viernes, 21 de agosto de 2020

El Vizconde de Bragelonne (Alejandro Dumas)

Ésta es una de las reseñas que más me cuesta escribir. No es sólo que se trate de un libro constituido por dos tocharros de 900 páginas cada uno (Libros 40 y 41 de la Cesta’13), sino por la emoción que me supone despedirme de unos amigos con los que he disfrutado por muchos años. La última de las historias de los tres mosqueteros llega a su fin, y, con una lagrimita, les digo adiós.  

 

Título: El vizconde de Bragelonne

Autor: Alejandro Dumas

Título original: Le vicomte de Bragelonne 

“Escarceos amatorios, envidias, celos… La corte de Carlos II no difiere mucho de la Corte de Luis XIV. Los personajes, en múltiples ocasiones los mismos, son seres que viven sólo para intrigar.

Lord Buckingham, el Conde de Guiche, El Vizconde de Bragelonne, entre ellos, con Artagan y los tres compañeros, ya viejos, junto con ellas: la de La Vallière, Aura de Montolais, Madame… y toda la corte de Carlos II y de Luis XIV juntas.

Malicorne, Manicamp, Wardes… sucesores de tres famosos mosqueteros que tienen en Raúl, Vizconde de Bragelonne, el digno sucesor del fabuloso Artagnan…

Intrigas palaciegas, con una pléyade de intrigantes entre los que desfilan las más encumbradas figuras de Francia.

Las costumbres de una época de vida ociosa, preludio de la que había de ser la más sangrienta de las revoluciones de todos los tiempos: la Revolución Francesa.”

Se trata de una tarea imponente ya desde el momento en que ves los libros en la estantería. Solo con contemplarlos ya asusta. Acometer su lectura requiere planificación y esfuerzo, pues su lenguaje florido, su extraño ritmo y sus historias de otra época no ayudan a que las 900 páginas de cada tomo se lean con rapidez. No en vano, cada uno de ellos me ha llevado más de un mes. 

El vizconde de Bragelonne es el cuarto de los libros de Los Mosqueteros, situado diez años después de los sucesos de Veinte años después, en 1660. Tras la muerte del rey Luis XIII, acaba de subir al poder el joven Luis XIV, con lo que se produce una lenta transición entre la antigua y la nueva corte, con el consiguiente baile de poderes.

 Aunque debido a su carácter episódico, la trama se disperse en varios frentes, como si de una serie actual se tratara, hay dos temas que se mantienen, apareciendo de manera recurrente.

El primero de ellos estriba los tres Mosqueteros (que son cuatro), se han convertido en figuras legendarias. TODO el mundo les conoce y les trata con deferencia, a medio camino entre la admiración, el miedo y la incredulidad. Éstos se saben los mejores en lo suyo, pero tienen sus años (rondan los 60) y están continuamente quejándose de que sus mejores años ya quedaron atrás, con la sensación de que ya están viejos para estos follones, conscientes ahora sí de que cualquiera de estas aventuras será la última. Este respeto se torna cierta condescendencia cuando interaccionan con los más jóvenes, los recién llegados a la corte, que no conocen de qué son capaces nuestros gallardos espadachines y los tratan como si fueran abuelos cebolleta que rememoran sus batallitas (hasta que se enfrentan y luego pasa lo que pasa, claro ^^).

El segundo de los temas recurrentes a lo largo del libro es el paso de los tiempos y el consiguiente cambio de valores que comporta. Los mosqueteros no se reconocen en el nuevo Rey ni en la nueva corte, más pendiente de veleidades románticas y duelos de honor que de luchar por el futuro del país y el cuidado de su gente, claramente se sienten fuera de una generación que no es la suya, defendiendo ideales que los demás ven como caducos.

Muchos personajes que conocíamos (Richelieu, Wardes) han desaparecido tras el paso del tiempo, pero nuestros personajes favoritos siguen ahí: El atontado y forzudo Porthos, el siempre afectado y honorable Athos, el intigrante seductor Aramis y el temperamental Artagnan, ahora convertido casi en un superhombre. Están viejos y achacosos, pero siguen ahí con el carisma intacto que les caracteriza. 

