver como fácil de olvidar, entiendo que pasara relativamente desapercibida. Dado el cariño que le tengo al estudio, me da un poco de penita que no les quedara tan bien como nos gusta disfrutar con este estudio.

 

Nota: 5

Nota filmaffinity: 6.2 

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Uno de los nuestros

Pues seguimos insistiendo con el Sr. Te lo resumo así nomás. Dentro de su vídeo sobre Scorsese, destacó esta película como una de sus grandes obras. Y resulta que mi pareja no la tenía vista. Como yo haría más de quince años que no la había visto, pues habrá que darle para pasar un buen rato.

Uno de los nuestros nos presenta a un chaval irlandés que se ha criado en Little Italy. Crece rodeado de mafiosos, a los que idolatra, atraído por la vida, lujo, peligro y desenfreno que llevan los gánsteres de su zona. Por ello, tan pronto como puede, decide empezar a hacer méritos y hacer todos los esfuerzos necesarios para unirse a alguna de las familias y así poder considerarse “uno de los nuestros”. Así, seremos testigos de cómo es la carrera de nuestro “héroe”, empieza como un chico de los recados del que burlarse, pero pronto su efectividad y su disposición de hacer cualquier cosa con tal de progresar le harán subir de categoría. Pronto, gana la confianza de sus jefes, de los que conoceremos todas sus bajezas, amasando montañas cada vez más grandes de dinero y poder. Pero con el poder viene la responsabilidad y así verá cómo la policía empieza a considerarle un objetivo, con el consiguiente problema para llevar una vida apaciblemente disoluta.

Ante todo, lo primero es expresar mi sorpresa al encontrar a medio elenco de Los Soprano en esta película. Si es que casi toda la plantilla inicial pasa por aquí ^^. Hasta cierto punto, me hace especial gracia comprobar como aprovechan el mismo concepto de la Mafia, convirtiendo sus tareas en una rutina cotidiana, convirtiendo el partir unas piernas o tirar a alguien por la ventana en otro día más en la oficina.

Pero bueno, ahora a la chicha. No la tenía muy fresca, pero creo que he actualizado mi película (seria) de mafias favorita. Oigan, la he disfrutado cosa mala.

Es un extraño canto de amor a la vida mafiosa que, al mismo tiempo, no deja de hacer patente que es un microcosmos lleno de malnacidos del que sólo puedes salir fiambre o traidor, en el que la amoralidad campa a sus anchas. Ellos se ven a sí mismos como astutos animales de presa, cosa que Scorsese no deja de recordarte, pero al mismo tiempo te los sigue mostrando como unos gañanes con suerte que no hacen otra cosa que autojustificarse para gozar haciendo el mal o dejarse llevar por su disoluto modo de vida. El narrador se contradice a sí mismo en todo momento, glorificando a la Mafia mientras nos hace testimonio de todo su patetismo. Narrado con maestría, nos muestra una evocación nostálgica del pasado, a modo de confesión sin atisbo de vergüenza o contrición. Asimismo, veremos como su mujer y el policía que lo detuvo añaden comentarios a lo que va ocurriendo, aclaraciones a según qué atribuciones alejadas de la realidad que realiza nuestro protagonista (mis dieces a las diferentes interpretaciones sobre cómo se forma la pareja desde uno u otro punto de vista). A su modo, es como si fuéramos testigos de un extraño documental sobre la vida en la Mafia, realizado por un fan que, aun así, no consigue disfrazar la vida de mierda que tienen los mafiosos.

Así, somos testigos de su organización, de la vida cotidiana no de los jefes sino de los cargos intermedios, sus estrictos y anacrónicos códigos de conducta. Lo que en un primer momento parece un clan familiar vemos que se mueve por puro interés, en el que cualquier lealtad es relativa. Con un ritmo bien medido, veremos el ascenso de nuestro protagonista por todas las esferas del negocio, hasta que la policía lo tiene bien empurado y entra en una vida de paranoia en la que ve enemigos por todas partes. Y luego está el final (GLORIOSO). 

Es decir, a diferencia de otras historias como El Padrino o Casino, este relato de Mafia dentro de la Mafia le quita todo el glamour a la vida del gángster mientras no deja de insistir en lo mucho que mola. Los tienes proclamando lo bien que se lo pasan siendo los malos del lugar, pero están siempre temerosos de una entrada salvaje de la policía, largas condenas de prisión, venganzas sangrientas de colegas y rivales o represalias inesperadas por parte de los que consideraban sus camaradas.

Para contar este estupendo relato, Scorsese se rodea de un elenco de actores de primera a los que hay que felicitar. Empezando por Ray Liotta (esa última mirada a cámara, jué) y Lorraine Branco (nominación al Oscar en un personaje deliciosamente contradictorio), pasando por Robert De Niro y Joe Pesci (Oscar para el gran malote), acabando con todo el elenco de Los Soprano (Michael Imperioli, Frank Vincent, Tony Sirico, Vincent Pastore…). Pocas veces he visto elencos tan amplios en los que todos los personajes estén encarnados con tanto acierto.

