martes, 14 de abril de 2015

Los goonies

“No os dais cuenta, la próxima vez que veáis el cielo será en otra ciudad, la próxima vez que hagáis un examen será en otro colegio. Nuestros padres quieren lo mejor para nosotros, pero ahora tienen que hacer lo que les conviene a ellos, porque ese es su momento, es su momento allá arriba, y aquí abajo esta el nuestro, nuestro momento está aquí… y todo eso acabará en el instante en que subamos al cubo de Troy”

¿Qué cosa podía causar más terror a un niño de los 80 que perder a su pandilla? La búsqueda del tesoro de Willy el Tuerto constituye la última aventura de Los Goonies. Para ellos es el momento de experimentar una emoción que recordarán toda su vida, mientras que para nosotros supone la posibilidad de recordar –una vez más- que la aventura está a la vuelta de la esquina.
Y es que nos hacemos mayores. Esas aventuras imaginarias en la casa del árbol, en la cala abandonada a quince minutos en bici (voladora) o encontrar tu Dragón de la Suerte antes de cenar ya no se tienen (tanto). Los tiempos han cambiado. El ansia de aventuras, no. En los 80 la aventura estaba tras cualquier esquina. Armado con la imaginación y protegido por tu pandilla, hasta ir a comprar se podía convertir en una aventura épica. Ahora si un niño quiere aventuras puede seguir los pasos de Altaïr en Damasco, sufrir con Garrosh en Azeroth o entrar siguiendo a Tidus en los bosques de Macalania. Emociones en vena, pero diferentes.

Para los mayores, ¿qué queda de estas experiencias ochenteras? Willow, La historia Interminable, Cristal Oscuro… y, sobretodo, Los Goonies. Ésta es una película que aprovecha tus ansias infantiles y te las marca a fuego. Es la película ideal para ver el verano de tus once años con un gigantesco bol de palomitas y asombrarte con este grupete inolvidable que parte en busca de la aventura que todos soñamos. Se graba en tu alma y te llena de nostalgia y buenos recuerdos en cada visita.

Aún hoy conserva el mismo ritmo desenfrenado y divertido del primer día. Ha envejecido estupendamente. Aunque algunas subtramas pequen de tontorronas o su sentido del humor resulte algo desfasado y pueril, el paso del tiempo no ha conseguido enturbiarmela. Incluso si obviamos las ausencias tecnológicas actuales podría pasar por un gran estreno salido del horno. Además, aquí los niños están haciendo de niños y eso le da un puntito extra de calidad. Incluso ahora tendrían que censurar gran parte de su “autenticidad” (esos insultos…).

Steven Spielberg, Chris Columbus, Richard Donner… Son nombres poderosos dentro de la industria del entretenimiento puro. Toma un argumento sencillo y lo conduce por una película que tiene las ideas claras,sabe lo que quiere ser y cuenta con la capacidad de reírse de sí misma con unos toques ácidos (ya insinuando lo que el director daría en Arma letal o Los fantasmas atacan al jefe) impagables en una propuesta infantil.

Rodar con niños es siempre un problema, pero Richard Donner consiguió que se sintieran cómodos y desprendieran autenticidad. Para no encorsetarlos, Donner les dejaba mucha manga ancha, permitiendo que improvisaran casi todas las escenas con directrices menores. No estaban actuando, simplemente estaban viviendo su propia aventura de la misma manera que nosotros disfrutaríamos con ella; incluso cuando se asombran al ver el barco pirata lo hacen sinceramente, ya que era la primera vez que lo veían. ¿Quién le iba a decir a Josh Brolin o a Sean Astin la cantidad de horizontes y Tierras Lejanas que iban a acabar atravesando?

Ritmo rápido, acción artesanal, niños en su punto justo de cocción y un tesoro pirata. Ingredientes más que suficientes para crear una de las mejores películas de aventuras que podemos disfrutar con toda la familia.