Nuevos actores aparecen en escena, empezando por el siempre caprichoso Luis XIV.  En un primer momento se presenta como un niño mimado lleno de inseguridades, pero a medida que avanza la novela se forja su carácter, ganando en implacabilidad y arrogancia. Se percibe en él un Rey que es incapaz de aceptar un rechazo, acostumbrado a imponer su voluntad como ley, saliéndose siempre con la suya para disfrutar de la vida. A su alrededor orbitan los grandes poderes de la Corte, como el Cardenal Mazarino, o el intendente Fouquet, ambiciosos personajes que aspiran a tomar las riendas efectivas del país, mientras el Rey se divierte de fiesta en fiesta.

Aquí Dumas, consciente de que quizás no tiene muchas coass que contar de unos personajes ya mayores, presenta a una plétora de jóvenes caballeros con ganas de comerse el mundo. Entre ellos destaca el llamado Vizconde de Bragelonne, una suerte de clon rejuvenecido de Artagnan, con la misma habilidad por la espada y el mismo poco seso a la hora de lanzarse a la aventura. El caballero Wardes, digno hijo de su padre, con su misma astucia y su misma crueldad, siempre dispuesto a fastidiar al prójimo por puro aburrimiento. Manicamp, un intrigante de baja cuna pero con los arrestos suficientes para progresar como haga falta y el manirroto Malicorne, un pequeño calzonazos lleno de nobleza y honorabilidad que, obviamente, no hace más que recibir por todos lados a la espera de tener su premio.

Es sorprendente con qué poco Dumas es capaz de crear a un personaje nuevo y hacer que lo conozcas con apenas dos líneas de descripción, lo que le viene perfecto para hilvanar nuevas tramas y saltar de una a otra con habilidad.


En ese sentido, los Mosqueteros se hallan muchas veces en facciones rivales de la trama, debiéndose enfrentar con riesgo de sus vidas. Dumas refleja aquí con habilidad el cariño y la admiración que se profesan. Pueden haberse tornado enemigos enconados, pero siempre guardan respeto ante el que saben que es un rival digno, conscientes de que su presencia en el bando rival les va a obligar a dar el máximo para triunfar, buscando además la manera de salvar a sus compañeros sin por ello perjuicio a que su facción triunfe. Se nota que son muchos años luchando juntos ^^.

La prosa de Dumas, como reflejo típico de su época, destaca por los abundantes requiebros de todos sus personajes al expresarse. Las órdenes y las expresiones directas son conceptos deshonrosos, pues tu Rey no debe ordenar sino que basta con expresar un deseo para que cualquier súbdito se vea impelido a cumplir con sus requerimientos. Lo mismo ocurre con personajes de extracción social similar, entre los que las peticiones y consejos son atentados al honor. Por ello, todos los personajes hablan a base de indirectas, dejando caer frases aquí y allá con la esperanza de que el otro en la conversación pille la intención del mensaje. Esto produce divertidos y delirantes diálogos de besugos cuando entre ellos no pueden (o no quieren) entenderse, obligando a reformulaciones y retoques para ser más asertivos sin llegar a ser directos.

Además, todos los personajes se encuentran completamente encorsetados dentro de lo que la sociedad espera y exige de ellos. Se nota en sus actos y sus quejas la poca libertad de elección que disponen, siempre al capricho del destino y el honor. Dejando de lado el vasallaje y los berrinches reales – que darían para páginas y páginas de comentarios-, la simple relación hombre-mujer queda perfectamente retratada. Ellos siempre, siempre, deben ser ávidos en buscar a un amor –el que sea- a profesar devoción, siempre calientes y con ganas de levantar faldas. Ellas, por su parte, deben mostrarse deseosas de atención, solícitas  y sensuales, pero al mismo tiempo resistiendo cualquier tipo de avance por muchas ganas que tengan, bajo el peligro de quedar deshonradas. Cómo además los matrimonios son uniones políticas y comerciales más que amorosas, encontramos arreglos muy extraños que provocan locura en muchos de los personajes. Unas características de comportamiento que se pueden hacer muy raras para los lectores más jóvenes, seguro.

