jueves, 21 de febrero de 2019

La montaña mágica (Thomas Mann)


Este libro, el número 22 de la Cesta’13, me asustó en cuanto llegó. Con diferencia el más grandote de todos los libros que habían venido, con el agravante de que me habían hablado MUY mal de él, casi todos destacando lo tremendamente aburrido que era. Reconozco que lo cogí un poco a desgana, más obligado por mi compromiso personal de leerme todos los libros de la Cesta, más que por que tuviera ganas de acometer los desafíos que me iba a plantear.

Título: La montaña mágica
Autor: Thomas Mann
Título original: Der Zauerberg
Traducción: Isabel García Adánez

“Esta novela es un impresionante fresco de la Europa de principios del siglo XX, y también una de las más profundas y agudas exploraciones de la condición humana. La habilidad para mostrar las contradicciones sociales y espirituales de su época, la extrema sensibilidad en la construcción de personajes y la aguda erudición que despliega Mann en La montaña mágica convierten esta obra en una lectura que apela – y desafía- tanto a la sensibilidad como a la inteligencia de cualquier lector.”

Una vez acabado y digerido, me sorprendo ante la dificultad de la tarea que es simplemente hablar sobre La montaña mágica. ¿Cómo afrontar la explicación de un libro cuyo argumento es irrelevante respecto a todo lo que contiene? La propia longitud de la novela es análoga con la extraña atemporalidad en que viven los protagonistas de la misma. De nada sirve pegarse una panzada de leer hojas y hojas siguiendo a unos personajes que parecen haber renunciado a vivir la vida (durante 1000 páginas).

Quizás el mejor consejo que se puede dar es tomarse la lectura como la escucha de una canción. Es una experiencia por sí misma. No se trata de una novela que vaya de nada, ni siquiera es una novela de ideas. He leído por ahí que el propio Thomas Mann recomendaba leerla como si fuera una sinfonía orquestal, siguiendo los temas comunes y dejar que la narrativa “suene”. Y me encuentro de acuerdo con ello, realmente funciona, pareciera que Mann escribió una pieza literaria para “ser escuchada”, y eso es todo lo que necesita ser.

La novela abruma con su belleza y mimo en la representación de unas montañas en las que el tiempo se detiene, distinguiendo entre los que viven abajo, absortos por el trabajo, las obligaciones… y los que viven arriba, dedicando todo momento que tienen de vida a “curarse” haciendo nada. La profusión de detalles es tal que llega a sobrepasar, pareciera que puedes tocar las montañas, sentir el frío o padecer la fiebre que aqueja a todos. Llegamos a conocer tanto a sus personajes (y tardamos tanto en acabar con ellos) que se convierten en seres casi de la familia, como aquel cuñado que siempre tiene algo que decir del que no te puedes librar.

El protagonista sobre el que gira toda la narración es el joven Hans Castorp, un niño tratado bien por la vida, hijo de un industrial acomodado. Sube a un balneario en la montaña para visitar a su primo, enfermo de tuberculosis. Las circunstancias le obligan a quedarse unos meses, acomodándose quizás más de lo debido. En un principio destaca por su mentalidad práctica de ingeniero, ajeno a cualquier idea que no tenga una aplicación en la vida diaria. Con el devenir de las páginas, su carácter sincero y ávido de conocimientos se verá marcado por los acontecimientos, siguiendo un desarrollo tanto espiritual como intelectual que constituye uno de los mayores valores de la novela. El Hans que sube la montaña no tiene nada que ver con el que la desciende, pues ha sufrido una evolución completa, pero paulatina, lógica y comprensible.

Joachim Ziemssen  es el primo de Hans, y su inseparable compañero. Encarna a los valores militares imperantes en el Imperio Alemán de la época, contrastando su rígido sentido del deber con la displicencia de Castorp, ajeno a la llamada del honor y la responsabilidad colectiva. Su practicidad se haya todavía más acentuada que la de su primo, pues su mentalidad apenas distingue grises en un mundo que él sigue considerando de blancos y negros. No desea otra cosa que curarse para marchar al frente y defender a su patria, soportando con resignada paciencia cada minuto que pasa en este exilio en las montañas.

De todo el excéntrico enjambre de pacientes del balneario, mi favorito es el italiano Settembrini, repleto de incoherencias internas y un existencialismo exacerbado. Se autoproclama como el mentor espiritual de Castorp para defender la tradición humanista, los valores de la democracia y la Iluminación del conocimiento, con particular énfasis en la tolerancia y los derechos humanos, reafirmando la necesidad del trabajo productivo, la actividad creativa y la vida alegre como las mayores fuentes del progreso de la humanidad. Me encanta la facilidad con que aparece casi de la nada y se lanza a soltar una chapa descomunal sobre la última paja mental que le ha pasado por la cabeza, interrumpiendo diálogos o acciones que pudieran ser interesantes para Castorp que, presa de su educación, no es capaz de detener.

Este italiano es tan adorable como pesado, pero si alguien es capaz de callarle o de sacarle de sus casillas, es el antiguo paciente Leo Naphta, rival de Settembrini en la iluminación de Castorp. Éste es la voz del pesimismo y el fastidio, un nostálgico del orden medieval, defensor de los extremos radicales, tan presto a defender los sistemas más totalitarios como el anarquismo o el comunismo más desnortado. Sus habilidades dialécticas y retóricas le convierten en un consumado sofista, siempre presto a llevar la contraria a cualquiera que pase por ahí por el puro placer de hacerlo. Un pesado odioso con el que casi nunca estás de acuerdo, pero cuyo talento para la argumentación obliga a prestar atención y repasar la fuerza de tus convicciones.