Me gustaría saber cuánto de lo que me hace sentir es producto de la nostalgia y cuánto de su calidad (que la tiene, y de sobras). Es decir, ¿un niño que la viera ahora disfrutaría tanto como yo disfruté de ella hace ya casi dos décadas? Mi corazón quiere decir que sin duda, pero es que se me hace imposible hablar de Los Goonies dejando a un lado todo lo que significa para mí, irradia buen rollo, color y aventura de la mejor manera. A mí me llena por todos lados y probablemente (habría que hacer cálculos con “La última cruzada”) es la película que he visto más veces. No sé cuántas veces me he emocionado con la experiencia de ser espectador de la más original fuga de una cárcel, tampoco vivir la emoción de encontrar un mapa del tesoro en el desván, descender a las cavernas a través de un restaurante abandonado, ser más listo que Chester Copperpott,  esquivar las tggampas, no subir al cubo de Troy (¡sobre todo eso!), resbalar por los toboganes, encontrar el barco pirata… Salir con vida de todo ello y encima salvar a mis padres de la bancarrota porque mis canicas ahora molan mucho más. ¿Qué hay mejor que eso?  Cada vez que la veo vuelvo  a ser durante noventa minutos el niño que fui y me permito disfrutar de esta pandilla, de los Fratelli, de Sloth y de su camiseta.

Todo niño debería ver esta película antes de crecer.

Y una pregunta final, ¿Por qué lo peor fue lo del pulpo? Nunca lo entendí…

Nota: 10
Nota filmaffinity: 7.3
Publicada previamente en Cinéfagos AQUI

domingo, 12 de abril de 2015

Fringe - más allá de la ciencia


Un avión se prepara para aterrizar. Uno de los pasajeros, visiblemente nervioso, sangra por la nariz. Nada que pudiera resultar extraño, pero entra en pánico y explota, dejándonos bien pegados al asiento mientras intentamos entender qué demonios ha pasado. Estos primeros cinco minutos (los mejores primeros cinco minutos de una serie que recuerdo) son suficientes para dejarte alucinado y bien pegadito a la pantalla durante cinco temporadas. Cada capítulo empieza con una escena de impacto que te deja tieso y atento. Y aunque ya sabes qué vienen curvas, te lo hacen una y otra vez.

Fringe se mueve en el extraño límite entre el plagio y la identidad propia, funcionando como una extraña combinación de Lost Expediente X. En ella se mezclan los sinsentidos  y el gusto por el cliffhanger salvaje de la serie de náufragos con el esquema de monstruo semanal sobrenatural de los que saben que la verdad ahí afuera. Acumula una indecente cantidad de incoherencias y padece baches salvajes de ritmo incluso dentro de un capítulo pero, de alguna manera, es capaz de aguantar con todo lo que le echen y dejarte con un gusanillo que te pide seguir un capítulo más de un sentido a la fumada de esta semana.


A diferencia de Expediente X, aquí no hay nada paranormal ni mágico. Fringe se reviste de un armazón de pseudociencia que otorga barra libre a los guionistas. Para liarla todo vale y cualquier animalada es perfectamente aceptable siempre y cuando sean capaces de darle una explicación científica plausible(aunque sea inventada).

Repasa todos y cada uno de los tópicos habidos y por haber de la ciencia ficción barata: teletransportación, telepatía, mutaciones, virus letales e incluso viajes interdimensionales, pero se las arregla para parecer inteligente y elegante en todo momento. Arrastra una trama de conspiración tan gratuitamente enroscada que parece imposible de explicar, la tergiversa y la retuerce a conciencia, ignorando cualquier atisbo de coherencia bajo la promesa de “todo tendrá una explicación a su debido tiempo (o no)” y vive en una continua huida hacia adelante que ya se ha convertido en distintiva de las series de Abrams. Pero esto no es Lost, ya que su esquema de capítulos autoconclusivos con fragmentos escondidos de información y sus giros de guión cada vez más desesperados mantienen el tinglado en pie y no exige esa explicación final que tanto defraudó a los fans isleños. Los guionistas se permiten incluso realizar un par de resets duros a la serie (del tirón), y encima, les queda bien.

En la ciencia-ficción, el científico loco es el calzador supremo, es el alfa y la omega. Consigue a tu chiflado perfecto y cualquier animalada cobrará sentido. Walter Bishop no es más que un secundario, pero es la molécula primigenia donde gira la serie. Su comportamiento excéntrico y delirante es un chorro de agua fresca y sus ocurrencias guardan sorpresa tras sorpresa, ya sea pidiendo comida en medio de una autopsia, olvidando el nombre de su ayudante (a lo largo de las cinco temporadas) o relajándose con buenas dosis de LSD. Sí, la acción gira en torno a la dura y eficaz Agente Dunham y al ocurrente Peter Bishop, experto en todo, pero es Walter el que genera y da consistencia al trasfondo de la serie que, en definitiva, es lo que la mantiene en pie. Aunque cuando no hay rastro de lógica en los hechos y pasen “demasiadas cosas raras”, estos tres personajes sirven de ancla para que el universo (el que sea) siga siendo reconocible y encontremos una referencia que de sentido a lo que estamos viendo. Las consecuencias de jugar con el espacio-tiempo son inesperadas y tienen conexiones que no podemos imaginar tanto para nuestro universo como los alternativos, en el futuro, en el pasado, flipando con los Monty Python o dentro de nuestras mentes. Pero una vez has aceptado las excentricidades de la serie, no tienes más que acompañar a un científico loco tan peligroso como adorable, una agente del FBI de armas tomar y un sabihondo que guarda demasiados secretos bajo la manga para disfrutar de 45 minutos de entretenimiento semanal.