En Uno de los nuestros encontramos todas las características deudoras del cine de Scorsese: El papel de la culpa (o falta de ella) en las acciones de la vida, historias de hombres que conducen a una inevitable autodestrucción, la naturalidad con la que se exponen hechos terribles y, sobretodo, esa capacidad para narrar el paso del tiempo, con el ritmo cansino de la vida y argumentos dilatados en los que las rencillas se enconan, las venganzas se toman su tiempo y la vida tiene poco valor. No me pilla de nuevas, pues ya habréis visto reseñadas aquí casi todas sus películas. Así que no vamos a descubrir ahora a este director, pero realiza aquí uno de sus trabajos más redondos, en los que todo funciona estupendamente dedicado a explicar con toneladas de carisma una historia de lo más cínica y desagradable. Quizás porque aquí no tenemos uno de los grandes nombres, o porque la clase o el honor ni está ni se le espera, pero este acercamiento a la vida de un jefecillo intermedio permite poner un punto de vista inesperado con el que ahondar en la escoria sin el glamour que pudieran tener los Luciano o los Corleone. Y eso mola.

Como ya he destacado antes, un pequeño punto y aparte para el desenlace. La caída en desgracia de Ray Liotta, su particular via crucis paranoico en el que ve asesinos tras cada esquina y, finalmente, el monólogo final. Besito de chef, que diría alguna gente.

Como se pudiera imaginar ante una propuesta de esta calidad, las nominaciones a los Oscar llovieron por todos lados, consiguiendo que cayeran a todo lo gordo. Sin embargo, este fue el año de Bailando con lobos, que a la postre arrasó en premios, obligando a Uno de los nuestros a conformarse con el Oscar a actor secundario para Joe Pesci, que hiela el alma cada vez que aparece.

Scorsese es uno de los grandes nombres en la dirección y no es por cualquier cosa. Disfruto a lo grande con casi todas sus películas y lo gozo todavía más cuando se pone a hablar de mafias. Y si, después de haber pasado por casi todas sus películas, ésta se ha puesto en lo más alto de mis favoritas, por algo será. Puro gozo.

  

Nota: 10

Nota filmaffinity: 8.4 

lunes, 2 de octubre de 2023

Espíritu Sagrado

Esta película se vio porque el buen señor de Te lo Resumo así nomás la puso como buena. Y algo que he aprendido de él es que tiene unos gustos muy similares a los míos. Ni idea de qué película me estaba hablando, pero si la ha puesto entre lo mejor que ha visto en su año, será que también me gustará.

Nos situamos en Elche. Allí, una pequeña ha desaparecido y el barrio está de luto. Un grupo de gente, extraños alienados para el resto del vecindario pero despiertos visionarios de la verdad universal para ellos mismos, conforman la Asociación OVNI Levante. Cuando el Presidente de la asociación muere de forma repentina, toma el cargo su segundo, dueño de un bar y tío de la niña desaparecida (y su hermana gemela). Entonces, éste tomara conciencia de una serie de sucesos en los que el destino del universo está en juego, debiendo convencer al resto de sus compañeros de la importancia de tomar medidas para salvaguardar la tierra, pues pronta está la llegada del Espíritu Sagrado.

Después de todo, si estamos acostumbrados a que los extraterrestres lleguen a EEUU y lo pongan todo patas arriba sin que nos chirríe, ¿por qué no va a producirse el hecho más importante de la historia de la humanidad en un barrio proletario de Elche? Hasta cierto punto, esta es la premisa inicial del argumento: unos colgados ante un desafío que les supera, que ni comprenden ni son capaces de transmitir. Un planteamiento tan particular no hace que su desarrollo sea más esperable, jugando con la idea de que, claramente, son unos zumbados, pero, ¿y si tuvieran razón y tienen la posibilidad de salvar al Universo?

Espíritu sagrado se esfuerza por ser agreste desde un primer momento. Rodada con una puesta en escena pedestre, casi paupérrima, por momentos parece que está hecha con un móvil en la propia casa del director. No contribuye que los actores anden con cara de palo la mitad de la película, recitando las líneas de diálogo de memoria, sin entonar lo más mínimo. Los planos son extraños, mantenidos en exceso, rompiendo una y otra vez las convenciones de lo que debe hacerse. Podría parecer que estamos en un ejemplo de cine cutre, pero la película tiene algo que te hace ver que no es fruto de la incompetencia, sino que hay algún tipo de explicación o encanto a lo que estás viendo.

Todo contribuye a generar sensación de incomodidad. Juega a subvertir tus expectativas e, incluso, cuando ya esperas ciertas trampitas, vuelve a darle la vuelta a lo que esperabas. Sorprende en muchos aspectos, proponiendo al final un desenlace que te provoca escalofríos en la espalda. Una vez más, compruebo que me puedo fiar del criterio de Te lo resumo así no más.

No puedo sino felicitar al director por su osadía al presentar una propuesta tan excéntrica y conseguir estrenarla en gran pantalla. Podría dedicar más líneas a entrar más en detalle sobre sus enigmas, pero entonces os estaría estropeando la experiencia. Si la veis (Bueno, cuando la veáis), avisad y comentamos :-P

En fin, puede que Espíritu sagrado tenga un envoltorio feote y no especialmente vistoso, pero no dejéis que esto os impida ver una película bien pensada y bien parida. A medio camino entre el thriller y la ciencia-ficción, es consciente de ser una propuesta diferente y se regodea a gusto en ello. Disfrutad (o no) de su visionado, viendo como un puñado de inadaptados salva (o no) la tierra. Bueno, que cualquier cosa que sepáis sobre la película os predispondrá de una manera u otra, así que no leáis nada más y buscadla con fruición para verla lo antes posible (Ahora mismo está en Movistar+).

 

 

Nota: 9

Nota filmaffinity: 6.5