Mostrando entradas con la etiqueta Eastwood. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eastwood. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de noviembre de 2024

El francotirador

Tirador de élite de los Navy SEAL (¡lo mejor de lo mejor de lo mejor, con honores!), Chris Kyle es enviado a Irak con un único objetivo: Proteger a sus compañeros. Sus disparos de precisión quirúrgica han salvado numerosas vidas estadounidenses, por lo que los relatos de sus hazañas se multiplican, provocando que gane el apodo de “La leyenda”. Kyle ha participado con las cuatro batallas decisivas de la campaña, las más terribles de toda la guerra. Pero llega un día en que debe volver a su país. Lo que debería ser una alegría se transforma en una pesadilla al darse cuenta de que no puede volver a una vida normal.

Así se retrata una tragedia nacional. ¿Qué implica el apodo de “La leyenda” con el que Kyle se siente tan incómodo? En Estados Unidos, la ficción constituye a menudo el precio de la realidad histórica y, a veces incluso, la condición misma para la reconstrucción de una comunidad. Una leyenda ciertamente problemática pero necesaria, una forma para que el pueblo reconstruya una mitología que Washington ha distorsionado. Así mismo, ¿cómo se fabrica una maquina de matar perfecta? ¿Cuál es el precio a pagar por ello? Eastwood no nos trae a la palestra a un soldado torturado por la guerra. No es Platoon ni Nacido el 4 de julio ni La Chaqueta metálica, no. La carrera bélica de Kyle es apoteósica, un éxito absoluto. Incluso se puede decir que se lo ha pasado en grande en batalla (tampoco nos pasemos, pero bueno, ya me entendéis). ¿Eso impide su reintroducción en la sociedad? No hay más que echar un vistazo a su declaración de principios, sus prioridades y su sentido del deber: consciente de que cualquier muerte extranjera es bienvenida si con ello salva vidas estadounidenses. Una vez en casa, se siente inútil, incapaz de comprender que puede relajarse, que ya puede descansar después de todos los servicios prestados. Pero si has fabricado al asesino perfecto, el desequilibrado padre de familia sólo ansia volver al campo de batalla para matar malos y salvar el mundo, el resto no tiene importancia.

Pudiendo realizar un panegírico pro-americano, Eastwood decide mostrar la vida del francotirador perfecto con una asepsia que espanta. Los hechos que se muestran son horribles, con muertes de niños, abusos, explosiones… sin atisbo de condena o ensalzamiento. Juega hábilmente con nuestra empatía al obligarnos a identificarnos con un asesino inmisericorde que, al mismo tiempo, es incapaz de comportarse con un hijo al que adora pero que no sabe querer. Ahí reside la grandeza (y el mayor problema) del film: el retrato de un monstruo puede hacernos rechazar el conjunto del relato. Asimismo, al no condenar explícitamente sus actos, puede parecer que los justifica o engrandece, lo que para algunos se les puede hacer incómodo. Y viceversa, los más patrióticos no verán con buenos ojos un retrato tan aséptico, sin glorificar la figura de un “héroe nacional” clave para conseguir la victoria en un terreno hostil.

A sus muchísimos años, sorprende como a Eastwood no se le ha olvidado rodar en absoluto. Cada una de las terribles batallas está hábilmente coreografiada, filmada con precisión y un ritmo que nos pega a la butaca. La puesta en escena destaca por su solidez, metiéndonos en vereda desde un primer momento, destacando por el realismo de sus escenarios y, sobretodo, por un espectacular tratamiento del sonido que debió ser una gozada de apreciar en los cines. Si tenéis un buen sensurround en casa, ponedlo a fondo y disfrutar, que se lo vale.

Todo ello contribuye para conformar la evolución psicológica y vital del protagonista, hábilmente encarnado por un irreconocible Bradley Cooper que se adivina bajo toneladas de músculos. Quizás el resto de secundarios no está a la altura (el mayor debe de la película, con Siena Miller a la cabeza), pero Cooper se echa la película a los hombros y nos ofrece una interpretación de ese SEAL tejano simplón y bien intencionado que sólo quiere cuidar de los suyos, pero que a medida que pasan los minutos va convirtiéndose en un ser cada vez más peligroso e impredecible. Cooper en ningún momento sobreactúa, y sólo con sus gestos y movimientos es capaz de hacernos transmitir las sensaciones que su personaje es incapaz de exteriorizar.

Todo en la película destaca por su calidad técnica, destacándose por su lluvia de nominaciones a los Oscar (mejor película, Actor Principal, Guión Adaptado, Montaje, Sonido y Efectos Sonoros), llevándose únicamente el Oscar a Efectos Sonoros en un año increíblemente repartido.