La abundancia de paisajes, palacios, castillos y fortalezas son hábilmente retratados por Dumas. Ya sea en la temible prisión de la Bastilla, en los alegres palacios versallescos o alguna calle aleatoria de Paris, se toma su tiempo para que puedas apreciar el escenario en el que se desarrolla la acción en todo su esplendor. Estas dos características estílisticas hacen que la lectura deba ser lenta, reposada, convirtiendo en contraproducentes las prisas y los banquetazos literarios. El vizconde de Bragelonne está pensado para que te lo tomes con calma y así te fuerza el propio libro.

Su carácter episódico, publicado capítulo a capítulo, es un trasunto de las series de hoy en día, con una entrega nueva cada semana, siempre prestas a dejarte con la intriga de qué ocurrirá en el capítulo siguiente. En ese sentido, el libro no sigue una trama concreta sino que diversas historias o arcos argumentales se van sucediendo, a veces independientemente, a veces entrelazados. Así pues, es posible que algún personaje desaparezca durante 300 páginas, simplemente porque la acción está en otro lado, pero no desesperéis, estamos en manos de un buen timonel y aquí no se da puntada sin hilo.

De esta manera, asistiremos a la presentación de Bragelonne en sociedad junto con sus correspondienets enredos cortesanos, a la relación de Artagnan con el nuevo Rey y sus aventuras en Inglaterra, las intrigas de Aramis para incrementar su poder, un interludio romántico de enredo clásico con el Rey liándola parda, las peleas palaciegas entre Fouquet y Colbert y, para cerrar el libro la historia más famosa, el secreto del Hombre de la Máscara de Hierro.

Si lo ves con ojos críticos, podrás contemplar como Dumas intenta crear a lo largo del libro una nueva imaginería con los personajes recién llegados, con la idea –imagino- de continuar las tramas tras jubilar a los mosqueteros clásicos. Recordemos que estamos ante una publicación episódica, y como buena serie, debe tener su audiencia para renovar una nueva temporada. Se percibe el esfuerzo, dotando de más romanticismo y menos acción a estas historias, pero debemos entender que NO FUNCIONA, así que, en cuestión de un capítulo, se da carpetazo a todas las tramas secundarias, se vuelve a los personajes de siempre y se les da una última saga de despedida (grandiosa, todo hay que decirlo).

Nada más empezar, se siente que El hombre de la máscara de hierro será la aventura final. A medida que avanzan las páginas se hace más patente el melancólico sentido de despedida que desprende cada línea. Algo se rompe dentro de mí a medida que comprendo que, poco a poco, me va a tocar decirles adiós, especialmente en las últimas doscientas páginas, dónde la edad empieza a hacer estragos y empezamos a ver las primeras muertes. La tristeza ante la injusticia de las algunas desapariciones se clava en el alma y, estoy seguro, también en el corazón del autor.

El vizconde de Bragelonne es un verdadero fresco histórico. A lo largo de los trece años que se desarrollan en sus páginas, visitamos todos los aspectos de la corte francesa, políticos, financieros y amorosos. Todo ello poblado con unos personajes carismáticos, una bella prosa y un dulce savior-faire con el toque añejo de las cosas que fueron y nunca volverán. Como siempre con estos tocharros, se trata de un libro que leer con calma, con el que disfrutar del camino y deleitarse con unos personajes míticos. Artagnan, Athos, Aramis y Porthos… Valentía, lealtad, astucia y confianza. Un libro que sabe a despedida, con cariño y con honor, abandonando al final sus páginas con un inevitable toque nostálgico.

Un libro brillante, mastodóntico y precioso, de los que da mucha pena que se acabe.

 

Nota: 9

Nota goodreads: 4.15/5 

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