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martes, 5 de enero de 2021

El ascenso de Skywalker

Y ahora, un año después va y reseño el episodio IX. A veces es mejor esperar que el polvo se aposente y hacer las cosas con un poco más de calma.

¿Qué nos presentaba la culminación de la saga cúlmen de todas las sagas? Pues que los herederos del Imperio están a punto de derrotar de una vez por todas a la Resistencia, a pesar de que hemos visto en todas las películas como los Elegidos para la Victoria les han derrotado una y otra vez, destruyendo Estrellas de la Muerte, señores Sith… Ahora Rei, una simple huérfana que no tiene nada que ver con los Skywalker ni con ningún Jedi, tiene que cumplir con sus amigos una nueva profecía de la que nadie sabía nada para salvar a la Galaxia. En las 18 horas de límite antes del fin de los tiempos, recorrerán cada rincón del cosmos para reunir unos objetos legendarios y conocer la verdad oculta de las verdades ocultas de los orígenes de Rei.

Lo más curioso es que yo salí del cine encantado. Me lo había pasado en grande con dos horas realmente divertidas. Sin embargo, cada vez que me paraba a pensar sobre CUALQUIER cosa de la película, más problemas gordos le encontraba y menos entendía cómo había podido gustarme.



Creo que fui de los pocos que no se enfadó (mucho) con los extraños giros que había tenido la controvertida Los últimos Jedi, que jugaba mucho a dejar claro que esto ya no era la saga Skywalker que conocíamos. Ciertametne, Rian Johnson había intentado cambiar cosas, alejándose de la epicidad trascendente y dándole una pátina nueva (y yo creo que necesaria) a muchos detalles de la imaginería (como está haciendo Filoni y sus productos, por ejemplo).  Sin embargo, parece que los productores se asustaron y decidieron asegurarse que sólo iban a poner en la película aquello que el fan quería. Por ello, cambiaron al director a mitad de producción, poniendo a un Abrams que no iba a tener ningún impedimento a ceder a todos los caprichos de una pura película de estudio, introduciendo todos aquellos elementos que la mercadotecnia promulgaba que la película necesitaba para triunfar, sin pararse a pensar en unos mínimos motivos estructurales y/o artísticos.

Como resultado, tenemos una película que se salta a la torera cualquier lógica de trasfondo, pasando por alto hechos no sólo de la película anterior (que quieren ignorar) sino de casi toda la saga, como si todo lo que hubiéramos visto desde 1970 no tuviera ninguna importancia. En uno de los ejemplos más sangrantes de Poochismo sin sentido, resucitamos a un malo maloso porque sí, lo traemos a la palestra de la forma más ridícula que hemos visto en años (¡en Fortnite!), cambiamos el carácter de la mitad de los personajes, pasamos de la otra mitad, eleminamos todo atisbo de sentido de la trama y, para rematar el tema, embutimos un enamoramiento instantáneo con total incoherencia porque como todos sabemos, sino hay historia de amor, las mujeres no van a ver la peli. En fin: TODO MAL.

Si tuviera que detenerme a discutir todas las chorradas argumentales, podría ponerme a llenar hojas y hojas, que son muchas, variadas y seguro que ya las conoceréis. Así que no lo voy a hacer, que hay un chillón de sitios que se han ocupado de ello con más tino e inquina de la que yo estoy dispuesto a gastar. 

Bueno, la verdad es que TODO mal, no. Individualmente, cada escena está bien realizada. Se ha perdido cualquier atisbo de coherencia, el guión sobrepasa en mucho el aburrimiento y la vergüenza ajena, pero todo el músculo técnico funciona a la perfección. El mundo que se recrea (casi todo es CGI) está rematado con brillantez, la acción se resuelve con brío y tenemos coreografías de efectos especiales la mar de rechulonas. Las patadas al trasfondo son continuas, pero no negaremos que el castillo de fuegos artificiales es bien bonico. Los efectos especiales son de primera, con el toque especial que sabe dar ILM, igual que una banda sonora muy bien parida que realza la epicidad gloryhammesca de todo el conjunto (miento, los escoceses mantienen mejor la lógica).

Podemos discutir también la mala actuación de los actores, pero a decir verdad, éstos hacen lo que pueden. El guión hace aguas por tantos lados y les ofrece tan poco que no hay apenas nada de donde rascar. Es que no se puede hacer mucho más con lo que hay. Es el problema de tener un director inexistente que se ha limitado a firmar el contrato y recoger el cheque, amén de un guión que se dedica a satisfacer todos los fanservice posibles sin importar que estos se contradigan entre sí o lo que hemos visto anteriormente.



