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jueves, 22 de junio de 2023

Barton Fink

Aunque no lo parezca, llevo un tiempo en un fútil intento – como tantos proyectos completistas – de ponerme al día con las películas de los Coen y rematar todas sus propuestas que tengo pendientes por ahí. Hoy le llega el turno a Barton Fink.

Barton Fink es un ARTISTA. Después de asombrar a los teatros de Broadway con todas las cosas que tiene para mostrar en su desmesurado mundo interior, es contratado por los estudios del Viejo Hollywood para demostrar que no es un One-hit-wonder. Viaja allí con la idea de crear la gran obra maestra americana, pero se encuentra con un bloqueo de escritor que trata por todos medios de ocultar. Mientras tanto, intenta entender el funcionamiento de los disolutos estudios de cine y debe soportar las excentricidades de su vecino de habitación.

Lo primero a destacar es la perfecta elección de casting. John Turturro es ideal para representar al narcisista pedante intelectual que mira a todo el mundo por encima del hombre, además de mostrar su viaje a la locura a medida que las cosas no le acaben saliendo del todo bien. Por otro lado, un soberbio John Goodman encarna a un excesivamente optimista vendedor a domicilio con conceptos muy particulares sobre cómo arreglar el mundo, además de un par de secretos que contribuirán a poner a prueba los nervios (y mucho más) de nuestro alelado artista.

No puedo sino admirar el gusto de los Coen a la hora de retratar el patetismo, especialmente cuando éste se focaliza en lugares en los que no lo esperarías. Aquí tenemos como principal eje de la película un crudo retrato del funcionamiento del Hollywood de la época, en la que un puñado de empresarios ignorantes tenía en marcha una maquinaria que no comprendían pero que les hacía ganar un montón de dinero. Sin embargo, no es la única temática que se aborda. Aprovechando la historia de un escritor egoísta y cretino, repasa en forma de “ensayo” en qué consiste el proceso de creación y cómo ponerse (o no) ante un folio en blanco, además de explorar la manera de pensar de los protagonistas, que podemos asimilar a algún que otro autor conocido de la época.

Tamaña osadía argumental puede hacerse indigesta, pero como he comentado anteriormente, el protagonismo de Turturro y de Goodman hace que el proyecto gane enteros y sea de lo más absorbente. Curiosamente, no fue su trabajo el que reconoció la Academia, sino el de Michael Lermer (el histriónico productor de cine), que obtuvo una nominación a los Oscars a mejor actor secundario (perdió ante Jack Palance en Cowboys de Ciudad). Sin desmerecer su contribución, me habría acordado antes de los otros dos, oju.

Pero bueno, esta película de desarrollo delirante prueba que hay dos grandes cineastas al aparato. A lo largo del metraje abundan los planos imposibles, movimientos de cámara con intenciones muy poco honestas y, sobretodo, un trabajo enorme a la hora de ambientar la maligna humedad del hotel en que pasa gran parte del metraje. La atmósfera se vuelve opresiva, como si los personajes estuvieran encerrados en su propio infierno personal, que poco a poco se va volviendo más literal.

A esta película sólo le falta encontrar máquinas de escribir que se comen unas a otras, en un extraño acercamiento de los Coen al cine de David Lynch, provocando no sólo un ambiente enfermizo, sino también la constatación de que se hace imposible predecir qué sucederá a continuación. No obstante, también hay que reconocer que es densa, con muchas capas que es necesario desentrañar, requiriendo bastante esfuerzo del espectador para sacar adelante su visionado. Saltó a la fama (por si los Coen necesitaran entonces poca presentación) por arrasar en Cannes, llevándose todo lo gordo. Es la mierda que les tiende a gustar en el festival. Si ese es vuestro estilo, ya sabéis ;). También recibió nominaciones a los Oscar a dirección artística y mejor vestuario, lo que quizás me parece excesivo, perdiendo ambas ante la muy cuidada Bugsy.

Barton Fink es una propuesta muy osada, que toca muchas teclas con talento, aunque quizás me hace tragar más cosas de las que estoy dispuesto a digerir. A medio camino entre la comedia loquísima, el terror y el ensayo, su visionado es onírico, extraño, por momentos desagradable. Toda una experiencia para los sentidos que puede clavarse bien en las entrañas a la que te pille con la disposición adecuada. Exige quizás mucho del espectador, pero no es una película que deje a nadie indiferente.