El francotirador es un aséptico retrato del mejor en lo que hace, aunque lo que hace es muy desagradable y no vamos a estar de acuerdo con casi nada de lo que hace. Se trata de una película áspera, desagradable, difícil de casar en un género, que no tiene por objetivo divertir, ni mucho menos. Bradley Cooper borda a un personaje “imposible” a partir de un guión milimétricamente trazado. Eso no implica, claro, que la película se pueda disfrutar mucho más allá de poder gozar de un trabajo técnico de primera.

 

 

Nota: 7

Nota filmaffinity: 6.4 

viernes, 26 de julio de 2024

Sin perdón

Ésta es una de esas películas de las que siempre se saca la misma anécdota: se trata de “el último buen western”, de la película que entierra el género pues tras ella no hay ya nada que se pueda contar. Es un poco falaz, pues se han hecho buenos Westerns tras ella, pero claro, se ha convertido en la vara de medir de una manera tal que se hace imposible no tenerla en cuenta.

Lo mismo ocurre con su protagonista. Pocas personas vivas encarnan a un género en sí mismo: el viejo pistolero curtido en mil batallas obligado a una última misión.

Pues es ese planteamiento el que da pie a la película: Clint Eastwood como el epítome del personaje del oeste, que es obligado a salir del retiro para un último baile. Éste, vive tranquilamente dejando pasar los días con un antiguo compañero de armas como vecino. Las circunstancias provocan que tengan que salir en venganza de un grupo de prostitutas que son cruelmente esclavizadas por una organización dirigida por el sheriff local. A ellos se les une un jovencito impetuoso, fascinado con la leyenda que se ha originado alrededor del personaje de Eastwood.

Como si de un Quijote moderno se tratara, Sin Perdón coge todos los clichés y tópicos de las películas del género, dándoles la vuelta y pasándolo por una pátina cínica y desmitificadora, recordando que en la vida “real” hay muy poco de heroísmo y mucho de desesperación. Después de todo, casi siempre los pistoleros viven poco, los guardianes de la ley están más corruptos que los bandidos, las chicas no son guapas y las posibilidades de recibir un balazo son demasiado grandes. Al final, sólo queda ser el más malnacido del pueblo o ser carne de cementerio.

No voy a entrar a valorar el icono que es Clint Eastwood como personaje en sí mismo. Baste decir que William Munny es uno de sus personajes más inolvidables, imitado por doquier, siempre la referencia con la que medirse. Frente a él, tenemos a un Gene Hackman que se gusta a lo grande dando vida a un asesino despiadado, cruel y arrogante que, encima, goza de tener el amparo de la ley. Complementa el trío de protagonistas un magnífico Morgan Freeman cuyo personaje ya ha dejado atrás la violencia, que sale de su granja porque su amigo le necesita, mostrando su humanidad y la patente sensación de que su tiempo ya ha pasado.

La propia historia, retratada con decisión por el propio Eastwood, es justo un testimonio del paso del tiempo, como los hechos se transforman en mitos y se deforma la realidad. ¿Qué hay de la vacía gloria de los malnacidos? ¿Qué queda tras los días de juventud sino remordimientos y agravios? Al mismo tiempo, realiza una interesante reflexión sobra la maldad y la capacidad de redención, siempre aderezado por un guión que firma el propio Eastwood que refleja hábilmente todas las contradicciones inherentes a la trama, cuyos diálogos marca de la casa hacen patente que Clint es el mejor para soltar frases lapidarias por todos lados.

Asimismo, Eastwood se las arregla para escoger muy bien qué te muestra, qué te cuenta y qué deja que te imagines, manteniendo un ritmo que permite que los hechos dejen poso, sin por ello hastiar ni aportar trascendencia gratuita a la pantalla. Muchos directores deberían aprender de él a la hora de introducir guiños y referencias (Filloni, te estoy mirando a ti) integradas dentro de la obra, sin que por ello la acción se pare para decir “eh, esto es un homenaje” y luego volver a la película. Dos horitas que te pegan al asiento cosa mala.

En cuanto a la resolución, me encanta como SPOILER William Munny en ningún momento ha dejado de ser el asesino sanguinario de su juventud. Disfruta destruyendo, matando y aterrorizando a todos los que tiene alrededor. Es por amor a su (luego difunta) esposa que dejó de ser un bandido y se convirtió en un frustrado granjero. Al acabar el trabajo de las prostitutas, “queda liberado” de los votos de su mujer, y ahora puede volver a ser el malnacido que fue sin ningún remordimiento de conciencia ni mácula en su palabra. Eastwood lo remarca con la introducción de la música, que nos deja caer, con su tono evocador, cómo van a ser los siguientes días en la vida de Munny. FIN DEL SPOILER.

En fin, diez nominaciones a los Oscars que se quedan bien a gusto, entre ellas todo lo gordo. Mejor película, dirección, actor, actor secundario, guión, montaje, fotografía, diseño de producción y sonido. Entre ellos cayeron Película, dirección  (Clint Eastwood), actor secundario (Gene Hackman) y montaje (Joel Cox), prueba de que la Academia está de acuerdo con la calidad de este monumento.

