domingo, 20 de julio de 2014

Old Boy

Después del especial de Cannes de Cinéfagos recordé esta otra película que, si bien no consiguió ganar el premio gordo, llamó la atención de muchos por su osada propuesta (y que llevaba años en mi lista de “pendientes”). Old boy no es precisamente un plato de gusto para todos, es fascinante y francamente diferente, pero brutalmente truculenta y desagradable. Confusa y desasosegante, golpea con fuerza en los higadillos y te somete a una experiencia de lo más rebuscada.

Salta con fuerza desde un inicio, causando un vértigo que te arrastra durante toda la película. Oh Dae-su es un hombre normal, un pobre diablo que se emborracha mientas su mujer y su hija le esperan en casa. Una noche es secuestrado y retenido durante quince años sin recibir ningún tipo de explicación. Durante este tiempo, el odio consume a Dae-su, que no piensa en otra cosa que escapar y vengarse. Sin embargo, una vez le llegue la oportunidad de hacerlo, otra pregunta perforará su mente… ¿Por qué? ¿Qué hizo él para tener que ser torturado de esta manera?

En una suerte de Conde de Montecristo pasado de rosca, toda la película se desarrolla de impacto en impacto, siguiendo un ritmo que deja sin aliento y mezclando al mismo tiempo historias mafiosas, recuerdos del pasado y sed de venganza. Park nos brinda un auténtico ejercicio de estilo (muy deudor de Tarantino) haciendo bailar la cámara con movimientos precisos y bien calculados, impecables. Con el toque de un perverso virtuoso, somos arrojados a un torrente enfermizo y tramposo donde la violencia aflora por todos lados. La cuidadísima fotografía se complementa con una banda sonora más que bien escogida y unas coreografías que han creado estilo.

Marea, golpea, rompe y rasga. Desde que Dae-su es encerrado, su condición humana va degenerando y, cuando es liberado, no piensa en otra cosa que en ver correr la sangre. Como un perro rabioso se arroja sobre sus enemigos, algo quizás visto, pero la intensidad de su venganza es desmesurada. No tanto quizás por lo que enseña en pantalla (que puede hacerse indigesto) sino por lo que no enseña y por la profundidad de su tragedia. Dae-su está consumido por el rencor hasta unos límites devastadores y su aparición es como un barril de pólvora descontrolado. Es a veces excesiva e innecesaria, con un deje gratuito que puede irritar, pero que no deja indiferente (el súper-travelling en el pasillo contra el enjambre de esbirros es absurdo, así como otro puñado de escenas, pero mola un montón).

No es una película fácil en absoluto, especialmente en una primera hora que confunde y aturde.  En ella sentimos crecer el odio y, sobretodo, la ira. ¿Cómo no odiar a un antagonista tan cruel y despiadado? ¿Por qué decide secuestrar al protagonista? Me gusta la idea de la evolución de no solo la propia película y sus personajes, sino del espectador en sí. Se embuten muchos aspectos en 120 agotadores y gestionar una artillería de puñetazo en el estómago a este ritmo no es tarea fácil. El guión es tramposo e irregular en algunos tramos, pero construye un conjunto notable, sin duda. Las frases lapidarias se mezclan con una historia de venganza en la que las motivaciones se mezclan y diluyen. Pocas cosas son lo que parecen y muchos secretos se ocultan dentro de otros secretos.


Nadie sospecha en su inicio, ni en su nudo, lo que va a ocurrir en su final, los motivos por los que se desarrolla todo el conflicto argumental… Uno de los finales más ruines que recuerdo, con escenas que no necesitan de violencia física para ser crueles y dolorosas. Cuando el filme acaba, en un epílogo realmente extraordinario, nos sentimos destrozados; el dolor que siente nuestro personaje principal, con el que nos hemos identificado durante toda la película, no tiene precio.

Con sus errores, sus pasadas de rosca y sus fumadas, es, definitivamente, toda una experiencia. 

Nota: 9
Nota filmaffinity: 7.9

Como apunte final: la venganza es una mierda. El rencor es un parasito, una parte desigual de una relación que creemos simbiótica, que sentimos pareja, de la cual nos jactamos de retroalimentarnos cuando en realidad son esos oscuros sentimiento los únicos que salen ganando tras una vida de odio y resentimiento. Pues, una vez que nos hemos vengado ¿Qué demonios queda? Nada.


