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jueves, 7 de mayo de 2026

El hombre del corazón de hierro

Esta película se vio un día tonto en Movistar que no hay nada que poner y se mete esto delante y bueno, pues ya que estamos, lo vemos enterito.

El hombre del corazón de hierro no es otro que Reinhard Heydrich, jefe de las SS durante la IIGM. A lo largo de la película seremos testigos de su auge desde un simple soldado hasta las más altas esferas y su posterior asesinato a manos de rebeldes checos.

Hasta cierto punto, podríamos decir que tenemos dos películas de 1h mal pegadas.

Por un lado, empezaremos siguiendo una biografía tradicional en que nos muestra cómo Heydrich entra, muy motivado, en las SS, dónde va dando muestras de lealtad, obediencia ciega y fe absoluta en las palabras del Führer, además de talento a la hora de inspirar temor, pisar cabezas y desplegar crueldad con sus enemigos.

Pasada esa hora de metraje, la película cambia de tercio y saltamos a una conspiración en que los servicios secretos británicos están preparando un atentado contra Heydrich, que llevarían a cabo dos novatos que suplen su falta de experiencia con muchas ganas de pasar a la historia. Así, veremos toda la planificación, ejecución y consecuencias de este atentado, siempre desde el punto de vista de los dos jóvenes que, en su inconsciencia, no se dan cuenta del follón en el que se están metiendo.

Lo que más se debe destacar es que se trata de una película realizada con buenos medios. Se nota un esfuerzo en una puesta en escena verosímil, quizás no desde el foco más habitual, pero buscando transmitir realismo. Cuando se puede, se utilizan escenarios reales, o si no, se goza de buenos decorados y un vestuario acorde con lo que se espera. A destacar la gran cantidad de coches de la época empleados, casi todos sacados de museos de la Guerra.

No obstante, los actores no destacan especialmente por su inspiración. Es obvio pensar que para interpretar a Heydrich has de ir con un palo en el culo, pero Jason Clarke se pasa en el esfuerzo, dando lugar a un personaje granítico que parece más impasible que implacable. Rosamund Pike hace un papel más lucido como la esposa del militar, al que está pinchando en todo momento para que siga ascendiendo en el escalafón y que nunca tiene suficiente. Por otra parte, Jack O’Conell y Jack Reynor, los integrantes de la Resistencia, apenas pasan de funcionales.

Por otro lado, se me hace extraña la decisión del director Cédric Jimenez de plasmar la película como si se tratara de un documental ficcionado al que mete mucha acción. Esto provoca unos cambios de ritmo y tono demasiado bruscos, sin especial coherencia. Con ello, se pierde mucha de la trascendencia que sí consigue tener en una puesta en escena donde toda la parte de recreación de la época y ambientación es más que notable.

La mayor pega que se le puede poner – y más en una película de este estilo – es que se hace bastante aburrida. Espacialmente en su inicio, puedo comprender el intento de que conozcamos al hombre detrás del horror, pero lo que consigue es producir indiferencia. Sí, veo un malvado estándar no especialmente carismático al que le van bien las cosas sin especial énfasis en nada. No parece tener ningún rasgo ni ninguna característica que le permitan triunfar más allá de saber qué cabezas pisar y qué escrúpulos ignorar. Ni siquiera la gestación de la Solución Final parece otra cosa más que una decisión empresarial en una cadena de montaje. Se hace un visionado tedioso, ya que no sucede gran cosa. Esto mejora en su segunda parte, ya que, al menos, está pasando algo. Todo lo que involucra al atentado despierta más interés, especialmente en el desenlace, en el que los dos asesinos buscan desesperadamente escapar de las autoridades nazis. Si bien se trata de un final bastante convencional, está realizado con solvencia, mejorando el regusto final de la película.

El hombre del corazón de hierro sufre de un exceso de metraje, especialmente en su parte inicial. Padece de estar compuesta de dos episodios pegados con poca relación entre sí, con lo que es muy irregular. Una buena puesta en escena no arregla el tedio que provoca, aunque un final logrado contribuye a medio salvar el conjunto.

 

Nota: 4

Nota filmaffinity: 6.1 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Elvis

Recuperamos un poco el tono hortera y desmesurado y vamos a darle un puñado de brilli brilli. Baz Luhrman y su Elvis no dejan indiferente a nadie.

Elvis Presley es una de las estrellas más míticas de la imaginería estadounidense de los 60-70. En esta película se repasa su vida y su música, siguiendo el punto de vista del Coronel Tom Parker, su mánager a lo largo de su exitosa carrera. Así, seguimos su vida desde su descubrimiento a su muerte, pasando por su meteórico ascenso a las estrellas, revolucionando a la bienpensante sociedad del momento. No se olvida de la influencia de Priscilla Presley ni del efecto de su música a la hora de lidiar frete a la presión social, el conservadurismo y el racismo imperante.

En sus dilatados 160 minutos, repasa casi todas sus grandes canciones y muestra la evolución del artista, regodeándose en todos los excesos habidos y por haber. Hace especial hincapié en los problemas que tiene Elvis para gestionar la fama que acarrea su éxito. Él sólo quiere cantar y gozar la vida a lo grande, pero tiene que enfrentarse a la continua presión de un escenario atronador, los tejemanejes de su mánager, su familia, sus amigos… que lo único que quieren es sacar tajada de una gallina de los huevos de oro que no se entera muy bien de lo que ocurre entre bambalinas.