 

Nota: 8

Nota filmaffinity: 7.4 

sábado, 10 de abril de 2021

Muerte entre las flores

Hoy nos hallamos ante la tercera película de los hermanos Coen. Habíamos tenido un thriller seco lleno de buenas ideas y una comedia loquísima al alcance de muy pocos. Dos propuestas muy diferentes que habían triunfado a su manera, dejando claro que estos hermanos no eran precisamente convencionales y tenían mucho talento entre sus manos. Otra vez, como habían hecho antes, una cabriola inesperada, realizando una incursión por el género noir más puro, ambientado en los años 30 y todos los tropos de las historias de mafia que conocemos de toda la vida (pasados por su filtro, claro).


La historia empieza como todas las historias. La estupenda amistad entre el cacique de la mafia local y su lugarteniente se rompe ante la aparición de una mujer que ambos cortejan. La guerra que se desata entre ambos afecta a todos los estamentos de la ciudad, estallando traiciones, conflictos internos y corruptelas varias. Todos parecen jugar con todos y siempre hay el que cree tener más labia y se sabe más listo, pero ¿quién tiene la mejor mano? ¿Quién sabe jugar a esto? ¿Quién juega con quién?

No falta nada. Los Coen demuestran lo bien que conocen los resortes del género y no dejan ninguno de sus tópicos por repasar: traiciones, mujeres fatales, sombreros de fieltro, fotografía sombría, whiskey y perdedores. Podría parecer tópico, pero los tiene bien, los ingredientes son de primera calidad, están mezclados con acierto y cocinados en su punto justo. Así, tenemos una estupenda película de gangsters con un sólido e intrincado guión al que sólo se puede echar en cara que hay que estar muy atento para no perderse.



Ese es quizás el peor aspecto de toda la película. La trama se te explica con deliberada confusión, siempre obligándote a rellenar huecos y suponer qué ocurre entre bambalinas, en aquellos escenarios que no te están enseñando. Ello conlleva un buen juego de giros de guión inesperados (tras giros inesperados) que te mantienen en tensión o te sacan de la película, especialmente porque su ritmo está lleno de una parsimonia que va muy bien para que la trama pose, pero que puede cansar a los más ávidos de acción.

Lo que sí se debe destacar es el espectacular acierto en la puesta en escena, con un continuo de acrobacias tan austeras como bien construidas. Sin licencias artísticas gratuitas ni coreografías operísticas, se muestra la acción con ese toque incompetente de sus personajes tan marca de la casa. A veces resultan cómicas en su incompetencia, pues no estamos acostumbradas a tanta pusilánime verosimilitud, pero sí concordaría con la propia pateticidad del ser humano. Las ejecuciones en el bosque o el sobrio asalto a la casa del mandamás son buena muestra de ello.

En su idioma original, la película se llama Miller’s Crossing, que vendría a ser el cruce de Miller (con sentido dentro del film), o también el fastidio de Miller, un guiñito a su montador Michael Miller. En ese sentido, los traductores optaron por ser imaginativos y romper esta broma privada intraducible para dar lugar a un Muerte entre las flores lleno de lirismo y con una resonancia que tiene mucha más gracia (en mi opinión).


Se trata de una propuesta algo anacrónica, rocambolesca y de difícil digestión, pero también coherente, tramposa y con encanto. No ofrece nada nuevo, pero lo que ofrece es de primera. Una cita con el buen cine que conocemos de siempre, algunos diría.

 

Nota: 8

Nota filmaffinity: 7.8 

domingo, 14 de junio de 2020

Sangre fácil


Ésta es la primera reseña que he escrito tras acabar el confinamiento, por lo que os podréis imaginar que tengo otras cosas que hacer, así que seguro que mi ritmo de publicaciones va a bajar a partir de ahora. Si es que no se puede tener todo ^^.

Hoy nos centramos con el primer film de los hermanos Coen, que dejaron sorprendidos a todos los círculos del cine independiente con esta propuesta, hace ya más de treinta años. Para muchos se convirtió en un auténtico placer culpable, un regalo venenoso, un delicioso bocado de impertinencia cínica, de pérfida provocación, de ironía astuta…Una curiosa mezcla entre la cotidianeidad más banal y los horrores de los bajos fondos, ejecutada con el brío habitual de los dos hermanos, tan divertidos como malvados, tan fantasiosos como sarcásticos.