Segundo apunte final: ¿y si la película acaba cuando se cierran las puertas del ascensor? Perfecto. FIN. …

sábado, 12 de julio de 2014

Piratas del Caribe: En el fin del mundo

Justo un año después de haber despedido a Jack en las fauces del kraken, llegaba la película que culminaba la trilogía. Los amigos que el infame Capitán Jack Sparrow había dejado en el mundo de los vivos decidían emprender una excursión al más allá para rescatarle y así vencer al ejercito inglés que lucha por erradicar definitivamente la lacra que representan los piratas.


Después de una floja continuación a la estupenda Maldición de la Perla Negra,  el espectador esperaba y deseaba que este bajón fuera sólo por ser la introducción al final de la trilogía. El público se arrojó a las salas para contemplar el desenlace de las aventuras del capitán Jack Sparrow, saliendo de ella con la sensación de que debería haber sido mucho mejor. Hace unas semanas comenté los elementos básicos del blockbuster. Simplemente con hacer buscarlos, hacer una película digna con ellos y afianzarse en el carisma de Jack y su cuadrilla podría haber salido un producto que llenara taquillas y contentara a los fans. Sin embargo, Disney no quiso romperse la cabeza pareció querer ir a lo fácil. De los detalles originales sólo podemos destacar los espectaculares efectos especiales, que llenan un poco el vacío de la película y permiten a Davey Jones y su cuadrilla moverse con una naturalidad pasmosa, pero ¡ay!, es lo único que se puede salvar de la misma.


Disney tira con todo a la jugada Jack + efectos especiales, le añade un ritmo vertiginoso para no dejarte pensar y lo adereza mediante acción y peleas con poco sentido pero bien coreografiadas. Pero no llega a ser  no llega a ser suficiente para ofrecer un conjunto con empaque. La historia que se propone no tiene sentido, no se sostiene por ningún lado ni guarda el más mínimo asomo de coherencia. El despropósito que se propone no parece tener otra intención que meter a los protagonistas en situaciones molonas con el coste de convertir la película en un esperpento. Incluso los personajes dejan de diferenciarse. De golpe, todos parecen cortados por el mismo patrón y se dedican a fardar de lo molones que son en todas las escenas que salen, con diálogos cuya iluminación es casi de juzgado de guardia.


Estos defectos, incluso su sorprendentemente floja banda sonora deberían hacer que ésta fuera una película que me repudiara bastante, pero debo reconocer que pocas películas me dan las risas que me pego con ella (y mira que la he visto unas cuantas veces). Sus defectos son enormes, pero no puedo evitar desternillarme con los piques infantiles entre Barbosa y Sparrow, los pobremente inspirados discursos de Elizabeth, la torpeza social de Davey Jones y, sobretodo, el estrambótico parlamento en el atolón (con Davey en un cubo de agua). Tal cantidad de intentos (fallidos) de molabilidad, acumluación de escenas de vergüenza ajena y diálogos cargados con épica gratuita consiguen que la película me pase volando, incluso cuando un personaje se flipa y se multiplica sin ningún motivo aparente (si alguien sabe el porqué, que me lo diga).



Un placer culpable, si queréis, pero el final de la trilogía fracasa como aventura épica (su propósito original), pero con resultados desternillantes (para mí). Quizás será la influencia de One Piece, pero para mí la imagen del pirata, con su pata de palo, su parche en el ojo, su cara de malo y un barco que lleve por bandera dos tibias una calavera me resulta… evocadora. Solo saber que hay un pirata ansioso de libertad, de nuevos horizontes y nuevas aventuras me hace presagiar que algo bueno va a empezar, que cualquier cosa es posible, y si sueltan tal cantidad de chorradas como estos, casi que mejor.