Pocas películas consiguen matar un género (vale, no está tan muerto, pero nos entendemos) pero ésta es una de ellas. ¿Cuándo haces el Quijote, quién puede querer compararse? No es que sea una de las mejores películas del Oeste (que lo es), es que es una de las mejores películas del cine. Una de estas obras que tienes que ver, degustar y volver a ver.

 

 

Nota: 9

Nota filmaffinity: 8.2 

domingo, 23 de octubre de 2022

Invictus

A estas alturas no vamos a descubrir a un director de la talla y la experiencia de Clint Eastwood. En su solidez demostrada en su dilatada filmografía, se han pasado por aquí un buen puñado de películas, casi siempre bien valoradas (El sargento de Hierro, por poner un ejemplo la mar de reciente). En Invictus evita la actuación para centrarse en dirigir.

Sería raro que se hubiera reservado un papel, pues Invictus hace las veces de repaso de la historia de Sudáfrica desde el fin del apartheid - representado por la liberación de Nelson Mandela - hasta la victoria en su Mundial de Rugby, que cataliza la reconciliación nacional entre negros y blancos.

Es una historia que a todos más o menos nos suena. A pesar de su director, podría pasar desapercibida si no fuera por la espectacular actuación de Morgan Freeman encarnando a Mandela. No sólo se convierte en la viva imagen del dirigente, sino que le aporta tanto carisma y buen hacer que el visionado de la película valga la pena ya sólo por ello. El efecto Mandela no se causa por una mala razón, ni mucho menos. Lástima que ninguno de los otros actores esté a la altura, especialmente un Matt Damon con cara de palo, que queda en evidencia en cada escena que comparte con Freeman.


El desenlace de la película es de común conocimiento, lo que no ayuda a crear expectativas sobre lo que ha de ocurrir a continuación. Su tono más cercano al documental novelado que a una película habitual tampoco ayuda, pues padece de grandes baches de ritmo y, especialmente, de emoción, con lo que es fácil perder el interés por la película.

Se nota, sin embargo, mucha solidez en la puesta en escena. La película recrea con gracia el ambiente en que se vivió ese mundial, con la sociedad unida por primera vez en torno a algo cuando antes vivía enfrentada. Los planos bien rodados se suceden y se suceden, se aprovechan los diálogos (especialmente los del protagonista), generando así sus momentos de emotividad y trascendencia. El partido final, por ejemplo, es todo un ejemplo de buen hacer, consiguiendo que mole a pesar de que el desenlace del mismo es bien conocido. No es tan fácil rodar eventos deportivos y Eastwood lo consigue con creces.


Un pequeño pero lo encontramos en la forzada aparición de Jonah Lomu. La legendaria figura del rugby estaba allí ante una de sus primeras grandes actuaciones y es bien famoso que coincidió con el presidente, teniendo además influencia en el partido. Es quizás el único evento del film que “está por estar”, sin que haya una necesidad de guión para ello,  por lo que no puede evitarse la sensación de pegote.

Lo que sí se refleja con acierto es el uso del deporte como aglutinador social, como manera de mover las masas hacia una causa. Evidentemente, tanto se puede utilizar para el bien como para el mal, pero de vez en cuando se pueden hacer las cosas como deben hacerse. Se hace fácil generar un videofórum posterior a su visionado, tanto sobre esto, como sobre la propia figura de Mandela.


En Invictus todo es muy correcto, todo está bien en su sitio y, salvo el partido (que mola y deja un buen sabor de boca), tiene bien poca emoción. Suerte que Morgan Freeman está ahí para salvar la función y maravillar al respetable. Sin él, la película sería bastante más indigesta.

 

Nota: 6

Nota filmaffinity: 7.0 

jueves, 1 de septiembre de 2022

El sargento de Hierro

A raíz del programa correspondiente de La Órbita den Endor, me dieron ganas de ponerme esta película. Si es que Eastwood es mucho Eastwood y (casi) siempre es buen momento de entretenerme con sus películas.

Clint Eastwood se llama esta vez Sargento de Artillería Highway, en su característico papel de gruñón amargado. Veterano de la guerra de Vietnam y cerca del retiro, es obligado a entrenar y liderar un puñado de reclutas, convirtiéndolos en soldados de verdad.