El objetivo amoroso de Hans reside en la rusa Clavdia Chauchat, una tártara que parece haber renunciado a la vida terrenal y se conforma con vivir tranquila sus últimos días en la montaña. Sus rasgos asiáticos y ojos rasgados hacen que Hans recuerde a Pribislav Hippe, un compañero de clase por el que sintió atracción en el pasado. El continuo cortejo que se produce con sus idas y venidas, la conexión entre ambos personajes y la extraña rivalidad que se produce entre Clavdia Chauchat y Settembrini puede dar pie una posible homosexualidad (o bisexualidad) que no deja de estar insinuada durante todo el libro.

El asedio de Hans Castorp no sería tan incómodo si no fuera por la presencia de Mynheer Peeperkorn. Este holandés es el marido de Clavdia. Es la auténtica encarnación de la habilidad para sentir y disfrutar de la vida con intensidad. Se convierte en el único que desdeña la vacua intelectualidad de Naphta y Settembrini, pues considera sus disertaciones como distracciones innecesarias para la felicidad humana. Se convierte en un gran amigo (o algo más) de Hans cuando este último acepta que nunca podrá tener a Clavdia para él, animando a nuestro protagonista a tomar de nuevos las riendas de su vida para llevar a cabo tareas que nunca hubiera concebido realizar.

A lo largo de paseos por la montaña, sobremesas en la terraza o curas durante espacios de tiempo indeterminado sobre camillas, se suceden las peleas dialécticas, la molicie de la vida y los episodios de “nada” que tiene aquellos para los que el tiempo se ha detenido. Un narrador documental al más puro estilo F. Rodríguez de la Fuente hace las veces de guía por las páginas, ofreciendo su interpretación de los hechos, valorando la altura de los argumentos o chivándonos algunas de las cositas que están por suceder. En ningún momento conoceremos a este narrador (casi) omnisciente, lo que puede llegar a confundir, pero Mann no ha creado un libro precisamente ofuscado. No es más difícil de lo que necesita ser, narrando y explicando todo con montones y montones de paciencia, lirismo y sabiduría.

Debo felicitar (una vez más) el inmenso esfuerzo de traducción que supone este libro. No sólo por la propia magnitud de la tarea, sino por el concienzudo trabajo que hay detrás.  Alucino con la cantidad de citas y libros que se habrán tenido que consultar para conocer la “traducción correcta” que se dio a cada cita en concreto. Además, se consigue que cada personaje tenga un modo particular de hablar (y hay para dar y vender), reconocible, pero no por ello tópico o manido.


El obvio problema de La montaña mágica es que no va de nada. Puede hacerse MUY aburrido. Sin embargo, una vez pasé un puñado de horas en las alturas, percibí la extraña magia de la montaña, me incorporé a un viaje extraño y extravagante que constituye una experiencia en sí misma, más que un libro a devorar, en la que se divaga sobre el paso del tiempo, el papel del ser humano en el mundo, la vida y el nosequé. Tiene mucho que decir sobre la naturaleza cíclica del tiempo y los infructuosos intentos de la humanidad para tomar asidero frente a su continuo discurrir. Habla sobre los misterios de la biología y relata brillantemente un posible origen de la vida para dar lugar a la enfermedad inexplicable e imparable. Presenta a la muerte como una simple extensión de la vida, buscando que el lector se sienta confortable con la idea. Ejemplifica la importancia de la salud espiritual para llevar una vida plena, que muchos derrochan en causas sin sentido. Al final, es un libro para el cerebro y, quizás en consonancia con muchos, yo gusto de los libros con corazón y alma. Me gusta encontrar personajes con los que pueda empatizar, cosa que no he encontrado en este libro. Aunque he “disfrutado” con mi visita a este balneario, no creo que vaya a volver en un tiempo prudencial. La montaña mágica es larga y desafíante, profunda en su concepción y consistentemente bella en su realización, con una prosa tan bien dispuesta que nunca se me hace aburrido. Sin embargo, hay tanto dentro de ella que se me hace imposible absorberlo enteramente en una sola lectura.

Quizás se trata de uno de estos libros que hay que leer varias veces, o una novela a la que dedicar años enteros, desvelándote nuevos secretos a cada pasado, o quizás una novela a la que volver de vez en cuando, leyendo un capítulo entre cada otro libro, para poder retomar las “aventuras” de Hans Castorp siendo consciente del paso del tiempo y de la importancia de dejar madurar las meditaciones para que tomen poso.

Lo dicho, se hace difícil hablar de este libro, pero he llenado más de 2000 palabras. Leer La montaña mágica es una tarea ciclópea, constituyendo una experiencia en sí misma, con la que conocerse y reflexionar, más que un libro que disfrutar o devorar. Tiene todo lo que necesito para tirarlo por la ventana, pero me he encontrado disfrutando cada una de sus páginas. Por un lado, no se lo recomendaría a nadie, por el otro, no dudo que todo el mundo debería pasar unos meses arriba en la montaña. Al final es una decisión propia, una inversión de incierto resultado que no tiene por qué satisfacer, pero que seguro sabe fascinar.