Se hace de noche, la tormenta descarga su furia. A través de unas escobillas de limpiaparabrisas que se afanan fútilmente por evacuar el agua que les viene encima, dos caras se dibujan entre sombras, iluminadas de tanto en tanto por las luces de los pocos coches que se encuentran de frente en una pequeña carretera de Texas. El deseo del hombre y la mujer es tangible, tiene el reconocible perfume del pecado, de lo prohibido. Las palabras se musitan, las voces se aturullan: apesta a adulterio.

El hombre es el empleado del marido, un repugnante celoso sin atisbo de dignidad que regenta un bar de mala muerte mientras rumia su venganza… El esposo burlado encarga a un infame detective privado que le haga el trabajo sucio. Entre este ambiente sórdido y enfermizo se despliegue una triste historia, recubierta de un humor inesperado y amargo. Como vemos, los personajes están preparados para dirigirse a las tumbas. Puede entonces comenzar el ballet fúnebre: los personajes se espían, se odian, preparados a destruirse por un estúpido lío de faldas que pronto se torna un drama sanguinario. Los sucesos se encadenan a través de las imprevisibles pulsiones primarias de individuos trastornados. La acción se vuelve peculiar, confusa, la emoción se mezcla con el horror y cuando la película acaba, uno no puede sino sorprenderse del viaje realizado.


Bajo el esquema de un thriller se esconde una película que retuerce con ahínco los tópicos del género. Los Coen, ahora famosos en el mundo entero, debutaban con esta barroca propuesta en la que se mezcla un cine negro muy particular con dosis de terror y comedia inesperada (con una amargura y una mala leche muy inesperada en unos realizadores tan jóvenes). Los momentos de tensión, realmente logrados, se mezclan con otros realmente estúpidos (muy propios de los Coen) sin ningún sentido del equilibrio, recordando quizás la poca experiencia de los creadores en el momento. Se podría decir que sus decisiones son a veces cuestionables, lo que puede sentar mal a muchos, pero se nota que hay alguien con buenas manos al aparato.

El resultado es una película confusa, de trama mínima, que destila amor por el género negro, con extraños juegos de cámara que tan pronto te pega al asiento como hace que te salgas de la película sin entender qué ocurre. Asimismo, la estupidez de los personajes no cuadra con la seriedad de la trama, sin haber cogido todavía el tono absurdo de sus comedias más desternillantes.



Tiene un exagerado problema de ritmo, pues el desarrollo de la trama no sigue mucho los cánones habituales (quizás en consonancia con la incompetencia de los protagonistas). Aunque los personajes están bien perfilados, adolecen de unas interpretaciones algo justitas (incluso McDormand abusa de la cara de palo) que no ayudan a captar la atención. Su final es un poco… bueno, había que acabar la película. Por otro lado, la puesta en escena denota talento a pesar de su poco presupuesto y la tensión que se genera es de primera, eligiéndose alargar (a veces mucho) escenas en que sabes que los personajes la están cagando a base de bien (como el entierro en el pantano, por ejemplo), pero que en su incompetencia no pueden sino hundirse más y más en el fango, lo que hace que el espectador curtido salive ante un buen trabajo.

Entre que nadie les esperaba, que es una propuesta decididamente original y tiene un buen savoir-faire entre tanta cosa rara, Sangre fácil en el festival de cine independiente de Sundance, lo que lanzó a la fama a los Hermanos Coen y les proporcionó la promesa de un buen presupuesto para futuras películas (y ya sabemos qué vino luego).



Se trata de una propuesta MUY irregular. Busca una mezcla de géneros que no acaba de cuajar del todo, con una historia banal mezclada en un desarrollo ingenioso y trascendente. Guarda sus escenas llenas de inspiración, en las que rebosa talento, para luego ser utilizado al servicio de la nada. Falta medida y equilibrio quedándose a medio camino de muchas, pero se notan buenas manos detrás. Está muy lejos de lo que estos autores han sido capaces de aportar, pero como opera prima se trata de una película interesante, con detalles que apreciar, como si se tratara puzle gratuitamente complejo que desgranar.