Asistiremos a todo el proceso de entrenamiento, viendo cómo cambian los roles de unos y otros dentro del pelotón, con especial hincapié en las relaciones de grupo y los lazos entre compañeros. El tratamiento psicológico de ello es notable, no en vano tras las cámaras hay alguien que sabe bien lo que hace. Quizás no enseña más lo que la clásica película de misión: primero entrenan y luego lo hacen de verdad, pero es que la película pertenece a Eastwood, y su machoalfismo se va tan a las nubes que se convierte en un icono. Tallado como una estatua de la isla de Pascua, despliega aquí un arsenal inmenso de palabrotas y respuestas salvajes. Lo sorprendente es la aparente facilidad con la que se suceden los latigazos verbales, auténticamente salvajes. Su dureza y abrumadora seguridad en el mando contrasta con sus torpes intentos de comprender a las mujeres y recuperar el amor de la que fue su esposa.

En cuanto a los secundarios, tenemos a Marscha Mason (la resignada exesposa), Mario Van Peebles (el parlanchín del escuadrón y el más improbable héroe) y a Eileen Heckart (el paciente barman), cuyas actuaciones resultan también impecables, destacando una vez más el buen hacer de Eastwood a la hora de dirigir actores.

La dirección falla un poco más en la misión final, que se supone que sirve de catarsis para el grupo. Además de no entenderse muy bien qué está ocurriendo – quienes son los malos, qué quieren, para qué va el ejército, qué pintan los universitarios tocando las narices – la acción no es precisamente destacable, desluciendo el regusto final que da una primera hora magnífica.

Simplemente, cuanto más Clint Eastwood, más mola la película. En este caso, el personaje va tan a saco y se pasa tanto que el resultado es tan impactante como desternillante. Si en la anterior reseña me quejaba del doblaje, aquí la labor de Constantino Romero lo convierte en inolvidable.

"Soy el sargento de artillería Highway. He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos."

"Yo como alambre de espinas y meo napalm, y puedo traspasar el culo de una pulga de un tiro a 200 metros."

El Sargento de Hierro es un personaje fascinante, con una retahíla enorme de frases malsonantes, de imaginativo lenguaje, una actitud que sobrepasa en mucho la arrogancia y un puñado de defectos que no hacen otra cosa que añadirle molabilidad. No queremos parecernos a él, ni tener a alguien así cerca, pero la construcción del personaje es magnífica. Además, dentro de todo su racismo, su machismo, sus… vemos que hay alguien de buen corazón, que hace lo que considera correcto de acuerdo con su caduco punto de vista.

La película esconde también un estupendo retrato del funcionamiento de las dinámicas de grupos, siendo testigos de cómo van cambiando las relaciones entre personajes mientras la panda de vagos indisciplinados se va transformando en un grupo cohesionado que apunta a un objetivo común: La humillación del graciosete, la pelea contra el duro, la disciplina y la justicia, la camaradería y la flexibilidad se muestran con acierto, ideal para servir de ejemplo de cómo varían estos aspectos en función de la cohesión interna.

El film se llama originalmente Heartbreak Ridge. Hace referencia a una batalla muy bruta dentro de la guerra de Corea que a nosotros no nos es muy familiar. Dentro de la trama, esta batalla tiene una gran importancia a la hora de construir la idiosincrasia del Sargento Highway, dándonos muchas pistas de porqué está tan amargado. Como en España no tenemos el bagaje contextual para entenderlo, los traductores decidieron focalizar en la importancia capital de Clint Eastwood y recalcar todavía más su papel con un El sargento de hierro que mola un puñado. En este sentido, una decisión de localización acertada.

Lo peor de toda la película se halla con pocas dudas en su media hora final. Ni se acaba de entender el porqué de la batalla final, más allá de que debe haberla, ni tampoco está especialmente bien filmada. Eastwood ha filmado posteriormente mejores escenas de batalla (Cartas desde Iwo Jima, por ejemplo) pero claro, aquí debe haber catarsis, redención, etc. Pilladísimo con pinzas, lo que desluce mucho el regusto final que deja la película.

Es fácil caer en una glorificación del autoritarismo del personaje principal, pero un Clint Eastwood en estado de gracia (delante y detrás de las cámaras) permite que adoremos a un personaje repleto de defectos. No esconde el respeto que tiene para con el soldado que va al frente, ni la displicencia para con el oficial que toma las decisiones desde su confortable despacho. Pocas veces he disfrutado tanto de un lenguaje tan soez en una película que difícilmente podría estar mejor si hubiera sido creada por otras manos. Lástima de un final bastante flojo que desluce algo que podría haber sido todavía más redondo.

 

Nota: 8

Nota filmaffinity: 7.2 

viernes, 23 de abril de 2021

Por un puñado de dólares

Hoy había ganas de ponerse con una obra grande. A veces da respeto pero cuando toca, toca.

El argumento no puede ser más simple. Un pequeño pueblo del Oeste vive aterrado por el enfrentamiento entre dos bandas de bandidos a cada cual más aterradora. Un misterioso pistolero sin nombre llega a la ciudad, dispuesto a beber un buen trago y pasar desapercibido, pero no podrá mantenerse al margen de la cruenta lucha. Todo parece casual en sus actos, ¿o no lo es tanto?

