Y
por fin, después de tanto tiempo, cerramos la trilogía de los Incas.
Título:
La luz de Machu Picchu
Autor: Antoine B. Daniel
Título original: The light of Machu Picchu
Traducción:
Manuel Serrat Crespo
“En los primeros días de mayo de 1536, Gabriel, el joven conquistador español, entra en Cuzco. Sabe, por Anamaya, que la rebelión de los incas es inminente, lo que hace que su amor sea definitivamente imposible. Cuando llega a la ciudad, sometida a las crueldades de los hermanos Pizarro, su principal deseo es matar a Gonzalo Pizarro, ya que intentó violar a Anamaya. Pero, vencido, es desarmado y encarcelado inmediatamente. Al tercer día de su confinamiento le despiertan unos gritos. Cientos de miles de indios están reunidos en las cimas de las colinas que dominan Cuzco. Forman una especie de cerco humano que rodea la ciudad: los incas estaban decididos a recuperar su lugar sagrado. Y esta vez van armados, mientras que los españoles se creen aún en tierra conquistada. El enfrentamiento es apocalíptico, con Anamaya en un bando y Gabriel en el otro.”
La acción se sitúa un puñado de años después del
anterior libro. El dominio de los Conquistadores sobre el país es total, el
Imperio Inca está en sus últimos estertores y preparan su lucha final. Por el
resto, los protagonistas han pasado un puñado de años separados, reuniéndose
ahora en un desesperado intento por evitar una matanza.
El libro está dividido en tres partes.
Primero tenemos un buen espacio dedicado a la
batalla de Cuzco. Los Incas lanzan una ofensiva desesperada con la intención de
matar antes que conquistar o liberarse. La sensación de que ya está todo
perdido es patente, transmitiendo una mezcla de tristeza y rabia ante lo que
fue, lo que será y lo que ya nunca podrá ser. Hay páginas que se hacen duras,
no tanto por la crudeza de lo que se narra (que también) sino por la desazón
que provoca tanta destrucción y odio inmisericorde entre ambos bandos.
Luego, los protagonistas se reúnen en Machu Picchu,
con lo que tenemos una bellísima descripción de la ciudad de las montañas y una
mezcla entre recapitulación de la historia de amor de los protagonistas y el
futuro de la misma en tiempos tan aciagos. Por motivos obvios, es la parte más
fácil de leer, más amable para el alma y en la única en la que los personajes
se permiten tener esperanzas por un futuro mejor.
Finalmente, tenemos el colapso definitivo de la
sociedad. Desaparece la civilización y sólo queda la barbarie. Aquí se
describen las mayores matanzas, los hechos más terribles y la constatación
inevitable de un desenlace que ya veíamos venir desde dos libros atrás. Por
otro lado, nuestros protagonistas se debaten entre sus dioses, sus lealtades y
su amor. Se meten en tal cantidad de berenjenales que por momentos se hace
difícil concebir cómo podrán salir de ésta o llegar tener un final feliz (que
no diré si tienen o no).
Todo ello a lo largo de 350 páginas escritas con limpieza, en un estilo fácil, sin redundancias ni complicaciones con el que es fácil leer páginas y páginas sin esfuerzo. De una manera similar a lo que ocurría con su antecesor, el autor se esfuerza en respetar los grandes hechos de la historia, por ello, la trama se desenvuelve en función de los hechos reales, por lo que a veces se generan momentos anticlimáticos, con giros y desenlaces que en condiciones normales “no irían allí”. Obviamente, la problemática de conocer qué pasará lo puede volver menos interesante, pero su estilo ligero no convierte la lectura en pesada.
Los
personajes principales son Gabriel y
Anamaya, aquí ya convertidos en el paradigma de la
tragedia romántica. Son dos dechados de virtudes, quizás los únicos que buscan
la concordia y el entendimiento en todo el imperio, buscando continuamente la
posibilidad (aunque remota) de calmar los ánimos. En anteriores libros tenían
más desarrollo, ahora simplemente son los buenos. Como se cuenta la historia a
través de ellos, el autor se ve obligado a buscar excusas para hacerlos pasear
por medio país, cosa que a veces no se acaba de comprar.
El
más destacado de los personajes incas es Manco,
antaño general o líder de su pueblo, se ha hundido en la amargura ante la
impotencia de saber que no puede defender a su gente. A medida que pasan las
páginas vas viendo como se ve obligado a tragar sapos cada vez más grandes ante
los abusos de los españoles. Evidentemente, esta bomba a punto de explotar la
va a liar y va a ser muy gorda.
De
entre los españoles, el protagonismo recae en Gonzalo
Pizarro, hermano del Conquistador. Mientras Alonso
avanza en la alta política y busca su lugar en la Historia, se va alejando de
las tareas de gobernar un imperio. Así, la correa con la que controla los
desmanes de su hermano se afloja todavía más, haciendo que Gonzalo de rienda
suelta a su crueldad y su sed de sangre. Como ocurría con Gabriel y Anamaya, el
autor se deja de sutilezas y deja claro que Gonzalo es malo, malísimo, el malo
maloso de los malos malosos.
Y
en medio de todos ellos, como el único que intenta, en vano, añadir algo de
cordura, está Fray Bartolomé de las Casas.
Desde un primer momento ha querido entender a los Incas, comprender su cultura
y buscar la manera de enriquecer la sociedad a través de lo bueno de unos y
otros. Por ello, es considerado traidor por ambos bandos, lo que hace fracasar
sus intentos de apelar al Rey de España para que ponga algo de orden en este
tremendo desatino. Es con quién se nota más la tragedia, pues se hace patente
que no es TAN difícil llevarse bien, pero los odios están tan enconados y las
ganas de los Conquistadores de aplastar cualquier amago de resistencia son tan
grandes…
Una
cosa que me resulta curiosa es el esfuerzo que se realiza para mostrar – en
ambos bandos – la dualidad extraña que se produce entre política y religión.
Son dos poderes que empujan cada uno por su lado, con intereses diferentes y
objetivos no precisamente coincidentes. Ahí me sorprende la reverencia y la
influencia de Machu Picchu, pues no era consciente de su papel como Vaticano
Inca. También me hace especial gracia que el texto acepta ambas religiones como
“verdaderas”, mostrando como una y otra interaccionan en una lucha divina en la
que prevalece el Dios cristiano ante un panteón que cada vez se aleja más de su
pueblo.
El
desenlace del libro hace una cabriola bastante extraña a la hora de mover a los
personajes para que todos confluyan en una última confrontación final (que como
es la final, es ultraviolenta, jé). Esta acrobacia innecesaria tiene toda la
pinta de acabar con un tortazo contra el suelo, pero contra todo pronóstico,
consigue salir del brete y dar un final ¿digno? a todo el pifostio.
En un pequeño aviso para los estómagos más sensibles, el libro no se corta a la hora de narrar hechos muy bestias. No se recrea en ellos, pero si te tiene que decir que se despeña a un puñado de niños por la ventana, se pone. Avisados estáis.
La
luz de Machu Picchu se siente como un final en el que
los hechos parecen inevitables y sus personajes no pueden más que ser testigos
impotentes de lo que ha de ocurrir. Si bien es algo deprimente por momentos (la
de cosas tristes o desasosegantes que se narran…), se lee agradablemente y sin
complicaciones. Ah, y un interludio de 50 páginas de amoríos en pleno
apocalipsis.
Nota:
5
Nota goodreads: 3.69/5