¿Qué algo molesta? Fuera, no queremos follones. Y como siempre, ¿qué ocurre cuando quieres contentar todas las opiniones sin ningún tipo de criterio? Pues que el resultado es una patata, un pastiche con poco ritmo y menos sentido. Mira que tenía ganas de que la película estuviera bien, pero es que no hay por dónde cogerla. En condiciones normales, sería una de estas películas que cancela sagas e impide cualquier producto nuevo en la franquicia durante diez años. Estoy seguro de que Disney se planteó dejar el Universo en barbecho durante un tiempo, cancelando proyectos futuros y posponiendo otras propuestas. Por suerte o por desgracia, un Mandaloriano secundario que ya estaba rodado, en el que no tenían excesivas esperanzas, vino a salvar la Fuerza y devolver el equilibrio a la galaxia.

Podríamos haber tenido un buen descanso de aventuras galácticas, pero vino Din Djarin y se nos han anunciado un chillón de proyectos nuevos, aunque yo sería partidario de dejar descansar a los Skywalker por un tiempo. Por cierto, se empiezan a oir rumores de que los Episodios VII a IX pertenecen a una realidad alternativa dentro de la galaxia muy, muy lejana. Ojito con la consideración que tiene la casa madre para con su producto…

 

Nota: 2

Nota filmaffinity: 5.7 

jueves, 26 de marzo de 2020

Infiltrados en el KKKlan


¡Todos tenemos ganas de reencontrarnos con Spike Lee en sus días buenos! Sabiendo lo que es capaz de realizar, sus propuestas tienden a dejar un poso de decepción con lo que podría haber sido pero no acaba de ser. Con este Infiltrados en el KKKlan nacido de la urgencia, de la imperiosa necesidad por devolver golpe a golpe el discurso del Presidente Trump  y su racismo sin complejos que parece haber resucitado (¿Acaso estaba muerto?), Spike Lee, militante incansable de la causa afroamericana, vuelve a los orígenes de su cine: mitad entretenimiento, mitad denuncia airada, un cine que impacta, tonto y combativo. Y esta vez hay que reconocer que sabe indignar. Esta comedia social con muy mala idea, escrita con hilo fino, se viste de thriller político, entrelazando la reconstrucción histórica con la actualidad más candente, todo ello envuelto dentro de un entusiasta homenaje a la blaxplotation de los años 70. Y por último, ¿cuál es el remate final? Darse cuenta que este inverosímil argumento, detrás de todas sus imposibilidades, ¡sucedió en realidad, perfectamente documentado!

Situémonos, estamos en 1978, Colorado Springs, un bucólico pueblecito en un lugar idílico del centro de EEUU. Hablamos, entonces, de la América profunda, quizás no es el lugar más progresista de la galaxia, principalmente en materia de mezcla de razas. El Acta de los Derechos Civiles, que prohíbe toda forma de discriminación, se votó en 1964, pero en este lugar –como muchos otros sitios en casa de Tío Sam – los movimientos de supremacistas blancos, el Ku Klux Klan en cabeza, siguen vigentes. Pero incluso fuera de estas sociedades más o menos secretas con pútridas ideologías, cuesta cambiar la mentalidad de la gente. La realidad se halla lejos de la igualdad teórica marcada por la ley, pues los afroamericanos siguen por debajo en derechos, en trato y en consideración.

Por ejemplo, en el puesto de policía de Colorado Springs se ha incorporado el primer oficial negro. Se llama Ron Stallworthy, para muchos de sus colegas, se hace dificil imaginar que un descendiente de esclavos pueda tener la mínima competencia en el cumplimiento del deber. Considerado por muchos como un daño colateral, una concesión política para quedar bien, una lacra para el uniforme, se le encierra en los archivos, con la principal tarea de resistir sin rechistar las burlas racistas de sus colegas. Pero la habilidad de Ron Stallworth reside en investigar, infiltrarse, simular, comprender y desmantelar. Llevar adelante un caso como Dios manda. La ocasión – un pequeño anuncio en el periódico local para engrosar las listas del tristemente célebre Ku Klux Klan – hace al ladrón. Haciéndose pasar por un extremista, Ron contacta al grupúsculo de supremacistas blancos, se adhiere, se infiltra y sube rápidamente en el escalafón, viendóse rápidamente en la situación de integrar la Guardia Pretoriana del condado, llegando a entrar en contacto incluso con el mandamás del Klan. Todo ello, obviamente, por teléfono y por escrito, pues no es cuestión de que le vean el pelo. Ahí llega en su ayuda Flip Zimmerman, uno de esos pocos colegas evolucionados de Stallworth, que se hace pasar por Ron en todas las citas con los demás miembros del grupo. Allí se entera de que un asalto mortal se prepara y juntos, Stallworth y Zimmerman, el negro y el judío, harán equipo para neutralizar al Klan.



