Mostrando entradas con la etiqueta Pascal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pascal. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de junio de 2026

Juego de Tronos

¿Desde hace cuánto que no se pasaba una serie por aquí? Bueno ya que nos ponemos, vamos con el fenómeno más gordo de los últimos quince años. A estas alturas se han dicho tantas cosas que no es que vaya a molestarme mucho en profundizar ni añadir nada que no sepáis, simplemente comentaré haré un viaje general con lo mucho que me gustó y un puñado de las cosas que me llamaron la atención a lo largo de estos años.

El argumento no os pillará de sorpresa. En las Tierras de Poniente, el dirigente de una de las regiones de los Siete Reinos es convocado por el Rey para que investigue una conspiración en su contra, trasladándose con toda su familia. Rápidamente las cosas se irán de madre, empezando un Juego de Tronos (jé) en que todo está en el aire y nunca se sabe cómo acabarán las cosas.

Así, empezamos una historia de fantasía épica repleta de conspiraciones, traiciones, batallas y todos los momentos molables que uno pudiera imaginar. Tanto en los libros en los que se basa como las temporadas, las primeras cuatro entregas son magníficas tanto en desarrollo argumental como en gestión de personajes. Sin embargo, se guarda un par de giritos inusuales (en aquel momento) que elevaban la expectación generada hasta el infinito y más allá, provocando que tuviera un éxito desmesurado en todos los sentidos.

Primero, no había buenos y malos. Sí, había personajes más éticamente correctos y otros bastante deleznables, pero no se realiza un enfoque de buenos y malos. Como si de un spokon se tratara, aquí tenemos diversos equipos (las casas nobles que luchan por el poder) en las que todas (y ninguna) tiene parte de razón y muchas ganas de triunfar. Así, era fácil tomar partido por una de ellas y disfrutar de la competición con ellas, como si del fútbol se tratara. Durante años, los diálogos de “Yo, de los Lannister” ”Bah, los Stark son unos aburridos”, etc. Fueron más que habituales, dando pie a mucho rato de diversión y debate con el resto de gente que estuviera viendo la serie. Cada  casa tenía su grupo de fans y eso era algo que no habíamos visto nunca.

Y luego estaba la puesta en escena: Nunca habíamos visto nada igual. Un despliegue de medios  del que sólo disfrutaban las películas con presupuestos más desmesurados. Cientos de extras, armaduras labradas por doquier, escenarios de primera línea repartidos por todo el mundo y efectos especiales a la última. Todo se gastaba a lo grande y con criterio. Cada capítulo se convertía en una experiencia barroca y deslumbrante con la que gozar en todos los sentidos.

Además, las primeras cuatro temporadas contaban con ellos estupendos libros de George R. R. Martin que, con sus cositas, se fueron adaptando a una temporada por libro. Contaban con diálogos llenos de sustancia, personajes tridimensionales a los que amar y odiar por partes iguales y, sobretodo, un sentido de la trama en la que todo bullía a fuego lento estallando en una serie de momentazos que se convertían al instante en hitos de la cultura popular. Cada temporada tenía lo suyo: las cosas que se hacen por amor, el primer Drakaris, la ejecución, la boda roja (y la violeta), la defensa del Aguasnegras y – mi favorito – el juicio por combate.

El problema llega cuando se agotan los libros y Martin todavía no había sacado el quinto (que fue Danza de Dragones), con lo que los guionistas tomaron la decisión de improvisar. Se supone que de acuerdo con Martin, pero pronto se supo que cada historia tomaría rumbos bien distintos. Esto tuvo como consecuencia que Juego de Tronos pasó a comportarse como una serie más convencional, fantasbulosa y barroca, pero que transcurría por cauces menos rompedores. La calidad se resintió, pero como se continuaban con las tramas ya desarrolladas previamente, sirvió para que aumentaran los golpes de efecto, como la destrucción del Septo o la Batalla de los Bastardos. Lo que sí se notó es que la serie ganaba velocidad: los personajes se teletransportaban de un lado al otro del Reino cuando antes tardaban capítulos en llegar (lo que se traducía en tiempo “real” dentro de la serie), provocando un efecto extraño. Esta bajada hacia la convencionalidad se notó especialmente en sus dos últimas temporadas, ya con tramas propias que habían derivado en un Dungeons’n’Dragons supervitaminado que poco tenía que ver con el espectáculo que empezó. Por lo menos contiene la mascare de Desembarco del Rey y muchos padres traumatizados por los nombres que han puesto a sus hijas.