Nota: 9
Nota goodreads: 4.14/5

lunes, 18 de febrero de 2019

Gorrión Rojo


Después de cogerle gusto a las grandes producciones con las dos partes de SInsajo, Frances Lawrence necesitaba un nuevo proyecto que dirigir. Después de todo, se sigue teniendo que comer. Como durante el rodaje del desenlace de los Juegos del Hambre había hecho buenas migas con Jennifer Lawrence (no hay parentesco entre ellos), fue fácil convencerla para realizar la adaptación de este particular thriller de los que ya no se hacen.

Los Gorriones rojos son los espías adiestrados por los servicios secretos rusos para seducir y enamorar con desesperación a objetivos estratégicos de occidente, con el objetivo de sonsacar sus secretos diplomáticos y empresariales. Jennifer Lawrence interpreta a una exbailarina del Bolshoi que se ve obligada, muy a su pesar, a convertirse en un Gorrión. Obviamente, ella no está dispuesta a seguir mucho el juego a los soviéticos, pero menos ganas tiene aún de convertirse en un títere de los yanquis, por lo que el juego de espías está servido.

Ésta es una película de las que ya no se ven, de un género casi desaparecido. De un tiempo a esta parte, se hace raro encontrar una película de presupuesto holgado que no sea una superproducción con chorropotocientos millones que gastar en CGi o efectos especiales. O es una película “barata” de actores, o tienes destrucción y explosiones apocalípticas por todos lados. Por su parte, Gorrión rojo es una película de espías a la antigua usanza, de los que veíamos en las novelas de Le Carré, volviendo a la Guerra Fría que tantas buenas historias nos ha dado. El misterio y la tensión son los motores que mueven la película, que se acumulan hasta estallar en las pocas y brutales escenas de acción que habitan la película. Éstas denotan una mala leche bastante considerable, pues hay que estar muy enfermo para enseñar según qué cosas que se muestran en pantalla.

Consciente de que se trata de una película para su total lucimiento, Jennifer Lawrence cumple con lo que le toca y realiza un trabajo con enjundia. Ya nos ha demostrado que puede interpretar a una mujer con mala leche a la que más vale no soliviantar, realizando aquí también un trabajo muy físico con notable resultado. Se hace raro encontrar mujeres repartiendo yoyas tan bien en el cine de Hollywood y Lawrence se queda bien a gusto. Además, encontramos escenas bien reivindicativas, como ese desnudo tan antiérotico, un mensaje muy claro después de la filtración de sus fotos. A mí me parece muy bien pensado.


Realmente, se nota que ella cree en el proyecto. Lástima que el resto de secundarios no parece tomarse la película tan en serio, que apenas llega a cumplir.

Por su parte, Frances Lawrence ya había demostrado que sabe poner la cámara bien en su sitio, dotando a la película de una buena fotografía y una puesta en escena muy cuidada (que era lo único destacable de Sinsajo). Vuelve a fallar a la hora de dar ritmo a la película, que se va arrastrando a medida que se desarrolla un guión muy tramposete, pero con empaque. Ahí reside lo más destacable, pues Gorrión Rojo se sabe diferente y se regodea de ello. No encontraremos en él el entretenimiento palomitero típico, presentando además la guerra fría desde el punto de vista soviético, dejando claro que ambos bandos jugaban sucio con ganas (pero en EEUU se vive mejor, claro).

La trama se mete a fondo en el juego de espías, con topos de topos y contraespías por todas partes. EL guion se pasa de engañoso y sorprende con algunas salidas que no venían ni avisadas y otras auténticas fumadas que pueden mosquear un poco. Algún quiebro y 10-15 minutos de menos le habrían sentado bastante bien para ganar ritmo. No obstante, sabe crear un malsano ambiente de confusión que te pega al asiento cosa mala.


Otro detalle curioso que he encontrado es la abundancia de féminas en los papeles intercambiables. Estos secundarios anónimos (secuaces y tal que mueren a los tres segundos de aparecer en pantalla) interpretados por hombres de cara anodina son interpretados casi la mitad de las veces por mujeres (teniendo el mismo futuro, claro). Es como debería ser, supongo, pero que casi nunca es.

En conclusión, Gorrión Rojo es una película de espías inofensiva y entretenida, con buenas ideas y un punto intrigante inhabitual en el género. No obstante, se percibe como un vehículo de lucimiento para gloria de Jennifer Lawrence, pasándose de minutos (140!) y de trampas en el guión (alguna fumada es un poco…). Se agradece el regusto añejo que despide, aunque imagino que se hará muy lenta para los cánones actuales.

Nota: 5
Nota filmaffinity: 6.4
El único interés de la sub-trama romántica es despelotar un poco a Joel Edgerton para que enseñe pectorales, ¿no?.

sábado, 16 de febrero de 2019

Redada asesina 2


Después de este par de cositas elevadas y gratamente paladeables, a un servidor le apetecía una propuesta mucha más directa y salvaje. Apetecía revolcarme en un placer culpable sin complejos ni sutilezas. Me dispuse, entonces, a pasarlo en grande con Redada Asesina 2.

Redada asesina fue de estas películas que nadie vio venir y se las arregló para dar en todos los morros a la industria cinematográfica. Gareth Evans, un escocés afincado en Indonesia, pergeñó un espectáculo de artes marciales lleno de intensidad, ritmo e impacto que arrasó en las taquillas de medio mundo pese a su ridículo presupuesto. Después de esa película que no dejó a ningún espectador indiferente, Sony decidió darle a Evans un presupuesto en condiciones (bueno, apenas 2M$, pero estamos hablando de una película de Indonesia) para que hiciera una segunda parte.

