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domingo, 28 de junio de 2026

Juego de Tronos

¿Desde hace cuánto que no se pasaba una serie por aquí? Bueno ya que nos ponemos, vamos con el fenómeno más gordo de los últimos quince años. A estas alturas se han dicho tantas cosas que no es que vaya a molestarme mucho en profundizar ni añadir nada que no sepáis, simplemente comentaré haré un viaje general con lo mucho que me gustó y un puñado de las cosas que me llamaron la atención a lo largo de estos años.

El argumento no os pillará de sorpresa. En las Tierras de Poniente, el dirigente de una de las regiones de los Siete Reinos es convocado por el Rey para que investigue una conspiración en su contra, trasladándose con toda su familia. Rápidamente las cosas se irán de madre, empezando un Juego de Tronos (jé) en que todo está en el aire y nunca se sabe cómo acabarán las cosas.

Así, empezamos una historia de fantasía épica repleta de conspiraciones, traiciones, batallas y todos los momentos molables que uno pudiera imaginar. Tanto en los libros en los que se basa como las temporadas, las primeras cuatro entregas son magníficas tanto en desarrollo argumental como en gestión de personajes. Sin embargo, se guarda un par de giritos inusuales (en aquel momento) que elevaban la expectación generada hasta el infinito y más allá, provocando que tuviera un éxito desmesurado en todos los sentidos.

Primero, no había buenos y malos. Sí, había personajes más éticamente correctos y otros bastante deleznables, pero no se realiza un enfoque de buenos y malos. Como si de un spokon se tratara, aquí tenemos diversos equipos (las casas nobles que luchan por el poder) en las que todas (y ninguna) tiene parte de razón y muchas ganas de triunfar. Así, era fácil tomar partido por una de ellas y disfrutar de la competición con ellas, como si del fútbol se tratara. Durante años, los diálogos de “Yo, de los Lannister” ”Bah, los Stark son unos aburridos”, etc. Fueron más que habituales, dando pie a mucho rato de diversión y debate con el resto de gente que estuviera viendo la serie. Cada  casa tenía su grupo de fans y eso era algo que no habíamos visto nunca.

Y luego estaba la puesta en escena: Nunca habíamos visto nada igual. Un despliegue de medios  del que sólo disfrutaban las películas con presupuestos más desmesurados. Cientos de extras, armaduras labradas por doquier, escenarios de primera línea repartidos por todo el mundo y efectos especiales a la última. Todo se gastaba a lo grande y con criterio. Cada capítulo se convertía en una experiencia barroca y deslumbrante con la que gozar en todos los sentidos.

Además, las primeras cuatro temporadas contaban con ellos estupendos libros de George R. R. Martin que, con sus cositas, se fueron adaptando a una temporada por libro. Contaban con diálogos llenos de sustancia, personajes tridimensionales a los que amar y odiar por partes iguales y, sobretodo, un sentido de la trama en la que todo bullía a fuego lento estallando en una serie de momentazos que se convertían al instante en hitos de la cultura popular. Cada temporada tenía lo suyo: las cosas que se hacen por amor, el primer Drakaris, la ejecución, la boda roja (y la violeta), la defensa del Aguasnegras y – mi favorito – el juicio por combate.

El problema llega cuando se agotan los libros y Martin todavía no había sacado el quinto (que fue Danza de Dragones), con lo que los guionistas tomaron la decisión de improvisar. Se supone que de acuerdo con Martin, pero pronto se supo que cada historia tomaría rumbos bien distintos. Esto tuvo como consecuencia que Juego de Tronos pasó a comportarse como una serie más convencional, fantasbulosa y barroca, pero que transcurría por cauces menos rompedores. La calidad se resintió, pero como se continuaban con las tramas ya desarrolladas previamente, sirvió para que aumentaran los golpes de efecto, como la destrucción del Septo o la Batalla de los Bastardos. Lo que sí se notó es que la serie ganaba velocidad: los personajes se teletransportaban de un lado al otro del Reino cuando antes tardaban capítulos en llegar (lo que se traducía en tiempo “real” dentro de la serie), provocando un efecto extraño. Esta bajada hacia la convencionalidad se notó especialmente en sus dos últimas temporadas, ya con tramas propias que habían derivado en un Dungeons’n’Dragons supervitaminado que poco tenía que ver con el espectáculo que empezó. Por lo menos contiene la mascare de Desembarco del Rey y muchos padres traumatizados por los nombres que han puesto a sus hijas.



Sabiendo que se iban a dejar un pastizal enorme en la puesta en escena, se escogió a un montón de actores desconocidos para la mayoría de personajes. Con la obvia excepción de los protagonistas que nos acompañarían a lo largo de las siete temporadas (como Sean Bean o Lena Headley), prácticamente nadie conocía a Peter Dinklage, Kit Harrington o Maisie Williams. La mayoría de ellos han aprovechado su fama durante los años siguientes, pero ninguno ha sido capaz de hacer un papel que haya perdurado (casi) en lo más mínimo, habiendo vuelto al anonimato salvo en las convenciones de fans. Este acompañamiento a lo largo de los diez años que ha durado la serie nos ha permitido ver cómo han ido creciendo y madurando, algo especialmente impactante en el caso de los que empezaron siendo niños y acabaron siendo veinteañeros como Maisie Williams o Isaac Hempstead-Wright.