Nota: 5
Nota filmaffinity: 6.1 

miércoles, 9 de julio de 2014

La vida de Adèle

El tunecino Abdellatif Kechiche llevó en el último momento está película francesa a concurso  en el festival de Cannes (en unas condiciones un tanto particulares) y consiguió traerse el premio gordo a casa. La vida de Adèle no sólo triunfó en el certamen sino que se convirtió en un inesperado y espectacular éxito de ventas en Francia y en media Europa. Rodeada de polémica por su pareja protagonista lesbiana, su sexo explícito y su elefantiástica longitud, es una película que no deja indiferente a nadie.



Adèle es una joven de quince años que se está abriendo al mundo. Primeras parejas, primeras borracheras… Pero siente que hay algo en ella que no cuadra, no parece disfrutar como debería con los chicos. Una noche conoce y se enamora perdidamente de Emma. Se siente irremediablemente atraída por ella y dejará todo por conseguir su amor, lo que le ocasionará problemas con su círculo de amigos. Desde este momento, seguiremos la vida de Adèle, su paso a la edad adulta, sus sueños e ilusiones, sus errores y momentos de sufrimiento…

No estamos ante una película feminista, aunque sea un film de mujeres; ni ante una película homosexual; estamos ante una historia de crecimiento personal, de conocimiento de uno mismo, de encuentro con el deseo y de sus repercusiones. Lo que nos propone Kechiche es que seamos testigos, como buenos voyeurs, de todo lo que le ocurre a nuestra Adèle desde sus quince años hasta cerca de su treintena. Tanto Adèle Exarchopoulos como Léa Seydoux realizan un enorme trabajo, consiguiendo una pareja protagonista que no parece protagonista de otra cosa que no sea de sus propias vidas. La personalidad de cada una de ellas queda perfectamente dibujada, con todas sus fortalezas y debilidades.

Adèle, inicialmente una adolescente llena de inseguridades, hace lo que cualquier chica de su edad: se divierte, queda con chicos… pero en todo momento nota que hay algo que no cuadra. No se siente como se supone que se debería sentir ni disfruta con lo que se supone que debería disfrutar. Su falta de confianza en si misma no le ayuda precisamente, hasta que conoce a Emma. Ella, más madura, guiará a Adèle para que ésta se conozca a sí misma y se acepte como es.

Este descubrimiento del amor (y la pasión) por parte de ambas se entremezcla con una evolución psicológica de ambas. Los sucesos que tiene la vida las fuerzan a replantearse todo lo que consideran importante. Con todas las rosas y las espinas que trae una relación, los años pasan y ambas intentan llevar una vida plena, con sus objetivos y sus sueños. Mientras que Adèle deja todo por Emma y es feliz llevando una vida “menor” como simple profesora y amante enamorada, Emma necesita crear y tener proyectos, estar continuamente probando cosas nuevas y explorando lo que le ofrece la vida (lo que no quita que ame profundamente a Adèle). La cercanía con que Kechiche se centra en ambas desprende un poderoso aroma a vida que te llena y hace que sufras y disfrutes con sus avatares.

Por si fuera poco, Kenchiche disfruta de un guión muy trabajado. No sólo retrata, como el mejor de los cuadros, la personalidad de ambas sino que sus vidas desprenden realismo, una milimétrica gráfica de lo que le ocurre al corazón enamorado que busca su lugar. Aspirando a la grandeza, la narración se encuentra salpicada de abundantes insinuaciones filosóficas sobre el amor, el deseo y la libertad, (habitualmente) bien integradas dentro de la historia, como invitando a que lo tengamos en cuenta al observar (y juzgar) ambos personajes.

Rápidamente, el film se convierte en toda una experiencia. El exacerbado uso de primeros planos, con escenas compuestas con virtuosismo, nos permite conocer a fondo los pensamientos de las protagonistas, comprendiendo así a la perfección sus reacciones. Kechiche pega la cámara al rostro de su criatura como si quisiera acariciarla con ella, penetrar en su esencia y radiografiar su cuerpo e intimidad. El director trata de romper toda barrera física para introducirse inquisitivamente en su alma hasta desnudarla en toda su belleza y su miseria. El resultado es una estética que no oculta ni filtra las imágenes para mostrar, en toda su profundidad, su vida sentimental de en un ejercicio de maravilloso y carnal naturalismo. Sin embargo, la redundancia de estas escenas y la densidad de las mismas provoca que haya muchas de ellas que, realmente, no sirvan para nada. Parece a veces que el director se quiera hacer un monumento onanista para mostrar lo bien que dirige a las actrices. Después de todo, ¿para que sirve la larga escena de la playa, o las diez (que son diez) escenas de Adèle dando clase a los párvulos? Te encuentras en ellas en tensión, entendiendo que algo debe ocurrir y ocurre… nada.