Éste ha hecho un buen uso del tópico de “más grande, más largo y sin cortes” que suele caracterizar a las segundas partes con una visible mejora en la calidad de los escenarios, unos efectos especiales muy efectivos y una puesta en escena compleja y molona a más no poder (el montaje en la persecución de coches es un locurón, por ejemplo).

Se intenta dotar a la película de un argumento coherente más allá de “van dos y se afostian”, lo que no se acaba de conseguir, especialmente cuando las montañas de músculos tienen que ponerse a actuar y no a pegarse. A fin de cuentas no es más que una excusa para que el prota se infiltre en un sitio peligroso y empiecen las toñas, claro, pero si tienes que llenar más de dos horas en vez de ochenta minutos, empieza a parecer como mucha tostada y poca mantequilla.

Pero vamos a lo que vamos, en Redada asesina 2 las hostias son todavía más espectaculares que antes. Ahora Evans puede aprovechar para meter extras, hacer repeticiones y añadir todo el atrezzo necesario. Para muestra sirva la pelea en el patio de la cárcel, el combate en el restaurante o el duelo con los guardaespaldas con bates de béisbol. Las peleas de acción son de lo más duro y mejor hecho en lo que llevamos de siglo


Quizás no tiene la intensidad de la primera parte, al faltar ese elemento claustrofóbico del encierro en el edificio, pero a la que te gusten las ensaladas de tortas, la película pasa como nada. Además, sabe ser variada, presentando peleas con una amplia diversidad de armas, distintivamente primaria y brutalmente excitante, con sus virtuosos asaltos de puñetazos letales y patadas en los morros.

Como diría Manquiña: “Hondonadas de hostias” y “Profesional, muy profesional.”

Una excepción al dicho que “segundas partes nunca fueron buenas”, pues tiene más de lo mismo y mejor. Cine de acción con garra, adrenalina y salvaje brutalidad de lo más gratuito. Así da gusto.

Nota: N/A
Nota filmaffinity: 7.0

lunes, 11 de febrero de 2019

La forma del agua


Después de un placer tan gozoso como ese, seguimos con las películas oscarizables del año pasado, que siempre deben caer (je, je).

Hoy viene un cuento gótico donde la belleza responde a una universalidad y una resonancia película que son distintivos de los maestros del género. Brillante, divertida y fácilmente embriagadora, es el film de más éxito de Guillermo del Toro, que alía con éxito el ejercicio de estilo con la narración poética.

Señora de la limpieza dentro de un laboratorio gubernamental ultrasecreto, Elisa mantiene una existencia solitaria. Todavía más aislada debido a su mudez. Su vida sigue el ritmo marcado por los horarios de trabajo, monótonos; el tic tac de su reloj, monocorde; el trayecto en bus hasta el lab, inmutable; y sus pequeñas costumbres de soltera, más o menos soportables… Una existencia que no es triste ni gozosa. Es la que le ha tocado vivir, endulzada por una abundante vida interior poblada de sueños de agua, pasos de baile y sesiones de cine.

Pero basta con una mirada, una sola… El motivo romántico por excelencia, el clic de una fracción de segundo que hace bascular todo su mundo. El amor llega, rompiendo todo a su paso y cargando en su silla la corte de complicaciones que conocemos: Los amores no son fáciles, especialmente cuando los que se aman están separados por más que unas letras en el código genético. Su partenaire, como llamarían los gabachos, es una extraña criatura mitad hombre, mitad pez, con unos poderes que… mejor dejo que lo disfrutéis.

Tal como ocurre en las horribles bellezas de Del Toro, ¿Dónde está la humanidad? ¿Quién es el monstruo? Una vez más, volvemos a un tema recurrente dentro de la fantasía, tal como Tim Burton nos mostró en Eduardo Manostijeras, o el propio director mejicano había explorado en El Laberinto del Fauno. En este caso, el planteamiento es similar: dentro de un contexto histórico conocido y peligroso (la España de la posguerra en El Laberinto, en plena Guerra Fría de los años 60 en EEUU, para La forma) aparece un elemento fantástico que va a sacar a relucir tanto las mejores como las peores facetas del ser humano.


Pero es allí donde este film apuesta todos sus valores, la fascinante puesta en escena se complementa con la química que desprenden sus personajes principales. El papel de los actores no desmerece en absoluto: frente a Doug Jones (que ya ha dado vida a la mayoría de las criaturas del bestiario de Del Toro, Sally Hawkins hace alarde de un magnetismo virtuoso al expresar, sin una palabra, un candor y una sensibilidad abrumadoras.

Además de estos dos seres marginados que aprenderán a comunicarse a través de la fuerza del amor, del Toro imagina un compañero de piso gay lleno de excentricidad, un científico ruso cogido entre dos fuegos, además de una colega afroamericana y un director de cine fracasado pero apasionado. Puro EEUU el que aparece, pero compuesto de minorías, todos ellos asociales a su modo. Finalmente, desde el rol de la ley y el poder, la encarnación de la clase dominante, llena de prejuicios y racismo, dispuesto a todo para evitar que nada cambie. Michael Shannon está como siempre, tan repugnante como grandioso.


