lunes, 7 de marzo de 2016

Carlitos y Snoopy: La película de Peanuts



El universo de Charlie Brown salió a la luz en los periódicos estadounidenses el 2 de octubre de 1950, bajo la autoría de Charles M. Schulz. Concebidos inicialmente bajo la forma de un cómic corto de cuatro viñetas, Snoopy y su fiel compañero fueron publicados ininterrumpidamente hasta la muerte del autor en el año 2000. Durante este período, Peanuts (el nombre original de la serie) ha sido adaptado en varias ocasiones a la gran y pequeña pantalla. Sin embargo, hacía ya 35 años que no veíamos una excursión en los cines, coincidiendo con su 65 aniversario.

La compañía encargada de la adaptación es Blue Sky Studios, conocidísima por la inacabable saga de “La edad de hielo”, taquillazo tras taquillazo; amén de otros éxitos de público como Rio y Epic. El estudio nunca se ha caracterizado por la calidad de sus producciones (tampoco la han buscado nunca), sino por las toneladas de entretenimiento que proporcionan. Así pues, podemos esperar pasar una buena tarde para todos los públicos.

En esta nueva aventura, Charlie Brown se enamora de una nueva alumna de su colegio, « la niña pelirroja ». Envidiosa, la pérfida Lucy hará lo imposible para desanimar y ridiculizar a Charlie. Snoopy, por su parte, convertido en espectador impotente de sus humillaciones, anima a su maestro inventándose una historia de amor con una caniche aviadora idealizada, secuestrada por el malvado Baron Rojo…

El film se dirige hacia el público infantil (9-13 años) sin atisbo de duda, multiplicando las buenas palabras y los gags de un humor blanco y ligero. Los paisajes y los personajes son objeto de mimo y cariño por los animadores, trasladando las viñetas a la pantalla con ingenio. El cómic de Peanuts ve su imagen actualizada con un diseño colorista lleno de optimismo, sin perder ninguno de los rasgos que han convertido a Charlie Brown en un mito de nuestra cultura.  

No falta ningún detalle: el fatalismo de Charlie Brown, el puesto de psicología regentado por la orgullosa Lucy, las obsesiones musicales de Schroeder, la puñetería de Snoopy, el pragmatismo de Sally… Es imposible que un fan del cómic no quede prendado del mimo y del detalle con que se ha animado a la pandilla de amigos por excelencia.

No tiene –ni busca- ninguna trascendencia, simplemente divertir y recordar lo que Peanuts significó para tantos y tantos niños. Su magia sigue intacta: sus absurdeces y excentricidades se anclan con acierto en situaciones y miedos reales, que todos reconocemos fácilmente. Alerta con gracia sobre las consecuencias de las inseguridades, que fácilmente pueden llevarte a pensar que no sirves para nada a la que te rodea un ambiente hostil. 
 
Con esta película me he sentido como Anton Ego probando la Rataouille. Me he sentido trasladado a mi infancia con todo mi corazón. No era tal como la viví, pero reconocí tantos pasajes que creía olvidados… Entrañable hasta decir basta con una facilidad insultante. Lo que da de sí el poder de la nostalgia y un poco de mimo.

¡Ay de aquellos que crecieron sin Charlie Brown y Snoopy! ¡Lo que se han perdido!

Nota: 6
Nota filmaffinity: 6.3

viernes, 4 de marzo de 2016

Memorias en Blanco y Negro (Alfredo Relaño)



La capacidad del deporte para crear historias siempre me ha fascinado más incluso que su sentido del espectáculo. Alfredo Relaño, ínclito director del periódico As, colaboró durante un puñado de años en El País realizando una columna semanal en la que se detenía en las historias de la historia del deporte. La columna tuvo su cierto éxito y sus editores decidieron reunir las mejores y publicarlas. He aquí el libro que surgió de ello.