Las abundantes elipsis permiten avanzar la historia, es la herramienta que se usa para implicar los cambios temporales (que nosotros debemos adivinar que suceden por contexto). Otras veces, estas elipsis incluyen un diálogo que se nos oculta, que se nos antojaría necesario conocer pero que el director decide obviar. Incluso algunas tramas desaparecen y no vuelven a tener importancia (¡). Esta falta no es casual. En una película tan milimetrada como ésta, la decisión de enseñar o no es plenamente consciente, obligando al espectador a que suponga e imagine estas escenas y estos diálogos. Una de las consecuencias de ello es que te obliga a estar atento en todo momento para evitar perderte algo, y eso en 180 minutos se puede volver agotador.

Caso aparte son las escenas de sexo. El realismo con que Kechiche muestra la relación hace inevitable que se visite la cama con asiduidad. Pero ¿acaso una escena de doce minutos de sexo explícito es indispensable? Sí, así conocemos su pasión, y no negaremos que ambas desprenden sensualidad y erotismo, pero con cinco minutos se habría transmitido lo mismo. Esta redundancia se vuelve cansina, no sólo en las escenas de sexo, si no en la cantidad de escenas innecesarias y en las abundantes ínfulas filosóficas que jalonan el metraje.

Es obvio que la película es una obra de virtuosismo. Su estructura está calculada con precisión,cada plano y cada gesto está perfectamente estudiado para mostrar lo que se desea, sin filtros, manteniendo un registro neutro que aun así es capaz de expresar, con transparencia, las emociones de las protagonistas. Sus prodigiosas actrices (que dicen haber vivido un calvario a las órdenes de un tiránico director) completan un cocktail, que, sin duda, pide ser premiado. A ello, has de sumarle la polémica causada por la innecesaria escena de quince minutos en la cama y el lesbianismo. Son dos ingredientes que rápidamente crean morbo y le añaden un plus para ganar todo lo que se les ponga por delante. Es una Palma de Oro indiscutible que hay que adjudicar a tres personas (sin duda). Aglutina ternura, amargura, belleza y vida hasta más allá del empacho.

Más allá del empacho es donde te lleva su visionado. Su desmesura y su empeño en recalcar la psicología de los personajes provocan que las escenas que aportan lo que yo al club de matemáticos de Madrid (cero) broten a mansalva. El ritmo se resiente y las tres horas se hacen MUY largas. Aunque lo que te enseñen está muy bien hecho, dilatarlo excesivamente lastra el resultado, y cuando lo que te sobra es una hora de película, acaba doliendo. Pero claro, quitando el sexo y los diálogos profundos la película se habría vendido peor (¡que la polémica da mucho juego!). Es una película que destaca y deslumbra, sin duda. No es nada fácil de hacer y hay que felicitar al tríptico (director + actrices) que la ha llevado a cabo, pero no puedo evitar quedarme con la impresión de que podría (¿debería?) haber sido más de lo que es.

Nota: 7
Nota filmaffinity: 7.7  

domingo, 29 de junio de 2014

X-men: Días del futuro pasado

Los mutantes han vuelto. No es que se hubieran ido realmente, pero cuando uno se enfrenta a la adaptación de un cómic, siempre existe la duda: ¿Veré un Green Lantern o un Ironman? Por suerte para los fans, las adaptaciones de Brian Singer siempre han venido acompañadas de un respeto y un oficio que las convierten en plenamente disfrutables. Y ahora vienen con el presupuesto más abultado de su historia y adaptando una de las sagas más famosas. ¿Qué mejor?

La película empieza con mucha fuerza. Los primeros cinco minutos ya se habían filtrado y ya mostraban que se iba a lo grande. Buenos efectos especiales y una coreografía muy cuidada avisa de lo que está por venir: una excusa para mandar a Lobezno al pasado y conozca a los Xavier y Magneto de la primera generación para evitar un futuro apocalíptico. Desde la llegada a los bien ambientados años 70, un Lobezno aún sin adamantium tendrá que encontrar a los poderosos mutantes  y detener a Mística, impidiendo así la creación de unas criaturas aterradoras: los centinelas.