Así pues, tenemos todos los elementos para uno de los grandiosos cuentos que nos compone del Toro. Siguiendo la estela de red esto, La forma del agua podría ser muchas cosas, pero que nadie se engañe: es un cuento. Bellísimo y, en cierto modo, atemporal, pero nada más que un cuento. Quién busque trascendencia o una trama compleja y detallista, quedará probablemente decepcionado, pues en esta propuesta, el envoltorio es lo maravilloso. En ese sentido, Del Toro echa el resto al crear una monstruosa belleza, tan inhumana como fascinante, en el que el cuidado en la puesta en escena se complementa con una delicada fotografía llena de feísmo y una banda sonora (a cargo de Alexandre Desplat) que es pura sutileza.

Esta potitísima historia de amor desborda lirismo, presentándonos sexo (y amor) interracial (bueno, entre especies), jugando en torno al dolor de la represión de los sentimientos y la búsqueda de la felicidad, especialmente cuando ésta choca con lo que la sociedad espera y asume de nosotros.

La forma del agua es una película realmente bien hecha. No dudaba que esta película tenía muchos números de llevarse los premios técnicos en los Oscars, con nominaciones a casi todo (Mejor película, director, actriz principal, actor de reparto, actriz de reparto, guión original, montaje, fotografía, banda sonora, diseño de producción, vestuario, sonido y efectos sonoros).  La película victoriosa en la parte técnica fue Dunkerque, mientras que en la parte actoral toda la gloria fue para Tres anuncios en las afueras. Sin embargo, los dos premios gordos no fueron para la propuesta de Frances McDormand sino para este bellísimo cuento. Además del inesperado premio de Mejor Película y Mejor director (un rédito exagerado, a mi entender), la sutileza en el relato se complementó con el premio al talentoso Diseño de Producción y a la encantadora Banda sonora.

Parece mentira lo que puede salir de un spin off no confeso de Hellboy. La forma del agua no es una película perfecta, incluso le falta algo de chicha y  provocará ataques de diabetes a más de uno, pero es un ejercicio de estilo de los que hacen época, goza de una marca autoral inconfundible, y está muy bien rodado, interpretado y contado. Ya quisieran muchos.

Nota: 8
Nota filmaffinity: 6.5

sábado, 9 de febrero de 2019

Los Vengadores


Entre medio de tanta película trascendente y rechulona, el cuerpo me pedía darle a un poco de diversión sin sentido. Entre LOTR, las pelis de los Oscars 2018 y tal estoy quedándome muy a gusto. Ahora una de diversión pura de las que hacen historia. En ese sentido, convencido estaba que la había reseñado, pero vaya, no era así. Aprovecho este repasito para hacer su correspondiente, que no falte. 

Y hete aquí que Loki, hermano de Thor, viene a la Tierra para liarla parda por algún oscuro asunto pendiente. Los súper héroes que han salido del blíster deberán unirse para combatir el mal que amenaza la humanidad con la ayuda del señor del Valhalla. ¡Es la hora de las tortas!

Los Vengadores era la película que culminaba un esfuerzo de más de seis años en que Marvel había ido desarrollando un universo entrelazado de súpers como no se había visto hasta entonces. Recuerdo bien que en aquel momento nadie podía esperar qué era lo que iba a ver. Habíamos visto películas de súpers, que siempre repetían formato hasta que se exprimía la gallina correspondiente. Hasta que llegó Iron Man y sus films allegados, nunca se había hecho un esfuerzo consciente por hacer un proyecto conjunto, divertido y complejo. ¿Más de un súper a la vez y sin que explote en la cara? Imposible. Pero mira sí, funcionó.

Ahora al volverla a ver, la sensación no es tan flipante como hace unos años, al salir del cine. Después de todo, Marvel la ha liado bastante más gorda con Infinity war (que algún día reseñaré) y sus chorropotocientas películas entrelazadas que debes haber visto para pillar todo lo que ocurre. La novedad ya no es tal y el mejunje de héroes no nos pilla de sorpresa. Sin embargo, sigue siendo una película que mola por todos lados.

Los Vengadores tiene un guión en que el argumento y los momentazos se equilibran de forma que cada uno de los personajes funcionan por sí mismos, sin hacerse sombra, y haciendo que el súper equipo fluya con naturalidad. Ésta es la película que mi adolescente comiquero de catorce años hubiera soñado con ver. Puede que El soldado de invierno  gane en empaque, que Deadpool sea más divertida, o que la propia Infinity War sea más trascendente (si has visto TODAS las películas), pero ésta es en la que yo más disfruto. De pequeño imaginé una película que juntara a todos mis ídolos de Marvel en un envoltorio brillante, estupendo y excitante. Y aquí está. Es Transformers con cerebro, corazón y un sentido del humor que funciona estupendamente.



Ahí hay que destacar el papel de Josh Wedhon al crear un engendro en que personajes que han demostrado enjundia en películas propias deben generar sinergias para crear un espectáculo mayor sin por ello dejar de ser personajes por derecho propio. Lo mejor es que incluso los más sosetes o menos poderosos tienen su momento de gloria, el gustazo que les deseamos a todos. Entre estos fuegos artificiales tan admirablemente paridos, la tensión se alivia con un torrente de chascarrillos a cada cual más inspirados (con gags reservados a los devotos y otros para cualquiera) y se complemente con un ritmo espectacular capaz de entretener incluso al espectador más profano.