Sabiendo que se iban a dejar un pastizal enorme en la puesta en escena, se escogió a un montón de actores desconocidos para la mayoría de personajes. Con la obvia excepción de los protagonistas que nos acompañarían a lo largo de las siete temporadas (como Sean Bean o Lena Headley), prácticamente nadie conocía a Peter Dinklage, Kit Harrington o Maisie Williams. La mayoría de ellos han aprovechado su fama durante los años siguientes, pero ninguno ha sido capaz de hacer un papel que haya perdurado (casi) en lo más mínimo, habiendo vuelto al anonimato salvo en las convenciones de fans. Este acompañamiento a lo largo de los diez años que ha durado la serie nos ha permitido ver cómo han ido creciendo y madurando, algo especialmente impactante en el caso de los que empezaron siendo niños y acabaron siendo veinteañeros como Maisie Williams o Isaac Hempstead-Wright.

La fiebre de Juego de Tronos llegó a niveles sorprendentes. Desde entonces no se ha vuelto a repetir una serie en la que “todo” el mundo estuviera atentísimo al capítulo de la semana que no te podías perder de ninguna de las maneras. Es que ni siquiera lo podías comentar en la cantina del trabajo sin que te cayeran protestas desde la mesa de al lado porque alguno no se había levantado a las 5 de la mañana para ver el capítulo antes de entrar a trabajar. En un primer momento, deslumbrados por el poderío de la serie y, posteriormente, para ver cómo terminaba este cacao, cada año y medio teníamos dos meses en los que el mundo se paraba y toda la atención se fijaba en las Tierras de Poniente.

 ¡Ay, el final! Sin llegar a los enfados por el desenlace de Lost, toda la última temporada supuso una bajona de tal calibre que se convirtió en meme por derecho propio. En ocho capítulos se puso el turbo-boost sin mirar atrás, cerrando tramas desarrolladas durante años en minutos como si no hubiera un mañana. Un chimpún y a otra cosa a temas en los que estaba en juego el destino del Universo, con agravios y rencores irreconciliables que se tornaban rencillas a la mar. Por lo menos nos dio la destrucción de Desembarco del Rey y el genocida más inesperado (jé) de aquellos cuya comprensión lectora brilla por su ausencia. Siendo una chufla apresurada con poco gravitas y no mucha coherencia, a mí no me parece tan catastrófico como se suele considerar, vista la tendencia que había cogido la serie en los últimos años. Cierra con pocos cabos sueltos y, si te haces un poco el tonto con algunos temas, sostiene con un mínimo de dignidad el pifostio en el que se habían metido los “imaginativos” guionistas, cerrando así el Juego de Tronos con algo parecido a un ganador. Cuentan por ahí que los Showrunners estaban más pendientes de una futura serie de Star Wars (que se acabó por cancelar) que iban a hacer a continuación que en realizar la última temporada de la serie y que fueron Kit Harrington y Emilia Clarke los que tuvieron que tomar las riendas del proyecto y hacer lo que pudieron para sacar adelante la temporada. Y bueno, salió lo que salió. No creo que sea verdad, pero me gusta la idea.

En fin, esto no impide que Juego de Tronos haya sido la serie de su época. No sólo eclipsaba cualquier otra producción sino que sigue siendo la referencia para cuando un proyecto quiere venirse arriba y estamparse a lo grande. Un viaje estupendo con el que gozar horas y horas, con golpes de efecto inolvidables, personajazos por doquier y miles de teorías con las que disfrutamos debatir. El final fue un poco meh, pero el viaje vale la pena de sobras.