Si por algo destaca es por su equilibrio. Todo está bien orquestado para así ofrecer un gran espectáculo. Es imposible no destacar unos trabajados efectos especiales que Singer consigue poner al servicio de la historia, cosa inusual en una propuesta de estas características. Su historia, bien hilvanada, tiene la capacidad de satisfacer a todos los fans, dando a cada mutante su minuto de gloria.

Los protagonistas, entre los que sobresale un certero Michael Fassbender  como joven Magneto, hacen un buen papel. Ya no nos podemos separar con la idea de que Hugh Jackman ES Lobezno, Halle Berry ES Tormenta o Ian McKellan ES Magneto. Su actuaciones vienen ayudadas con un guión que les da cancha y nos ofrece los habituales chascarrillos de la saga y que contribuyen a relajar la tensión acumulada (casi todos en torno al hecho de que en los setenta, Lobezno no es metálico). Y siempre me ha caído bien Mercurio (que cabroncete).

No deja de manejarse en la eterna dicotomía entre la aceptación de los mutantes, sus diferencias y su papel en la sociedad, aderezado esta vez con la situación de la Primera Generación (un Magneto más brutal y un Xavier menos seguro de sí mismo), una promesa de un futuro apocalíptico y las reverberaciones de los viajes en el tiempo (que siempre mola). Entretenimiento es lo que se busca, y entretenimiento  lo que encontramos. Podemos discutir que quizás el malvado de la historia no es más que una excusa para juntar a Lobezno con la primera generación, pero el espectáculo mola con ganas. Da para dos horas que pasan en un suspiro y permite gozar con más aventuras de los carismáticos mutantes.

Acción bien llevada, toques de comedia y de intriga, buenos personajes y un par de paradojas temporales de las que sale bien librado. Es lo que tiene que tener un buen blockbuster y es lo que tiene esta película. X-men: Días del futuro pasado es todo lo que tiene que ser un film de superhéroes, que asume su condición de entretenimiento puro, pero atendiendo al desarrollo de sus personajes. Se agradece que desde todos los estamentos se intente más allá de ofrecer un engendro enlatado con etiquetas y entreguen productos concebidos para disfrutar dos horas sin menospreciar su propio material o a los espectadores que invertirán su dinero en ella.

Disfrutable, como debe ser.

Nota: 6
Nota filmaffinity: 7.2

jueves, 26 de junio de 2014

La historia completa de mis fracasos sexuales

Después de un par de películas serias y densas, el DPM del mes nos ha traído una película más ligera, una comedia de desamores más fácil de seguir.

Chris es un director de cine en depresión. Su novia le dejó hace unos meses y aún no ha salido del hoyo, como siempre, Chris acaba siendo abandonado. Para conseguir entender qué le ocurre con las mujeres, decide empezar un documental en que entrevistará a todas sus exparejas y así averiguar qué falló para que todas le mandaran a tomar viento.

Bañándose en autopatetismo, Chris Waitt nos propone este mockumentary que, durante 90 minutos, nos sumerge en la vida de su atontado protagonista. Gatillazos, momentos de empanamiento máximo, sesiones de sado, viagra… Todo sirve para que entendamos porqué (obviamente) la vida del protagonista es un auténtico desastre y nada le sale bien.

La película-documental empieza pero que muy bien. Rápidamente capta el interés del espectador. El problema viene cuando tiene que convencer a sus ex para que participen en el documental, cosa a la que no están demasiado dispuestas. Al forzar la situación, el tímido protagonista da muestras de un egocentrismo que no hace bien a la película. Situación tras situación, intenta sacar adelante la película y su vida, consiguiendo incluso un par de momentos logrados que sacan una sonrisa (especialmente la entrevista con su madre, quizás la única persona con sentido común en el film).  Pero es un mero espejismo pues nada de la película es mínimamente creíble. No se hace la mas mínima autocrítica y se enfrasca en multitud de peripecias de débil profundidad y mínima coherencia. La cara de autocompasión perpetua del protagonista, su actitud inestable y estúpida y las incoherencias de su carácter pueden hacer gracia los primeros cinco minutos, pero luego acaban cansando.

