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viernes, 5 de diciembre de 2025

Elvis

Recuperamos un poco el tono hortera y desmesurado y vamos a darle un puñado de brilli brilli. Baz Luhrman y su Elvis no dejan indiferente a nadie.

Elvis Presley es una de las estrellas más míticas de la imaginería estadounidense de los 60-70. En esta película se repasa su vida y su música, siguiendo el punto de vista del Coronel Tom Parker, su mánager a lo largo de su exitosa carrera. Así, seguimos su vida desde su descubrimiento a su muerte, pasando por su meteórico ascenso a las estrellas, revolucionando a la bienpensante sociedad del momento. No se olvida de la influencia de Priscilla Presley ni del efecto de su música a la hora de lidiar frete a la presión social, el conservadurismo y el racismo imperante.

En sus dilatados 160 minutos, repasa casi todas sus grandes canciones y muestra la evolución del artista, regodeándose en todos los excesos habidos y por haber. Hace especial hincapié en los problemas que tiene Elvis para gestionar la fama que acarrea su éxito. Él sólo quiere cantar y gozar la vida a lo grande, pero tiene que enfrentarse a la continua presión de un escenario atronador, los tejemanejes de su mánager, su familia, sus amigos… que lo único que quieren es sacar tajada de una gallina de los huevos de oro que no se entera muy bien de lo que ocurre entre bambalinas.

Me costó mucho abordar esta película ya que el director es Baz Luhrman. Aquí ya he comentado anteriormente lo poco que me gusta el histrionismo de este director, con una puesta en escena sobre estimulada, en la que no cabe espacio para la contención. Este gusto por lo hortera ya me resultó desagradable en El Gran Gatsby, por ejemplo. No me presentaba yo muy optimista, pero por una vez, me inclino a reconocer que ha encontrado una historia que justifica todas sus idas de olla visuales (la segunda, que también existe Moulin Rouge).

¿Qué encontramos? Una biografía un poco asín asín de Elvis Presley, la mayor estrella de la música en el EEUU de los 60-70. En una vida repleta de excesos, descontrol, lentejuelas y buena música. No se centra tanto en cómo triunfa sino en su depresión y lo poco que puede disfrutar de su éxito, incapaz de resistir a las presiones de un manager que lo quiere exprimir al máximo y una familia que sólo piensa en cuánto dinero puede sacar de él.

Lo que sí hace es ir a toda mecha. A pesar de sus casi tres horas, cuenta muchas cosas y, al mismo tiempo, siente la necesidad de hacer un videoclip super molón de cada canción famosa. Por momentos se vuelve agotadora, sin tiempo para respirar y con todos los dejes de Luhrman, es decir: lucecitas y lentejuelas por todos lados, toneladas de brilli brilli y una cámara que no sabe estarse quieta. Pero cómo esta vez la vida de Elvis y los videoclips molan un huevo, pues no me hace salir volando como otras veces. También se debe añadir que el trabajo técnico (montaje, sonido, etc.) es impresionante. No he mirado el presupuesto, pero apostaría que nunca ha gozado de tanto músculo financiero como aquí, y vaya si se queda a gusto. Remarco sobretodo la calidad en los vestuarios, tanto adaptándose a las épocas (1940=>1970), como todos los trajes de Elvis, sus peinados y sus chorradas.

El desbordarme horterismo y el ritmo alocado debería explotar en la cara del director, pues no propone un ejercicio fácil. Por suerte para él, tiene a tres protagonistas en estado de gracia que soportan todo lo que les echen encima. Austin Butler se mimetiza como Elvis de la mejor manera, Tom Hanks se sale haciendo de “malo” por segunda vez en su carrera (en ambos casos como representante de cantantes ^^) y Olivia de Jonge sirve magníficamente de ancla moral intentando hacer bajar a la realidad al loco del artista. 

Me hace especial gracia el esfuerzo que realiza para mostrar la revolución que supone para el público (blanco) la aparición de una estrella carismática de este calibre (blanca) de un género típicamente negro, como si lo hubiera inventado él, como mostrando a la sociedad bienpensante que ahora ya pueden disfrutar del rock sin que sea algo pecaminoso. En ese sentido funciona también la reacción histérica de las fans y la indignación de las mentes “decentes” ante los lúbricos movimientos del artista. Resulta enternecedor hoy en día (aunque sea verídico).