Me costó mucho abordar esta película ya que el director es Baz Luhrman. Aquí ya he comentado anteriormente lo poco que me gusta el histrionismo de este director, con una puesta en escena sobre estimulada, en la que no cabe espacio para la contención. Este gusto por lo hortera ya me resultó desagradable en El Gran Gatsby, por ejemplo. No me presentaba yo muy optimista, pero por una vez, me inclino a reconocer que ha encontrado una historia que justifica todas sus idas de olla visuales (la segunda, que también existe Moulin Rouge).

¿Qué encontramos? Una biografía un poco asín asín de Elvis Presley, la mayor estrella de la música en el EEUU de los 60-70. En una vida repleta de excesos, descontrol, lentejuelas y buena música. No se centra tanto en cómo triunfa sino en su depresión y lo poco que puede disfrutar de su éxito, incapaz de resistir a las presiones de un manager que lo quiere exprimir al máximo y una familia que sólo piensa en cuánto dinero puede sacar de él.

Lo que sí hace es ir a toda mecha. A pesar de sus casi tres horas, cuenta muchas cosas y, al mismo tiempo, siente la necesidad de hacer un videoclip super molón de cada canción famosa. Por momentos se vuelve agotadora, sin tiempo para respirar y con todos los dejes de Luhrman, es decir: lucecitas y lentejuelas por todos lados, toneladas de brilli brilli y una cámara que no sabe estarse quieta. Pero cómo esta vez la vida de Elvis y los videoclips molan un huevo, pues no me hace salir volando como otras veces. También se debe añadir que el trabajo técnico (montaje, sonido, etc.) es impresionante. No he mirado el presupuesto, pero apostaría que nunca ha gozado de tanto músculo financiero como aquí, y vaya si se queda a gusto. Remarco sobretodo la calidad en los vestuarios, tanto adaptándose a las épocas (1940=>1970), como todos los trajes de Elvis, sus peinados y sus chorradas.

El desbordarme horterismo y el ritmo alocado debería explotar en la cara del director, pues no propone un ejercicio fácil. Por suerte para él, tiene a tres protagonistas en estado de gracia que soportan todo lo que les echen encima. Austin Butler se mimetiza como Elvis de la mejor manera, Tom Hanks se sale haciendo de “malo” por segunda vez en su carrera (en ambos casos como representante de cantantes ^^) y Olivia de Jonge sirve magníficamente de ancla moral intentando hacer bajar a la realidad al loco del artista. 

Me hace especial gracia el esfuerzo que realiza para mostrar la revolución que supone para el público (blanco) la aparición de una estrella carismática de este calibre (blanca) de un género típicamente negro, como si lo hubiera inventado él, como mostrando a la sociedad bienpensante que ahora ya pueden disfrutar del rock sin que sea algo pecaminoso. En ese sentido funciona también la reacción histérica de las fans y la indignación de las mentes “decentes” ante los lúbricos movimientos del artista. Resulta enternecedor hoy en día (aunque sea verídico).


La calidad detrás y delante de las cámaras fue reconocida por la lluvia de nominaciones a los Oscar (película, actor, sonido, diseño de producción, fotografía, maquillaje, vestuario y montaje). No se llevó nada en un año dominado por Todo a la vez en todas partes. A fin de cuentas, es el ejemplo típico de una película que acaba así, todo muy bien hecho, pero…

Elvis es un monumento al exceso sobre una vida repleta de excesos. Puede resultar agotadora y desagradable, con un porrón de efectismos y una lluvia de estímulos que te dejan tonto. No obstante, el trabajo actoral, un despliegue técnico formidable y un montaje vibrante se las bastan para que sea un espectáculo de bandera.

 

Nota: 7

Nota filmaffinity: 6.8 

lunes, 13 de enero de 2025

Open (J. R. Moerhinger, André Agassi)

No sé muy bien porqué lo he leído, pues nunca he sido un gran fan del tenis, pero bueno, estaba por mi lista de pendientes y hay que acabar con él.

Título: Open

Autor: J. R. Moehringer, André Agassi

Título original: Open: an autobiography

Traducción: Juanjo Estrella González

“Siendo un bebé, le pusieron una raqueta de juguete en la mano. Desde entonces, Agassi no ha hecho otra cosa que golpear pelotas de tenis. Su padre, obsesionado en convertirlo en un astro del deporte, construyó una máquina (el dragón) que disparaba 2.500 pelotas al día contra el pequeño Andre. Escrita por el premio Pulitzer J. R. Moehringer, Open es la semblanza a corazón abierto de André Agassi, que en estas memorias se muestra tal como es: un hombre que debió enfrentarse a las presiones de su familia, de la fama, pero que siempre conservó el valor de la amistad y un sentido altruista de la vida. En esta cautivadora autobiografía, Agassi revela, con sentido del humor y ternura, una vida definida por la contradicción entre un destino impuesto y el anhelo por complacer a quienes lo han sacrificado todo por él.”

Tenemos aquí una biografía al uso, que sigue la vida de su protagonista hasta su retirada (y un poco más). Aquí nos cuentan cómo ha sido la vida del excéntrico tenista André Agassi (profesional entre 1994 y 2006). No se trata de una historia de un elegido para la gloria, de un atleta impecable o de un esforzado intachable. Open hace un esfuerzo denodado en mostrar a un hombre confuso y rebelde, que lleva la contraria por el puro placer de tocar las narices. Encontramos aquí la evolución de una persona que sobretodo se busca a sí mismo, qué hacer con su vida y que además, pasa por ser uno de los mejores tenistas de su época.