La fiebre de Juego de Tronos llegó a niveles sorprendentes. Desde entonces no se ha vuelto a repetir una serie en la que “todo” el mundo estuviera atentísimo al capítulo de la semana que no te podías perder de ninguna de las maneras. Es que ni siquiera lo podías comentar en la cantina del trabajo sin que te cayeran protestas desde la mesa de al lado porque alguno no se había levantado a las 5 de la mañana para ver el capítulo antes de entrar a trabajar. En un primer momento, deslumbrados por el poderío de la serie y, posteriormente, para ver cómo terminaba este cacao, cada año y medio teníamos dos meses en los que el mundo se paraba y toda la atención se fijaba en las Tierras de Poniente.

 ¡Ay, el final! Sin llegar a los enfados por el desenlace de Lost, toda la última temporada supuso una bajona de tal calibre que se convirtió en meme por derecho propio. En ocho capítulos se puso el turbo-boost sin mirar atrás, cerrando tramas desarrolladas durante años en minutos como si no hubiera un mañana. Un chimpún y a otra cosa a temas en los que estaba en juego el destino del Universo, con agravios y rencores irreconciliables que se tornaban rencillas a la mar. Por lo menos nos dio la destrucción de Desembarco del Rey y el genocida más inesperado (jé) de aquellos cuya comprensión lectora brilla por su ausencia. Siendo una chufla apresurada con poco gravitas y no mucha coherencia, a mí no me parece tan catastrófico como se suele considerar, vista la tendencia que había cogido la serie en los últimos años. Cierra con pocos cabos sueltos y, si te haces un poco el tonto con algunos temas, sostiene con un mínimo de dignidad el pifostio en el que se habían metido los “imaginativos” guionistas, cerrando así el Juego de Tronos con algo parecido a un ganador. Cuentan por ahí que los Showrunners estaban más pendientes de una futura serie de Star Wars (que se acabó por cancelar) que iban a hacer a continuación que en realizar la última temporada de la serie y que fueron Kit Harrington y Emilia Clarke los que tuvieron que tomar las riendas del proyecto y hacer lo que pudieron para sacar adelante la temporada. Y bueno, salió lo que salió. No creo que sea verdad, pero me gusta la idea.

En fin, esto no impide que Juego de Tronos haya sido la serie de su época. No sólo eclipsaba cualquier otra producción sino que sigue siendo la referencia para cuando un proyecto quiere venirse arriba y estamparse a lo grande. Un viaje estupendo con el que gozar horas y horas, con golpes de efecto inolvidables, personajazos por doquier y miles de teorías con las que disfrutamos debatir. El final fue un poco meh, pero el viaje vale la pena de sobras.

 

Nota: 10 (A pesar de todo, uno lo ha gozado como lo ha gozado).

Nota filmaffinity: 8.5

 

  

jueves, 5 de septiembre de 2024

Chicho Terremoto

“CHICHO ES UN CANIJO UN CANIJO PEQUEÑITO, QUE LLEGA MUY ALTO PARA HACER UN BUEN TAPON. CHICHO CHICHO UN TERREMOTO QUE DESTROZA TODO. SU FAMOSO TIRO DEL GATO ES DE LO MEJOR…

Ésta es una de las canciones que me ponían una sonrisa más tonta cuando era pequeño. Sabía que venían veinte minutos de tonterías en torno al basket y las bragas. Era consciente que era una tontada como un piano, pero me reía cosa mala con ella, cosa que compartía con casi todo el mundo que conocía. 

Chicho es un alumno de instituto muy bajito, cosa que no le impide ser un crack en los deportes, especialmente en el baloncesto, convirtiéndose en la estrella de un equipo de perdedores que empezará a ganar tan pronto se incorpora al club. Podría ser el planteamiento de un spokon cualquiera, pero tiene un aderezo curioso: Chicho es un salido que disfruta levantando faltas y mirando las bragas del resto de alumnas, cosa que hace continuamente con “jocosos” resultados. Además, está enamorado de Rosita, la chica más guapa y más pura del instituto, dedicando todos sus esfuerzos a conseguir sus amores a pesar de “competencia” de Bobby, el perro de Rosita (¡).

En mi memoria, recordaba un montón de chistes guarriles, así que al revisionarla me he llevado una sorpresa agradable. No es una serie subida de tono apenas, ni tiene ningún toque erótico. Sí. Cada capítulo hay una chorradita de faldas, pero los chistes verdes son tan pueriles, tan ingenuos, que se hacen casi entrañables de lo tontos que son. Tampoco se centra mucho en carpeteos románticos, pues la pareja Rosita&Chicho se establece muy pronto y la cosa queda en chistes muy absurdos de Bobby (¡el perro!) intentando ligarse a la chica con ridículos resultados. El deporte es parte troncal de la serie y durante su primera mitad podría pasar por un spokon del que Kuroko o Oliver y Benji deberían tomar nota. Y es que los dos torneos iniciales – sobre todo el de baloncesto, pero también el de tenis de mesa – se plantean en serio, tal como se acometen en este tipo de propuestas: Su entrenamiento, sus subidas de nivel, la emoción por ganar el partido, un cuadro y la emoción de los emparejamientos.