La calidad detrás y delante de las cámaras fue reconocida por la lluvia de nominaciones a los Oscar (película, actor, sonido, diseño de producción, fotografía, maquillaje, vestuario y montaje). No se llevó nada en un año dominado por Todo a la vez en todas partes. A fin de cuentas, es el ejemplo típico de una película que acaba así, todo muy bien hecho, pero…

Elvis es un monumento al exceso sobre una vida repleta de excesos. Puede resultar agotadora y desagradable, con un porrón de efectismos y una lluvia de estímulos que te dejan tonto. No obstante, el trabajo actoral, un despliegue técnico formidable y un montaje vibrante se las bastan para que sea un espectáculo de bandera.

 

Nota: 7

Nota filmaffinity: 6.8 

miércoles, 18 de diciembre de 2024

La guerra de Charlie Wilson

En mi línea de tachar películas que llevan casi veinte años en mi lista de pendientes… Que conste que estoy intentando mejorar en esto.

Mediados de los ochenta. Charlie Wilson es uno de tantos congresistas de los EEUU que disfruta de su cargo haciendo lo menos posible y divirtiéndose tanto como pueda. Simplemente, debe parecer ocupado para disimular que no se pierde una fiesta. Para están comisiones, subcomisiones… En esto que consigue meterse en una que busca el “desarrollo de sociedades libres en el Oriente Medio” o algo así, con el noble objetivo de hacer escuelas en Afganistán. Podría haber vivido tranquilo, pero cuando los soviéticos deciden invadir el país, un avispado agente secreto de la CIA ve en Charlie Wilson al tonto útil con el que inyectar dinero a los muyaidines que lucharán contra la URSS sin importar si por ello muere mucha gente. Por medio, una dama de la alta sociedad con demasiado tiempo libre decide aprovechar sus muchos dineros para convertirse en “alguien” dentro de la política yanqui, utilizando a Charlie Wilson como el tonto útil para perseguir sus fines. De esta lucha de poderes surgirá la mayor operación de guerra encubierta de su tiempo.

La guerra de Charlie Wilson es un amargo retrato de los entresijos de la política exterior de EEUU, siempre siguiendo una extraña mezcla de intereses, casualidades y neuras varias, de manera que aldeas solitarias cobran una importancia capital, o maletines extraviados, fiestas de alto copete, polvos de distinto pelaje… A grandes rasgos, crear un problema que no existe para luego proporcionar la solución equivocada que sólo servirá para que alguien se llene los bolsillos. Bajo un férreo guión de Aaron Sorkin encontramos una crónica ácida de las vergüenzas de la política yanqui, con el resquemor eterno de saber que ocurre pero no poder hacer nada para evitarlo.

Sorkin es uno de los pocos guionistas que son reconocibles a los cinco minutos de ver sus películas. Abuso de diálogos rapidísimos, conversaciones de pasillo y subtexto no demasiado disimulado, su reputación le precede y en este caso no va a ser menos. No deja títere con cabeza en su crítica de este compendio de malas decisiones que luego provocó tantos quebraderos de cabeza al país entre el 2000 y el 2015. El cine-forum posterior comentando la jugada y reflexionando sobre todos los melones que se abren es casi obligatorio.

Para asegurarse de que el mensaje que deseaba es respetado, Sorkin convenció al veteranísimo Mike Nichols (cuyos mayores éxitos se remontan a los 70, como El graduado o ¿Quién teme a Virginia Woolf?), amigo suyo y presto a filmar con firmeza tocando lo mínimo posible. En este sentido, refleja muy bien la tensión de las conversaciones de pasillo, acertando con el chascarrillo amargo en el momento oportuno y aprovechando el gran elenco de que se ha rodeado. En cambio, falla un poco (bastante) más en las escenas de acción, que se ven faltas de la fuerza necesaria para tener un efecto más impactante. Así, queda una película de un ritmo extraño que exige cierto esfuerzo por parte del espectador para no perder el hilo y apreciar todos los subtextos (muchos) que Sorkin imbuye en la película. No pierde el tiempo en presentaciones de los altos cargos, por lo que, encima, se hace necesario haber hecho los deberes (o hacerlos a posteriori) para distinguir quién es quién y las implicaciones que tienen sus palabras.