Debido a lo particular de su propuesta, no podemos compararla más que con las otras propuestas bajo el paraguas de los Vengadores del Universo Marvel. Ni siquiera películas tan corales como la Civil War mantienen una coralidad tan consciente como éstas. En ese sentido, La era de Ultron pecaba de ser demasiado continuista, ofreciendo una historia casi calcada sin arriesgar lo más mínimo (divertida con ganas, no lo negaremos).  La Guerra del Infinito, por su parte, es un más difícil todavía cuando ello parecía imposible, pero tiene el deje de que requiere haber visto todas las películas. Para disfrutar con Los Vengadores basta con que te suene un poco quién es quién y tengas ganas de pasar dos horas a tope.


Así pues, me reitero, tanto en el cine como en mi casa gocé con 130 minutos de emociones, risas y castañazos, ajeno a la simpleza real del guión y olvidando los problemas de mi vida. Entonces, miré a la persona a mi lado y vi que estaba sintiendo lo mismo que yo. Esto es lo que debe ser una película de acción y fantasía. El block-buster perfecto. Gracias Marvel, gracias Stan Lee. Y gracias Joss Whedon.

Nota: 8
Nota filmaffinity: 6.9

jueves, 7 de febrero de 2019

Operaciò Caramel (Ian McEwan)


En una reunión de Bookcrossing, Lauriqui me endosó este libro (de parte de Daisy), asegurándome que me iba a encantar. Como uno es como es, se leyó sin dudar antes de proceder a la liberación del mismo.

Título: Operaciò Caramel
Autor: Ian McEwan
Título original: Sweet Tooth (Goloso)
Traductor: Albert Torrescasana

“Es el año  1972 y la guerra fría está en plena efervescencia. La agencia de inteligencia británica se ha encabezonado en manipular las conversaciones culturales financiando autores con ideas políticas afines a las del Gobierno. Esta operación será bautizada como la Operación Caramelo.
Serena Frome, una estudiante de Cambridge, brillante y de gran belleza, es la candidata ideal para infiltrarse dentro del círculo de Tom Haley, una joven promesa literaria. Lectora compulsiva de novelas, primero se enamorará de sus historias. Y, poco a poco, empezará a interesarse por el hombre…
Pero, ¿Cuánto tiempo podrá mantener su vida encubierta? Y, en realidad, ¿quién inventa a quién? Para contestar estas preguntas, Serena deberá abandonar la primera regla del espionaje: No confíes nunca en nadie.
Una historia inteligente de traición e intriga, amor y personalidades ficticias. “

Creo que Lauriqui demostró bastante paciencia durante el tiempo que tardé en sobrepasar las 100 páginas iniciales. La vida de una chiquilla tímida que empieza a ir a la Universidad y no se aclara qué hacer con su futuro no me interesaba en exceso y no tenía mucho que ver con el resumen ni con lo que esperaba leer. Estará todo lo bien escrito que quieras (que lo está), pero vaya aburrimiento…

Sin embargo, cuando la protagonista pone el pie en el MI5 (una entrada quizás demasiado casual), la novela de Ian McEwan despega a las nubes y mejora sobremanera. No es sólo que la florida prosa del autor encuentre un motivo para desarrollarse, sino que al sumergirnos en los circuitos literarios, ésta se muestra vivaz, cambiante según el ambiente que nos encontramos.

Me explico: dentro del libro encontramos relatos insertados de uno u otro autor, algunos bellos, otros atroces y alguno que otro muy malo, pero los percibimos como diferentes. El lector atento podrá distinguir entre la “realidad” y la narración de un autor u otro dentro del libro. Como los protagonistas se codean con la élite literaria del Londres del momento, entrarán en contacto con personajes conocidos, con la consiguiente mezcla de referencias y críticas a los productos creativos que son novedad (entonces). McEwan hace que los personajes debatan sobre temas que desconocen, pero de los que el autor conoce el futuro (y se supone que nosotros también), permitiéndose jugar con ello en un gran alarde de dominio del metalenguaje literario y de la palabra escrita. El juego que se plantea hará las delicias de los lectores más cultos y de los más ávidos de disfrutar de un libro BIEN escrito, más que en una trama vibrante o llena de giros argumentales.


Los pequeños relatos son de una calidad desigual (totalmente deliberada), pero los que están pensados para ser buenos, son realmente espectaculares, casi que a veces te indignas al llegar a su fin y tener que volver a una novela cuya trama podría interesarte menos. Encontramos también toneladas de citas de personajes conocidos, que a buen seguro habrán hecho sudar tinta al traductor, que se habrá visto obligado a escarbar traducciones anteriores de un puñado de obras para asegurarse de que no se producen incoherencias.

Todo el tinglado se haría verdaderamente pesado si no fuera por la gracia de sus personajes, esculpidos con un mimo y una profundidad sorprendentes.
La protagonista de todo es la joven Serena Frome. Aunque la conocemos desde su infancia (ay, esas primeras cien páginas…), la trama empieza realmente cuando esta joven insegura sale de la universidad y se le encarga espiar a un escritor prometedor. Hasta entonces, hemos conocido como se debate entre seguir sus sueños o hacer lo que se espera de ella, conjugando su felicidad, con la de su familia y la de la sociedad, especialmente cuando se trata de factores que entran en conflicto. La mezcla entre sus inseguridades, las ganas de salir adelante, los miedos y la necesidad de mostrar aplomo cuando no se tiene es magnífica. Este efecto es especialmente destacado cuando se acerca al escritor Tom Haley, pues debe adoptar un papel concreto que no es acorde con su personalidad, provocando que ambas maneras de ser (la suya y la impostada) se confundan, dominando a veces una u otra, según el autocontrol, las hormonas o las reglas de la decencia que imperan en cada momento. La complejidad de este personaje está al alcance de muy pocos.