Y es que, una vez presentados los personajes, Chicho entra en el equipo de baloncesto y en nada empiezan los clasificatorios para el interescolar correspondiente que conocemos tanto, siguiendo todos los tópicos sin dejarse ni media. La diferencia es que el personaje salido – que normalmente hace de secundario “cómico” – es aquí el protagonista indiscutible. Luego, cuando Chicho se cansa del baloncesto, se pasa al Tenis de Mesa, donde empieza otro torneo  que deberá ganar, en el que la trama se empieza a fumar un poco. Se sigue dentro de los cánones del género, aunque la comedia toma cada vez más fuerza, esta vez sí, con un montón de buenos chistes repletos de slapstick y otros guarretes de calidad más cuestionable. Sí se pierden los papeles – y mucho – en su parte final, tanto en el momento en que Chicho decide aprender esgrima como en su último arco argumental, con los protagonistas participando en el Ironman de Hawai, que sobrepasa en mucho mis niveles de vergüenza ajena.

Este anime se basa en el manga de éxito de los ochenta llamado “Dash! Kappei!”. La adaptación sigue correctamente los arcos argumentales que se desarrollan a lo largo de sus 17 tomos, si bien Chicho es bastante más parguelas y recibe (bastantes) más collejas en el manga que en el anime. Es uno de los referentes dentro de los mangas cómicos de su época junto con Dr. Slump aunque ahora se halla bastante olvidado. No en vano, ha quedado bastante desfasado en muchos aspectos. La animación es de principios de los ochenta, por lo que duele a la vista “un poquito”. Además, la calidad de los chistes (es que…) no es precisamente la más iluminada, así como en su vertiente deportiva, dónde no puede competir ante propuestas más canónicas como Slam Dunk o Haikyuu.  

Hay baloncesto de verdad

Lo que me hace más gracia es que el nombre de Dash kappei no tiene nada que ver con el de Chicho Terremoto con el que nos ha llegado (significaría Kappei el revoltoso). El anime nos llegó a principios de los ochenta, una época en que la tendencia era la de castellanizar todos los nombres dentro de los animes que transcurrían en la realidad. Así, Kappei se transfirma en Chicho, Akane en Rosita… Realizando una tarea de localización que se hace rarísimo cuando los personajes comentan que están tomando cocido madrileño y tu ves que es un ramen, hablan de pimientos cuando es edamame y así con mil cosas. ¡Otros tiempos!

Una de las cosas que se pierden en la adaptación está en la adaptación de la estética superdeformed de los personajes. En el manga se te deja claro que el único “defecto físico” de Chicho es que mide sobre 1.20-1.30, pero que no es feo y está bien formado (por algo es tan bueno en cualquier deporte). Evidentemente, un gallito salidorro que tan pronto está cantando sobre lo bonitas que son las braguitas blancas como levanta las bragas a media clase para verlas (y se enfada cuando una chica no lleva bragas, oju) no es el candidato ideal para enamorar a la chica guapa del instituto, pero es lo que hay, que si no, no tienes historia.

Rosita, en cambio, es la típica pánfila de los mangas de la época, que no hace otra cosa que suspirar por su amado, ponerse roja cada vez que se acerca y se acosada por la mayoría del elenco masculino. Este acoso viene dado por el propio Chicho (cuyas atenciones braguiles no siempre son bienvenidas) y por Bobby, el perro, que lleva calzones y sueña con casarse con su humana. Durante los primeros 20-30 capítulos intenta luchar por el amor de Rosita con jocosos resultados y hace un poco de malo de la historia, buscando putear a Chicho todo lo que puede, con jocosos resultados. Posteriormente, medio acepta que no podrá consumar con su amor platónico y queda como un secundario cómico que enlaza el anime con los espectadores explicando curiosidades sobre el deporte del momento, normalmente de manera muy didáctica.

El resto de personajes va teniendo más o menos protagonismo, destacando siempre los del equipo de baloncesto, que aunque sea por salir más en pantalla, se desarrolla un poco más. Así, tenemos a Antonio, el capitán y el que pone un mínimo de responsabilidad (tampoco mucho) al cotarro; Felipe, que es el as, cuya mayor característica es ser muy guapo; Toribio, el grandote con poco cerebro o Eva, la entrenadora salidorra que sueña con que alguno de sus alumnos le tire los trastos. Así, que bueno, ya os podéis imaginar cómo son las cosas.

Este es el nivel de las tonterías verdes

¿Se puede ver Chicho Terremoto hoy en día? El factor nostalgia hace mucho y es fácil dejarse llevar por sus memeces si las disfrutaste de pequeño. Por otro lado, un zagal de hoy en día encontrará ejemplos muy superiores tanto en animación, traducción o trascendencia. Eso no quita que si es capaz de soportar las perversiones del personaje principal, la vergüenza ajena no es problema y no tiene inconvenientes con una animación muy desfasada, puede encontrarse disfrutando en gran manera de los dos primeros torneos deportivos. Luego la serie descarrilla a niveles épicos como pocas veces he visto. A destacar toda la excursión por los EEUU que no hay por dónde cogerla o el cierre con la formación de un puñado de parejas inesperadas que le dejó a uno bastante ojiplático.