Lo que sí tiene es un puñado de actores de primera que se gustan cosa mala al saber que tienen un buen guión entre manos. Charlie Wilson está interpretado por Tom Hanks, en uno de los primeros papeles que le recuerdo en que es una mala persona. Acierta por completo al mostrar al patán vivalavirgen que sólo quiere escurrir el bulto pero cuyo egoísmo le mete en un follón que le supera. Por su parte, Julia Roberts está estupenda como burguesa aburrida que quiere pasarse el Juego de Tronos. No obstante, es Philip Seymour Hoffman quién roba cada escena en que aparece con su cínico, retorcido y fanático agente secreto dispuesto a cualquier cosa por la LIBERTAD y la GLORIA  de su país. Es un gustazo apreciar la impliación de todos y cómo un director capaz les saca partido con acierto. La academia premió a Hoffman con una nominación a actor secundario, que acabó perdiendo contra Javier Bardem de No es país para viejos (es que, vaya añete).

Sorkin haciendo cosas de Sorkin. Obviamente, una pasada para el que disfruta del peculiar estilo de este guionista que sabe imponerse a cualquier director que le ponen delante. Es un gozo disfrutar de los afilados diálogos repletos de mala leche que ponen el foco en lo que ocurre tras las bambalinas de la política estadounidense. Pero sigue siendo Sorkin haciendo cosas que Sorkin. No hay ningún esfuerzo por hacer la película más accesible o amena para el espectador. Como las lentejas, o las tomas o las dejas y su tendencia a quedarse entre el documental y el thriller le pesa un poco. Ni Sorkin ni Nichols saben decidirse por un tono concreto, lo que provoca que el ritmo se resienta con excesivos baches y se tenga cierta tendencia al aburrimiento a la que no te interese el tema.

No nos confundamos, La guerra de Charlie Wilson es una propuesta de lo más aprovechable. Tienes un puñado de actores de primera dándolo todo, unos diálogos marca de la casa con toda la amargura de su creador y una enorma capacidad para indignar que le sienta estupendamente. Un ritmo mejor medido y unas escenas de acción más rotundas podrían mejorar el conjunto, pero el resultado es de los que no dejan indiferente.

 

Nota: 7

Nota filmafinity: 6.2 

jueves, 1 de junio de 2023

Los archivos del Pentágono

Tras la notable El puente de los espías, Spielberg cambió otra vez de género, consagrándose en uno de los géneros más característicos del cine clásico estadounidense: una película sobre la prensa, sobre su importancia y la necesidad del trabajo de los periodistas que, a poco que sean independientes y conscientes de esa independencia, tienen el deber de jugar un papel esencial en la buena marcha de la democracia. El título original de Los papeles del Pentágono tiene el nombre de un periódico: The Post, diminutivo del Washington Post, el cual reveló también, poco después de los hechos relatados en esta película, el escándalo Watergate. Este caso que nos ocupa nos trae a la mente también uno de los film emblemáticos del género: Todos los hombres del presidente, de Alan Pakula, con del dúo mítico de Woodward-Redford y Bernstein-Hoffman. Pero uno también se acuerda de la reciente y formidable Spotlight, en la que el título representaba el apodo del equipo de investicación del Boston Globe, en el centro de la intriga. Y como estas cosas no son nunca casualidad, uno de los guionistas de Los papeles del Pentágono, Josh Singer, también coescribió Spotlight con el director Tom McCarthy.

Los archivos del Pentágono es el equivalente setentero de Wikileaks, y de los papels del Panamá o del Paraíso de nuestros días, y precursos del Watergate, que iba a explotar tres años más tarde: una de las filtraciones fundamentales del periodistmo estadounidense, la pucliación en 1971, primero por el New York Times, pero sobre todo por el Washington Post, de documentos clasificados como “secretos de estado” – filtrados por Daniel Ellsberg, asesor militar y calificado como “El hombre más peligroso de América” por el siniestro Henry Kissinger – que relataba las relaciones entre EEUU y Vietnam de 1945 a 1967, demostrando claramente que los dirigentes estadounidenses, y más concretamente Johnson y Nixon, sabían que la guerra de Vietnam, deliberablemente encendida e intensificada, era un embrollo trágicamente inganable y habían mentido repetidamente al Congreso y al público sobre el avance de la guerra.

La publicación de estos documentos provocó una feroz reacción por parte del gobierno, que buscó detener a los periodistas, a esos “hijos de puta”, como no dudó en llamarles el propio presidente Nixon. Ante el rechazo a delatar sus fuentes por parte del New York Times y del Washington Post, el caso subió hasta la Corte Suprema, que acabó dando tímidamente la razón a los defensores de una prensa libre.