Título: Memorias en Blanco y negro
Autor: Alfredo Relaño

“El secuestro de Di Stéfano, la caída de Ocaña en La Menté, las aventuras y desventuras de Bahamontes, el fenómeno Urtáin, la misteriosa muerte de Benítez, la clausura del Metropolitano, la curiosa conversación entre Franco y Miguel Ors sobre el olímpico príncipe Juan Carlos, el puñetazo de Villar a Cruyff, la fuga de Coque con Lola Flores, Ángel Nieto, Kubala, Gento, Iríbar, Zoco, Glaría, Ramallets, Ferrandis y su globetrotter, Pahíño, Pirri, Gorostiza, Alsúa, Carrasco contra Velázquez, Luis Suárez y su balón de Oro, Helenio Herrera, la primera santiaguina, el Racing de los bigotes o la peluca de Tati Valdés. Y muchas historias más...
Alfredo Relaño ha escrito casi un centenar de relatos que sucedieron en el paisaje social y político del franquismo. «Abarca desde finales de los cuarenta hasta la Transición. En esos años cambió España, pero algo había en común entre el principio y el final: todo lo veíamos en blanco y negro, o al menos los que lo vivimos lo recordamos así. No éramos fuertes en deporte, pero el deporte era igual de fuerte en emociones e intensidad que ahora. Los ídolos eran más heroicos que los de ahora, porque se enfrentaban a mayores dificultades, su vida era más dura, y sus triunfos escasos levantaban oleadas de pasión mayores incluso que las de ahora», explica el autor.”

Justamente es eso. El libro está compuesto de pequeños capítulos de 8-10 páginas en la que se te explican muchas anécdotas y secretos de todas estas cosillas que rodean al deporte y le añaden el picante que lo hace trascender socialmente. Todas ellas nos remiten a una época ya olvidada, en la que el NO-DO y la radio eran las mejores vías para informarse de la actualidad deportiva. 

Cada “cuento” se lee en apenas 10-15 minutos y si no te gusta uno, te acabará gustando otro. Relaño relata las hazañas de los pioneros, los orígenes de rivalidades ya clásicas, amén de anécdotas curiosas que envuelven a los deportistas más excéntricos. Asimismo, se asegura cubrir todos los deportes, por lo que, incluso si sigues alguno más minoritario, el tuyo cobrará protagonismo en algunas páginas. Incluso aquellos que no disfrutan con el deporte encontrarán en Memorias en blanco y negro un acercamiento a la época de nuestros padres y abuelos.

A fin de cuentas, se trata de un pequeño recuerdo de la memoria del deporte español. Un libro curioso y entretenido, con muchas historias entrañables llenas de épica, ternura o simple cotidianeidad. Todo fan de los deportes pasará buenos ratos con este libro, eso seguro.

Nota: 7

Si alguien quiere buscar el (hoy abandonado) blog de Relaño y leer todas las entradas, AQUÍ está.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Deadwood


La HBO se hizo mundialmente famosa con el bombazo Soprano hace ya un puñado de años (nos hacemos viejos). Muchos descubrieron las series con los mafiosos de Nueva Jersey, pero desconocen el puñado de joyas que ya habían realizado, especialmente aquellas truncadas, que no vieron quizás su calidad reflejada en más temporadas que las hubieran hecho perdurar en nuestra memoria. Algunas ya las hemos comentado por aquí (Roma, Carnivale). La confirmación de que se va a hacer una película que concluya con Deadwood hizo que me entrara el gusanillo y le pegué un repaso como se merece. ¿Estamos hablando de la última gran obra del western? Pues casi casi…
  
En el remoto pueblo de Deadwood no hay buenos y malos. No hay una confrontación entre la luz y la oscuridad. Hay humanidad, cinismo, ambición, suciedad y miseria. Incluso podríamos decir que no hay otro protagonista que el propio pueblo de Deadwood, pues lo que seguimos no es tanto la trama de unos personajes –bueno, un poco- sino el simple día a día de un pueblo del Oeste en plena fiebre del oro. El dinero fluye a través de los ríos, atrayendo a una plétora de cazadores de fortuna, algunos idealistas, otros desesperados y casi todos malnacidos. Ya desde el cuarto capítulo nos daremos cuenta de que no se trata de una serie normal, pues cada personaje arrastra una historia detrás, con sus problemas, sus traumas y sus sueños en un mundo infernal, en el que solo los más duros se mantienen en pie tras los primeros embates de realidad (aunque sea para caer derrotados poco después).