La serie, emitida inicialmente entre 1981 y 1982 contó con una única temporada ininterrumpida de 65 episodios de 20 minutos. A destacar la primera saga, dedicada al baloncesto (1-27) y el segundo gran arco argumental, con foco en el ping pong (32-42). El arco del Esgrima (46-58) es bastante mejorable y el IronMan final es un esperpento sin sentido (59-65).

Cero problemas con el travestismo o la homosexualidad aquí

En conclusión, Chicho Terremoto es una hija de su tiempo que aúna comedia, chistes verdes y competiciones deportivas en esa mezcla extraña que tenían los japoneses para los más pequeños en los ochenta. Los nostálgicos se encontrarán con una serie mejor de lo que recuerdan. ¡No está tan mal, oiga!

 

¡Tres puntos colega!


Nota: 6(baloncesto)-7(pingpong)-3(esgrima)-1(Ironman)

Nota filmaffinity: 6.4 

jueves, 13 de junio de 2024

Todo es una mierda

Hoy traigo una serie, y como suele ser de menester, yo siempre comento moderneces, que eso nunca falla. De hecho, aquí viene una serie de Netflix de 2018 que tuvo una temporada (y no más). Poco ha llovido y gran éxito que ha tenido.

Nos situamos en un pueblo aburrido cualquiera de EEUU a mediados de los noventa. Concretamente en Boring, Oregón (jé). Como siempre ha sido para cualquier adolescente, el instituto es una mierda que hay que soportar. La acción nos plantea la vida de dos adolescentes que, aparentemente, no deberían tener (muchos) problemas, pero para los que la vida es un poco mierder. Luke empieza el instituto con ganas de comerse el mundo, pero aunque se supone que ser negro ya no es un problema en el “moderno” EEUU, las cosas no son tan fáciles. Encima, su obsesiva fascinación por el cine no le facilita las cosas. Por si fuera poco, nada más llegar al club de audiovisuales del instituto, se enamora de Kate, que resulta ser la hija del director. Kate también tiene sus problemas. Por un lado, su padre la avergüenza cada día con sus intentos (fallidos) de ser molón y modernuki (jé), por otro, los demás chavales la han considerado una niña mimada por ser hija de quién es. Encima, está enamorada de la chica molona de un curso superior, actriz en el club de teatro. Como a finales de los noventa, ser lesbiana en el instituto era todavía una profesión de riesgo, decide aprovechar el amor de Luke para disimular y hacer ver que es una chica “normal”. Obviamente, esto no hace si no complicar su adolescencia y la de sus amigos.

Dentro de la miriada de series coming of age  que tiene Netflix, ésta es una de las primeras que vieron luz, ahora ya hace unos cuantos años. A lo largo de 10 capítulos de 25 minutitos, seremos testigo de las vicisitudes de un puñado de nerds que están en el momento más importante de sus vidas: sus primeros amores, los amigos que duran para siempre, etc. Se apuesta aquí por la nostalgia noventera (no es tan habitual alejarse de los 80), con el Wonderwall por bandera y una época en la que todos los problemas parecían resultos pero todavía quedaba mucho por lidiar.



Una de las cosas buenas de esta serie es que tiene MUY claro qué quiere contar. Cada uno de los dos protagonistas tiene su desarrollo de personaje bien ajustado, con unos secundarios con trama propia que se cierra correctamente. La longitud está bien medida para que no se generen altibajos, ni se acelere en demasía. Los 25 minutos de cada entrega entran finísimos tanto para ventilársela del tirón como para verla algo más salteada.

Todo es una mierda plasma esa época en la que vas creciendo y te das cuenta que, efectivamente, todo es una mierda con una naturalidad sorprendente. A ello contribuye la inesperada viveza con que los protagonistas (Peyton Kennedy y Jahi Di’Allo Winston) desprenden. Repleta de una extraña mezcla de ilusión, hastío y emoción por vivir todo por primera vez. Ahí reside uno de sus mayores valores, pues son historias con las que es fácil empatizar y rápidamente se hacen querer. Entre los secundarios, sorprende encontrar a una jovencísima Sydney Sweeney, en uno de sus primeros papeles con algo de importancia.

La serie no busca complicarse la vida, no contiene tramas sobrenaturales, no tenemos amores de montescos y capuletos. Quizás incluso podríamos considerarla más un slice of life, ya que se aleja de las dramedias típicas de estos días (Sex Education, Élite). Son dramitas más cotidianos, mezclados con tensiones madre-hijo y padre-hija en familias monoparentales, junto con la aparición de nuevos amores de los progenitores y ciertas heridas del pasado que deben cerrarse (o no). Problemas que todos hemos tenido (o hemos conocido a alguien que ha pasado por ello) y que comprendemos fácilmente, tanto en reacciones, como en expectativas y consecuencias.