Otro aspecto esencial de la película se encuentra en el hecho de que el Post estaba dirigido, en la época, por Katharine Graham (Meryl Streep), la primera mujer directora de uno de los grandes periódicos del país. No hace falta imaginar mucho para deducir hasta que punto su posición era precaria, y el nivel de coraje que había que mantener para hacer frente a la solución. El duelo explosivo que forma con Ben Bradlee, su redactor jefe (Tom Hanks, que retoma entonces el papel realizado por Jason Robards en Todos los hombres del presidente) es uno de los grandes valores de la película.

Y es que ambos actores se dedican a lo que han hecho bien siempre: Actuar de puta madre. Da gusto ver a dos buenos actores, dirigidos por un buen director y gozando de un buen guión. Durante dos horas, vamos a ver una película de “gente hablando” sin que por ello nos dé la sensación de quietud o aburrimiento en ningún momento. A base de poner luz en un caso no especialmente conocido fuera de las fronteras estadounidenses, basa su juego en relatar con precisión unos hechos a base de diálogos, dando lugar a un estupendo ejercicio de cine.


A estas alturas no vamos a descubrir la capacidad de Steven Spielberg para contar historias. Sin artificios ni acrobacias innecesarias, simplemente escogiendo la mejor puesta en escena con la que crear el escenario para que dos pedazo de actores hagan bien su trabajo. Dice que no intenta ser pedagógico, pero incluso cuando denuncia, cuando recuerda cómo deberían ser las cosas, sabe dejar un poso calentito en el alma que te recuerda que el mundo puede ser un lugar mejor. Ejercita la mente, presenta dilemas éticos y te pega al asiento todo en uno.

Aunque no se llevara nada, su calidad fue reconocida por una nominación a Mejor Película y Mejor Actriz (Meryl Streep), perdiendo ante La forma del agua y Frances McDormand (Tres anuncios en las afueras) en un año en que todo acabó muy repartidito.

Los archivos del Pentágono es una de estas películas de las que sales pensando en que hay gente que lucha por hacer de este mundo un lugar más justo y que, a veces, ganan. Remarca la importancia de la existencia del cuarto poder, en una suerte de idealización de la prensa que quizás hoy día nos parece algo ajena. Una prensa libre, independiente buscando desentrañar la verdad y los abusos del poderoso es algo tan nostálgico y añejo (aunque nos gustaría que volviera) como las máquinas de escribir o las rotativas que se muestran en pantalla.

Otra de estas películas que pueden ser menores dentro de la filmografía de Spielberg, pero que la gran mayoría de cineastas ni siquiera son capaces de concebir. El mejor contador de historias de Hollywood hace una película de las que a mí me gustan, con profundidad periodística, una minuciosa investigación, dilemas éticos y judiciales, además de mostrar las verdades que algunos intentan esconder. Una película para reconciliarse con la humanidad (que de vez en cuando viene bien), una narración brillante y un thriller efectivo e inesperado. Un gustazo para los que gusten de unos estupendos diálogos, grandes actores y una puesta en escena impecable.

 

Nota: 9

Nota filmaffinity: 6.7 

miércoles, 4 de mayo de 2022

Noticias del gran mundo

Noticias del gran mundo es una película de Netflix que vi únicamente para poder hablar de ella en el podcast de Cinéfagos Muertos que tenéis AQUÍ. Reconozco que si no, no tenía previsto acercarme a su visionado. Poca fe que le tengo a estas propuestas.

Recién terminada la Guerra Civil Americana, las heridas están todavía abiertas y los ánimos no se han calmado aún. Las rencillas están a flor de piel y los agravios se recuerdan con ansia. Después de todo, hace nada que los estadounidenses se estaban matando con ganas entre ello. Con el objetivo de hermanar de nuevo a unos con otros, Tom Hanks va de pueblo en pueblo “trabajando” como lector de periódicos, recordando que los componentes de ambos son personas que comparten problemas para así fomentar la paz y la empatía. Malviviendo con este trabajo de pseudo presentador de las noticias, toma contacto con una niña blanca que fue raptada por los indios Kiowa cuando ella era un bebé. Cuando parece que la pequeña va a quedarse sola en el mundo, el Gobierno localiza a unos parientes lejanos que viven a tres estados de distancia. Como Tom Hanks es más bueno que el pan, se verá obligado por su conciencia a cuidarla en su viaje hasta la que será su nueva familia.

Con voluntad y mimbres de western clásico, se pueden poner pocos peros a la factura técnica de la película. Respeta las características formales del género con acierto, mantiene un tono correcto y sabe tener su estilo, con una producción de buena factura.