A diferencia de otras biografías de deportistas que sólo he conocido a través de recuerdos de otra gente (como Éramos jóvenes e inconscientes o Red or dead), mi adolescencia tiene muchos recuerdos de ver a este melenudo (primero) y afeitado (después) deportista. Yo nunca fui especialmente fan del tenis, pero en casa se veía y no me tocaba otra, por lo que tenía cierta consciencia de quién era. El dominador de la época era el norteamericano Pete Sampras, pero siempre me pareció un aburrido sin carisma, todo lo contrario del esforzado André Agassi, que llamaba la atención allá por dónde iba, estaba siempre en la parte alta de los grandes torneos y, encima, de vez en cuando ganaba algo. Un poco de rebote me llegó este libro y, como tenía cierto cariño por mis recuerdos infantiles, decidí ponerlo en mi lista de pendientes hasta que le llegó su hora.

Me sorprende – mucho – la representación que hace de Agassi como un hombre desubicado, alguien a quién nadie preguntó nunca qué quería hacer cuando fuera mayor, qué cosas le apasionaban o qué inquietudes tenía para con el mundo. Recalca y confiesa que el tenis nunca le gustó: no le gusta entrenar, no le gusta jugar, no le gusta ver los partidos… Simplemente, era alguien al que se le daba muy bien el tenis. Increíblemente bien, de hecho. Su talento y la – enorme – presión de su padre le condujeron al circuito profesional, a una vida única que no pudo (¿no quiso?) rechazar, que le dio y le arrancó todo, aunque nunca llegara a tener oportunidad de escogerla. Después de unos años de arrogancia en que el niño prodigio asalta los cielos, vienen años de sufrimiento, incapaz de soportar la presión que su padre deposita en él, o su síndrome del impostor al mostrarse incapaz de mantener un número 1 del ranking que continuamente se le escapa entre los dedos.

Suelo decir que estas biografías me permiten conocer a la persona detrás del deportista, y muchas veces acabo convencido de que se trataba de un cretino al que no quisiera conocer. Sin embargo, en este caso estaría encantado de cenar con él en su casa algún día y charlar toda una noche (de cualquier cosa menos de tenis).

La biografía repasa toda su vida: una infancia con un padre explotador, la vacua alegría de comprar su primer coche (un Corvette, obviamente), la llegada de Gil Reys (amigo leal, confidente y principal entrenador de Agassi durante los 17 años de carrera), las vicisitudes de su amigo de infancia y posterior manager (Perry Rogers), su relación con Bárbara Streisand (30 años mayor), los periodistas y los políticos, su matrimonio con Brooke Shields durante un par de años (las diferentes aspiraciones vitales de ambos son casi cómicas, pero el dolor de una relación fracasada de antemano no es para nada divertido), la aparición de Steffi Graf… Y por medio, sus grandes victorias (8 Grand Slam, 1 Oro olímipico) y sus muchas derrotas, a modo de escenario de fondo, como el factor más importante de aquellos que no tienen ninguna importancia.

Obviamente, el libro es amable con el deportista. Se le retrata siempre desde un punto de vista edulcorado, un prisma amigable en el que siempre queda bien, incluso cuando está en sus horas más bajas. Por ejemplo, se trata el positivo de doping por metanfetaminas durante un momento oscuro de su vida, pero ojo, “nunca” fue un drogadicto ni un consumidor, la culpa era de la presión, las malas compañías, las fiestas….Reconozco que me hace mucha gracia las veces que se pone a reflexionar sobre qué hubiera sido de su vida y su carrera si se hubiera centrado, si hubiera entrenado más etc. Vuelve a ello unas cuantas veces, reconociendo siempre que seguramente habría ganado más, pero bueno, ahora bien “que le quiten lo bailao", que la vidorra que se ha pegado no es poca cosa.

Por otro lado, no escatima en entretenerse con las múltiples riñas de Agassi con la prensa. Encontronazos y malentendidos que hacían las delicias de los tabloides del momento, como sólo los mejores cantamañanas carismáticos saben hacer. Tenía recuerdos difusos de un buen puñado de ellas y me ha hecho mucha gracia ver como volvían a mi memoria.

Algo que hace especialmente bien es mostrar la parte mental de un partido de tenis. El concepto de la iniciativa, el saber que puedes ganar, irse del partido por un berrinche… No es algo fácil de plasmar, brete del que el libro sale con gracia. Además, a lo largo del libro, Agassi pierde, y mucho. Una y otra y otra vez. Sí, hay pequeños momentos de inspiración, de alivio, cuando derrota por fin a Becker o en las victorias de sus Grand Slams, pero el motivo predominante es siempre la derrota. Y claro, volverse a levantar. Después de leer este libro, le respeto más por su tenacidad y su habilidad para avanzar pese a no saber qué hacer con su vida. He disfrutado viendo como es capaz de forjar su fórmula para la victoria, que es capaz de mantener durante un año y medio loco en que toca el cielo. Hay un ciclo continuo de esforzarse, ganar, que bueno soy, dejarse ir y perder durante muchos meses, para reaccionar y volver a esforzarse. Es (obviamente) un competidor formidable, pero es interesante ver qué lo motiva, que le ayudaba a seguir adelante, sin importar si le gustaba el tenis o no.

