Este libro, el número 22 de la Cesta’13, me asustó en
cuanto llegó. Con diferencia el más grandote de todos los libros que habían
venido, con el agravante de que me habían hablado MUY mal de él, casi todos
destacando lo tremendamente aburrido que era. Reconozco que lo cogí un poco a
desgana, más obligado por mi compromiso personal de leerme todos los libros de
la Cesta, más que por que tuviera ganas de acometer los desafíos que me iba a
plantear.
Autor: Thomas Mann
Título original: Der Zauerberg
Traducción: Isabel García Adánez
“Esta
novela es un impresionante fresco de la Europa de principios del siglo XX, y
también una de las más profundas y agudas exploraciones de la condición humana.
La habilidad para mostrar las contradicciones sociales y espirituales de su
época, la extrema sensibilidad en la construcción de personajes y la aguda
erudición que despliega Mann en La montaña mágica convierten esta
obra en una lectura que apela – y desafía- tanto a la sensibilidad como a la
inteligencia de cualquier lector.”
Una vez acabado y digerido, me sorprendo ante la
dificultad de la tarea que es simplemente hablar sobre La montaña mágica. ¿Cómo afrontar la explicación de un libro cuyo
argumento es irrelevante respecto a todo lo que contiene? La propia longitud de
la novela es análoga con la extraña atemporalidad en que viven los
protagonistas de la misma. De nada sirve pegarse una panzada de leer hojas y
hojas siguiendo a unos personajes que parecen haber renunciado a vivir la vida
(durante 1000 páginas).
Quizás el mejor consejo que se puede dar es tomarse la
lectura como la escucha de una canción. Es una experiencia por sí misma. No se
trata de una novela que vaya de nada, ni siquiera es una novela de ideas. He
leído por ahí que el propio Thomas Mann recomendaba leerla como si fuera una
sinfonía orquestal, siguiendo los temas comunes y dejar que la narrativa
“suene”. Y me encuentro de acuerdo con ello, realmente funciona, pareciera que
Mann escribió una pieza literaria para “ser escuchada”, y eso es todo lo que
necesita ser.

Joachim Ziemssen es el primo de
Hans, y su inseparable compañero. Encarna a los valores militares imperantes en
el Imperio Alemán de la época, contrastando su rígido sentido del deber con la
displicencia de Castorp, ajeno a la llamada del honor y la responsabilidad
colectiva. Su practicidad se haya todavía más acentuada que la de su primo,
pues su mentalidad apenas distingue grises en un mundo que él sigue
considerando de blancos y negros. No desea otra cosa que curarse para marchar
al frente y defender a su patria, soportando con resignada paciencia cada
minuto que pasa en este exilio en las montañas.
De todo el excéntrico enjambre de pacientes del
balneario, mi favorito es el italiano Settembrini, repleto de incoherencias internas y un existencialismo exacerbado. Se
autoproclama como el mentor espiritual de Castorp para defender la tradición
humanista, los valores de la democracia y la Iluminación del conocimiento, con
particular énfasis en la tolerancia y los derechos humanos, reafirmando la
necesidad del trabajo productivo, la actividad creativa y la vida alegre como
las mayores fuentes del progreso de la humanidad. Me encanta la facilidad con
que aparece casi de la nada y se lanza a soltar una chapa descomunal sobre la
última paja mental que le ha pasado por la cabeza, interrumpiendo diálogos o
acciones que pudieran ser interesantes para Castorp que, presa de su educación,
no es capaz de detener.

El objetivo amoroso de Hans reside en la rusa Clavdia
Chauchat, una tártara que parece
haber renunciado a la vida terrenal y se conforma con vivir tranquila sus
últimos días en la montaña. Sus rasgos asiáticos y ojos rasgados hacen que Hans
recuerde a Pribislav Hippe, un compañero de clase por el que sintió atracción
en el pasado. El continuo cortejo que se produce con sus idas y venidas, la
conexión entre ambos personajes y la extraña rivalidad que se produce entre
Clavdia Chauchat y Settembrini puede dar pie una posible homosexualidad (o
bisexualidad) que no deja de estar insinuada durante todo el libro.