Nota: 5
Nota filmaffinity: 7.1

domingo, 1 de marzo de 2020

El gran salto


Últimamente los Coen se pasan bastante por aquí. Se nota que tienden a gustarme y casi que me estoy haciendo un repasito. O no, pero sí que están cayendo unas cuantas. Para la película que nos ocupa hoy, me gustaría saber cuál fue la cadena de decisiones que les llevó a concluir que querían explicar la historia (improbablemente verídica) del inventor del hula-hop.

Que, de hecho, es de lo que va principalmente El gran salto. Nos situamos en un punto indeterminado de los años cincuenta, en el que un iluminado con poca experiencia de la vida tiene la idea perfecta en el sitio exacto para dar el gran pelotazo. Sin embargo, al no tener ni la más remota idea de cómo funcionan los negocios, se pondrá en el punto de mira del más peligroso tiburón de las finanzas, que hará todo lo necesario para dejarle sin un centavo y quedarse así la mayor empresa del país.

El excéntrico planteamiento recuerda a los excesos de Welles, mostrando a los ejecutivos de las grandes empresas como auténticos carroñeros, dispuestos a todo para ganar más dinero, sin importar el más mínimo planteamiento ético o moral. En esta suerte de Gotham City sin Batman, se inventan esta historia que, a buen seguro, sólo ellos podrían concebir. Saben sorprender desde el minuto, consiguiendo dejarte intrigado hasta el final.

Si bien se circunscribe al clásico tópico del bienintencionado con suerte que se enfrenta a los depredadores del sistema, toda la película tiene un cierto toque irónico que garantiza el gozo del personal. Como suele ocurrir en sus películas, las encontramos repletas de personajes idiotas, pero adorables, a los que sabes que la cosa les va a ir mal, pero no deseas otra cosa que triunfen, de algún modo. Incluso en su improbabilidad, se tornan personajes cercanos y creíbles, compuestos con gracia y dotados de diálogos impagables, protagonizando escenas (a costa de los aros, principalmente) desternillantes.

Desde el primer descenso del edificio, hasta el primer ascenso vertiginoso del protagonista, el inicio es un portento en la puesta en escena, que te deja con ganas enormes de lo que está por venir. Luego el desarrollo de la trama es un poco forzado, con unos cuantos giros para mayor gloria de la absurdez chorra-pero-llena-de-lógica típica de estos hermanos. Además, esta mezcla de puñetazos de realidad con un ambiente tan absurdo chirría un poco, pero la calidad de los diálogos y los chistes que hay bien distribuidos aquí y allá hacen que la película entra como nada.  Se ven las influencias caprianas en la bondad intrínseca de la mayoría de personajes, además del (pocas veces TAN) forzado final feliz. Éste último se puede hacer indigesto para muchos, que querrán lanzar la película por la ventana, pero bueno, nadie es perfecto.



Lo mejor de la película se halla en el elenco actoral. No sólo por la estupenda dirección de actores que siempre realizan los Coen, sino porque todos se esfuerzan para sacar adelante la película. Tim Robbins hace creíble el papel de patán listo, que en el fondo es más tonto que un zapato, pero no tanto (o sí). Recuerdo que de pequeño era uno de mis actores fetiche, junto con Martin Lawrence (manías que tiene uno). Por su parte, Paul Newman se sale (da igual cuando leas esto) y Jennifer Jason-Leigh goza del personaje más complejo del guión, con una periodista que duda entre lanzarse a por la carnaza o tener unos mínimos arrestos éticos (poco sutil crítica al periodismo amarillo), mientras lucha por salir adelante en un mundo de hombres. Podría ser cargante con facilidad, pero con su trabajo se las arregla para que el personaje sea cercano e incluso entrañable.

Esto no quita que la película avance un poco a trompicones, que los desiguales chistes no acaban de salvar. Además, se repasan todos los tropos de este tipo de películas bienintencionadas, a veces con intenciones paródicas, pero esto provoca que aparezcan escenas y discusiones “porque deben estar” y no porque la historia lo pida. La película se vuelve más previsible, provocando también que los chistes surrealistas no entren igual de finos.


Al final El gran salto queda como una comedia bien hecha, con tres actores principales haciendo muy bien su trabajo y un puñado de chistes de primera. Es una pena que la película no mantenga el alto nivel de la primera media hora, pues el conjunto no es del todo redondo (jé) y fácilmente puede hacerse pesada en su tramo medio. Pero bueno, dejémosla rodar y a pasar un buen rato, que con los Coen suele ser fácil.