Puedes tomarte Open como una novela que tiene el tenis de fondo, de la misma manera que existen muchos libros que te cuentan la vida de personajes ficticios, con la diferencia que en este caso se trata de alguien real.  Es una historia nítida, articulada y a todo ritmo sobre uno de los mejores atletas de su momento y su intrépida narración de la vida desde su punto de vista. No lo esperaba, pero ha sido una lectura amena e interesante, que me ha permitido apreciar a un atleta desde un punto de vista diferente.

 

Nota: 7

Nota goodreads: 4.28/5 

lunes, 8 de abril de 2024

Éramos jóvenes e inconscientes (Laurent FIgnon)

Este libro era, inicialmente, un regalo para mi hermano, vicioso del ciclismo y su épica y su boato. Torció el gesto al abrir el envoltorio, disculpándose porque le había entregado un libro que ya tenía en su hogar. Al final, lo que acordamos es que me quedaría ese ejemplar y le acompañaría a una librería a comprar otra propuesta que le interesara (que acabó siendo otro libro de ciclismo, cómo no). Una vez en mi estantería, pues había que leerlo, ¿no?

Título: Éramos jóvenes e inconscientes

Autor: Laurent Fignon

Título original: Nous étions jeunes et insouciants

Traducción: Jean-Emmanuel Ducoin

“Con 23 años había ganado dos veces el Tour de Francia. Con 24, una grave lesión estuvo a punto de acabar con su carrera. Con 25 se había convertido en patrón de su propio equipo. Con 28 padeció la que quizá sea la derrota más dolorosa de la historia del deporte. Laurent Fignon nació deprisa (él mismo nos explica que fue un bebé prematuro), creció a todo correr y quemó etapas en su trayectoria deportiva a marchas forzadas. Por desgracia, en su desaparición intempestiva parece haber seguido el mismo guión.

Este espíritu de “caballo loco”, como él mismo lo define, impregna de principio a fin sus memorias, escritas con la vehemencia, el arrojo y el desparpajo de quien no tiene pelos en la lengua y no teme herir algunas sensibilidades a cambio de llamar las cosas por su nombre. Fignon repasa sus vivencias a galope tendido, disparando con bala y dejando tras de sí una estela de aires de los 80, cuando una generación de ciclistas impertinentes encabezada por un rubio parisino y gafotas barrió a la vieja guardia de los Hinault, Van Impe, Zoetemelk y Moser. Una generación que a su vez sucumbió, sin apenas haber gozado de los laureles, ante el empuje de una nueva época, de la que Fignon nos deja un retrato más bien amargo.”

Como supongo que no todo el mundo está tan puesto en ciclismo como yo, hago un pequeño suelto para situar al protagonista. Laurent Fignon fue un ciclista francés que tuvo su carrera deportiva a lo largo de la década de los 80. Lo podríamos situar en una especie de división de plata en su época. Era decididamente bueno, arreglándoselas para forjar un palmarés la mar de majo (3GV, 2 monumentos, 14 etapas de GV, 55 victorias) pero siempre a la sombra de los grandes de su época. Era de los que no se callaba una en ninguna entrevista, liándola cada dos por tres, siempre con un amor desmedido por su ego. Una vez retirado, se pasó al otro lado de los micrófonos convirtiéndose en LA VOZ referencia del ciclismo en francés para toda una generación. No sólo sabía retransmitir el deporte, sino que gozaba de un púlpito ideal para seguir soltando sus frases lapidarias y puyas variadas.

El libro – su autobiografía – está estructurado como si fuera un diálogo con el lector en el que el propio Fignon nos cuenta su vida como si lo tuviéramos en el sofá de al lado y estuviéramos charlando con él. A diferencia de otras biografías, más asépticas o más hagiográficas, aquí nos cuenta su versión de las cosas, metiendo baza donde le da la gana y soltando puyitas de vez en cuando, prueba de que acumuló  muchos agravios a lo largo de su carrera.

Resulta casi sorprendente que se trate de una autobiografía que escribió realmente él, sin recurrir a negros literarios (está bastante acreditado que así es), pues se trata de un libro bastante divertido de leer, pues está trufado de anécdotas simpáticas, haciéndose entender fácilmente incluso para los profanos. Tiene también la gracia de que no sigue un orden cronológico, temporada a temporada, sino que se centra en temas concretos. Empieza por aquello que es más conocido, pues siempre será “el que perdió un Tour por 8 segundos” (se nota que la herida todavía supuraba) y no como a él le gustaría “el que ganó 2 Tours a los 24 años”. Luego, como si se tratara de una conversación informal – como he dicho antes – va hilvanando temas de unas épocas u otras, como si le apeteciera hablar de una cosa u otra.

El libro me ha servido para conocer a Fignon mucho mejor que antes. Plasma muy bien su manera de ser, porqué tomaba unas decisiones u otras y qué motivación tenía  lo largo de su carrera deportiva. Ahora bien, el libro no ha servido para que me caiga mejor. Siempre me habría parecido un francés engreído y claramente lo es (y se enorgullece de ello).  Sin embargo, se aprecia la sinceridad con la que le duele no haber ganado más de lo que ganó, lo adecuado que habría sido callarse en algunos momentos (pero los gustazos que se pegaba soltando sus barbaridades) y, sobretodo, lo duro que fue ser el francés que no podía ser tan bueno como Bernard Hinault (una de las leyendas del ciclismo, bretón y tan bocazas como él). Ostia, cómo le duele.