A lo largo de paseos por la montaña, sobremesas en la
terraza o curas durante espacios de tiempo indeterminado sobre camillas, se
suceden las peleas dialécticas, la molicie de la vida y los episodios de “nada”
que tiene aquellos para los que el tiempo se ha detenido. Un narrador documental
al más puro estilo F. Rodríguez de la Fuente hace las veces de guía por las
páginas, ofreciendo su interpretación de los hechos, valorando la altura de los
argumentos o chivándonos algunas de las cositas que están por suceder. En
ningún momento conoceremos a este narrador (casi) omnisciente, lo que puede
llegar a confundir, pero Mann no ha creado un libro precisamente ofuscado. No
es más difícil de lo que necesita ser, narrando y explicando todo con montones
y montones de paciencia, lirismo y sabiduría.
Debo felicitar (una vez más) el inmenso esfuerzo de
traducción que supone este libro. No sólo por la propia magnitud de la tarea,
sino por el concienzudo trabajo que hay detrás. Alucino con la cantidad de citas y libros que
se habrán tenido que consultar para conocer la “traducción correcta” que se dio
a cada cita en concreto. Además, se consigue que cada personaje tenga un modo
particular de hablar (y hay para dar y vender), reconocible, pero no por ello
tópico o manido.
El obvio problema de La
montaña mágica es que no va de nada. Puede hacerse MUY aburrido. Sin
embargo, una vez pasé un puñado de horas en las alturas, percibí la extraña
magia de la montaña, me incorporé a un viaje extraño y extravagante que
constituye una experiencia en sí misma, más que un libro a devorar, en la que
se divaga sobre el paso del tiempo, el papel del ser humano en el mundo, la
vida y el nosequé. Tiene mucho que decir sobre la naturaleza cíclica del tiempo
y los infructuosos intentos de la humanidad para tomar asidero frente a su
continuo discurrir. Habla sobre los misterios de la biología y relata
brillantemente un posible origen de la vida para dar lugar a la enfermedad
inexplicable e imparable. Presenta a la muerte como una simple extensión de la
vida, buscando que el lector se sienta confortable con la idea. Ejemplifica la
importancia de la salud espiritual para llevar una vida plena, que muchos
derrochan en causas sin sentido. Al final, es un libro para el cerebro y,
quizás en consonancia con muchos, yo gusto de los libros con corazón y alma. Me
gusta encontrar personajes con los que pueda empatizar, cosa que no he
encontrado en este libro. Aunque he “disfrutado” con mi visita a este
balneario, no creo que vaya a volver en un tiempo prudencial. La montaña mágica es larga y desafíante,
profunda en su concepción y consistentemente bella en su realización, con una
prosa tan bien dispuesta que nunca se me hace aburrido. Sin embargo, hay tanto
dentro de ella que se me hace imposible absorberlo enteramente en una sola
lectura.
Quizás se trata de uno de estos libros que hay que leer
varias veces, o una novela a la que dedicar años enteros, desvelándote nuevos
secretos a cada pasado, o quizás una novela a la que volver de vez en cuando,
leyendo un capítulo entre cada otro libro, para poder retomar las “aventuras”
de Hans Castorp siendo consciente del paso del tiempo y de la importancia de
dejar madurar las meditaciones para que tomen poso.
Lo dicho, se hace difícil hablar de este libro, pero he
llenado más de 2000 palabras. Leer La
montaña mágica es una tarea ciclópea, constituyendo una experiencia en sí
misma, con la que conocerse y reflexionar, más que un libro que disfrutar o
devorar. Tiene todo lo que necesito para tirarlo por la ventana, pero me he
encontrado disfrutando cada una de sus páginas. Por un lado, no se lo
recomendaría a nadie, por el otro, no dudo que todo el mundo debería pasar unos
meses arriba en la montaña. Al final es una decisión propia, una inversión de
incierto resultado que no tiene por qué satisfacer, pero que seguro sabe
fascinar.
Nota: 9
Nota goodreads: 4.14/5
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