Fue con esta película con la que Sergio Leone cambió todo. Un género que parecía caduco y casi desaparecido volvió con rabia inusitada. El Spaghetti Western nacía, y con él, una variante blasfema, sucia y, en muchos casos terriblemente divertida que fue explotada sin piedad por cientos y cientos de imitadores. Primeros planos de miradas entre pistoleros, pausas en los duelos al sol abrazador, un héroe incontestable y radicalmente diferente del sheriff del Western clásico…

Por un puñado de dólares también enseñó al mundo quién era Clint Eastwood, uno de los actores/directores más influyentes desde entonces. Nunca lo había visto tan jovencito (qué tremendo que está) y aquí se queda a gusto haciendo lo que mejor ha sabido hacer siempre: molar. Frente a él, un estupendo GIan Maria Volonté que clava a un malvado odiable y carismático de los que no se olvidan.

La lógica y la verosimilitud son, en todo momento, relativas. Cada duelo se convierte en una lucha de miradas, a modo de preámbulo ritual a un estallido violento y sangriento que no se corta nada a enseñar una violencia que sus coetáneos estadounidenses insinuaban más que mostrar. Asimismo, la historia es cruel con todos, dejando claro que no hay buenas personas, sino tonos de gris más o menos oscuro. Los intereses y las traiciones campan por doquier y sólo te puedes fiar de tu revolver (o tu rifle).

Y la música, oh, la música. Otro detalle marca de la casa que revoluciona el modo de hacer las cosas. El entonces casi desconocido Morricone crea escuela con temas armoniosos que realzan los sentimientos de los protagonistas, contribuyendo a crear el ambiente de tensión necesario para llegar al clímax en cada escena. Sugiere y avasalla siempre en el momento adecuado.

Pero bueno, una vez glosadas rápidamente todas sus bondades, que seguro estarán mucho mejor explicadas en miles de sitios más, también hay que detenerse un momento a explicar el tema de Yojimbo.

Y es que dentro de tanta gloria y tanta inspiración. La película es, en gran parte, una reimaginación muy literal de la película Yojimbo, de Akira Kurosawa, moviendo al Oeste a un pueblecito japonés tras cambiar a los samuráis por cowboys. Todo ello con mucho morro y sin pagar derechos, claro. Obviamente, esto le trajo muchos follones legales a Leone, especialmente tras convertirse en un éxito mucho más morrocotudo que el que seguro había soñado siquiera. Habiendo visto ambas películas, las inspiraciones son obvias, siendo ambas muy iguales pero muy diferentes y, sobretodo, magníficas y disfrutables.

Pero bueno, el lavado de cara que le pegó Leone a la obra de Kurosawa sirvió para convertir un género caduco de cowboys honrados, justos y bien vestidos, de acciones nobles y bienintencionadas, en un vergel de malnacidos mal afeitados, inexpresivos, sucios, cínicos, amorales y de lentos movimientos excepto cuando tienen un revólver en las manos, cuyas acciones están determinadas por el dinero.  Aunque sea sólo por eso, gracias.

Quizás la menos redonda de las tres películas de su “Trilogía del Dólar”, pero no por ello menos aprovechable. Por la diversión que provee, por la vuelta de tuerca que provoca y por darnos a Clint Eastwood, indispensable a la que te guste el western, indispensable a la que te guste el cine.

 

Nota: 9

Nota filmaffinity: 7.6 

miércoles, 13 de noviembre de 2019

La muerte tenía un precio


Recordando las escenazas de El bueno, el feo y el malo, nos picaron las ganas de seguir viendo el buen cine de Leone, así que nos fuimos hacia atrás y nos pusimos La muerte tenía un precio. Ventajas de la trilogía del Dólar que permite verse sin respetar el orden en que fueron filmadas.

Esto se produce porque su trilogía no sigue una trama conjunta, simplemente comprende tres películas que comparten equipo fílmico, una serie de características (ver reseña anterior) y estar realizadas en un espacio de tiempo sorprendentemente corto. Tienen su importancia por revitalizar un género que se creía caduco y darle un tratamiento novedoso, rompedor con los moldes con que se había forjado el Western.

La muerte tenía un precio tiene un origen inusual. Por un puñado de dólares arrasó en las taquillas de manera inesperada, por lo que Leone tenía idea de relajarse a vivir de su éxito. Sin embargo, al ser un remake no confeso de Yojimbo, la productora japonesa denunció a Leone por plagio. Éste se encontró con que podría tener que devolver todo el dinero que había ganado. Como sabía que esto le arruinaría, juntó a todo el equipo con el que había trabajado y se puso a hacer una segunda película a contrarreloj, con el temor de que cualquier día llegara el veredicto judicial que pusiera fin a su carrera. Así pues, empezó a grabar sin guión ni mucha idea de qué contar, hablando entre todos sobre cómo iba a continuar la historia casi de un día para otro en una película que se rodó, debido a ello, en sentido cronológico. Finalmente, la resolución judicial se demoró tanto que permitió que La muerte tenía un precio volviera a llenar salas a lo bestia, con lo que Leone reunió dinero suficiente como para llegar a un acuerdo con la compañía japonesa.