El desenlace, no obstante, tiene cierta polémica SPOILER ya que al final ella consigue ligarse a la “chica molona” y se acaban comiendo los morros. El problema es que Peyton Kennedy tenía los trece años que representaba y Sydney Sweeney ya tenía casi dieciocho (representando ser de un curso mayor). Así que, bueno, puede incomodar a algunos. FIN DEL SPOILER

Lo importante es que la serie tiene un final. Podrá ser más o menos satisfactorio, pero todos los personajes tienen su arco argumental, van de un sitio para llegar a otro de manera lógica. Se nos cuenta una historia y se nos cierra. Aunque podría haberse continuado fácilmente (la vida sigue), se trata de una serie que está pensada para durar una temporada y es lo que dura, por lo que deja un buen sabor de boca en todos sus momentos.

1 temporada de 10 capítulos de 25 minutos. Si es que te la ventilas en nada.

Dentro de un coming of age, se hace raro encontrar una serie de gente normal. Todo es una mierda es una serie pequeñita, agradable y desengrasante. Es cotidiana, es entrañable, con todo bien puesto en su sitio, sin artificios. Puede que la vida de unos chavales de instituto normales a los que les pasan cosas normales no te interese, incluso puede que digas que Todo es una mierda, pero es una mierda por la que todos hemos pasado (en mayor o menor medida) y que se ve sin ningún esfuerzo. 

Nota: 6

Nota filmaffinity: 6.5

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Roma Criminale (Cattleya)

Hacía mucho que no me ponía a desglosar una serie, pero entre que se me acumula el trabajo y las reseñas de series requieren más tiempo de esfuerzo, siempre encuentro otra propuesta más interesante. Pero bueno, uno de vez en cuando acaba series que merecen ser recordadas (o no) y esta me ha encantado, ya os lo voy diciendo de partida.

Como siempre, uno está a la última y qué mejor ejemplo de ello que poner una serie italiana de 2008. La mayoría de veces que hablo de ella me toca hacer un poco de pedagogía y recordar que las series buenas no sólo vienen de EE. UU. En este caso, los italianos hablan de lo suyo, de la tercera cosa que más conocen (después de la comida y el calcio). Me refiero, obviamente, a la Mafia.

Nada más empezar, unos zagales intentan atracar a un abuelo de un barrio proletario de Roma. Cuando éste los hace huir violentamente, les increpa “¡¡Yo estuve en la banda del Libanés!!”. Damos entonces un salto atrás en el tiempo, situándonos a finales de los setenta, cuando una pequeña banda de ladrones cambia de líder. El Libanés, pues obviamente es el nuevo mandamás, tiene delirios de grandeza. Gracias a su implacable brutalidad, su carisma y su habilidad para evitar las intentonas de la policía, la banda prospera, convirtiéndose con el tiempo en los amos de Roma, con las zarpas metidas en cualquier negocio turbio que tuviera lugar en la Ciudad Eterna.


Lo que más se hace patente viendo Roma Criminal es la verosimilitud que desprende. Hecho por italianos para italianos, se nota que los creadores conocen de qué hablan y saben plasmarlo en pantalla. La recreación de la sociedad italiana es descomunal, mostrándose con habilidad los cambios que se producen en la misma a medida que pasa el tiempo, hilvanando las tramas con los grandes hechos de los setenta-ochenta y las cosas que “se saben” que fueron así. La trama de ascenso – caída es clásica, con sus inevitables dosis de violencia, sexo, drogas, traiciones y venganzas. En este sentido, no va a contarte que no hayas visto antes, pero lo que sí hace es contártelo con brillantez. Hay mimo y ganas de hacer las cosas bien en este proyecto.

Roma Criminal se aleja del glamour de las películas de mafiosos que uno tiende a tener en mente. No hay nada de El Padrino aquí. Estamos en los bajos fondos de Roma y esto significa cutrerío, gente acostumbrada a pasarlo MUY mal y el horterismo típico de los nuevos ricos que no saben qué hacer con su dinero. Es que incluso gente tan paleta como la que encontramos en Los Soprano tiene más clase que aquí. Además, tiene la gracia de que la sociedad retratada no es tan diferente de la que teníamos por aquí en Barcelona o Madrid (por decir algo), con lo que es muy fácil sentirla cercana, palpable. Me encanta la recreación del vestuario, las cases, la forma de ser de la gente…Una pasada.

Y no sólo es Roma. Cada vez que los personajes se mueven a otras regiones de mayor tradición (Nápoles, Calabria, Sicilia), se aprecia el cambio de ambiente. La ciudad se mueve diferente, las tradiciones (a veces centenarias) son otras y no se respira esa enérgica inspiración que mueve a estos jóvenes recién llegados. Me encanta la actitud de “estáis locos” que parecen gritar los mafiosos tradicionales con cada gesto que realizan.

Como en una buena serie de este estilo, lo más importante son los personajes. Y joé, qué buenos todos. Se hacen querer. Se hacen odiar. De una escena a otra quieres que los maten a todos o deseas darles un abrazo.

El mayor protagonista es El Libanés, encarnado por Francesco Montanari, es una fuerza de la naturaleza. Humillado por unos y otros en su adolescencia, ha llegado a la veintena con un cuerpo de atleta, un carisma arrollador y muchas deudas que cobrarse. Tiene muy claro desde un primer momento que no va a dejarse pisar por nada ni por nadie y va con todas a arrasar con lo que se ponga por delante. Se mueve por impulsos, con instinto animal, alejado del melindroso “honor” del que hacen gala los clanes más tradicionales.