Lo mejor de todo es que cuenta su vida con una retranca que se hace muy divertido. Sí, hemos de aceptar que cuenta sus fantasmadas como a él le da la gana y se quiere mucho a sí mismo, pero las carcajadas te las arranca más de una vez (y más de dos). Así, el libro se pasa en nada.

MI edición (me consta que no está en el original) tiene un apéndice escrito por su editor en que nos cuenta lo que supuso para él la temprana muerte de Fignon (a los 50 años debido al cáncer). Nos cuenta la tristeza que conlleva despedirse de los amigos y la rabia de no poder haberse despedido como le hubiera gustado. Después de todo, Fignon había escrito el libro estando ya enfermo, sin hacer pública su enfermedad hasta el último momento, apenas unos meses después de la publicación, por lo que cogió con el pie cambiado a todo el mundo ciclista (sus palabras despidiéndose de la audiencia al acabar el Tour son de las que dejan boquiabierto).

Este libro hará las delicias de cualquiera que guste del ciclismo y se acuerde de la figura del francés. Si eres ajeno a este mundillo, tiene la especial gracia de centrarse más en la persona que en el ciclista, por lo que te dará una lectura agradable en la que conocerás a un personaje que era era genio y figura hasta la sepultura (con bastante literalidad).

 

Nota: 8

Nota goodreads: 4.02 

martes, 23 de febrero de 2021

Tú no eres como otras madres (Angelika Schrobsdorff)

La CLO me ha permitido leer muchos libros a los que normalmente no me habría acercado. En sus propuestas me he acercado a propuestas alejadas de los géneros que frecuento y disfruto, permitiéndome descubrir obras interesantes que disfrutar (o no) en mayor o menor medida. Pero ya se acabó y ésta es la última ronda que vamos a tener dentro de Bookcrossing (seguro que acaba volviendo un año de estos). Como siempre, se trata de un libro que no conozco, que en este caso tiene un especial aroma a despedida.

Título: Tú no eres como otras madres

Autor: Angelika Schrobsdorff

Título original: Du bist nicht wie andere Mütter

Traducción : Richard Gross

“La narración de Angelika Schrobsdorff reconstruye la vida real e inconformista de su madre, una mujer nacida en una familia de la burguesía judía de Berlín, liberada de los prejuicios de su tiempo y deseosa de casarse con un artista (y no con el «excelente partido» que le han buscado, un comerciante opulento y maduro). Así, Else vivirá de lleno el nacimiento de un nuevo mundo junto a la culta bohemia berlinesa de los «locos años veinte», un periodo en el que tendrá tres hijos de tres padres diferentes, fiel a las dos promesas que se hizo de joven: vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre al que amara. Ésta es, por tanto, la historia de una mujer singular y sedienta de independencia, que será arrollada por aquello mismo en lo que se negaba a creer al principio: el presente. Sin embargo, en la dura prueba del exilio, Else encontrará una realidad nueva y reveladora tras una vida que hasta entonces ha estado enteramente dedicada a las fiestas, los viajes y el amor.

Tú no eres como otras madres es un «relato real», como la Suite francesa de Irène Némirovsky, que nos sumerge por completo en una vida extraordinaria y nos hace partícipes de toda su riqueza y exaltación, revelándonos a través de esa existencia toda una época: los conciertos de música clásica y las novelas de Stefan Zweig, los cabarets y la pintura moderna, el nazismo y sus terribles leyes raciales… Así como tantos y tantos personajes que existieron durante ese tiempo de irrepetible pasión y energía, y que pasan por estas páginas fascinantes: soñadores, artistas, agitadores, conspiradores, campesi­nos, espías, criados, intelectuales, falsificadores…”

Otra vez en un tiempo no demasiado largo –estoy pensando en Fugitiva y Reina- tenemos una pseudoautobiografía de la propia autor que, en realidad, va de la vida de su madre. Angelika Schobsdorff fue una artista polifacética: actriz, cantante, guionista y escritoria, siendo conocida principalmente por esto último. Tú no eres como otras madres es quizás su libro más famoso, aprovechando la biografía ¿ficticia? ¿real? de su madre para plasmarnos en negro sobre blanco la vida de una familia judía desde 1920 hasta bien entrados los sesenta.


El libro orbita en torno a la vida de su familia, a modo de una reconstrucción a partir de conversaciones con parientes y conocidos más mayores realizada por una Angelika ya adulta. Así, nos explica con sus retazos de información como fue la vida de su madre, introduciéndose a sí misma como personaje una vez aparece en escena. Funcionando a ratos como crónica de una época, a ratos como reflejo de una vida llena de fuerza y otras veces como una especie de ¿queja? Hacia su madre sobre las razones que han provocado que “Angelika” fuera así y tuviera la vida que tuvo, dejando claro que “tú” no fuiste como las otras madres.

Todo gira, obviamente, en torno a Else, un terremoto de mujer con una fuerza de carácter inusual. Nacida en el seno de una familia judía, ni lo parece ni se comporta como tal, lo que le permite vivir con mayor libertad en una época en que estos lo tenían bastante difícil. Pero aunque la cuestión judía tiene su importancia, el libro trata principalmente sobre la propia Else, describiéndonos a una mujer con una imperiosa necesidad de libertad, de vivir todo lo que la vida le ofrece, dispuesta en todo momento a empezar mil cosas para no acabar ninguna, como un torbellino que revoluciona todo lo que hay a su alrededor, en una muestra de una personalidad tan arrolladora como inconstante. Esto provocará una buena dosis de escándalos, rompiendo tabús por doquier, que se irán volviendo cada vez más incómodos de soportar a medida que los nazis van consiguiendo poder.