Casi ningún capítulo de Deadwood te dejará con avidez para dar play e ir a por el siguiente. Te levantarás del sillón meditabundo, reflexionando sobre lo que acabas de ver y cómo no puedes sino identificarte con un depravado asesino, un mezquino recepcionista o un implacable sheriff que es al mismo tiempo testigo, juez y verdugo. Deadwood nos recuerda la forja de los imperios, las toneladas de injusticia e inmoralidad que acompañan todos los grandes empeños de pasar de la impiedad bárbara a la eficiencia institucionalizada. Nos explica cómo se pasó de las carnicerías sin ley ni orden y de los disparos por doquier al sableo de los caciques, el amaño de elecciones y la brutalidad de una política de odios enconados que no permite la presencia de la violencia, pero que es insospechadamente más letal. Sí, el primer capítulo parece presentarte a unos buenos que lucharán enconadamente contra unos enemigos claramente siniestros. Sin embargo, a medida que los días transcurren, los papeles se oscurecen, los enemigos se alían y todo se complica, ya es difícil distinguir el lugar que ocupa cada uno. Todos ceden y negocian –los que sobreviven-. No hay lugar para la debilidad en Deadwood.


El titán que maneja el pueblo es Al Swearingen (Ian McShane). Es el dueño del prostíbulo local, amén de uno de los bares, pero no hay negocio que florezca en Deadwood que no cuente con su aprobación. Swearingen es un ególatra amoral que encarna desde un primer momento la manipulación y la impiedad. Un malvado inteligente y hábil para el que sus intereses son la única ley por la cual ceñirse. Deberíamos odiarle desde un primer momento pero pronto aprendemos que, a su manera, quiere lo mejor para el pueblo, pues así saca el máximo rédito. Por muy cabrón que te pueda parecer (que lo es), adorarás a este tío. Es un auténtico hijodeputa (de la peor especie), pero casi desde un inicio se convierte en nuestro hijodeputa. Y eso cambia las cosas. Ian McShane se merece todos los premios que se te puedan ocurrir y más. El puto amo, que dirían algunos.

Su reverso moral, la otra cara de la moneda, es Seth Bullock (Timothy Olyphant). Llegado al pueblo en el primer capítulo con el objetivo de montar una ferretería y, simplemente ganar dinero, encarna el bien a lo bruto. Hombre de una férrea moral y un humor irascible, no concibe la existencia de los grises. Es rápido en juzgar y más rápido en desenfundar. Siempre en guerra con todos (contra sí mismo especialmente), contra la imperfección de la vida, pero al mismo tiempo el bastión de ética en el que todos confían. Bullock… le quieres, le odias, le compadeces. Es el retrato de un idealista puro, de un puritano máximo. Alguien que prefiere inmolarse, que elige sentir la cercanía de la muerte antes que la de la confusión o la duda. Timothy Olyphant compone a un personaje tan duro que parece irrompible, pero que es consciente de su fragilidad y sufre por todos. Su esforzada mentalidad de hombre de acción choca de frente contra la necesidad de refrenarse, contra la necesidad de aceptar que es necesario que haya un poco de mal en el mundo que responda ante la admonición de un mal superior.

Podría seguir así con cada uno de los personajes. Todos merecen un párrafo en el que desarrollar su historia: el abnegado Doc Cochran, que purga los errores del pasado remendando los cuerpos y las almas rotas; el letal “Wild” Bill Hickock, consciente de que ésta es su última aventura; la prostituta Trixie, que se debate entre la practicidad fatalista y la ilusión de la civilización; la viuda Garret, fuente de dinero y pasión entre adiciones al láudano, inseguridades y amoríos; Cy Tolliver, el reverso aún más tenebroso de Swearingen, incapaz de controlarse; Utter, el símbolo de la lealtad; Wu, el rey de las conversaciones a insultos; Calamity Jane, o la deconstrucción de un héroe; Ellsworth y su enconado esfuerzo por mantenerse honesto; EB, el capullo más adorable de la serie; Sol, la sensatez entre tanta crueldad… Y así puedo seguir un rato. Personas mudables, gente real que evoluciona, duda, sufre y sobrevive o muerte.

Y al final aparece el último depredador, el definitivo. En la escala evolutiva del espanto es el monstruo más capaz. Un leviatán del Oeste. George Hearst. El horror en estado puro, metafísicamente perfecto. Sin fisuras. Solo voracidad económica, sin motivo ni horizonte más que el hecho en sí mismo, desnudo, caníbal, pulverizador. El progreso encarnado. El gran dinero entrañado. El oro es su sangre. Vaya duelo de titanes para acabar la serie.