Nota: 6
Nota filmaffinity: 6.6


lunes, 20 de enero de 2020

Arizona Baby


Los (sufridos) lectores de este blog conocerán mi amor por los Coen. Tiendo a disfrutar enormemente con sus obras, especialmente cuando se olvidan de la trascendencia y se vuelven deliciosamente estúpidos (si sólo se vuelven estúpidos, no me gusta tanto).

Arizona Baby fue la primera de sus películas que vi, provocando un descojone sin igual ante tamaño compendio de personajes delirantemente ilógicos.

La premisa de la película se desarrolla en los primeros diez minutos con una eficiencia narrativa llena de ingenio. El reincidente ladronzuelo H.I. (Nicolas Cage) conoce a la oficial de policía Ed (Holly Hunter), pues es ella quién le hace las fotos cada vez que la detiene. Después de un puñado de visitas al cuartelillo, ambos se enamoran. Con H. I. abandonando la vida criminal, se instalan felizmente en una caravana en el desierto. Desafortunadamente, su felicidad se trunca por la incapacidad de Ed de tener hijos, mientras que la adopción no es una opción debido al historial criminal de H. I. Es entonces cuando se enteran de que un empleado local, Nathan Arizona Sr. (Trey Wilson), es el orgulloso padre de cinco bebés, los llamados “Quintillizos de Arizona”. H. I. y Ed llegan a la conclusión de que los Arizona podrán desprenderse de uno de los bebés, por lo que deciden arramblar con uno de ellos, Nathan Jr. Este acto tan temerario supone el punto de partida para una cascada de eventos que nadie puede prever, poniendo en peligro el matrimonio de nuestros entrañables malandrines.

Es fácil comprender que el argumento constituye una gran chorrada, pero es una chorrada descojonante. Quizás no tiene el sutil control que sí despliegan en Fargo o en El gran Lebowski, pero las risas son continuas con Arizona Baby. Tenemos a personajes idiotas tomando decisiones coherentemente idiotas, manteniendo en todo momento una extraña verosimilitud dentro de una trama increíble, lo que te lleva siempre muy cerca de la vergüenza ajena. Exagerado como es el film, tiene sin embargo un centro moral, pues ninguno de los personajes se mueve con ánimo malvado. Se trata de un puñado de idiotas sobrepasados por las circunstancias que intentan mantener la cabeza sobre el agua sin darse cuenta de que la están liando cada vez más. Sólo quieren hacer lo que creen que es correcto en medio del maremágnum de desgracias, aunque parezca mentira.




Para ello se valen de un par de actores en estado de gracia. Nicholas Cage nunca ha estado tan sembrado haciendo el imbécil y Holly Hunter es implemente adorable. El resto pasan más desapercibidos pero no hay ninguno que desentone lo más mismos.

Puesta en perspectiva, sorprende que ésta, su segunda película, sea tan diferente de la exitosa Sangre fácil. Se olvida la trascendencia del género negro y se lanzan a una comedia disparatada con una ingeniosa sucesión de gags de todo tipo (visuales, dialogados, de slapstick…). Locura desatada con toneladas de retranca a partir de una historia de lo más simple, con escenas inolvidables como la persecución tras el fallido asalto al supermercado, el desternillante robo del banco de John Goodman o el inesperado e impecable monólogo final de H. I.



Quizás lo que más sorprende es cómo se mantiene con coherencia la desarrollada personalidad de unos personajes tan excéntricos en medio de toda la vorágine de disparates con que nos asalta. Prueba de un guión muy bien pensado, a cargo como siempre de los propios hermanos Coen, que ya dan muestra del absurdo gusto por los personajes incompetentes. Ojo, sin acercarse a la estupidez de las películas ZAZ. Aquí hay una personalidad definida, con decisiones trabajadas y coherentes (y equivocadas).

Arizona Baby es un descojone que te hace pasar en grande los exiguos 85 minutos que dura. Se trata de una comedia divertidísima que seguro no te deja indiferente. Cada memez se las arregla para sorprender con su ingenio y su puntería en una película que no se parece a (casi) ninguna otra. Una chorrada gigantesca, pero una chorrada muy bien parida.