Evidentemente, sus tres amores con los que tiene hijos (uno con cada uno) son de vital importancia en la historia. Por un lado, el intelectual Fritz, del que se enamora abrumada por su profunda inteligencia y su capacidad para asombrarla con nuevos aspectos de la vida, disfrutando con él de interminables debates culturales sobre las novelas, películas y las obras de teatro de la época.

Posteriormente, harta de la incapacidad de Fritz de seguir su ritmo de fiestas y desmadres (y porque Fritz es también un sosainas), acaba enamorada de Hans, un hombre más simple, sin otros objetivos en la vida que adorar a Elsa y hacer su vida más agradable. Terriblemente bien plantado, lleno de afable amabilidad y un punto hedonístico muy bien encontrado, llena a Elsa de emoción y placer en una tumultuosa relación llena de pasión.

Con el tiempo, Elsa conoce a Erich, cayendo también enamorada de él. Éste es un adinerado industrial que disfruta de su trabajo, no desando otra cosa que tardes apacibles y una vida relajada, pero fascina a Elsa por su enorme fortuna y la revelación de los privilegios que un bolsillo abultado puede dar. Podría parecer un aprovechado, pero encontramos en él la bonhomía de aquellos que han tenido una vida fácil, incapaz de sentir rencores, aporta a Elsa la tranquilidad que a veces necesita en su vida, ese lugar agradable al que regresar de vez en cuando.

Lo más destacable de esta tumultuosa relación es que los tres están plenamente enamorados de ella y ella adora a los tres, esforzándose todos por tener una relación más o menos cordial entre discusiones, celos y todos los devaneos obvios de una relación tan atípica, que hacen la lectura más interesante. Porque realmente, el libro no va de los amoríos de Elsa, sino de su vida, de sus esfuerzos por ser feliz y vivir, encontrando el consuelo en unos y otros en función de las necesidades del momento. Ella quiere lo mejor para los tres y los tres quieren lo mejor para ella, algo de especial importancia cuando la guerra estalla y las lealtades de todos se ponen en juego.



Pero Angelika no sólo habla de su madre, sus hermanos también son parte de la familia. El mayor de todos es Peter que, a pesar de su aspecto ario, es judío a ojos del Reich, lo que le ocasionará una serie de problemas. Testarudo como su madre, hará todo lo  posible por vivir su vida sin ayuda de su familia, en un desesperado afán por demostrar que es capaz de valerse por sí mismo en un entorno tan hostil. Para dolor de su madre, pronto abrazará la causa judía, sufriendo también cierto rechazo de su gente al no parecer “suficientemente judío”.

Después viene Bettina, la hermana mediana. Como su madre, tiene amor de sobra para dar y, como su madre, desea la felicidad. De mentalidad más práctica y no especialmente brillante, afronta los problemas como vienen, siempre atenta para proteger a una hermana pequeña a la que adora, intentando complicarse la vida lo menos posible.

Finalmente, llega la propia Angelika, que tiene papel dentro de su propia obra. Como su madre, se trata de una niña/joven caprichosa, con un deje de puñetería y cierta bondad intrínseca que los demás no parecen apreciar. Quizás es la que tiene menos personalidad, pues muchas veces se basa en los recuerdos que tiene la Angelika adulta respecto a lo que fue su juventud.



Como buena biografía, el libro se centra en los diversos estadios de la vida de Else. Cada vez que vamos a dar un pequeño salto temporal, Angelika detiene un momento la narración y nos explica cómo ha conseguido la información: a través de cartas conservadas a través de los años, hablando con uno u otro personaje relevante (relatándonos como es su vida “actual”) o a veces se tiene que conformar con recuerdos de terceras personas que narran aquello que le contaron. Y cuando ella es un personaje más, estos interludios se entremezclan con sus recuerdos de infancia, siempre confusos e idealizados. Esto le da un aroma de verosimilitud tan innecesario como interesante, captando nuestra interés para poner atención en aquello que se nos cuenta. Un efecto no tan usual que funciona perfectamente.

Otro truquito literario que realiza la autora es que cuando la propia “Angelika” aparece en la historia, se juega mucho a cambiar de narrador. Schrobsdorff utiliza un narrador omnisciente en tercera persona cuando Angelika es un mero testigo de lo que ocurre (o no estaba allí), pasando a la primera persona cuando ella experimenta o toma parte activa de los hechos. Además, se entremezclan estilos diferentes muy reconocibles cuando Angelika está explicandónos la historia que ha compuesto a base de retazos y cuando se está sumergiendo en sus recuerdos.

Con todos estos truquitos, el estilo del libro se hace raro, pudiendo descolocar a más de uno. A ratos parece un ensayo biográfico, pero en otros momentos se sumerge en las historias “más grandes que la vida”. Además, la explicación no es siempre lineal, dando saltitos adelante y atrás según le interesa, como si hubiera una voluntad de no dejarse nada que le obliga a “repasar apuntes” y dar vueltas y revueltas continuamente.