Por si fuera poco, el happy ending de rigor está embutido con fórceps, por lo menos. No guarda ningún sentido o relación con lo que se ha visto anteriormente y convierte al conjunto en una comedia romántica muy edulcorada disfrazada de falso documental. Parece que quiera dejar una moraleja, puedes ser todo lo inútil y cabrón que quieras, que haciendo una búsqueda interior acosando exnovias el karma te compensará con una chica estupenda. Recurso demasiado fácil y demasiado mal buscado.

Nota: 3
Nota filmaffinity: 5.3

martes, 24 de junio de 2014

El verdugo

El cine español mantiene vivo el tópico de basarse en tetas, putas y guerra civil. Aunque son temas recurrentes en la filmografía, los cinéfagos sabemos que el cine nacional goza de buena reputación por su calidad, pues cada año aparecen películas apreciables para el público y la crítica. Incluso en aquella época en que el cine padecía bajo la bota del Caudillo había artistas dispuestos a sortear la censura y regalarnos auténticas obras maestras, como la que nos ocupa ahora, El Verdugo del particularísimo Luis García Berlanga.

Inicios de los años 60, España. Es tiempo de pobreza y de jóvenes que ansían con emigrar a Alemania o Suiza para ganarse el pan. José Luis es uno de ellos. Trabaja en la funeraria y no cobra mal, pero su sueño es ser ingeniero. Su novia es hija de Amadeo, verdugo profesional para el régimen. Justo cuando Amadeo se jubila, las necesidades económicas de la familia aumentan: un bebé se incorporará en breve. Esto provoca que José Luis se vea obligado a ocupar el puesto de Amadeo. Al principio todo va bien, cobra maravillosamente y no tiene que ejercer, pero claro llega el momento en que se necesita a un encargado de ejecutar la sentencia y eso no es nada fácil…

En todo régimen donde se ejecuta a prisioneros, es necesario que alguien lleve a cabo el brete, y es ahí donde aparece la polémica y macabra figura del verdugo. A partir de este detalle es donde Berlanga y Azcona realizan uno de los mejores alegatos contra la pena de muerte que recuerdo. No sólo eso, sino que consiguen realizar la película sorteando hábilmente a la censura. ¿Cómo le dices a un dictador que la pena de muerte no está bien? ¿Cómo haces para manifestar que la pena de muerte no conduce a ningún lado? Y el mérito está en: ¿Cómo haces una película para manifestar que la pena de muerte es algo rechazable y que la censura de la época no prohíba la película?Por si fuera poco, también habla de temas que no favorecen la imagen del franquismo: la pobreza en comparación con los privilegios de los funcionarios, el “amiguismo”, la falta de libertades…

El medio es convertir el film en una comedia negrísima, cuyo sutil y atroz humor no oculta un devastador ataque a las ejecuciones sumarias del Estado.

No contento con ello, Berlanga aprovecha para retratar la sociedad española del momento, mostrando sin regodeos la pobreza reinante en el momento que incluso obliga a la gente a ir contra sus ideales para poder sobrevivir, como vemos en la decisión no tan libre de José Luis de convertirse en verdugo. El problema de la vivienda, el sexo pre-matrimonial, el papel de los funcionarios… problemas de la hipocresía de la sociedad reflejados con acierto en escenas, como por ejemplo:

-          El hecho de que la pareja de enamorados acaben juntos porque ambos están relacionados, de algún modo, con la muerte y por tanto sean marginados por el resto de la sociedad.
-          La visita al futuro piso que provoca toda la trama, con el malentendido con los otros visitantes, el espontáneo y la resolución del caso.
-          Los funcionarios jugando al ajedrez mientras José Luis y Amadeo buscan el expediente que necesitan.
-          La boda que, al ser de penalti, se realiza un poco de aquella manera…
-          La firma de libros de Corcuera, la dedicatoria y el éxito del día.
-          El requerimiento en las cuevas del Drach, que rompe la armonía y la felicidad reinante.