Nota: 8
Nota filmaffinity: 6.6

domingo, 5 de enero de 2020

La balada de Buster Scruggs


Esta película sale de un encargo de Netflix a los Hermanos Coen para que hicieran una serie, con una libertad casi absoluta. Por estas cosas que pasan el proyecto no llegó a buen puerto, pero a partir de los retales, se decidió que una película episódica sí era viable y aquí la tenemos. Los Coen encantados de hacer lo que les dé la gana y Netflix con una película de relumbrón.


Así pues, tenemos 6 pequeños cortos totalmente independientes que transcurren en el Viejo Oeste. Aunque cada uno es de su padre y de su madre, tienen en común que tratan de la muerte, siempre repentina, injusta (o no) y un poco brutota.

La balada de Buster Scruggs que da título a la película es un pequeño musical loquísimo que recuerda a los cortos de Looney Tunes, a pesar de estar rodado en imagen real. En él, Tim Blake Nelson interpreta al mejor duelista del oeste, avezado cantante de country, que viaja de pueblo en pueblo en busca de aventuras.

Posteriormente viene Entre algodones, aquí, un cachondísimo James Franco interpreta a un atracador de bancos muy pagado de sí mismo, seguro de que con su labia y su talento podrá salir de cualquier entuerto. O no, claro.

El mantenido es una historia muy malrollera en que un desesperado Liam Neeson se aprovecha de un tullido con habilidades de orador para crear un espectáculo sin igual en el Oeste. Se odian, pero se saben necesarios, aunque las fricciones son capaces de arruinar cualquier relación. Se trata del corto más perturbador, tanto en su desarrollo como en el desenlace, de los que no se esperan.

A continuación viene mi favorito, El cañón del oro, en que un Tom Waits interpreta a un buscador de oro que cree haber encontrado un filón en las montañas. Sin apenas diálogos y con una fotografía espectacular, supone un bellísimo descenso a la locura en que nada es lo que parece.



En quinta posición está La mujer desconcertada, en que tenemos el Western más clásico siguiendo las vicisitudes de una caravana que va a Oregon. Sin embargo, dirigen los Coen y se guardan sorpresas cuando todos esperamos un desenlace convencional.

Para acabar tenemos Los restos mortales, en el que un variopinto grupo de personajes viaja en una carreta con mucha prisa. A lo largo del recorrido iremos conociendo su pasado, mientras nos preguntamos sobre su incierto destino. Funciona más como un pequeño cuento de terror lovecraftiano, alejándose del tono luminoso que han tenido sus predecesores. Se trata del menos bueno del pack, por lo que el regusto final no es tan redondo como desearíamos, pero es igualmente aprovechable.



Como cualquier compendio de retazos, hay mejores y peores, pero son todos disfrutables a su modo, especialmente si casas con la particular forma de hacer películas de los Coen. Hay un par que me hubiera gustado que fueran incluso más largos, pero ahí está la gracia de los cortos.

Los Coen le dan una vuelta de tuerca curiosísima al género del Western, tocando todos los palos y los subgéneros con su particular retranca. El humor negrísimo habita cada rincón, presto a dar (siempre) el resultado que uno no espera, incluso cuando está esperando uno inesperado. Sorprende también cuánta diferencia hay entre ellos, cada uno rodado con un estilo muy distintivo, pero siempre manteniendo un estupendo sentido de la maravilla, con bellísimos paisajes, puesta en escena muy cuidada y un gran trabajo de los colores y las luces.

Cada uno tendrá sus favoritos, y si alguno no te gusta, el siguiente sí lo hará. Pocas veces encontramos obras de este tipo en que todos los episodios triunfen (como Relatos Salvajes, por ejemplo) y ésta es una de ellas. Los Oscar se acordaron de los Coen, con nominaciones a Mejor Guión adaptado, canción y vestuario. No se llevaron premio pero es otra muestra de que Netflix cuida cada vez más las películas grandes con las que quiere triunfar (después de tanta película de cuestionable calidad).



Hacía tiempo que no veía una película nueva que no fuera de autor (como tal) ni de súper espectáculo. Esta película requiere presupuesto, pero no desmesurado, requiere artesanía, pero no manualidades, tiene originalidad, pero no es la base de su motivación. En fín, después de tantas vueltas y revueltas a lo mismo, da gusto ver que todavía se hace alguna película buena de talla media.


