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sábado, 8 de marzo de 2025

Los siete samuráis

Estamos en el siglo XVI, Japón se halla asolado por las guerras civiles. Las partidas de forajidos siembran el terror de los campesinos, que sufren de sus abusos regularmente. Desesperados, incapaces de defenderse, los pueblerinos deciden enviar a unos emisarios a la ciudad cercana para contratar a unos samuráis con la idea de que se trasladen al pueblo y los defiendan. Su misión no es precisamente fácil, pues los samuráis no tienen un especial aprecio por unos aldeanos que apenas tienen medios para pagar por sus servicios. Pero finalmente, los pobres encuentran a Kambei, un hombre de honor, sabiduría y espíritu generoso, que acepta su proposición y empieza a reclutar a otros hombres tan generosos como él (o locos, o desinteresados o desesperados…). Es así que una buena mañana, los siete samuráis se ponen en ruta junto con los aldeanos, que están orgullosos de haber cumplido su misión.

Llegados a la aldea, los samuráis estudian una estrategia, organizan la defensa, entrenan a los aldeanos… tareas que no se hacen porque sí. Cuando llegue el día, los hombres de las espadas y los hombres de la tierra habrán aprendido a conocerse y apreciarse, pues deberán combatir espalda contra espalda contra los saqueadores sin fe ni ley.
No es un secreto decir que la historia tiene un final feliz. Bueno, en todo caso para los aldeanos que pueden volver a su existencia tranquila, marcada por las estaciones y las cosechas. Los samuráis supervivientes deberán volver a su vida de guerreros errantes, pues su presencia en la aldea ya no tiene razón de ser. “I’m a poor lonesome samurai”, cantarán en japonés mientras se alejan por el camino polvoriento, a la caída del sol… Pero un poco más en serio, esta melancolía ya ha sido expresada por el propio Kambei, en la posada al inicio del film: “Siempre nos decían, ¡entrenad!, ¡convertíos en señores de la guerra! Pero luego nuestra vida se consume en esta búsqueda vana. Llega la vejez y nos encontramos errantes, con un puñado de moscas en la mano.”.

Los 7 samurais es el film más conocido de Kurosawa, muchas veces considerado el culmen de su obra épica. Un film inolvidable por la amplitud de su fresco histórico, la variedad de sus episodios, la energía extraordinaria que llena todas sus secuencias, la belleza de las imágenes, el lirismo de la puesta en escena.

Estrenada inicialmente en una versión recortada de 140 minutos, actualmente es más fácil encontrar la versión restaurada de 1980, que amplía su longitud hasta unos impresionantes 205 minutos. Estos se dedican principalmente a ampliar el trasfondo sobre la vida de los campesinos y su relación con los samuráis a los que han contratado por protección. Quizás se pierde un poco de ritmo, pues la acción se vuelve más esporádica, pero el desarrollo de los personajes compensa con creces esta ampliación. Evidentemente, se hace difícil para ver de una tacada, pero esta última vez lo he visto en episodios de alrededor de 45 minutos y debo decir que funciona estupendamente como si de una serie corta se tratara.

Así, tenemos espacio para que las tramas respiren, mostrando un manojo bien amplio de historias. Conoceremos los motivos por los que los 7 samuráis participan en esta empresa, asistiremos a la redención de Kikuchiyo (Mifune, que no falte), las privaciones de los lugareños que aun así son mejores que los saqueos de los bandidos, los problemas que causa la bellísima hija del jefe para la convivencia de todos y, sobretodo, cobra especial importancia el hondo dolor del samurái jefe por no poder evitar las inevitables tragedias que vienen acompañando a las batallas. Como dice en su epílogo: ¿Qué sería este mundo de los inocentes, de los débiles, de los corderos, sin no hubiese hombres con valor, lo suficientemente bravos (de digna bravura), que le hacen cara a los abusadores, que les presentan batalla y se lo ponen difícil para que dejen de abusar?

Podríamos decir que la película se puede dividir en tres tramos diferenciados:

Primero tenemos el reclutamiento, que nos permite conocer la situación y -sobretodo- a los samuráis que participarán en la contienda.

Luego tenemos la convivencia en la aldea entre los campesinos y los samuráis, que nos pone en situación de la férrea diferencia de clases de la sociedad japonesa del momento. Así, tendremos multitud de conflictos entre unos y otros, que se resolverán con mayor o menor fortuna en función de quién se implica en cada momento. Es decir, labradores que soportan a los recién llegados simplemente porque los otros son peores, unos samuráis que -quizás- se cuidan demasiado, la extraña desaparición de la mayoría de mujeres de la aldea…. Todo ello mientras deben colaborar para fortificar la aldea y prepararse para la batalla.

Y finalmente, tenemos la batalla final en que se desencadenan los espadazos y se sucede la matanza. La acción se vuelve especialmente cruda, coreografiada con realismo y variedad. La lluvia y el barro se apuntan a la fiesta para conseguir un espectáculo más épico y desgarrador, complementando unas escenas que indican, con simbolismo, que ahora que las Puertas de la Muerte se han abierto, muchos la cruzarán.

Ah, y el epílogo, que si ya estabas sufriendo con lo ocurrido, te suelta un último puñetazo en el estómago.

Los 7 samuráis es una historia épica y trascendente que no por ello deja de reflejar a la perfección la tragedia diminuta, terrible y cotidiana que acecha a cada ser humano, desde los campesinos hasta los guerreros samuráis. Es un gusto encontrar una película con veinte personajes diferentes que dejen la sensación de tener alma. A veces la manera de actuar japonesa puede ser un poco rara (demasiado expresiva para nuestros cánones), pero eso no debe impedir a un espectador avezado disfrutar de este mastodóntico film. Una historia de aventuras de primera categoría, con grandes actuaciones, una dirección impecable y un guión que está a la altura. Sólo por la cantidad de veces que ha sido copiada, ya podemos hacernos una idea de su importancia.