El escritor sobre el que orbita la Operación Caramelo es Tom Haley, un profesor de literatura con un par de éxitos editoriales para el que la escritura es sólo un pasatiempo frente a la pasión por enseñar. Siempre un poco arrogante y pagado de sí mismo, recibe con agrado la aparición de una fan (Serena Frome) que, poco a poco, le va influyendo para que abandone su academicismo inicial y abrace las aventuras editoriales, especialmente con ciertos toques antisoviéticos propios de la Guerra Fría. Este proceso es muy gradual, con algún que otro bandazo, como podremos ver entre su renuencia a hacer caso a una fan de la que se está enamorando, cumplir su sueño de ser catedrático en la Universidad, inflar su ego de escritor de éxito y la indignación de saberse utilizado por “agentes exteriores” por un fin no demasiado legítimo. Este conflicto interno se refleja en los relatos que escribe y de los que tenemos noticia, de diferente carácter según el momento. Me encanta cuando Serena los lee y se debate entre disfrutar por la calidad intrínseca del relato, buscar dobles sentidos por los que se pudiera ver reflejado en ellos y buscar que incluyan las temáticas que sus superiores desean para el escritor.

El superior directo de Serena es Max Greatorex, que a pesar de su nombre galo es un joven apuesto y decidido seductor de damas. En un bonito acto de rencor tras la negativa de Serena a caer bajo sus encantos carnales, envía a Serena, apenas una novata archivera, para que “entre en contacto” con Tom Haley, consciente de la humillación que será para ella. Sus obvios defectos no le impiden ser un trabajador capaz y leal a su país, pero con un deje de mala leche de lo más odiable. Su relación con la misión entremezcla las ganas de fastidiar a Serena y el amor que siente por ella, el propio éxito en el reclutamiento de Haley y la fama literaria del mismo, cosa que se transmite en las reuniones de progreso o en sus lecturas de los propios relatos a lo largo del libro. Mucha más profundidad de lo que inicialmente parece un malo arquetípico, que a fin de cuentas, es de los buenos, pues todo lo hace para luchar contra los comunistas.


En un último ejercicio de acrobacia, la propia novela funciona como un pequeño guiño a los inicios del autor, pues McEwan cosechó sus primeros éxitos literarios apenas conseguida la plaza de profesor adjunto en la Universidad. Una vez liberó la plaza para dedicarse plenamente a la escritura, fue salpicado por un escándalo que se refleja en la propia obra, pues se supo que los servicios secretos británicos habían favorecido el éxito de una serie de autores que defendían ideas que interesaban al gobierno, siendo McEwan uno de ellos. Los años han demostrado que McEwan es un verdadero artista, pero le costó bastante quitarse el sambenito de ser un “protegido” del régimen…

Asímismo, McEwan se permite el reflexionar sobre la política de la época, las decisiones que se tomaron y la necesidad ineludible de defender el feminismo como manera de hacer progresar la sociedad. No hay nada como la ventaja temporal que te da el futuro para volver la vista al pasado y contemplar los hechos con otros ojos (y qué bien se explica).

Y luego está el final. SPOILER. Operación Caramelo no es realmente un thriller de códigos y contraespionajes como a la bella e ingenua heroína le gustaría que fuera (no deja de ser una chica normal que quiere divertirse. O, si no puede conseguirlo, seguro que sería feliz acurrucada en la cama con una novela. El libro es un complejo puzzle cuyas piezas aparecen paulatinamente, repleto de un aplomo engañoso, en el que cada hecho parece untado de un júbilo surrealista. A través de esta aproximación metaficticia McEwan puede –intencionadamente- provocar que algunas cosas y eventos parezcan poco creíbles. Después de todo, no hay un verdadero narrador. Estamos leyendo una novela escrita por un hombre, narrada por una mujer que, al final, resulta ser un hombre que se hace pasar por esa mujer. La acrobacia es de bandera, un alarde gratuito tan capaz de maravillar como de indignar al respetable, dejando indiferente a muy pocos. FIN DEL SPOILER


Por toda esta complejidad, no puedo sino destacar también la inmensa labor de traducción de Albert Torrescassana. El trabajo para que el lector pueda diferencias los diferentes estratos lingüísticos en los que se mueve la obra no es nada fácil, además del enorme esfuerzo documental buscando todas las traducciones previas que se han hecho de las obras literarias citadas, para asegurarse que se mantiene el sentido de la idea a transmitir. En ese sentido, mis dieces.

Al final, se trata de una novela que me ha gustado mucho. Le cuesta un mundo empezar, con 100 páginas que se pueden hacer MUY pesadas, pero una vez empieza la “Operación”, el libro es canela de la buena. Operación Caramelo es una mezcla extraña de espías a la antigua, amor por los libros y la literatura, y una deconstrucción de personajes de primera al comando de un maestro de la palabra. Además, la exquisita escritura de McEwan es una delicia.

Y luego está el final. A mí me ha encantado, pero entiendo que a muchos les pueda parecer una tomadura de pelo.

¿Compensa el espectáculo del meollo las primeras páginas de aburrimiento? Eso ya depende de cada uno. En conjunto, la obra de orfebrería es de una belleza abrumadora, pero no destacará ni por su ritmo ni por la emoción de su trama.