Que sí, que si te paras a analizar la trama, hace aguas por todos lados, pero la serie sigue molando igual.Cada capítulo sigue un mismo esquema de flipada semanal independiente –un inicio brutal, investigación policial, pajas mentales científicas, un clímax y una conclusión con pequeñas pistas sobre la trama- que da lugar a episodios que entran muy bien pero que no parecen tener mucha conexión entre sí. Parece incluso como si hubiera tres equipos diferentes de guionistas que desarrollan la trama por su lado –incluso resucitando personajes sin ninguna razón ni explicación- y al final de la temporada se escoge la trama que mola más y se concluye con ella –y bien-. La coherencia interna es casi inexistente, pero… ¿qué importa? Los tres protagonistas, el subidón inicial y los secretos dentro de conspiraciones dentro de fisuras espaciotemporales es diversión suficiente para pedir siempre un capítulo más.

Ni Fringe ni sus fans han podido relajarse en ningún momento de sus cinco años de vida. Cualquier seriéfilo conoce que cada temporada toca renovar y siempre se sabe que hay propuestas que tienen su continuidad asegurada, otras que serán canceladas y algunas que viven en la cuerda floja sin futuro claro. Esto último es justo lo que ha sufrido Fringe, con una base de fans muy sólida pero sin acabar de transformarse en un éxito de audiencia. Sus seguidores han padecido la incertidumbre que acompaña una decisión por tomar. ¿Iban a tener una temporada más o todo se quedaría colgado? Los guionistas, conscientes de ello, acaban la serie hasta tres veces (Temporadas 1, 3 y 5), reseteando impunemente la historia para así poder continuar desarrollando lo que ya habían dejado atado y bien atado.


El seriéfilo goza sin duda con Breaking Bad  o Broadwalk Empirepero no sólo se alimenta de ellas.Fringe no aspira a acercarse a su grandilocuencia y su calidad, no busca poseer ninguna trascendencia ni tiene más objetivos que ser un entretenimiento relajante disfrazado de thriller de ciencia-ficción (mucha ficción) y así captar tu atención en cada entrega, pero funciona. Al inicio de cada capítulo piensas “Vaya chorrada de serie. Éste es el último que veo”. Cinco minutos después estás en “Wooo, ¡como mola, quiero mas!” y así cada semana una y otra vez. Debes ser consciente de que una vez empieza un caso Fringe, cualquier cosa puede ocurrir. Con sus -obvios- defectos, pero es original, extraña, delirante, sobreactuada, facilona y divertida. Y eso es algo que pocas series tienen.
Y si además te caen unas regalices, mejor que mejor.

Nota: 7 (8, 7, 8, 6, 7)
Nota filmaffinity: 7.4

Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

domingo, 29 de marzo de 2015

Los amantes del Pont-Neuf

Hace unos meses nos tocó ver la inclasificable Holy Motors en la CLO. Quizás para reconciliarnos con un autor de calidad (aunque zumbadísimo) como Léon Cárax, se decidió insistir con una propuesta del mismo autor con más cara y ojos. Se remarcó en que ésta era una película “normal” y mucho más aprovechable desde un inicio, pero vaya sí le tenía miedo, empezando su visionado con muchos recelos.


Y los primeros minutos no invitan a nada bueno. Las desventuras de un pordiosero borracho rodadas con una fotografía heladora y un realismo crudo y desagradable son capaces de expulsar a un espectador desprevenido. Saber que te quedan dos horas más que pueden ser del mismo estilo puede volverse aterrador, pero cuando aparece ELLA, la película parece brillar más. Aún en medio de la áspera vida que comparten, la historia cobra coherencia y las esperanzas de ver algo con sentido aumentan. Y al final no está mal.