 

Nota: 10 (A pesar de todo, uno lo ha gozado como lo ha gozado).

Nota filmaffinity: 8.5

 

  

lunes, 18 de agosto de 2025

El insoportable peso de un talento descomunal

Cuando apareció el tráiler de esta película creía que estaba viendo un video chorra de alguien con mucha imaginación y buenas dosis de ingenio. Presenté mis respetos cuando me enteré de que era realmente Nicholas Cage, que se había prestado voluntario a una broma meta a su costa. Lo más curioso de todo es que, de alguna manera, alguien se lo tomó demasiado en serio y puso dinero para hacer la película y… bueno, una vez aprobada, tenían que hacerla, ¿no?

Así, tenemos a Nicholas Cage interpretando a la afamada estrella Nicholas Cage. Se trata de un actor de buena familia, con sus altos y bajos… Bueno todos lo conocemos. Hace de sí mismo, de “nuestro” Nicholas Cage. Con muchos problemas de drogas, algunos divorcios a sus espaldas y una hija que no le habla, acepta ser llevado como “atracción” a un cumpleaños para poder mantener su tren de vida. Sin embargo, allí la cosa se complica, implicándose de alguna manera en el secuestro de la hija del presidente de Cataluña (jé), por lo que los servicios secretos le instaran a que se convierta en espía, héroe de acción y buen padre, todo en uno (o algo así).

Sorprende como Cage ha abrazado su propio meme con tantas ganas y se haya mostrado a realizar una película tan meta sobre sí mismo y su carrera. Toda la película funciona sobre el cachondeo y la confusión entre el hombre y el mito, mezclando si se trata de un homenaje, una burla o una parodia de la concepción que tiene el público de la excéntrica estrella.

La estupefacción campa a sus anchas durante la primera media hora, con un buen puñado de chistes ingeniosos que hacen diana, presto a dejarte ojiplático a la mínima de cambio. Se suceden burlas a sus propias elecciones filmográficas, homenajes extraños (y muy incómodos), intentos de explicaciones que nadie había pedido, tramas absurdas basadas en combinaciones absurdas de tramas de sus propias películas… un poti-poti de memeces muy bien paridas que provocan un buen puñado de risas. La de veces que me he encontrado pensando “ah, esto es lo que tiene que hacerme gracia” para luego caerme de la risa cinco segundos después porque el chiste del chiste ha entrado bien. Lo malo es que no paran de insistir con este leit-motiv, convertido en un running gag inacabable que se hace cansino. Que sí, que lo hemos pillado, pero id a otra cosa, por favor…

Ahí es cuando la película parece que quiere naufragar. Una vez empieza el “percal” e intentan desarrollar una trama, uno se da cuenta de que aquí nada tiene sentido y la película atraviesa un valle muy peligroso. Por suerte, la inesperada química entre Pedro Pascal, Paco León (¡) y Nicholas Cage hace que se mantengan algunos destellos de brillantez que consiguen que no dejemos la película a la mitad. Está claro que los tres se lo han pasado muy grande en estas vacaciones pagadas en Mallorca, pergeñando extravagancias cada vez más rarunas en pos de este engendro de película.

Por suerte (o no), cuando el chicle ya no da más de sí, estamos ya cansados de patochadas y es imposible estirar más el chiste, va la película y decide convertirse en una obra de acción convencional durante su desenlace. Al abandonar la broma meta y convertirse en Con Air (jé), remata la trama con cierta corrección, sus escenas de acción resultonas, un poco de emotividad y aportando un poco de sentido (ejem) a este pifostio. Sin ser nada del otro mundo, permite despedirte del film con un buen sabor de boca, mejorando el resultado final.

A ver, la broma meta es muy loca y, de alguna manera que no acabo de comprender, la desarrolla bien, con lo que se saca de la manga algún chistaco de bandera. Sin embargo, ni es taaaaan divertida ni tiene taaaanta acción como se cree ella misma, lo que da como resultado un pastiche irregular con ciertos momentos de inspiración.

 

Nota: 4

Nota filmaffinity: 5.9