Como un tren que va, desbocado, al infierno, el thriller de Spike Lee te coge por las tripas, mientras te ilustra un poco de historia del Movimiento por los Derechos Civiles en EEUU. Con un puñado de alusiones (poco) veladas a la actualidad de Trump, e hilando fino sobre los últimos años de EEUU, Spike Lee firma un mangnífico planflero que merece su premio en Cannes y sus nominaciones a los Oscar. Gozando del mejor guión que ha tenido en años  (¡Oscar!), la película está plagada de diálogos ingeniosos, situaciones desternillantes y escenas de punzante absurdez, como las reuniones entre los policías infiltrados y los surrealistas miembros del Ku Klux Klan. El tema que toca es de obvia actualidad, ¿hemos mejorado a través de los años? La respuesta sería un SI. Con un PERO gigantesco, claro.

Destacan en sus papeles los dos protagonistas, el hijo de Denzel Washington, John David Washington, se queda muy a gusto con su papel de pícaro policía, con una mezcla de morro, indignación y carisma muy bien encontrado, haciendo creíble lo increíble. Sin embargo, es Adam Driver quien borda el papel de buena persona no-racista pero tampoco  muy implicada con estas cosas que, poco a poco, va reaccionando con creciente asco a la compañía de la gente del Klan, especialmente a lo que concierne a su judaísmo, que le afecta a pesar de su poco fervor con las costumbres tradicionales.



Uno de los puntos más destacables es, como hemos comentado antes, el deje de comedia con toneladas de mala leche que no abandona ningún momento del metraje. Sorprende como es capaz de abufonar todo lo abufonable para sorprender luego con la veracidad (aunque inverosímil) de la historia.

La película tiene sus momentos. Se mezclan escenas gloriosas con otras que se pasan de obvias. Entre unos chistes y otras denuncias, de vez en cuando para la película para llevarte de la manita a un “esto es lo que pasa para que lo veas” y te lanza unos hechos a la cara cuando ser un poco más sutil habría dado probablemente un mejor resultado. Este aspecto es especialmente sangrante en su desenlace, que se convierte casi en un documental de unas revueltas en el que se pierde la importancia de una trama que venía circulando hasta entonces, desinflando el conjunto. Pareciera que en vez de concluir el thriller que ha venido contando hasta entonces, Lee decide centrarse exclusivamente en los movimientos antirracismo de los años setenta. Si la película hubiera acabado quince minutos antes, habría dejado la misma indignación y un sabor de boca mucho mejor.

Por otro lado, el epílogo con los incidentes de Charlottesville es tan gratuito como punzante, recordando que los tiempos en que los racistas campaban alegremente por las calles no son TAN lejanos (como que pasan hoy en día). Si no hubiera estado tan fuera de la película como estaba en ese momento, lo habría apreciado mucho más.


A pesar de su irregularidad, la película está muy bien llevada a cabo, consiguiendo nominaciones a Mejor Película, director, actor de Reparto (el mencionado Adam Driver), montaje y banda sonora, además de llevarse el premio al mejor Guión adaptado.

Como suele decirse en estos casos, Infiltrados en el KKKlan es una comedia que no debería ser necesaria pero que justo por ello debe existir. Sabe conjugar durante casi todo su metraje un mensaje de denuncia muy bien tirado con una comedia llena de mala idea, ilustrándonos de un hecho tan imposible que parece mentira que fuera real. A su favor trabajan dos actores que realizan estupendos papeles (a lo tonto, la de buenos trabajos que empieza a tener Adam Driver), un guión estupendamente trabajado y un ritmo que sabe enganchar durante casi todo su metraje. En su contra tiene una desmesura machacona a la hora de mostrar su mensaje y un desenlace que se relaciona poco con lo visto hasta entonces, desluciendo el conjunto. No obstante, perfectamente recomendable, tanto por su gracia como por su concepción.

Nota: 7
Nota filmaffinity: 6.4

sábado, 9 de septiembre de 2017

Silencio

¿Cómo podríamos vivir sin saber la realidad sobre aquello que nos martiriza? A pesar de los remilgos de sus superiores, dos portugueses, el padre Rodrigues (Andrew Garfield) y el padre Garube (Adam Driver) deciden, en 1683, de llegar hasta Japón y reencontrarse con su maestro, allí desaparecido, sobre el que pesa una denigrante calumnia: es acusado de haber renegado de Cristo y apostatado. Desembarcan con la mayor clandestinidad, guiados por un pordiosero borracho que no deja de convertirse al cristianismo, como un iluminado, para renunciar a ello justo después, movido por la angustia y la cobardía.