Como contrapunto más reposado, tenemos al impacable Frío (Vinicio Marchioni). Alejado de la banda en un primer momento, es reclutado por su inusitada capacidad para moverse en los bajos fondos, sin perder los nervios ni un segundo. Uniéndose inicialmente por simple conveniencia, pronto entablará una férrea amistad con el Libanés, del que actúa de conciencia, como una especie de correa que sujeta a la fiera, sabiendo cuándo debe contenerle y cuando soltarle para desatar el caos y la destrucción. Su gran capacidad organizativa le permite ascender rápidamente en la banda, lo que causará tensiones frente a los miembros más veteranos.

Estos celos vienen principalmente de El Dandy (Alessandro Rosa), el mejor amigo de siempre del Libanés y, quizás, el que viene de familia más acomodada (o la menos pobre). Hace honor a su nombre, moviéndose con clase, con los mejores trajes que puede permitirse, evitando mancharse las manos y gozando de cada lira que es capaz de conseguir. Envidioso, retorcido, capaz de las mayores crueldades, es el mejor a la hora de “hacer que pasen cosas” sin cuestionarse conceptos como la moralidad o la decencia. Realmente, uno de los malos más odiosos que recuerdo. Mira que le coges manía a lo largo de los capítulos.

El elenco de secundarios se complementa con el resto de miembros de la banda, todos ellos con una personalidad propia, que los hace cercanos y reconocibles. Tenemos al pobre Fideo, un pusilánime que está en el berenjenal porque antaño era el compañero de pupitre del Libanés y por ello son amigos hasta la muerte. Éste sólo quiere vivir tranquilo sin meterse en líos, pero con estos amigos es imposible. También está Búfalo, un hombre simple, de férrea lealtad animal. Consciente de sus limitaciones, sabe que es ignorante de las complicaciones de la política, pero está siempre dispuesto a hacer lo que sea necesario por el bien de sus compañeros (se hace entrañable, a su modo).

Fuera de la banda, tenemos dos personajes que debemos destacar. Por un lado tenemos a Patrizia (Daniela Virgilio). Prostituta de profesión, retirada al convertirse en la “novia” del Dandy. Es un personaje muy difícil de escribir y peor de interpretar, pues está enamorada de un indeseable al que odia, pero por el que no puede evitar sentirse atraída. Desearía alejarse de todo y vivir más anónimamente, pero no quiere renunciar a los lujos que el Dandy le provee. Es bien consciente de su trabajo, pero al mismo tiempo desborda clase y la fuerza volcánica de las divas italianas. Personajazo.

Finalmente, tenemos al Comisario Scialoja (Marco Bocci), uno de los pocos policías íntegros del cuerpo que, como si de un Gordon se tratara, se embarca en la fútil lucha de intentar capturar a la banda con un reducido grupo de ayudantes. Sus superiores le indican que es mejor centrarse en otros temas, sus compañeros no quieren jugarse la vida y de vez en cuando los servicios secretos le ponen palos en las ruedas, pero él, desesperado e incansable, sigue luchando ante unos molinos indestructibles. Como si esto fuera poco, pronto se enamora de Patrizia, consciente de que nunca podrá ser correspondido, pero incapaz de platonizar una mujer que considera inalcanzable.

A lo largo de sus capítulos veremos como las tramas avanzan con un buen pulso narrativo. No se toma especial prisa, pero en ningún momento vemos como se arrastra el desarrollo. Aporta trasfondo continuamente, con un puñado de escenas que quitan el hipo a cada capítulo.

A grandes rasgos, cada una de las dos temporadas sigue una trama concreta. En la primera, veremos cómo se forja el ascenso de esta banda de supernovas que, desde la nada, toman el poder de los bajos fondos de la ciudad a base de decisión, sangre y mala leche. Escenas como la de la primera novia del Libanés, o la Boda de El Terrible dan buena muestra de que no estamos ante una serie cualquiera. Pero es que no es sólo eso: la llegada de Frío y cómo cambian los roles, las malas reacciones a las primeras entradas gordas de dinero, el trato con los camellos y, sobretodo, la primera visita a los “hermanos mayores del Sur” son pura gloria. Y no me olvido – ni mucho menos – del desenlace de la temporada. Bajo una tormenta huracanada, un cliffhanger de la mejor clase, que ni se ve venir ni te deja tiempo a reaccionar.

La segunda temporada se centra en la inevitable caída. Esa banda que, en algunos momentos, era el chivo expiatorio perfecto para los Servicios Secretos italianos, está empezando a molestar más de lo debido, así que es hora de hacerla desaparecer. La persecución policial se junta con malas decisiones, ratas traidoras y compañeros que ya no tienen los mismos intereses. A medida que avanzan los capítulos, los síntomas de un enfermo terminal empiezan a aflorar en la banda, concluyendo en un juicio guionizado con mimo que sirve como estupendo colofón a una espiral de acontecimientos en muchos casos inesperados.