Nota: 8
Nota filmaffinity: 6.6

viernes, 28 de junio de 2019

Fargo


Sangre sobre nieve, violencia asesina y náuseas matinales se mezclan en un inteligente relato que confirma el modo singular y único con el que estos hermanos filman el thriller americano. Puede que El gran Lebowski sea la comedia loca más conocida de los Coen), pero Fargo es una experiencia maravillosa que es capaz de no dejar a nadie indiferente. Recientemente resucitada (más o menos) como serie, es un retrato tan cruel como lleno de amor del interior de unos EEUU. La historia real más falsa de la historia. La historia falsa más real de la historia. O algo así. 


Pero vamos al lío. Fargo nos presenta el encargo de un secuestro a un par de matones un tanto atontados. A continuación nos enteramos de que el instigador está pagando para que secuestren a su mujer (a la que no quiere especialmente), para así sangrar a su cuñado (al que odia) y así saldar sus deudas (inmensas). Como no puede ser de otra manera, las cosas se tuercen a lo bestia, la sangre salpica la nieve y una policía embarazada debe investigar todas las cosas raras que suceden en el pueblo. 

Bajo el armazón de un thriller, los hermanos Coen son fieles a su gusto por la extravagancia y perqueñan una película bastante inclasificable, fresca y, sobretodo, alejada de los estereotipos de Hollywood, en la que se hace difícil predecir qué va a suceder a continuación. Al mismo tiempo, realizan una deliciosa oda al patetismo y la incompetencia que retrata los EEUU más profundos y “paletos”. El secuestro es el punto de apoyo sobre el que se desarrolla una trama repleta de decisiones erróneas, chapuzas continuas, planes continuos y codicia desmedida, a cargo de un puñado de perdedores tan odiables como entrañables.


Este compendio de perdedores viene encarnado por un puñado de actores que no destacan por su belleza (ejem), alejados del glamour de las estrellas hollywoodienses. El irresponsable vendedor de coches es un William H. Macy en estado de gracia, tan achuchable como odiable, es sorprendente como se combina tanta maldad con un patán de este calibre. El duo de locos y estúpidos secuestradores están encarnados por Steve Buscemi y Peter Stormare, tan simpáticos como peligrosos. Por su parte, la siempre espectacular Frances McDormand (como quiero a esta mujer) compone al único personaje que parece pensar en la película (sin por ello dejar de ser una pueblerina ^^), la improbable policía embarazada de ocho meses que aporta un poco de sensatez en este caos. Impagables las escenas de ligoteo en el bar o las entrañables escenas de cotidianeidad con su marido que son pura entrega amorosa.

Y es que en el fondo, ¿qué pasa durante la película? Apenas nada. Pero ocurre de todo, con las deudas de Macy como McGuffin sobre el que orbita todo el embrollo pero que, al final, no importa de ninguna de las maneras (no hay más que ver dónde acaba el dinero). Este despliegue de tonterías viene aderezado por diálogos de besugos de primera calidad, muertes en OFF y tal cantidad de chorradas absurdas que no puedes sino reírte. Quizás la mayor de las sorpresas es darse cuenta de la verosimilitud de los hechos. Los personajes son, a cada cual más patéticos, pero estoy seguro que todos conocemos a gente así (bueno, asesinos no, pero sí unos auténticos patanes). Cada una de las esperpénticas situaciones acaba siendo… ¡plausible!


En resumen, un descojone en el que cualquier cosa es posible, la incompetencia desborda por todos lados y cada uno de los patanes codiciosos es tan adorable que la sonrisita de condescendencia que te sale te impide odiarles. Como casi todo el cine de los Coen, es ideal para buscar una película sorprendente, de las que no dejan indiferente. Si Fargo aparece en tu pantalla, aprovecha la oportunidad, despierta tus sentidos, abre bien los ojos y disfruta.

Nota: 8
Nota filmaffinity: 7.4

lunes, 25 de abril de 2016

¡Ave, César!



Porque los hermanos Coen… bueno, ¡son los hermanos Coen ! Porque el cine de los hermanos Coen es un poco como la tortilla de mi madre: Puede explicar la receta, pero nadie consigue copiar el resultado. Es fácil reconocer ese tono tan particular, el incómodo sentido del ritmo que manejan y los diálogos repletos de esa extraña mezcla de sagacidad y absurdez.  Cada vez que llega una nueva película de estos locos, sobre todo cuando se dirigen hacia la comedia salvaje, es un acontecimiento que se cuela directo en la mayoría de salas sin pasar por casilla de salida y los espectadores se lanzan en masa sin saber, siquiera, qué es lo que van a ver.