Pero no se vive sólo de un buen guión. La película no se sostiene sin la buena actuación del protagonista, Nino Manfredi, que desprende naturalidad y desesperación a partes iguales. Esclavo de los tradicionalismos al tener que casarse y esclavo de la pobreza al tener que convertirse en verdugo. Y luego el maravilloso Pepe Isbert que convierte al verdugo Amadeo en alguien que no es siniestro ni malintencionado, que inspira hasta ternura. Tan metido en su trabajo que no parece tener sentimientos (que si afloran para con su hija) y que no es hasta el desenlace de la película que vemos que no es más que otro pobre diablo atrapado por la necesidad. Isbert convierte en posible lo imposible: conseguir que sintamos compasión y empatía hacia alguien que vive de acabar con vidas humanas. Impagable como defiende el garrote vil frente a otras vías de ejecución y cómo se come la pantalla cada vez que aparece. Espectacular.

Disfrazar de comedia la obra no le impide a Berlanga lanzar dardos envenenados contra el proceso mortal, nada más hacerse inevitable la ejecución. No hay más que ver la escena del cadalso, en que se acaban confundiendo ejecutado y ejecutor, o el desprecio de los presos hacia José Luis, e incluso su entrada en la cárcel, con pocas diferencias respecto a la de un prisionero común.


El Verdugo es una pequeña obra maestra del cine español, hay que disfrutar de su naturalidad y su espontaneidad, así como de su sarcasmo al mostrar lo irracional y bestial de la pena de muerte. El inicio es bello y realista, describiendo una sociedad aún cercana y reconocible, pero su media hora final es simplemente apoteósica, es al mismo tiempo inquietante, divertida, imprevisible y trascendente. Un clásico indiscutible, por su tema y su enfoque, y más sabiendo en las condiciones sociopolíticas en que se rodó. Buenísima.

Nota: 9
Nota filmaffinity: 8.3

- Es la última vez que lo hago.
- Sí, sí... eso dije yo la primera vez.  

domingo, 22 de junio de 2014

Habitación en Roma

La última película de uno de los bichos raros del cine español es de estas que nació con la polémica bajo el brazo. Cine de lesbianas con altas dosis de desnudos, el escándalo estaba asegurado y la publicidad alimentó más la hoguera de las habladurías en una película que dio mucho que hablar en su momento.

Dos mujeres se dirigen a un hotel en plena noche romana. Allí se disponen a pasar una noche de sexo desenfrenado antes de volver a su casa. Una vez en ella, la extraña atmósfera de la habitación, cargada de erotismo y sensualidad, las llevará a compartir sentimientos y pensamientos que tenían encerrados. Entre titubeos, afloran los traumas que cada una arrastra en un torrente de revelaciones que nos prueban que esta noche es mágica, todo el universo está contenido en estas cuatro paredes y cualquier cosa es posible. Es momento de soñar y dejar el alma libre, sin importar un mañana que, aunque existe, parece no tener importancia lejos del lecho compartido…

¿Es una película erótica? Las protagonistas están desnudas el 90% de la película y tenemos como veinte minutos de puro sexo, pero realmente la película no acaba de ir de eso… ¿Es una película de lesbianas? Sí, las protagonistas son mujeres y la película se detiene un poco sobre los miedos y neuras que tienen (o pueden tener) aquellas que aún no han salido del armario, pero la película no acaba de ir de eso… ¿Es una película de amor? Las protagonistas se dan mil muestras de afecto mucho más allá del ámbito sexual, haciéndose incluso sinceras promesas de amor eterno, pero la película no acaba de ir de eso… ¿Es una película simbólica? En ella encontramos muchos guiños y símbolos que aportarán información adicional al espectador avezado, los cuadros no están allí porque sí, ni los enlaces de Google, ni las canciones del servicial botones, pero la película no acaba de ir de eso…

