Aunque ahora ya se trate de una película que ha trascendido el tiempo y el espacio, no creo que hubiera nadie más sorprendido por el éxito que tuvo Depredador que sus propios creadores. Con el tiempo, una plétora de libros, cómics, videojuegos y chillones de propuestas se ocuparon de hacer trascender la mitología, profundizando en la imagen del cazador definitivo. Pero estaban acabando los ochenta y tocaba hacer una secuela de un bombazo inesperado, aunque no tuvieras ni fe en el proyecto ni nada que contar.
Así, tenemos una
secuela de Depredador que entra en el saco de los remakes disfrazados.
Si con el Chuache teníamos al cazador intergaláctico en una jungla del
Amazonas, aquí ha decidido perderse en la jungla urbana de Los Ángeles,
dispuesto a cargarse a los más peligrosos del lugar.
Sí. Es el mismo argumento, pero ahora en la gran ciudad. Los policías, pandilleros y demás gente de mal vivir son las presas peligrosas que constituyen un desafío (o no). Donde antes teníamos árboles entre los que camuflarse, ahora hay sombras, túneles del metro y la misma mala idea. Acierta de pleno al presentar una Los Angeles tomada por la lucha de bandas, provocando que los tiroteos sean continuos y la acción no pare en ningún momento (no sea que nos paremos a pensar todas las cosas que no cuadran). A destacar toda la escena en el metro, o el momento en que el Depredador decide interrumpir una emboscada de traficantes de drogas y la Policía, originales e impactantes sin cortarse un pelo.
El mayor problema que afronta la película es su reducido presupuesto. Está hecha con dos duros, lo que se nota mucho en el resultado: los escenarios son bien cutrillos, los efectos especiales demasiado justitos… Sin tampoco necesitar un gran dispendio, algo más de músculo financiero le habría venido de lujo.
Esto se nota también en el elenco actoral, cuyos secundarios no son precisamente de primera. Danny Glover como improbable héroe de acción es el que debe cargar con todo el peso del film. Aunque ya le habíamos visto como policía en Arma Letal, ahora deber mostrar todas sus facetas de tío duro, cumpliendo con creces. No supura testosterona por los poros como el Chuache ni tiene la letalidad que hemos visto en Bruce Willis. Más bien parece un policía sufrido como Murtaung, superado por la situación pero que, de alguna manera se las arregla para salir adelante.
Una cosa que me hace
especial gracia es el calor que exuda la película. Imagino que obligados por un
rodaje en el verano angelino, sin poder tirar de escenarios con aire acondicionado,
todo el mundo suda horrores. Se notan las gotas resbaladizas por la frente, las
axilas mojadas, las manos pegajosas… Lo cual no deja de contribuir a crear una
atmósfera incómoda que le viene muy bien al film.
Obviamente, no tiene el efecto sorpresa, ni el derroche de carisma o la testosterona desbordante que mantenía la obra de McTiernan. Aquí ya conocemos al bicho, sabemos a qué viene y no nos pilla de nuevas. A fin de cuentas, todo nos deja una sensación de “ya visto” bastante grande. Es tarea del director, Stephen Hopkins, programar una serie de escenas de acción bien funcionales, sustituyendo con imaginación y oscuridad un presupuesto que da para lo que da.. Dando buena muestra de su experiencia con el terror de bajo presupuesto, Hopkins no se anda con alardes, con un ritmo bien medido y una duración bien ajustada para contar lo que se debe sin que sobre ni falte nada. Copia donde debe, aprovecha la poderosa imaginería asentada y, a fin de cuentas, nos da un más de lo mismo hecho con oficio. Viendo hasta donde llegó a descender la calidad de la franquicia en entregas posteriores, pues oye, ni tan mal.
No estará muy alta
en ningún ranking del género pero funciona como entretenimiento vacuo. No
engaña, da lo que promete y no se complica la vida. Es una secuela deudora del
“lo mismo pero peor” a la que le falta la sorpresa y el encanto de la primera
parte. No obstante, cumple con su trabajo.
Nota: 5
Nota filmaffinity: 5.1
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