En esta película, Clint Eastwood y Lee Van Cleef dan vida a dos cazadores de recompensas de variado calado ético que se ven obligados a aliarse para enfrentarse a una banda de forajidos.


Clint Eastwood casi repite papel, con su vaquero sin nombre que está por encima de cualquier catadura moral pero que, en el fondo, se obliga a hacer lo correcto. Lee Van Cleef, en este caso, rompe con su anterior personaje y encarna a lo que sería un honorable caballero andante trasvasado a la imaginería del western, siempre ayudando al desvalido. Entre ambos se guardan un aprecio prácticamente nulo, pero se observa (espléndidamente reflejado por Leone) un respeto profesional mutuo, pues ambos se saben los mejores del oficio y reconocen la calidad de un rival con el que deben cooperar para salir vivos.

Frente a este par de monstruos se hace difícil mantener el tipo. Sin embargo, tenemos a un Gian Maria Volonté en estado de gracia que se las arregla para encarnar a un malvado a la altura. Transmite la maldad necesaria para que comprendas que sólo la alianza de los héroes será capaz de acabar con él. Un hallazgo inesperado que complementa el magnífico trabajo de los anteriormente nombrados.

Es curioso como tamaña actuación sale de un guión sacado sobre la marcha, en que los propios protagonistas no sabían si tendrían que matarse en algún momento posterior de la película.



Se suele decir que las prisas no son buenas, pero a veces los astros se conjugan de manera que tienes a unos artistas de talento con la presión de darlo todo sin tiempo para repetir. De esos arrebatos de inspiración vive la banda sonora de la película, compuesta en apenas una semana, en la que Morricone se pone mítico y nos brinda uno de los sonidos más inconfundibles del western. Consciente ya del lenguaje que mueve (lo que será) el spaghetti-western, reduce los artificios al mínimo y se clava en la imaginería popular de medio mundo.

Las mísmas características / problemas que describí en El bueno, el feo y el malo son reconocibles (obviamente) aquí. Tenemos a personajes sucios, grasientos y decididamente violentos; cada evento de la película, convencional en concepto, se dilata en el tiempo y da lugar a escenas llenas de tensión y miradas al límite. Todo lo hemos visto mil veces, pero está tan bien presentado que nos encanta, desde el duelo entre los héroes que luego colaborarán, el original atraco al banco hasta el enfrentamiento final es…

Por mi parte, lo he disfrutado más incluso que El bueno, el feo y el malo, pues su estructura más convencional le permite ser más disfrutable y fácil de seguir.
En conclusión, un western que hay que ver sí o sí (como todo lo de Leone).

Nota: 10
Nota filmaffinity: 8.1

miércoles, 28 de agosto de 2019

El bueno, el feo y el malo


Si eres alérgico al estilo de Sergio leone, a sus particulares puestas en escena (planos enormes y extraños, exageración de la épica, dilatación del tiempo y el espacio, explosiones de violencia exacerbada…), si piensas que el spaghetti mató al verdadero western, al único, al inimitable, al del Oeste Americano, la visión de El Bueno, el Feo y el Malo no te hará cambiar de opinión.

La trama se explica en pocas palabras: El rubio (Eastwood, el bueno) y Tuco (Wallach, el feo) ha pergueñado un truco para hacerse de oro. El primero entrega al segundo, buscado en todos los estados, a un Sheriff local. Cobra la prima y entonces, en el momento del inevitable ajusticiamiento por la horca, corta la cuerda de un certero disparo de fusil. La sorpresa y la confusión se desatan, y los dos canallas se escapan juntos para volver a liarla en otro pueblo. Esta asociación se rompe cuando se enteran de la existencia de un botín de 200.000 dólares en oro robados al ejército sudista y enterrados en uno de los numerosos cementerios que jalonan los caminos después de la Guerra de Secesión. A partir de ese momento, cada uno lucha por ser el primero en encontrar el tesoro, pero otro personaje se entromete en el asunto, el temible Sentencia (Lee Van Cleef, el malo).