Goza además de un buen par de actores sobre los que cargar la película. Tom Hanks hace el mismo papel de siempre que hace tan bien y que hemos visto en mil películas. Por su parte, la pequeña Helena Zengel sorprende saliendo airosa con un papel muy exigente, que fácilmente puede ser poco creíble, pero que convierte en verosímil. No era tarea fácil.

Asimismo, desde un primer momento se nota que el director sabe qué hacer con la cámara, con una puesta en escena obviamente deudora de los clásicos del género. Paul Greengrass en un veterano en esto de contar historias y sabe cómo adaptar el ritmo para que los sucesos fluyan acompasadamente, permitiéndonos conocer a los protagonistas mientras mantiene un subtexto en torno a la comunicación como manera de entenderse entre las diferentes culturas. Bien podría ser un western de la Época Dorada, con amplios medios para escenificar la época, unos escenarios más que correctos y una estupenda fotografía que se gozaría en la pantalla más grande posible. Técnicamente, la película desprende clase, con nominaciones a los Oscar de Fotografía, Banda Sonora, Diseño de Producción y sonido que dan buena prueba de ello.

El academicismo con que está realizado el film se trasluce también en la trama, con los giros situados en el minuto exacto que los manuales mandan, sin salirse un ápice del camino marcado. Encontramos también un subtexto poco sutil sobre la superación del dueño, la necesidad de perdón y la comunicación como clave para la comprensión entre los pueblos, casi siempre a cargo de un Tom Hanks que hace las veces de conciencia del país, consciente de los desafíos que están por venir.

Así que deberíamos tener una gran película entre manos, y justo por ello sorprende el poco poso que deja la película. La has visto, has pasado un buen rato y ya la has olvidado, cuando por formato y mensaje, no se trata de un blockbuster veraniego. Pareciera que su academicismo y corrección impoluta le impidieran ofrecer nada novedoso, nada original por la que recordar Noticias del gran mundo. También tiene el problema de ser correcta (y más que ello) en casi todos los aspectos en la que se le puede juzgar, pero en ninguno de ellos es especialmente virtuosa, perdiéndose entre la miríada de propuestas similares que hemos visto a lo largo de los años.

 ¿Es una película recomendable? Sin duda. Es una película bien hecha con la que sentarse y pasar un rato delante de la pantalla, pero falla al hacerse interesante, sin nada que la eleve por encima del “bien”, cuando todo el envoltorio parece tener ínfulas de querer llegar a algo más. Sorprende (y quizás decepciona) que algo con estas mimbres para tener un destino glorioso acabe dejando tan poca huella. No obstante, seguimos teniendo un western con aroma clásico perfectamente disfrutable, con un mensaje que contar y dos actores principales que saben muy bien lo que hacen.

 

Nota: 6

Nota filmaffinity: 6.4 

lunes, 1 de febrero de 2016

El Puente de los espías



Supongo que no hace falta presentar a un director tan importante en la historia del cine como Steven Spielberg. Con los años de ha ganado el derecho de que el estreno de cada uno de sus films sea un acontecimiento. Su propuesta para este año ha pasado muy ensombrecida por la gigantesca maquinaria que ha movido Star Wars, pero una vez saciadas mis ansias frikis no quería perder el tiempo en verla. Todos hemos crecidos con sus películas y se le tiene un poco de cariño al hombre.

Ver El Puente de los espías es todo un gustazo. No tanto por su ingenioso guión (que también) sino por lo bién hecha que está. Las manos de tito Spielberg se notan en una puesta en escena impecable, con una fotografía gélida, pero llena de detalles. Las dos largas escenas que conducen a la conclusión de los juicios son grandiosas y la escena final en el puente está al alcance de muy pocos (es PERFECTA). Su sonido también es de primerísima calidad, con una banda sonora en la que, por primera vez en muchos años, no colabora John Williams sino Thomas Newman.

La recreación de la época y el gusto por el detalle destacan desde el primer momento, especialmente en las escenas realizadas en Berlín. Se podría hacer sin ningún problema un Viajes de cine recordando los lugares míticos de la capital alemana (Alexander Platz, Templehof, Brandenburg…), tal es la calidad de la fotografía y el escenario.