Nota: 8
Nota goodreads: 3.4/5


martes, 5 de febrero de 2019

Tres anuncios en las afueras


Bajo este título tan improbable, tanto en su versión original como en su traducción al castellano, se esconde un film formidablemente bien rematado, dotado de un guión remarcable en todos sus puntos, siempre apasionante, sin cesar de sorprender. Desafío a cualquier profano a adivinar los giros de la trama o la evolución de los personajes, que se producen sin que salten las alarmas de la incoherencia. Además, goza de una profundidad verdaderamente emotiva mientras desprende continuamente un humor negro muy salvaje. Los críticos evocaron rápidamente a los hermanos Coen y por una vez la referencia es pertinente: uno piensa en Fargo, uno piensa en No es país para viejos. ¡Y este es su nivel de verdad!

Mildred Hayes es una mujer furiosa. Y esto no viene de hoy ni de ayer. Comprendemos rápidamente que hace un buen tiempo que Mildred está al rojo vivo. Su cinta en el pelo, sus camisas de leñador, su aire incómodo, no los enarbola a causa de que su hija muriera asesinada, no. Tenemos la impresión de que hace ya años que está hasta las narices de todo y adopta esta pose de combatiende. Desde que su pareja huyó de casa, desde que ella es mujer y le ha hecho falta sobrevivir. Pero parece que hoy Mildred ya ha tenido suficiente y le ha llegado el momento de actuar. Es entonces cuando ella alquila los tres paneles publicitarios medio abandonados en la carretera que lleva hasta su casa, justo en la salida de Ebbing (Missouri). Ella se dice que, quizás, pudieran ser útiles para otra cosa que no sea estropear el paisaje. El mensaje que incluye al alquilarlos le sale de las entrañas: tres frases vengativas, una por panel, acusando directamente al jefe de policía. Este acto, que podría considerarse como una broma de mal gusto o una provocación inaceptable (todo es cuestión de puntos de vista), afectará la apacible vida de la localidad.


McDonagh nos embarca a través del Midwest más auténtico, dentro de este Estados Unidos profundo que aquí nombraríamos –abusando un poco del tópico- de votantes de Trump. Es una cuestión de venganza, sí. Pero también de redención, de perdón, de agresiones a dentistas…y también de un puñado de golpes bajos y otros quiebros inesperados que mejor os dejo el placer de descubrir. Todos los personajes que pueblan esta historia están caracterizados con un cuidado similar al mimo con que se ha escogido a los formidables actores que los encarnan. Empezando por la fabulosa, inmensa y apabullante Frances McDormand, quién da vida a esta mujer enrabiada por la carga de haber visto a su hija secuestrada y asesinada, carcomida por la culpabilidad de haberse equivocado en algo y haber conducido a su hija a su funesto destino. Frente a esta madre furiosa, objetivo de sus corrosivos mensajes, está el sherrif Bill Willoughby, interpretado por un Woody Harrelson magnífico en su justicia y humanidad. Un hombre apreciado por todos, fundamentalmente honesto. Es gracias a él que podemos comprender que no todo el mundo está de acuerdo con los carteles acusadores de Mildred, pues pese al tópico que nos lanza a un personaje detestable y arrogante, nos revela posteriormente que se trata de un hombre de familia atento y cariñoso, que lo único que busca es poder convivir dignamente con un cáncer. También recibe su ayudante, que pregona a los cuatro vientos cuánto se divierte torturando a sus allegados, especialmente si son de color, interpretado por Sam Rockwell en un papel de malnacido alcohólico y racista tan bien conseguido como finalmente enternecedor.

Tres anuncios en las afueras nos obliga a reflexionar sobre lo que somos, lo que debemos a los demás y hasta donde debemos llegar por hacer lo correcto. No es sólo detenernos a pensar que haríamos si fuéramos Mildred, sino también en cómo reaccionaríamos si fueramos el sheriff, el vendedor del anuncio o una persona anónima, decente y bienpensante del pueblo. ¿Hasta qué punto deberíamos implicarnos, buscar un culpable, aceptar la pérdida o siquiera comprender qué debe estar pasando por la cabeza de los demás? Los continuos devaneos nos llevan a un final sin paños calientes, que quizás no nos deje del todo a gusto (o no acabe siendo el que desearíamos), pero nos obliga a aceptar la fatalidad de que nosotros proponemos y la vida dispone. Si no jugamos, no ganamos, pero nadie (ni la magia del cine) nos garantiza la victoria o la redención.


Aunque no se llevara el gran premio, para mí es la gran película del 2017, de las que tengo ganas de aplaudir hasta con los testículos. Todos los personajes se alejan de las expectectavias que generan sus tópicos, ninguno es quién parece al principio y, sobretodo, tienen algunas virtudes y grandes defectos (incluida Mildred). Habitualmente veremos películas bien rodadas que no tienen nada que contar, otras veces hay films de los que sólo podemos apreciar la historia que relata su trama, pero (muy) de vez en cuando nos toparemos con propuestas que aúnan ambos aspectos.

Tres anuncios en las afueras es una película cebolla, con multitud de capas que poder apreciar en diversos revisionados. Además, es una cebolla espectacularmente bella (y desagradable), los actores maravillan, el guión es prodigio de profundidad y la fotografía desborda gusto. ¿Qué más se puede pedir?

Nota: 9
Nota filmaffinity: 7.2