Recordaba haber visto esta película hace un buen puñado de años, por lo que no la tenía especialmente fresca. Al verla con los ojos actuales, me he sorprendido al encontrar en ella todos los ingredientes del Shonen japonés. Si te paras a pensar, no es tan de extrañar, pues ambos géneros beben mucho del cine de samuráis de los años 50, pero no lo había visto tan claro. Tenemos a unos personajes principales con unos poderes muy superiores a los de la plebe, adquieren cierta aura mística que hace sólo puedan hacerse daño entre ellos, a modo de unos héroes (o anti-héroes) intratables. Cada uno con sus historias trágicas y sus miradas de desafío que se reconocen entre ellos como seres de gran valía, a respetar o temer (ejem ejem)…

Pero bueno, ahora en serio. Vaya pasote de película. Mediante un desarrollo episódico que se divide en mini-tramas de 30-40 minutos, seguimos las aventuras de los tres personajes, a los que llegamos a conocer en profundidad (perfectamente visionable a base de capítulos). El carisma que desprenden estos tres mastodontes es descomunal, reforzado por una inolvidable banda sonora, un guión construido a base de frases lapidarias y los extraños juegos de miradas tan propios de Leone. Elementos que se bastan para ponerte a tope y pegarte al sillón con ganas.

Y qué final, señores, qué final. Sólo hay que ver la de veces que se ha imitado el duelo a tres bandas de Sad Hill para ser consciente de su influencia. Tanta tensión llega incluso a incomodar.

 
Poco más voy a añadir. Muchos otros lo han explicado mejor. Sólo que tenéis que verla y ya.
Y recordad: Hay dos tipos de personas, los que tienen pistola y los que cavan. Y tú cavas.

Nota: 10
Nota filmaffinity: 8.2

PS: Una cosa que siempre me escama es porqué Eastwood es “El bueno”, si a lo largo de la película se ve que es tan (o más) traidor y cabrón que el resto. Vale que es más guapo que los demás, pero…

sábado, 24 de noviembre de 2018

Banderas de nuestros padres


Después de un nuevo visionado de esta película, no sabéis cuál ha sido mi sorpresa cuando me he dado cuenta de que no la tenía reseñada. Convencido de que sí había hecho una, pero bueno o me desaparecen entradas o no lo hice, mira tú por dónde.

Esta película es parte de un extraño proyecto de Clint Eastwood que se centraba en una cruenta batalla en el frente del Pacífico en la IIGM, que en la que el ejército estadounidense derrotó en Iwo Jima a los japoneses tras sufrir una grandísima cantidad de bajas. La idea era mostrar la batalla desde ambos frentes en una mastodóntica película de casi tres horas. Sin embargo, a medida que desarrollaba el guión en pre-producción, la historia fue creciendo y pronto se hizo notar que lo más conveniente sería partir la película en dos films, uno centrado en cada bando. Así pues, se gestaron Cartas desde Iwo Jima  y Banderas de nuestros padres, un curioso caso de películas hermanas rodadas simultáneamente.

La que nos ocupa hoy, Banderas de nuestros padres, se centra en los hechos posteriores a la foto de la victoria en el bando estadounidense. Esta foto, una de las más famosas de la historia, fue vital en el mantenimiento de la moral en la sociedad yanqui, que empezaba a sufrir los estragos de una guerra que creían ya acabada (el frente europeo casi está finalizado a estas alturas del partido) pero que debe sufrir todavía muchas bajas si quiere cimentar su posición en el frente del Pacífico. Los azares del destino convierten esa foto en un símbolo, transmutando en héroes a los infelices soldados que toman parte de ella. Éste es el punto de partida de Eastwood, que ¿denuncia? ¿muestra? la hipocresía del circo propagandístico que se forma alrededor de la imagen, centrándose en las desventuras del grupo de soldados que, del frente de Iwo Jima, se ven arrojados a sus quince minutos de gloria que la vida nos regala a casi todos.

El foco del film se halla en el retrato emocional de los soldados que forman parte de la foto de marras. Aunque camaradas de armas, tienen sus divergencias sociales, agravadas por los traumas causados en la guerra, fuera de lugar entre los lujos a miles de kilómetros del frente, sufriendo en su incapacidad para reincorporarse a la sociedad. Gente de a pie, sencilla, que bastante tienen con no acabar muertos cada mañana y que a duras penas pueden vivir el día a día con su conciencia y sus fantasmas. El lanzamiento al efímero estrellato militar, al que han accedido por mera casualidad, no les pone las cosas más fáciles, especialmente cuando el boom publicitario se apaga y las “mascotas” ya no son necesarias. ¿Y qué hacemos con el perro cuando sobra, oiga? Pues eso.


El planteamiento es ciertamente magnífico y los medios para llevarlo a cabo no se quedan atrás. Sin embargo, la película se hace bastante pesada, principalmente por su ausencia de ritmo, con multitud de redundancias que provocan que el desarrollo se arrastre antes que avanzar. La falta de carisma de sus actores no ayuda a que nos importe un poco qué les ocurre a estos soldados que van de aquí para allá sufriendo o muriendo según toca. Da la sensación que los saltos temporales con los que se explica el pasado de los personajes se sucede con más aleatoriedad que sentido, con lo que la ensalada de batallas y desfiles publicitarios acaba confundiendo y volviéndose indigesta.  Pocas veces encuentro que recortar 15-20 minutos de duración le hubieran sentado tan bien a una película. Quizás no hubiera ganado sentido, pero sí mucha fluidez.