En el Pont-Neuf sólo viven los desheredados de la sociedad. El futuro no tiene sentido para aquellos que no saben si al día siguiente van a estar vivos. Los planes, el mes que viene, el día siguiente… Conceptos abstractos y sin significado que quedan muy lejos para los habitantes del Pont-Neuf. Viven en la autocompasión, sobreviviendo a través de los deshechos de este París imposible, acudiendo a las drogas para olvidar que una vez fueron parte de una sociedad que les ha abandonado. Este puñado de seres solitarios odia su vida, pero se niegan a morir, insistiendo, tozudos, en ver amanecer una mañana más.  

Y al final aparece el amor. ¿Pero cómo poder amar si te odias a ti mismo? ¿Cómo soñar con ser merecedor de recibir amor si la vergüenza y la culpa rigen todos tus actos? Unos y otros han perdido todo y están poseídos por el miedo, el temor a volver a tener, a volver a perder. Egoístas y entregados a la vez, tan deseosos de recibir amor como incapaces de aceptarlo. La posibilidad de un futuro conjunto constituye un anatema, pero esta pareja de amantes quiere darse una última oportunidad para encontrar la felicidad. O no. Quizás sólo quieren sentir una última chispa de luz desesperada antes de que sus vidas se apaguen para siempre.
En una propuesta que se sale de los cánones habituales, nos espera una historia de amor imposible marcada por los traumas que arrastran los que están más allá de la redención.

Sin duda, la película es mucho más reconocible y normal que Holy Motors, pero el trabajo de Cárax sigue siendo más raro que un perro verde. Las desgracias más tristemente cotidianas de los borrachos sin remedio son sucedidas por escenas imposiblemente oníricas debidas a la magia de los enamorados (o al cuelgue sin complejos). Del realismo más crudo y desagradable a destellantes instantes de realismo mágico amoroso. Cualquier cosa es posible en este París desmadejado dónde nada y todo es lo que parece. ¿Estamos dispuestos a realizar el esfuerzo necesario para seguir una historia errática sobre unos personajes al límite, dónde la ética es relativa, las taras mentales están a la orden del día y el amor es un imposible hecho realidad?

Disponerse para ver Los amantes del Pont-Neuf requiere de cierta preparación mental, pues nuestros sentidos van a ser asaltados con una historia desasosegante y una fotografía cruda y desagradable, aderezado con un ritmo lento que no contribuye a captar nuestra atención. Sin embargo, si lo soportamos, podremos ser testigos de una historia de amor que mezcla el ricino con el azúcar de una manera única. Aquí Cárax se salta casi todas las normas, mostrándose incómodo y talentoso en una propuesta que provocar aburrimiento, repugnancia o fascinación (o todo a la vez), pero seguro que no te deja indiferente.

Nota: 5
Nota filmaffinity: 7.4

lunes, 23 de marzo de 2015

El señor de las moscas (William Golding)

Libro 1 de la cesta, el primero que llegó, y además, un clásico en los ensayos sobre civilización y sociedad. A ver si está a la altura de su fama…

Título: El señor de las moscas
Autor: William Golding
Título original: Lord of the flies

“Fábula moral acerca de la condición humana, El Señor de las Moscas es además un prodigioso relato literario susceptible de leccturas diversas y aun opuestas. Si para unos la parábola que William Golding estructura en torno a la situación límite de una treintena de muchachos solos en una isla desierta representa una ilustración de las tesis que sitúan la agresividad criminal entre los instintos básicos del hombre, para otros constituye una requisitoria moral contra una educación represiva que no hace sino preparar futuras explosiones de barbarie cuando los controles se relajan.”

Casi desde el primer momento, uno se puede dar cuenta de que no se trata de una novela al uso. Suele ubicarse dentro del género porque cuenta una historia, pero en realidad se trata de un ensayo novelado. Tal como pasaba en La Cadena Crítica, el autor quiere defender una tesis y para desarrollarla, desarrolla una trama para que sirva de ejemplo, enseñándote dentro de ella todos los puntos de vista a reflejar. Aquí Golding aporta su grano de arena sobre la fina barrera que separa la civilización y el raciocinio del salvajismo y la superstición.

Cada uno de los personajes principales desempeña un “rol” o una idea a defender dentro de la civilización.

Ralph es un chico carismático y bienintencionado que se convierte casi sin querer en el líder de los supervivientes. Es el primero en pensar que es necesario organizarse, busca lo mejor para todos y cree en la capacidad de entenderse y en el valor intrínseco de las buenas acciones. A pesar de sus fallos y sus malas decisiones, Ralph quiere lo mejor para el grupo, representando la optimista ambición de la humanidad para gobernar.