El libro, con sus abultadas más de 600 páginas, se me ha hecho bastante largo. Hay momentos en que no hay nada más que contar, pero aun así no se avanza en la historia, añadiendo anécdotas intrascendentes y, además, tiene un desenlace agotador. La narración da un último giro inesperado cuando Angelika se hace adulta y sale del nido familiar (quedan unas 100 páginas). Como ella sale de la historia de su madre, deja de conocer qué ocurre, pero eso no impide que la vida siga. Entonces, la única información que se nos suministra proviene de la multitud de epístolas familiares que los miembros de la familia se han ido enviando con los años, narrando a su modo los últimos días de Elsa. Nuestra tarea pasa a ser rellenar los huecos que no se ven entre las cartas para entender qué ocurre o deja de ocurrir. Se trata de un artificio arriesgado y curioso, que seguro puede deleitar a más de uno, pero a mí me pilló ya agotado, con más ganas de acabar el libro que otra cosa y no acabé de disfrutarlo.

Tú no eres como otras madres se presenta novedoso en varios aspectos. Además de todas las acrobacias narrativas para explicar la historia, retrata con acierto el día a día de una familia bajo la atmósfera opresiva del nazismo. Pero esta vez, no son un objetivo claro. Simplemente, son una familia con dinero –sí, orígenes judíos, pero…- que no está alineada con los intereses del Reich. Así que no les revientan la vida, sólo les tocan las narices, quizás no mucho, pero sí lo suficiente para que quede claro que no son bienvenidos y no van a estar cómodos si se quedan.

Realmente, se trata de un libro con ingredientes de sobra para que me gustara. Sin embargo, se me ha hecho bastante pesado, con cierto aroma a ya visto que no he podido evitar en ningún momento. Ahí está quizás mi problema: He leído un par de libros similares recientemente, con una presentación original de una madre inusual, que encima otros han hecho mejor (Fugitiva y Reina, por ejemplo). Por ello creo que se me ha hecho más pesado de lo que debería, con sus novedades menos interesantes.


Quizás si lo hubiera leído en otro momento, me hubiera gustado más. Al final, Tú no eres como otras madres acaba siendo un libro muy bien escrito, como si fuera una novela histórica inusual o una especie de biografía algo fantasiosa. Debería haber sido más interesante, pero acaba aburriendo en muchos momentos. Demasiado largo en su trama, con muchas anécdotas que acaban conduciendo a nada (como la vida misma, la verdad). Seguro que tendrá su público, pero yo no he acabado siéndolo.

Nota: 5

Nota goodreads: 4.00/5

 

  

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Rocketman

Elton John nunca ha sido uno de mis músicos favoritos. Tampoco le he tenido un especial cariño ni he seguido con interés su carrera. Sin embargo, no pienso cuestionar en ningún momento su influencia dentro de la música ni la gran cantidad de sus canciones que han formado parte del acerbo cultural de un puñado de generaciones.

Cuando se anunció la llegada de Rocketman, yo ya imaginé que habrían aprovechado el tirón de Bohemian Rhapsody, así que me esperaba un Queen II. Uno de estos productos hechos a rebufo de un éxito, realizado a toda velocidad, copiando (casi siempre, mal) todos los tropos de aquello que imitan. En este caso, utilizando como excusa la vida del excéntrico Elton John.

Sin embargo, las semejanzas se quedan en el simple concepto de la película. Rocketman no se dedica a explicarte la gestación de sus grandes hits, sino que se lanza dentro del género musical bajo un esquema de biopic más al uso. Las coreografías y las canciones se utilizan (casi siempre sin respeto cronológico) como la manera de ilustrar los sentimientos del artista en los diversos momentos de su vida. A vuelta y vuelta de la trama, hayamos engarzadas inspiradas coreografías que no esconden los momentos más escabrosos de la vida del artista. Aunque no se despega ni por un segundo del esquema de infancia-lanzamiento al estrellato-caída-resurgimiento y catarsis final, los hechos presentados se acercan bastante más a la realidad que en la película de Freddy Mercury. Aquí las bajadas a la realidad –incluso entre tanta locura- se hacen patentes con mucha más verosimilitud, se sienten graves.

Esta enjundia se debe en parte a un Aaron Egerton del que no esperaba nada bueno, pero se saca de la manga una actuación espectacular en un papel que no tenía nada de fácil. Me sorprendió comprobar que no se había llevado ni una triste nominación a Mejor Actor en el año dominado por el Jocker de Joachim Phoenix. El resto del elenco no puede situarse a su altura, pero no fallan en absoluto, destacando especialmente Jaime Bell interpretando al mejor amigo del protagonista (Elton Bernie Taupin) y a Bryce Dallas Howard que da vida a la madre de Elton John (una arpía de primera).

Otro aspecto que ya hemos destacado pero quizás no hemos incidido es que la película tiene un argumento concreto. Avanza de un lugar a otro sin necesidad del factor cronológico como único motor de la historia. Así nos permite entender la idiosincrasia del personaje y todas las vicisitudes que trae consigo la escalada a los primeros éxitos. Refleja acertadamente la dualidad entre la persona y el artista, con una trama llena de ritmo que permite entender la evolución que sufre a lo largo de los años. Además, el apartado visual despide un estupendo saber hacer, en el que cada imagen en pantalla responde a un motivo, onírico a veces, histórico en otras. La puesta en escena es impecable, desternillante en algunos momentos, pero siempre brillante, especialmente cuando la lisergia campa a sus anchas.

No es sólo que la película sea más que competente (mucho más que Bohemian Rhapsody) sino que las canciones también molan (menos que Bohemian Rhapsody), me he encontrado con un buen montón de obras que me gustan que desconocía eran de Elton John. A ver si voy a tener que pegarle un repasillo como Dios manda…

El propio artista ha tomado parte activa en la creación de la película, como se puede notar en la composición de nuevas canciones especialmente dedicadas al film, que la Academia ha tenido a bien de premiar con el Oscar a Mejor Canción original.