Sin embargo, la película está cargada de un patriotismo innecesario, dejando claro que los yanquis son mucho más humanitarios y éticamente superiores a los soviéticos. A ello hay que unir unos baches de ritmo que no ayudan a hacer fácil una película que no destaca por su elevada emoción. Cada palabra tiene su importancia, cada diálogo reverbera y influye en lo que va a pasar posteriormente. Todos los personajes toman decisiones trascendentes en su futuro y el director consigue mostrarnos cómo cada personaje es consciente de  de la importancia que tiene cada acto en su destino. No obstante, tal como ocurría en La Terminal, una historia que daría para epicidades gratuitas o enfrentamientos enconados que conduzcan a la gloria o a la tragedia, pero se queda como una historia ñoña de un hombre simple y adorable, con un tesón que ya nos gustaría tener. A pesar de la sucesión de afilados diálogos de los que somos testigos, llenos de incisivos intercambios dialécticos a cada cual mejor que el anterior, la narración se acaba haciendo pesada y se acaba haciendo larga. La idea es más que interesante pero, ¿era necesario un prólogo tan largo para acabar llegando a Berlín? Estoy seguro que se podría haber aligerado sin inconvenientes, haciéndola más fácil para el espectador.


La primera hora de película se mece en un impecable ejercicio de dialéctica frente al tribunal para mayor gloria del sistema judicial estadounidense, cuya línea argumental podría haber continuado sin problemas, pero las circunstancias convierten a nuestro Tom Hanks en el improbable negociador de un canje de prisioneros de guerra en Berlín justo durante la construcción del muro. Tom Hanks, que siempre ha sido la persona normal “personificada” es el mejor para soportar a sus espaldas el papel de persona anónima metida en un follón que le queda, definitivamente grande y salir airoso del trance. En este caso, se mete en la piel de Atticus Finch, el abogado de ética intachable, el que defiende las causas perdidas porque alguien debe velar por ellas. Es el mismo personaje que el de Gregory Peck, el abogado defensor de un jucio perdido de antemano que nos recuerda que la integridad y la justicia son valores que preservar, pero trasladándose cincuenta años para defender al hombre más odiado de los EEUU McCarthistas. Sólo una cosecha excepcionalmente buena en trabajos actorales le ha impedido aparecer en los nominados de los Oscars de este año (que sabemos que será para Fassbender :p). Este caballero sin espada no está sólo en el brete. A su lado, el “estoico mujik” ejercido por Mark Rylance deslumbra. Desborda clase en un ejercicio impecable de un espía acorralado que no puede sino asistir, lleno de calma y tranquilidad, a los avatares de su destino, cuyo futuro ya no le pertenece. Pedazo de actuación que se saca de la manga (nominación al Oscar incluida).

 Esta película de juicios que parecía dirigida hacia el drama carcelario se convierte en un instante en un film de espías. No de aquellos que saldrían de la pluma de Ian Fleming, sino de aquellos surgidos del frío, de la mente de LeCarré. Los ávidos de emociones fuertes quedarán pues decepcionados, pues en LeCarré la diplomacia y la información importan mucho más que los tiros y las explosiones. El Puente de los espías acaba siendo una película que recuerda a Atrápame si puedes o La Terminal (ambas con el bueno de Hanks por ahí). Ejercicios impecablemente realizados técnicamente, pero faltos de una emoción que las deja como películas menores en una filmografía plagada de films grandiosos.

Por último, me ha parecido gracioso el diálogo con el policía, cuando éste le dice “Yo estuve en el desembarco, en Omaha”. Casi estaba esperando que Tom Hanks le fuera a decir “Y yo también, yo era el que pedía fuego de cobertura, idiota”. ¡Qué buenos tiempos los del soldado Ryan!

Nota: 6
Nota filmaffinity: 7.0

Publicada previamente en Cinefágos AQUI

domingo, 22 de febrero de 2015

La Terminal

Cuando uno está de vacaciones intenta aprovechar para quedar con los amiguetes, montar timbas y acabar todas las cosas pendientes que no se pueden hacer mientras se está trabajando, pero de vez en cuando lo que apetece es aplatanarse en el sofá y dejar que se vea lo que ponen por la tele sin ni siquiera molestarse a cambiar de canal (pasa un par de veces al año o así…). Y vaya, ponían La Terminal, ésta era de Spielberg, ¿no?

Debido a una serie de problemas políticos, el pasaporte de Viktor Navirsky queda invalidado cuando intenta salir del aeropuerto de Nueva York. Incapaz de entrar en EEUU y de coger un avión de vuelta a su casa, se ve obligado a encontrar la manera de vivir dentro del aeropuerto a la espera de que la guerra civil de su país acabe. Sin hablar inglés, sin dinero y sin posibilidad de moverse, Viktor se transforma en un moderno Robinson, atrapado en el extraño ecosistema del aeropuerto.