Piggy es el empollón del grupo, regordete, asmático, cuatro ojos… Físicamente débil y torpe al hablar y al trabajar, pero también es el más inteligente del grupo y el primero en ser consciente de qué es lo necesario para ser rescatados. No obstante, su ineptitud social y su incompetencia para aportar un beneficio práctico al grupo le convierten en blanco de todas las burlas. Se convierte en el consejero de Ralph, confiando ingenuamente en que los demás comprenderán su valía. Representa al intelectual, a la razón que, si bien sabe qué hay que hacer para gobernar, confía en el sentido del deber (por el mero hecho de que es lo correcto) y adolece del carisma necesario para conseguir que los demás le sigan.

Jack en cambio, es ambicioso, está acostumbrado a ser un líder y desea fervientemente que los demás le obedezcan. Al igual que Ralph es un líder natural, pero con instintos mucho más primarios. Al principio acepta a regañadientes no tener la autoridad, pero a medida que las reglas sociales se van relajando, va volviéndose cada vez más agresivo, decidido a tomar el poder a cualquier precio. Representa la voluntad egoísta de gobernar y de tener poder por el mero hecho de mandar.

Roger es al principio seguidor de Ralph, pero tan pronto se da cuenta de que nadie le va a castigar si hace cosas malas, se pasa al bando de Jack para dar rienda suelta a sus instintos. Representa a los malvados, los que disfrutan haciendo daño y que sólo se refrenan porque las reglas de la sociedad existen.

Simon es un personaje que representa la bondad y la religiosidad. Disfruta de la naturaleza de la isla y su carácter solitario lo convierten en una especie de ermitaño que vive aislado del resto del grupo. Es el único que desenmascara a la bestia oculta, representando al sentido común en unas interpretaciones y a la figura de Jesucristo en otras, por su capacidad de atisbar la verdad atravesando la barrera de los prejuicios y las supersticiones.

La Bestia y El Señor de las Moscas moran en la isla, creados a partir del miedo irracional de los niños, que necesitan dar forma al terror ante lo desconocido que espera en lo profundo de la jungla. Su mero concepto es objeto de debate y causa encendidas tensiones en el grupo, convirtiéndose en detonante de los hechos finales en la isla. Representan la malevolencia sobrenatural del demonio, que corrompe la inocencia natural de la humanidad desprotegida y la condenan al salvajismo.

Como cada personaje “defiende” una forma de actuar frente al conflicto, no reaccionan de manera natura, sino de acuerdo con el punto de vista que se quiere reflejar. Por ello, se esfuerzan en explicar sus acciones, reaccionando a veces de un modo extraño, pues la historia se fuerza para que ocurra lo que al autor le interesa, en vez de dejar que el desarrollo se produzca según lo que la historia “pide”.

Los sucesos están forzados, pero es no impide que el libro vicie lo suyo. Golding compone un ambiente sucio, ydescorazonador donde la autoridad ha desaparecido y cualquier cosa es posible. Obviamente los personajes principales están estereotipados (al ser conceptos más que caracteres) pero rápidamente empatizamos por ellos ya que luchan por salir adelante con todas sus fuerzas y no dejan de ser eso, niños.

William Golding recalca y machaca la necesidad de una civilización –origien y necesidad de las leyes- que dicte unas normas de común acuerdo con las que los humanos podamos convivir sin matarnos. A grandes rasgos, defiende la necesidad de una policía para protegernos de los elementos malvados de la sociedad, cárceles para apartarlos, la cultura y la razón como medio para evitar las supersticiones, la ética religiosa (cristiana) como referente de un esquema de valores a seguir, la necesidad de progresar como sociedad a través del debate y el cambio interno. Un lector atento e interesado puede sacar muchas y variadas lecturas e ideas dentro de un texto presto a ser analizado y diseccionado. Es sorprendente como se combina tanta profundidad en una novela tan corta y viciante. Aunque la historia se fuerza, se convierte en un libro para disfrutar y sobre el que reflexionar, tanto en el momento en que se escribió como en los tiempos actuales. De los de obligada lectura.

Nota: 8
Nota goodreads: 3.6/5

sábado, 21 de marzo de 2015

Jungla de Cristal

El héroe de acción por excelencia de mi infancia no es otro sino John McClain, ese policía con camiseta imperio que la única culpa que tiene es la de estar de la mejor manera en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es el puto amo sin hacer otra cosa que intentar sobrevivir en un asunto que le viene grande…, y cómo mola.