Me reitero en lo que dije inicialmente, el musical sigue sin ser mi género y no suelo disfrutar de este tipo de productos, pero he salido mucho más satisfecho de lo que inicialmente hubiera esperado. Elton John es un artista que me interesa menos que Freddy Mercury, pero este musical-biopic me parece una película más disfrutable, especialmente para el no fan (ambas son perfectamente recomendables, no fastidiemos ^^). Un panegírico interesante sobre un artista único que te puede interesar más o menos, pero ya por el repaso de hits imperecederos ya vale la pena.

 

Nota: 8

Nota filmaffinity: 6.7 

sábado, 14 de diciembre de 2019

Bohemian Rhapsody


Decididamente, este biopic ha hecho correr ríos de tinta y de saliva. De él he oído opiniones para todos los gustos, desde ponerla a parir a considerarla una obra maestra del cine. Algunos le reprochan que no sea más que un compendio de videoclips, otros desean más hincapié en la creación musical, hay quien la fustiga por contar demasiado, el de más allá reclama todo aquello que se han dejado en el tintero; Rami Malek da vida a un perfecto Freddy Mercury y al mismo tiempo es un incompetente con prótesis dentales, que si está muy edulcorado o es una película de viciosos…. Buf… Imposible hacerse una idea sin haber visto la película.

Una vez vista, ¿me gusta este Freddie? ¿Me gusta su Rhapsodia? Tomémoslo como lo que es, una ficción que a veces se apresura, pega saltitos donde le conviene, cuenta una historia, la aliña cuando le apetece, oculta algunos ángulos, pone otros en valor, rocía alguna verdad aquí y allá… Es todo el arte de contar historias: No pierdas al público en el camino, dale algo que le mantenga en tensión hasta el final, haz que sueñe y déjale un buen sabor de boca. Una apuesta ganada si se hace bien.

Quizás lo más difícil es lo que sí hace bien en Bohemian Rhapsody. Rami Malek compone a un Freddie Mercury emocionante, lleno de humor, a la vez que inseguro y frágil. La película nos sumerge en sus orígenes culturales, sociales y familiares antes de que se convierta en el icono inalcanzable. Una vida que empieza como un cuento de hadas: el inesperado ruiseñor, un patito feo destinado al sufrimiento que tiene la suerte (buscada con ganas) de convertirse en cisne. Ascenso al estrellato que no le impide sufrir problemas de racismo y homofobia, incapaz de aceptar sus diferencias por miedo al rechazo. Escuchamos los demonios interiores de Freddie, sus confianzas con los amigos, su necesidad de sentirse querido, pero sobre todo lo que vemos es su parte luminosa, su apabullante fuerza vital, su lado visionario, analítico. Disfrutamos conociendo a su séquito, los miembros de Queen en acción, sus relaciones simbióticas y sus peleas.

El guión hace elipsis extrañas, cambia la cronología de los eventos de manera gratuita, pero su efectividad da ganas de conocer más sobre el grupo. Si bien deja caer los temas escabrosos, se echa en falta un poco más de profundidad en ellos (sin tampoco caer en el voyeurismo tonto). Nos emociona ese trágico fin anticlimático de ese héroe muerto antes de hora, fallecido cuando el concepto del SIDA ni se había inventado. Este desenlace se transforma en victoria al decidir acabar la historia en el concierto del Live Aid, catártico para el grupo, que se acaba con esa canción que resume en pocas líneas una vida, que nos exhorta a no dejar caer los brazos y recitar a gritos: “We are the Champions, my Friends!”. Los quince minutos finales son una apoteosis que te pone a tope y te deja, a pesar de su desaparición, con un subidón que pide volver a repetir.

Tiene sus errores gordísimos, especialmente si conocemos un poco la historia de la banda, acaba donde no debe acabar un biopic y hace trampas al solitario, pero… mola. Es el problema de la música de Queen. No es que sea buena o mala, es que juega en otra liga, y eso ayuda a la hora de molar y dejar buen sabor de boca. Bohemian Rhapsody es como una película porno. Tienes algunos diálogos puestos entre las escenas que interesan para hilvanar algo coherente mientras flipamos con los videoclips que nos prepara. Con los mimbres de sus canciones, ¿cómo no va a funcionar?

Su música tiene tanta fuerza que se le perdona cualquier error. No cuenta la verdad, se salta la cronología (adelanta el We Will Rock you solo para poner la imagen icónica de Freddie antes, por ejemplo), hace cambios de plano muy raros y narrativamente flojea bastante. Sin embargo, está Freddie y la música de Queen. Das vida al mejor frontman de la historia y tienes iconos absolutos de la cultura atronando en pantalla, acabas poniendo COMPLETO el Live Aid como no se ha visto en ningún biopic y claro, funciona. ¡Cómo no!

Me sorprendió que, con todos sus defectos, estuviera nominada al Oscar a mejor película. Sí entendí mucho más las otras cuatro nominaciones, que sí se llevó: Mejor actor para Remi Malek (el propio Freddy) y mejor Montaje, Sonido y efectos sonoros (el Live Aid tan apoteósico).

En resumen, cuando tienes a Queen a tu servicio, te montas 130 minutos de grandes éxitos y tienes a Freddy reencarnado… cualquier error (que los hay, y gordos) se te perdona. La película mola y punto.



Nota: 8
Nota filmaffinity: 7.3