El argumento da para presentar una tragedia con todas las penurias que un vagabundo sin papeles y sin dinero debe soportar para vivir en un ambiente hostil, pero a Spielberg esas cosas no le suelen ir, así que el dramón se transforma en una comedia absurda al más puro estilo Big Fish. ¿Y quién mejor para presentarlo que el tonto más simpático de todo Hollywood? Tom Hanks es uno de estos pocos elegidos para hacer de bobalicón carismático sin parecer demasiado tonto ni demasiado listillo. Su Viktor Navorsky es agradablemente Forrestgumpiano y se aleja de cualquier tipo de deconstrucción del personaje. Se dedica a ser (casi) él mismo y pasear su sonrisa con una solidez entrañable, sin histrionismos ni estupideces.

Y es que la película lo único que quiere es contarte una historia (y eso el tito Spielberg lo hace muy bien). Una historia ñoña de un hombre simple y adorable, con una visión de la vida y un tesón que ya nos gustaría tener. La narración flojea a veces y la trama principal parece necesitar de descansos, que Spielberg aprovecha para rellenar correctamente con un buen puñado de historias secundarias. Son pequeños relatos muy cotidianos imbuidos dentro de la trama general, asomando la cabecita aquí y allá. No destacan por su profundidad pero se siguen agradablemente, sobrando quizás el papel de Zeta-Jones que parece estar sólo porque debe haber un partenaire femenino.

Sería muy fácil que esta propuesta fuera pesada, lenta o chorra, pero Spielberg sabe bien lo que hace. Las diferentes desventuras de Viktor se suceden con naturalidad, manteniendo un ritmo y un tono que capta nuestra atención y queramos saber más de la historia. Después de todo, si en algo destaca Spielberg es en ser un buen artesano de historias. Es que casi da igual lo que nos cuente, nosotros nos la vamos a tragar con patatitas y vamos a pedir más. Y aquí no pasa nada emocionante ni especialmente entretenido, pero le aporta la dosis adecuada de azúcar, lo estructura con clase y consigue que nos entretengamos con cualquier cosa.

La película surgió a modo de unas “vacaciones de escritor” en que Spielberg se tomó un pequeño descanso durante los dos años en que estuvo trabajando a destajo preparando a la vez la desgarradora Munich y la compleja La guerra de los mundos. Momentos en que se necesita un entretenimiento ligero y en verdad es lo que consiguió. La historia es simple e incluso insulsa y realmente no tiene nada por lo que debería llamar la atención, pero, a su manera, funciona.
Así pues, no hay rastro de una crítica política muy fácil de tirar ni se incide en la vida de los pordioseros de los aeropuertos. Simplemente se provoca una situación de la que sacar punta, se pone un malo y a partir de allí, de piedrecita en piedrecita con más o menos gracia. No hay aspavientos ni artificios extraños ni excentricidades, sólo una excusa de historia, personajes bien construidos y muy normalitos y un desarrollo agradable. Los toquecitos de esperanza y buen rollito made in Spielberg junto con el carisma de Hanks hacen suficiente. ¡Incluso puede parecer que Viktor haya disfrutado el año que ha pasado encerrado en el aeropuerto!

Evidentemente, no es uno de los mejores trabajos de Spielberg, pero sí un entretenimiento agradable que ver con una sonrisita tonta en la boca un domingo tarde con ganas de hacer el vago. En manos de cualquier otro habría sido un engendro infumable, pero el resultado es adecuadamente digno.


Nota: 6
Nota filmaffinity: 6.5

domingo, 3 de julio de 2011

Camino a la Perdición


Un precioso ejemplo de cine negro. De estos que se vuelven un clásico al instante.

En plena Gran Depresión (años 30), Michael Sullivan es el asesino a sueldo de más confianza del anciano mafioso irlandés Rooney. El hijo de Rooney, Peter, es un engreído incompetente y está robando dinero a espaldas de su padre. Cuando el mayor de los niños de Sullivan es testigo de un asesinato cometido por Peter, éste decide acabar con Sullivan, matándo a toda su familia. Sin embargo, no consigue matar a Sullivan ni al niño. Éstos, obligados por las circunstancias, emprenderán un sangriento camino a la venganza, un camino a la perdición.

