Sherlock Holmes. Para muchos, el primer nombre que se nos
viene a la cabeza cuando hablamos de detectives. No en vano es (prácticamente)
el primer detective de éxito de la literatura y el personaje humano de ficción
más veces llevado a la pantalla grande.
Pero he aquí uno de los problemas: Con tantas
traslaciones del personaje, ¿con cuál nos quedamos? Desde los seriales en los
albores de la televisión que definen la imaginería del personaje o a las
representaciones más modernas e idas de olla que han recordado al mundo la
popularidad del personaje, pasando por versiones perrunas de lo más destacable,
cada creador ha cogido lo que más le ha gustado de las novelas de Conan Doyle,
ha recortado por allí, añadido otras cosas por allá… Hay de sobras por dónde
escoger.
Todos sabemos que Sherlock Holmes es un personaje de lo
más singular, de los que siguen cualquier pista para dar en el clavo. Con su
lupa, su pipa y su gabán (que apenas usa en los libros), es inconfundible. Sin
embargo, de entre todas las versiones que podemos encontrar de él, he decidido
quedarme con la que nos presenta Dios, este… Eh… Billy Wilder; principalmente
por su interés en ahondar en el personaje antes que buscar la cabriola
desafiante de un caso imposible de resolver.
En La vida privada
de Sherlock Holmes, sigue habiendo un caso que da pie a la película, cómo
no. Una misteriosa damisela amnésica aparece en el portal de Baker Street y la
pareja de investigadores se ve envuelto en un caso de conspiración que tiene
todos los ingredientes de cualquier historia del género: un compañero, una
chica, una hermandad privada, un misterio de estado, un monstruo del lago Ness,
un hermano, un amor, un engaño....De por sí, ya es una película de detectives
bastante aprovechable, pero además, Billy Wilder dedica sus buenos 40 minutos a
explicar en qué se entretiene la segunda mente más brillante del Imperio
Británico cuando no está trabajando.
Así pues, se nos presenta a un Holmes muy inusual, pero
que al mismo tiempo es canónico y realista como el que más. Pregunta,
investiga, es astuto y sagaz, pero también terriblemente misógino y arrogante,
abusa y toma lo que necesita de todos cuántos le rodean. A su manera, es uno de
los que más se acerca al Holmes literario. Relatos que le han hecho famoso, que
conoce y critica por “falsos y exagerados”, cuidándose bien de hacer patente
sus objeciones: "No mido 1,90, no me gusta que me hagas vestir de esta
manera, ni que digas que soy un misógino, que tomo una reducción de cocaina del
5%..." Una brillante traslación con un ejercicio de estilo marca de la
casa. Al mismo tiempo, añade un poco de picante al mejor estilo Wilder al
insinuar con ingenioso arte la homosexualidad del detective, además de su
incapacidad de “apagar” su brillante mente sin ayuda de estupefacientes. Estos
“defectillos” humanizan eficientemente al mito de nuestra imaginería,
arrastrándolo un poquito por el barro.
Encarnando al detective, tenemos a Robert Stephens, uno
de los actores más brillantes de su generación, que realiza un impecable
trabajo, dando forma con una naturalidad insultante a mi Holmes favorito. No
obstante, se hace obligado destacar el papel de Colin Blakely, cuyo Watson es
ciertamente impagable, especialmente cuando se le hace objeto del fino humor
que destilan las obras de Wilder.

Queda, eso sí, un estupendo homenaje al epítome de los
detectives británicos, con una historia que pone al aire sus vergüenzas sin por
ello dejar de remarcar su genialidad y unos cuantos toques de polémica (tuvo
que levantar ampollas en su estreno). Ideal para pasar dos horas
agradabilísimas en compañía de dos personajes espléndidamente retratados que
son tan conocidos como si fueran de la familia. Holmes, simplemente, el
detective deductor por excelencia.
Nota: 7
Nota filmaffinity: 7.0
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