Con los Coen, sin embargo, es conveniente saber qué te vas a encontrar. Las expectativas y la disposición mental para ver Valor de Ley o No es país para viejos no tiene mucho que ver con la de Oh Brother! o Quemar después de leer. ¡Ave César! Pertenece a estas últimas. Una comedia alocada situada en los años 50, los años dorados de Hollywood en los que tenían poder sobre todo y sobre todos. En el corazón de un gran estudio se suceden las superproducciones que emplean a miles de personas, cuya gestión se convierte en un infierno. Por suerte para los estudios, Eddie Mannix (un Josh Brolin con mucha clase) es el encargado de manejar todos los imprevistos que se suceden: la mayor estrella de un péplum (George Clooney) es secuestrada por los comunistas, la beldad de la época (Scarlett Johansson) está embarazada de alguien poco recomendable, al mandamás de los estudios se le ha metido en mente convertir a un héroe de acción (Alden Ehrenreich) en un actor, para desesperación de su director (Ralph Fiennes), mientras que las reinas de la prensa del corazón local (Tinda Swinton x2) hacen lo que pueden por conseguir una exclusiva.

El caos campa a sus anchas en esta comedia absurda que rememora la inconexa estructura narrativa de El Gran Lebowski. Realmente, la película no va de nada más que retratar, con toneladas de mala leche, el modo de vida de los estudios del momento. Detalles y anécdotas de la época convergen en un mix absurdo en el que casi ningún personaje tiene más de tres minutos de pantalla (algo que recuerda a los pantagruélicos elencos de Wes Anderson).

No dudo de la veracidad del mordaz retrato de los estudios Hollywoodienses. Cualquiera bien informado sabrá que estas cosas pasaban. Quizás no tenían la imposibilidad absurda que le dan los Coen, pero como las meigas, haberlas haylas. Sin embargo, da la sensación de que han querido meter tantas cosas que la película acaba convirtiéndose en un engendro disperso en el que la calidad de los chistes no es tal como para sostenerla de per se. Encuentro escenas, incluso, en que reconozco dónde está el supuesto chiste, el detalle que me debería hacer gracia pero al que… no le encuentro el sentido. Es allí, se ve el mecanismo, pero luego no entiendo la gracia. Estoy seguro de que,  en mi ignorancia, me estoy perdiendo un puñado de guiños y chistes y que me faltan el 80% de referencias. Pero si a mí me faltan, no quiero pensar en alguien menos versado en estas lides. Simplemente no se enterará de qué ocurre, o qué es de lo que se debe reír. Y así mal vamos.

I'm da boss here!
No obstante, los Coen son los Coen. Su puesta en escena es marca de la casa y no desentona en ningún momento. Una a una, cada escena es impecable. Cuando conectas con el gag, el resultado es desternillante. La discusión teológica de algunas autoridades religiosas cuando se reúnen con la productora para ver si el film que van a estrenar representa a Jesús de Nazaret de forma idónea está rematada como sólo unos pocos pueden hacer. El hecho que el conjunto no tenga mucho sentido o que la mitad de chistes no tengan gracia es otra cuestión, claro. Se hace difícil hilvanar este puñado de sketches sin la ayuda de una historia, que en este caso es prácticamente inexistente, asaltando al espectador desprevenido con un compendio de chorradas sin sentido y un relato que parece no llevar a ninguna parte, por lo que es muy fácil que el interés caiga en picado, perdiendo al público irremediablemente.

Cuando los Coen se ponen chorras pierden el sentido de la realidad, tal como me ocurrió en Quemar después de leer, incluso me acaban desagradando a la que empiezan a fallar los tiros. Disfruto mucho más cuando se van por el lado negro. ¡Ave César! Es desigual y desconcertante. No sabes a qué atenerte con esta película. Una estrambótica y atípica macedonia cuyos ingredientes individuales, no por ello, dejan de poder saborearse –pues cada una de sus partes está muy bien realizada- si eres lo suficientemente valiente (o suicida) para ello.

Nota: 2
Nota filmaffinity: 5.4