Así, tenemos una de las mejores series de Mafias que te puedes echar en cara. Espléndidamente rodada, fantásticamente actuada y con un guión que está a la altura. Y encima, con una duración más que ajustada. No os la podéis perder, sacad tiempo para ella. Pero ¿dónde verla? Pues se hace difícil, ya que no pertenece a ninguna de las grandes productoras y no es un producto novedoso. Apenas han pasado unos años (es de 2008) y ha desaparecido de todos los catálogos. No es ni mucho menos la primera gran serie en paradero desconocido. Pero bueno, tirad de bibliotecas, de colecciones de DVDs, animales híbridos o ríos estacionales, pero conseguidla. Vale la pena.

Como ya he comentado, Roma criminal es una serie de 2 temporadas, de 12 y 10 capítulos de 55 minutos, respectivamente. Evidentemente, no es para darse un atracón sino para ver con calma y deleitarse con todos los giros que sus creadores han preparado para nosotros.

Aunque es difícil de encontrar, vale la pena esforzarse para encontrar la mejor serie italana que he visto. Roma criminal es una avalancha de 22 capítulos que compone una estupendísima serie de mafias que se hace muy cercana e impactante. Un thriller en el que da gusto sumergirse.

Que la veáis, jroñe.


Nota: 9

Nota filmaffinity: 8.2

“Yo también estuve en la banda del Libanés”. Una vez la acabas, vuelves a ver la primera escena y, ¡buf!, qué fuerza tiene ahora. 

jueves, 6 de abril de 2023

Batman del futuro

Mira, hacía tiempo que una serie se pasaba por aquí. Hoy tenemos una de las series que más me hicieron disfrutar en mi juventud, cuando cada fin de semana el Canal+ me traía un nuevo capítulo de las aventuras de Batman del futuro, nombre que tuvo aquí la serie animada de Batman beyond.

No negaré lo mucho que me sorprende la diferencia de criterio que DC ha mostrado con su universo animado respecto a las películas de acción real. En animación hay MUY buenas cositas, incluso una propuesta menor como de la que voy a hablar hoy, surgida a raíz del éxito de la serie animada de Superman (que a su vez tenía origen en la estupenda serie de Batman y su exitazo indiscutible). Ya imagino que eso de traer una serie poco recordada de 1999 no es la cosa más lógica del mundo, pero bueno, demuestra que uno está al día de lo que es popular y lo que no (jé).

Así, nos situamos en Gotham City, unos cuarenta años en el futuro (oficialmente, 2039). Se cumple el vigésimo aniversario de la retirada de Batman y la ciudad vuelve a ser presa del crimen y el miedo. Bruce Wayne hace amago de volver, pero los años no pasan en balde y ya está demasiado viejo para luchar contra los malos. Muy a su pesar, tendrá que reclutar a un chaval talentoso, Terry McGinnis, no para ser Robin, sino para sucederle como el justiciero enmascarado, convirtiéndose en un nuevo Batman con todas las armas que provee el desarrollo tecnológico más avanzado.

Aparte de la modernización de Gotham, el mayor hallazgo de esta serie es el intercambio de papeles que se produce, al provocar que Bruce Wayne (Batman) sea el viejo (o no tanto) que debe quedarse en la BatCueva en tareas de apoyo, mientras el impetuoso Terry (que en otra época habría sido un Robin muy molón) es el que tiene que dar el callo y pegarse con los malos. Resulta muy gracioso el tira y afloja entre uno y otro para ver quién tiene la voz cantante en cada una de las historias que se van presentando. A lo largo de tres temporadas veremos como los roles van evolucionando, pues al inicio Bruce es el amo y señor, pero pronto su alumno querrá más independencia.

Otro de los detalles a valorar es que, al tratarse de un futuro del universo del murciélago, todos (o casi) todos los villanos tradicionales de la franquicia están viejos o enterrados, por lo que los guionistas deben crear una nueva panoplia de antagonistas. Son bastante imaginativos y funcionan aceptablemente, con algunos cameos quizás inesperados y otros obviamente inspirados en referentes que conocemos. Para los más completistas, existe una película que juega con el retorno del Joker que conocemos (el de la serie animada) al año 2039, enfrentándose al nuevo Batman y descojonándose del otro que se le ha hecho viejo. La premisa es muy loca y la tienes que comprar un poco porque sí, pero una vez lo aceptas, la película es muy entretenida.

A grandes rasgos, la serie juega al procedimental con estilo Mentalista. Hay una trama general que se va desarrollando de fondo a lo largo de las tres temporadas (quién es el asesino del padre de Terry), pero a grandes rasgos, cada capítulo es autoconclusivo, rematando en 20 minutitos una trama con un malo, un problema a resolver, un poco de acción, un final feliz más o menos graciosete y una frase aquí o allá que pone luz (o no) a la trama de fondo. Así, el orden en que se ven los capítulos tiene poca importancia, más allá de estar atento de quién es la pareja del momento de Terry. Esta reducida longitud provoca que apenas se pueda profundizar en ninguna trama, desarrollándose el argumento a tó meter porque tienen que cerrar en muy poco metraje, sin dar tiempo apenas a profundizar en nada. En muchos casos, 4-5 minutos más para tomarse las cosas con calma se hubieran agradecido. No entro siquiera a considerar que una trama pudiera durar 2-3 capítulos, claro.