Ya hacía mucho tiempo que Martin Scorsese quería trasladar a la pantalla grande la novela de Shusaku Endo (ya adaptada en 1971 por el cineasta Masahiro Shinoda y presentada en el festival de Cannes). Encontramos en ella, elevado al paroxismo, el tema que ha inspirado la mayor parte de su obra: la culpabilidad. La maldad y la redención se mezclan en películas como Uno de los nuestros, Malas calles o Casino, reflexiones interesantes sobre la progresión del Mal: como se infiltra en nuestro interior para llevarnos a la perdición y, también quizás, como se pierde en nosotros, se disuelve y se evapora al final de una disputa tan misteriosa como despiadada.

Silencio es la apoteosis visual de un Scorsese tocado por la gracia, don otorgado con naturalidad insultante a algunos, mientras que otros persiguen en vano. También contiene el peligro de una locura que, porfiadamente, no refleja más que la vanidad de aquel que la profesa. Silencio es una película lenta, sosegada, azorada por unas dudas que provocan un avance a trompicones, lleno de incomodidad. En el trasfondo de unos planos magníficos, donde la naturaleza sobrepasa constantemente las ambiciones humanas, uno se pregunta hasta qué punto el cineasta ha podido inspirar esta película, pues Kagemusha o Ran son obvias influencias formales…

La fuerza del film viene de su propia humildad. No se trata de un manifiesto. Ni por un instante puede parecer que Scorsese haga proselitismo del Catolicismo. Al contrario, muestra a sus dos sacerdotes completamente sorprendidos, e incluso disgustados, por estos pueblerinos japoneses incultos, convertidos por azar y después librados a su suerte, que reclaman con fervor histérico confesiones y absoluciones. Gente sencilla que sigue con agrado la senda de aquellos cristianos que mueren por su fe, provocando tanto la admiración como el rechazo (dada su total inutilidad) por los sacerdotes. Su fe vacila. Y sobretodo la del padre Rodrigues, atacada con ferocidad.

Queda, evidentemente, la santidad. Es justo esta noción la que exalta a Scorsese y la que él exalta en la película, con un fervor inesperado. La santidad y su contrario, la profanación… El momento más ardiente, más impactante – el más “hitchconiano”, diríamos – es en el que el padre Rodrigues es obligado a pisar la imagen de su Dios, de renegar de él. “Un solo paso y serás libre”, le susurran los más pragmáticos. Pero no es suficiente. Notablemente más hábiles, otros sugieren que su traición pondrá fin a los sufrimientos de los cristianos torturados a su alrededor. “Piden ayuda tal como tu hablas con Dios. No hay mas que silencio. No le adores.” Scorsese filma entonces, con una lentitud inusitada y una compasión infinita, a este sacerdote inamovible y a este tiempo suspendido en el que el rechaza, reconsidera, se aproxima, resiste y cede a ese “acto de amor” (Scorsese dixit) que será para él, una falta irreparable, una condenación eterna.


Pero Scorsese no juzga a nadie. No condena ni la debilidad del hombre ni, como podría hacer Bergman, la insoportable indiferencia de Dios para con Sus criaturas. De aquí el pensamiento recurrente del padre Rodrigues, que conserva hasta mucho después de su caída: “Aunque ha mantenido el silencio durante toda mi vida hasta hoy, todo lo que hago, todo lo que debo hacer, es hablar con él. Es en el silencio dónde oigo su voz.” En ese sentido, yo me he críado dentro de la cultura católica, por ello, comprendo intrínsecamente la trascendencia de cada paso. Sin embargo, ¿puede un budista, un ateo o un musulmán apreciar la tortura que subyace ante cada detalle de la tortura? Diría que probablemente no, al menos no al mismo nivel que alguien que conozca la "cato" tal como yo.

Quizás la mayor pega sea la dificultad del esfuerzo que requiere del espectador. A pesar de la belleza de sus imágenes, es una película desagradable, brillantemente sucia, pero cercana por momentos a la pornografía emocional y terriblemente lenta, especialmente en el dilatado tramo final donde la voz en off no deja de ahondar en el particular vía crucis de los protagonistas. !pobre del incauto que la acometa sin una preparación previa del contenido!


Evidementemente, no es la mejor manera de acabar una semana (la vi un domingo por la noche). ¡Con qué ánimos iba a levantarme yo al día siguiente! Se hace realmente descorazonadora, todo un cambio tras el frenesí del exceso, del carrusel sobre la depravación más absoluta de El lobo de Wall Street. Reconozco que Scorsese me gusta cada vez más cuando le da a la marcha y cada vez menos cuando se pone reflexivo. Quizás aligerar 15-20 minutos la habrían convertido en una propuesta más digeribel, pero bueno, pocas películas son capaces de pegarte una paliza de ese calibre mientras te maravilla con tal depliegue de preciocismo natural.
Nota: 7
Nota filmaffinity: 6.3


PD: Cada vez que teníamos a Qui-Gon Jin en escena, estaba deseando que se dejara de tonterías y arrancase las cabezas a todos con su espada laser.