 

Nota: 10

Nota filmaffinity: 8.4 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Rashomon - El bosque ensangrentado



Rashomon es, junto a Los siete samuráis, la película más conocida de Akira Kurosawa. Centrada dentro de la ficción histórica, nos alejamos de la épica para adentrarnos en un pequeño relato intimista que no deja de sorprendernos. 


En el gran portal de Rashomon había vivido un demonio; marchó asustado por las maldades de los hombres. El gran portal puede ahora guarecer a las personas, que saldrán de él mejor o peor de lo que entraron. Al fin y al cabo, esta es la historia del mundo. Los que salgan peor habrán contribuido a su destrucción en su propio beneficio. Las ruinas son testimonio de que el pasado glorioso de Japón no volverá, sin embargo, en esta noche lluviosa, aún puede cobijar a tres viajeros, reocrdándonos que en incluso en un lugar tan inerme hay espacio para la esperanza. Estamos en el siglo VIII, pero podría ser perfectamente el final de la IIGM, el hambre y la pobreza son imperantes. Bajo el pórtico, un joven monje y un viejo leñador conversar aterrados por el proceso que vienen de contemplar. “Mi fe en el hombre se ha perdido”, dice el monje. Están tan afectados que obligan al tercer viajero a escuchar su relato: el de un bandido famoso, acusado de haber violado a una joven y asesinar a su marido. El drama tuvo lugar en ese mismo bosque, el que se contempla desde la alzada puerta de Rashomon…

Dentro de un bucólico claro del bosque, el drama se repetirá cuatro veces. Cada una de las cuatro versiones que se nos explican viene relatado por un personaje diferente: el bandido, la mujer, el marido muerto (via una médium) y el leñador, testigo del drama. Kurosawa alterna, con una maestría admirable, los primeros planos de los rostros y los picados o contrapicados a través del bosque. A la vez, enloquece las almas y reintegra al humano en la naturaleza. No se puede explicar la manera de rodar el cine en los 60-70 sin pasar antes por Rashomon y contemplar todas las técnicas que combina Kurosawa, cuya influencia resuena por Hollywood y Europa. Los juegos de luces y sombras se convierten en una auténtica maravilla a disfrutar.  Los testigos siempre en la sombra, sólo la medium testifica en la luz (supuestamente la verdad), pero el muerto se encarga de decir que está en la oscuridad, así que tampoco debemos confiar en su testimonio.


A pesar de contener una historia de lo más simple, el guión desborda complejidad y sutilezas. Con los detalles reducidos a su mínimo esencial, se las arregla para engranar con maestría una trama donde debemos reflexionar y construir las piezas adecuadas para conformar el puzzle de la verdad. Igual estamos acostumbrados, pero casi nadie había intentado romper con la narratividad tradicional, y nadie lo había hecho con tanto estilo. Conseguir un montaje en que tantos planos de realidad no se confundieran ni mezclaran tuvo que ser un infierno. 

¿Dónde está la verdad? ¿Con qué debemos quedarnos? ¿Qué ocurrió realmente en el claro del bosque? Todos los personajes han presentado su verdad, pero las contradicciones afloran, se hace obvio que todos mienten y no queda sino adivinar qué ocurrió realmente. Sin embargo, ¿por qué miente cada uno?, al reflexionar sobre ello, comprobaremos que la motivación de los personajes no pasan por salvar su pellejo, sino por la incapacidad de aceptarse a sí mismos, remendando antes sus defectos morales antes que sus actos delictivos.  ¿Qué historia es la cierta? Cada espectador se ve reflejado en la película y considera diferentes opciones: nos creemos más el que nos cuentan al final (porque nos han enseñado que debería ser “el correcto”), el del personaje que nos cae mejor, el del que menos motivos tiene para mentir, o siemplemente el que más nos gusta de acuerdo a nuestra conciencia. Ahí está la grandeza de los puntos de vista.

Rashomon es un viaje al corazón del alma humana, sobre la que Kurosawa proclama su falta de fe. Después de todo, ni el narrador que explica el relato ni el propio espectador buscan la verdad: “La mentiras me dan igual, siempre y cuando la historia sea apasionante”. Como nosotros quizás.  

La película transcurre a través de eternos planos fíjos. En ella los personajes se erigen como metáforas de los defectos de la humanidad, permitiéndonos ver como la cobardía, el orgullo y la mezquindad desfilan ante nuestros ojos, matizadas por la perspectiva que cada uno de los personajes aporta. Los intereses de cada uno salpican y modifican la realidad para que cuadre con aquello que quieren defender, incluso en los detalles más aparentemente inocuos. 
 
Sólo las histriónicas actuaciones, con la sobreactuación propia de las películas niponas, pueden parecernos demasiado excéntricas a nuestros ojos, distrayéndonos fácilmente del objeto del film. En el Estados Unidos de la época no podían concebir que alguien más que ellos pudiera hacer buen cine. Era algo que estaba fuera de su capacidad de entendimiento. Para muestra el efecto que tuvo esta película en la industria, que se vio obligada a crear un premio para reconocer su calidad (el Oscar a mejor película extranjera), que no se volvió a conceder hasta pasados diez años.

Básicamente, cuantas copias y homenajes reconocidos (o no) se ha llevado la película…

Nota: 9
Nota filmaffinity: 8.2