La esperanza aquí reside en poder ver amanecer un nuevo día, encontrar la pepita de oro más grande y salir zumbando sin mirar atrás. Deadwood simplemente, existe. Es casi un ente vivo. Los animales de la HBO no se contentaron con tres escenarios y un par de ranchos, no. Construyeron un pueblo entero, con pelos y señales. Sus burdeles, almacenes y tiendas, sus bares, periódicos y cementerios. Tal como ocurría en Roma, es una recreación sucia y desgastada. Es desagradable pero no por ello menos fascinante y absorbente. En Deadwood, las mujeres y los hombres se enfangan. Los sombreros son la cima de lo polvoriento. Aquí, señores y señoras, no hay higiene. Es un pueblo lleno de suciedad y sus personajes, a no ser que estén todo el día en sus locales o domicilios, son el vivo retrato de una realidad tan simple como la de que si un sitio está sucio, quien lo habita se mancha. Por otra parte, las tetas de las prostitutas son tan constantes y tan descarnadamente alejadas de la sensualidad que pueden considerarse parte del escenario, al ser sus apariciones constantes, sin ningún tipo de pudor.

El esfuerzo que la HBO despliega para realizar cada capítulo es abrumador. Ahí reside la gloria y la tragedia de la serie. Su elevado coste no se vio reflejado en una gran audiencia, condenando una trama que tenía fuerza para cinco o seis temporadas que se tuvo que quedar en tres. Por suerte, no queda totalmente cortada como Carnivale, pues sus creadores supieron que iba a ser cancelada a inicios de temporada y tomaron la decisión de embutir la que iban a ser la 3º y la 4º temporadas en una fusión apelotonada pero decididamente vibrante. 


Deadwood es una de las series más ambiciosas jamás realizadas, pues no sólo recrean fielmente la realidad histórica de un pueblo del oeste, sino que gran parte de los sucesos son reales (y realistas). Está documentado que Wild Bill Hickock, Calamity Jane y los Hermanos Earpp pasaron por allí y dejaron su huella, que se traslada noveladamente a la pequeña pantalla. Cada capítulo sorprende por la complejidad de los recursos desplegados y abruma por la altura literaria de sus diálogos, repletos de dobles intenciones, ambigüedades y grises por doquier. A pesar de que es la producción con más ratio de insultos por capítulo, se pueden encontrar sesudos artículos desglosando la inspiración que recibe de no pocas obras literarias y teatrales.

Sin embargo, es una serie realmente agreste para el espectador. Exige una atención máxima que agota a un espectador debido a su tozudez por mantener un clímax casi continuo. Perderse un guiño de un personaje o fallar al comprender la segunda intención implícita en una frase provoca que no entiendas una situación o reacción posterior. Su exacerbada violencia está presentada de forma cruda y descaranda, sin asomo de gloria, puro pesimismo que sobrecoge fácilmente a los corazones más sensibles. Al igual que el sexo, tan desprovisto de cariño o pasión que provoca más desazón que placer. No es, ni por asomo, una serie con la que relajarse y desconectar. Es un agrio trago de una calidad impresionante, pero que es capaz de repeler al espectador novato con demasiada facilidad. Es una lástima.


Su poco éxito y su corta vida provocaron el olvido del gran público, pero su consagración como serie de culto ha provocado la admiración de los espectadores que la descubren tardíamente y acometen, osados, a ver la evolución de una ciudad. Los personajes llegan, marchan y mueren, pero siempre hay algún cabo argumental del que estar pendiente. Deadwood no te deja indiferente, puede horrorizar, sobrecoger o provocar risas (especialmente si disfrutas con el humor más negro y ácido), pero nunca estarás esperando a que suceda “algo”.

Deadwood es oscura, desagradable y extrema, pero también es artística, profunda y endiabladamente intensa. Cualquier adjetivo que yo le pueda dar a Deadwood creo que no será muy objetivo. Sin embargo no creo que esté lejos de la realidad.

Notas: 9, 9, 9
Nota filmaffinity: 7.9

Publicado previamente en Cinéfagos AQUI