Por otro lado, se nota que Eastwood sabe rodar escenas con gusto clásico. Desde los barcos de la armada hasta las ruedas de prensa bajo la estatua de la Libertad, la puesta en escena es impecable, con una consistencia (incluso cuando hay tiros y explosiones por todos lados) que ya quisieran muchos. Se nota que hay dinero y se gasta con cabeza.



Sin ser en modo alguno una película mala, se hace pesada en su visionado, pesimista pero no triste, quedando relegado como el patito feo del díptico, pues su partenaire japonesa (de la que algún día haré reseña) le barre en todos los sentidos. En gran parte sólo recomendaría su visionado si se quiere ver el conjunto y así conocer a fondo todo lo que envolvió la batalla de Iwo Jima.

Nota: 5
Nota filmaffinity: 6.5

lunes, 23 de noviembre de 2015

Un botín de 500.000 dólares



Las ganas de apagar el cerebro un rato son peligrosas porque suelen conllevar elecciones relativamente aleatorias para ver. La portada es definitoria: Clint Eastwood con pistola y Cirino de director. Dos referencias que siempre son estimulantes. Adelante.

¿Y qué tenemos en los primeros minutos? Clint es sacerdote pero le disparan, así que sale huyendo. Un jovencísimo Jeff Bridges que acaba de robar un coche le salva y ambos salen disparados. Los posteriores diálogos nos ubican: Eastwood es un antiguo ladron de bancos retirado mientras que su joven compañero es un alma extraviada que busca la diversión fácil. Tras un par de malentendidos, ambos se reunirán con otros atracadores para dar un nuevo golpe y así ganar todos un buen pellizco.

Pero este engendro deslavazado se hace difícil de definir. Si acaso es un ejemplo perfecto de película irregular. No es de acción, ni de atracos a bancos, ni se convierte en comedia ni acaba de tener mucho sentido. El inicio es prometedor, mola. Jeff Bridges tiene una cara de cemento armado y por momentos le roba la película a Eastwood, lo que no es nada fácil. Hasta el momento en que aparecen las prostitutas, Cirino nos ha soltado unas cuantas escenas tremendas, que dejan huella. Luego, una vez aparecen los compinches… todo se desinfla.

La sensación es que tenían un guión hecho para unos sesenta minutos pero tenían que llenar cien, así que le empezaron a meter añadidos que a veces tenían gracia (el loco de la carretera) y otras no tenían ningún sentido (¿se ponen a trabajar? Qué demonios…). El esfuerzo de los actores también va en consonancia, pues composiciones bien cuidadas se mezclan con unos secundarios de traca y escenas que denotan buenas dosis de pasotismo. La sensación es que la película fue una continua improvisación con lo que les venía a la mente para rellenar minutos hasta que toca cerrar y empieza el robo en sí, consiguiendo un climax la mar de mono para desembocar en un WTF final de los que hacen época. Eso sí, hay que reconocer que no te han dado tiempo para que te aburras. Incluso ahora que estamos acostumbrados a montajes frenéticos, el ritmo es demencialmente rápido. Los cien minutos pasan en un suspiro, aunque al final no estés muy seguro de qué es lo que acabas de ver.

Luego, si nos documentamos un poco sobre la película, nos enteramos de que se trata de una de las primeras películas Hollywoodienses de Eastwood. Éste venía de triunfar con sus spaghetti-westerns y quería hacer un taquillazo rápido y sin complicaciones. Así que consiguió un guión facilón y se lo dio a un novatillo con talento (también era su primera película) y tiraron para adelante. Mientras tanto, los productores sabían que tenían un producto prometedor no sabían muy bien qué hacer con él, cambiando el tono del film casi cada día. Así no hay quién pueda crear algo coherente, así pues, hay escenas muy buenas, otras horrendas, personajes que cambian de personalidad como de camisa…. Vamos, un despropósito.

Una gamberrada de serie B como las que tenemos ahora, pero de su época. Realizada con el único objetivo de reventar taquillas, sigue sirviendo para lo mismo de siempre: Disfrutarla sin exigencias haciéndote el tonto un rato con su guión. Pero bueno, Eastwood es Eastwood y Bridges se sale, eso ya de por sí vale la pena. El ritmo es muy vivo, algunas escenas molan mucho y acaba consiguiendo que disfrutes, sin que se evite dejar la sensación de ser  bastante basuril. Eso sí, el final es un poco como que… ejem… bueno, no digo nada.

Nota: 2
Nota filmaffinityt: 6.2