En el fondo, de lo que va la película es de Medem. Después de dedicar una película a su hermana (Caótica Ana) ha vuelto a sumergirse en su torbellino de obsesiones, aunque se haya vuelto más cursi que nunca. Todo lo que podríamos esperar encontrar en una película de Medem se condensa en cuatro paredes, tan compactado que no queda espacio para el que no beba de su bodega.
Ha jugado tanto a deconstruir la estructura narrativa que aquí la desmenuza totalmente: no hay historia. Crea un  mundo en la habitación que contiene un universo entero. Fuera, una mística Roma se convierte en un extraño y ajeno lugar, lleno de peligros y fuente de miedos, que sólo se nos permite observar con seguridad a través de la distancia que atorgan los satélites de Googlemaps.
Los personajes de Medem se mueven entre la realidad y los deseos, la fantasía que imaginan, la que les gustaría que fuera real y la que perciben como tal. El diálogo que se crea entre ambas amantes es un fiel reflejo de estas obsesiones. Juegan a inventar historias, confesar secretos recién creados. En un primer momento, con cierta complicidad, se sumergen en un juego de invenciones, pero la realidad se va filtrando poco a poco en sus historias para acabar reflejando los sueños de las protagonistas, cayendo en un onírico sueño donde crean la relación que ambas sueñan con tener y que saben que nunca tendrán.
La cámara se mueve con virtuosismo, siguiendo a una espléndida Elena Anaya y a una Natasha Yavorenko que le da una difícil réplica con remarcable acierto. La cantidad de simbolismos que podemos encontrar a lo largo de la cinta bebe de las típicas influencias pictóricas y musicales de Medem, reconocibles y apreciables para el observador experto, desconcertantes y surrealistas para el profano. La decoración de la habitación tiene de todo menos casual, como no es casual que todo ocurra en Roma, ni las obras de arte de las paredes ni ese Cupido traidor pintado en el techo. En este reducto que componen la cama y las paredes lo cotidiano se vuelve trascendente e inolvidable (al menos para la pareja que vive su noche loca).

Y luego está el sexo, a Medem le va el vicio y siempre ha incluido mucho sexo en sus películas. Eso no es nada nuevo e incluso ha realizado películas que tratan específicamente sobre las obsesiones sexuales. Pero incluso en estos casos, ninguno de sus trabajos tiene tal cantidad de escenas de cama como Habitación en Roma. Con una bellísima fotografía, retrata primorosamente la relación entre las protagonistas. Orgasmos, primeros planos pezoniles, culos… A lo largo de la mágica noche que comparten las amantes, los diálogos se intercalan con retozamientos continuos. Cabe reconocerle que, al menos, sus intenciones para con su dependencia del sexo como expresión artística siempre van más allá del primario placer "voyeur", en un intento por trascender hacia el desnudo emocional de sus personajes por encima del regodeo físico.

¿Era necesario meter todo esto en una sola película?  Pues igual no, porque se convierte en un mastodonte denso e indigesto, que exige conocer previamente de qué pie cojea el director y tener cierta experiencia con sus simbolismos y su particular lenguaje. A diferencia del resto de su filmografía, no hay más concesión para el espectador que los bellos desnudos que ocupan la pantalla. Después de todo, Medem es uno de estos directores que al hacer películas no piensan mucho en los espectadores y se nota. Se vendió como una película erótica (los productores quieren sacar taquillas) y seguro dejó el culo torcido a la mitad de los espectadores. Pero ¡ay! Debo reconocer que sabe fascinarme, consigue intrigarme y emocionarme, siempre me atrapa y me invita a seguir su poesía visual y acompañarle en sus delirios. He disfrutado, y lo que parecía una simple película de tetas se ha convertido en un extraño y apasionante viaje.

En resumen, Medem nos invita a presenciar una noche loca con una pareja que se acaba de conocer. Entre polvo y polvo, los amantes comparten estas intimidades que sólo puedes decir a quién no volverás a ver. Es eso lo que Medem retrata: una noche loca que se vuelve mágica, condensando todas las obsesiones que atormentan a este particular director, con una fotografía preciosista y toda la cursilería que te puedes imaginar. Has de ir dispuesto a dejarte fascinar y seguir las migas que se te dejan por el camino. Si eres de la cuerda de Medem, estoy seguro de que disfrutarás de la película. Si no te gusta su estilo, evidentemente, ni te acerques a ella. El resto, igual puede disfrutar de la cantidad de sexo que hay, pero poco más.

Nota: 7
Nota filmaffinity: 5.3