Y como no puede ser de otra manera en una serie, tenemos un final con polémica. Una vez han acabado con la trama de asesinatos que es el detonante argumental, comprobamos que quedan 4-5 capítulos más, ¿qué ocurre? Pues que en aquella época, DC tenía un universo animado compartido con toda su gente (Superman, Wonder Woman, Liga de la Justicia). Entonces, hacen un buen crossover con una Liga de la Justicia 2039 con una serie de episodios  que conforman un único arco argumental que, probablemente, es el mejor de toda la serie y deja con unas ganas enormes de conocer más qué ocurrirá en la cuarta temporada. Sin embargo, DC decidió que no le rentaba seguir con estas producciones y chapó todo el contenido del tirón. No es que lo dejara a medio cliffhanger, que habría sido mucho peor, el final es un desenlace. Sin embargo, aumenta las expectativas de una prometedora nueva temporada que nunca llegó y claro, eso no acaba de sentar bien.



Al final, ¿Qué tenemos? 3 Temporadas para un total de 52 episodios de 20 minutos (17h 20min) que, a día de hoy, se pueden ver en HBOmax.

Batman del futuro es una aproximación distinta al personaje del murciélago que tiene todo lo bueno de Batman: acción, personajes carismáticos, malos con gracia y un enfoque futurista que funciona estupendamente. Cualquier fan de la franquicia pasará un puñado de buenos ratos con esta serie. Adolece de tener veinte años bien buenos, con todo lo que ello implica en animación, estética y tratamiento de los personajes, además de su estructura procedimental que juega un poquito en su contra a la hora de ganar trascendencia.

 

Nota: 7 para las tres temporadas. Entra fina y se olvida con la misma rapidez. Un soplo de aire fresco con un Batman sin muchas taras mentales.

Nota Traktv: 78//78//80% para un total de 79% 

lunes, 16 de mayo de 2022

A. P. B.

Habitualmente, cuando me dispongo a ver una serie por primera vez, sopeso concienzudamente todas las opciones, con el objetivo de evitar comerme propuestas que no me interesan. A diferencia de las películas, intento cuidar lo que veo, aunque ello me obligue (ejem) a ir a un ritmo que hace imposible estar al día con todo lo que se estrena. Es una característica que acepto, sabiendo que siempre me perderé algo. Por ello, ¿qué hago viendo una serie como APB? Pues que en aquel momento tuve que pasar un tiempo en casa de mis padres y, en casa ajena, hay que ver lo que a ellos les gusta. Y a mis padres les encantan los procedimentales policíacos.

APB juega en ese concepto, este procedimental de la FOX evoluciona el molde CSI dotando a una Comisaría de Policía de Chicago con todos los gadgets y avances tecnológicos inimaginables proporcionados por un trasunto de Elon Musk que se incorpora también al cuerpo. Así tenemos un caso de la semana a lo CSI, solucionado con algún gadget raruno súper-molón de la muerte. Sorprende la ligeraza con la que un ricachón aburrido decida “comprar” una comisaría para usar sus juguetitos, pero THIS IS AMERICA!, y si no compramos el concepto no tenemos serie.

En esta primera y única temporada se utiliza la excusa de un caso a investigar para divagar sobre los límites de la tecnología, con pinceladitas sobre las consecuencias éticas de las “leyes naturales” que se están rompiendo, tanto en la posible evolución de la sociedad como en las consecuencias que cada elemento tiene en la vida del individuo y su relación con el estado y las empresas. Se aprecian toquecitos de querer parecerse a Robocop o Minority Report, metiéndose en berenjenales filosóficos que a la postre le vienen muy grandes y no sabe resolverlos demasiado bien.

En todo momento se circula por lugares comunes, sin espacio para la sorpresa: su caso semanal, su sub-trama romántica y el inevitable malo maloso de fondo que se mantiene toda la temporada. Su simplicidad le permite funcionar aceptablemente (ejem) como propuesta ligerita para paladares poco exigentes. No en vano, si NCIS, Bones o el mismo CSI pueden aguantar años en antena, ésta podría haber sido un aceptable sucedáneo.

No acompañan unos actores principales algo sosetes. Justin Kirk y Natalie Martinez son los encargados de cargar esta propuesta bajo sus hombros, aunque no se acaban de creer mucho la propuesta y funcionan con el automático puesto. Van justitos de carisma y el guión tampoco les permite tener una especial profundidad, por lo que la serie da para lo que da.

No es de extrañar, entonces, que la serie no renovara tras su primera temporada. Si bien en su desenlace los creadores decidieron echar el resto, y se guardan un pequeño subidón para dejar buen sabor de boca, la calidad de APB no es precisamente desbordante. Por ello, el cliffhanger final quedará en suspenso sin que nadie eche precisamente de menos su resolución.

Así, ¿qué tenemos? 1 temporada de serie de 12 capítulos de 45 minutos de una correcta factura técnica que funciona como procedimental. APB es una más de la miríada de clones de CSI que han surgido a lo largo de los años, sin apenas nada que la diferencie de su competencia. Sin destacar en absoluto por su calidad, no resulta insultante, y pudiera funcionar para quien pudiera querer una cosa ligera cortita que dejar de fondo sin prestar mucha atención. Cada uno con sus prioridades.

 

Nota: 3

Nota filmaffinity: 5.1