La historia es quizás la típica de una película de gangsters, pero es la calidad de los actores y el inmenso trabajo de dirección y de puesta en escena que recuerda a todos esos estupendos ejemplos clásicos del cine negro de antaño. Dos horas para disfrutar con esta preciosidad, con un aire de tragedia griega de los que no dejan indiferente a nadie.

ACTORES: Lo primero de todo: ¿Tom Hanks un mafioso asesino? Lo siento, pero no me pega. Un hombre que se ha dedicado por todos lados a hacer papeles de buena persona, no puede ser un asesino sin escrúpulos. Por mucho que lo intente, no consigo ver a Forrest Gump dedicarse a pegar tiros. ¿Significa acaso que haga una actuación? Ni modo. Su trabajo es estupendo, a pesar de lo extraño que se me haga verle en ese papel. Luego tenemos a Paul, Paul Newman. Todo un maestro que se despide con una portentosa actuación. Apenas aparece diez minutos en toda la película, pero su John Rooney es simplemente magnífico. Los otros dos secundarios, Jude Law y Daniel Craig nos sorprenden también con muy buenas actuaciones alejadas de sus registros habituales y nos demuestran que, si quieren, también pueden ser buenos actores (cosa muy inesperada de Craig, lo reconozco).

DIRECTOR: Sam Mendes maravilló a todo el mundo con American Beauty. Mucha gente esperaba con ansia su segunda película y sorprendió a todos con un acertado retorno al cine negro. Toda la película desprende un aire seco, de decadencia y muerte. Exceptuando los pocos momentos alegres, el resto de la película está rodado con una curiosa gama de grises que ayudan a dar ese efecto desolador. Hay multitud de escenas perfectamente construidas, los diálogos padre/hijo en el hotel, los asesinatos de Michael Sullivan, el cobro al moroso… Cosas que sólo los genios saben hacer, y Mendes es de los buenos. Estéticamente muy trabajada, consigue dar una sensación de desasosiego e intranquilidad logradísima. Solemne y seca, casi árida, es de estas películas que dejan huella.

GUIÓN: La película nos deja algunos momentos imborrables: el “me alegro que seas tú”, los acuerdos con Al Capone… Su trama, bien construida, está soportada por unos actores en estado de gracia y sabe mantener la congoja y la tensión. Sabes que va a ocurrir, pero aún así no puedes evitar el querer verlo, aunque vaya a ser incluso doloroso. El aroma a tragedia griega hace que pueda ser algo predecible, pero sigue siendo una película altamente atractiva. Sus diálogos son cortos, pero con sustancia, reflejando perfectamente las extrañas relaciones paterno-filiales. El mayor pero que se le puede poner es que el ritmo es lento, a veces casi inexistente, y en algunos momentos puede llegar a cansar.

Cada palabra tiene su importancia, cada diálogo reverbera y influye en lo que va a pasar posteriormente. Todos los personajes toman decisiones. El director consigue mostrarnos cómo cada personaje es consciente de lo que dice y hace, sabe de la importancia que tiene cada acto en su destino. Están sellando su sentencia de muerte. No lo ignoran, pero siguen adelante porque es lo que deben hacer. Podemos incluso ver cómo los personajes evolucionan y avanzan conducidos muy a su pesar hacia su inevitable destino.
Las relaciones padre-hijo son también de vital relevancia en la película, añadiendo profundidad a la misma. Michael Jr. sabe que no es el hijo favorito de su padre, pero ello no le impide idolatrarle. Su padre es el mejor y es muy bueno, aunque sea un asesino a sueldo sin escrúpulos. A veces cree que no le quiere, pero, a medida que avanza la película, es capaz de vislumbrar el amor de su padre hacia él, tan imposible de transmitir a veces. El viejo Rooney se encuentra también en una situación agónica. Sabe que su hijo es un arrogante incompetente de gatillo fácil. Sabe que no es un buen hijo, que le odia y no quiere más que verle muerto pero aún así, con todo el dolor de su corazón, no es capaz de dejar de quererle. Sigue siendo su hijo, a pesar de todos sus defectos y de lo que ello significa para su vida.

Es todo un películón que mereció quizás más gloria en los Oscars (6 nominaciones, 1 premio) de uno de los años más flojos que recuerdo. Su excesiva lentitud lo aleja de las producciones de acción y del público palomitero, pero es un buen ejemplo de saber hacer. A nivel de actuación es un portento de película, así como estéticamente (Conrad L. Hall se llevó el oscar a la mejor fotografía póstumamente, puesto que falleció en enero y la gala de entrega fue en marzo).

Nota: 8
Nota filmaffinity: 7.6