Frente a él, un Hans Gruber que ha trazado un plan maestro con total perfección: secuestrar a la cúpula directiva de una gran empresa durante la cena de Navidad para así conseguir todos los códigos secretos y las stock options que le convertirán en rico para toda la eternidad, aprovechando al mismo tiempo para llevar a cabo una maligna venganza. Todo está perfectamente trazado menos un detalle menor, ya que no podía contar que el exmarido de una de las secuestradas iba a aparecer sin estar invitado buscando un último y desesperado intento de reconciliación. John McClain Está muy fastidiado y tiene una horrible jaqueca, mal momento para tocarle las narices.

En plena época de héroes de acción casi perfectos (Rambo, Terminator, Ripley…), aparece un tío descalzo, sin cigarros y unos apuros descomunales para arreglar el día. A diferencia de los héroes típicos, McClain no es un gallo de corral. Es uno de nosotros, sus problemas nos son cotidianos, y encima le toca arreglar el día a todo el mundo. ¡Amos anda! Y todo ello envuelto en un caramelo de acción sin barreras que permiten que todo el mundo se lo pase en grande. Además, con un humor gamberro (“Ho ho ho! Now I have an Uzi”) y unos fuegos artificiales puestos al servicio de la película y no al revés. Como ha cambiado el cine de acción actual, más centrado en explosiones sin sentido y cámaras caóticas que en ofrecer una historia vibrante y divertida…

¿Quién hubiera dicho que este actor semidesconocido iba a clavar SU PAPEL de esta manera? La mezcla de testosterona desbordante, resignación ante la mala suerte y sentido del humor es de trac Todos acabamos queriendo ser ese poli neoyorkino descalzo, sucio, fumador, malhablado, chistosillo e indisciplinado que patea el culo a un malvado y calculador Hans Kruger, interpretado con la rotundidad que Alan Rickman sabe dar a sus antagonistas (Ese Sheriff de Nottingham, ese Severus Snape). Si a una dirección sólida y un guión chusco pero efectivo, le juntas dos actores con carisma, la diversión está asegurada.

La historia es más simple que el mecanismo de un botijo: un bueno, muchos malos y un puñado de escenas de acción para llevar al desenlace, pero las piezas del puzzle están perfectamente alineadas y montadas para crear una película de acción la mar de divertida, que no te deja distraerte hasta que acaba, intercalando los tiros con chascarrillos carismáticos algo gamberretes (¡Yippikayey!) que molan mucho.
Incluso se permite un gran puñado de escenas muy pasadas de vueltas que están llenas de carisma y se han convertido en míticas por derecho propio. McClane tirándose desde la azotea con una manguera, la batalla final con sólo dos balas en la recámara (y esas carcajadas cuando McClain va a dar el golpe de gracia) y el propio desenlace de la película, inesperado y vibrante como pocos.
Muchas más escenas podría recordar, pero bastará con decir que John McTiernan convierte Nakatomi Plaza, un lugar anónimo, en patrimonio histórico del cine y demuestra que para hacer una buena película a veces importa más tener las ideas claras y no estrujarse los sesos ni complicarse la vida en el guión. El cine a veces tiene que ser simple: personajes que se convierten en mitos, diálogos ingeniosos, efectos especiales al servicio de la acción y un héroe sin nada en especial, pero con pequeños detalles (y mucho morro) que lo convierten en legendario. A fin de cuentas, La jungla de Cristal es el ejemplo de cómo debe hacerse una película de acción. Imprescindible.

Nota: 10
Nota filmaffinity: 7.2 

miércoles, 18 de marzo de 2015

Into the woods

Cuando apareció Into the Woods recordé el musical que hizo Dagoll Dagom años ha, Boscos Endins, que no dejaba de ser una versión del que estaba triunfando en Broadway. Rob Marshall(Chicago) lleva años insistiendo para conseguir llevarlo a la pantalla grande, y no ha sido hasta el éxito de Los miserables que ha conseguido que alguien (Disney) ponga el dinero necesario para fotocopiar el teatro con todos los medios y el croma disponible.

Into the Woods nos devuelve a los cuentos clásicos de los Hermanos Grimm reconvertidos en musical. Rapunzel, Jack y las habichuelas mágicas, Caperucita Roja y Cenicienta convergen en un bosque misterioso y encantado dónde todo es posible. La traslación es inesperadamente literal, con una crudeza que ha desaparecido de las versiones más modernas y “protectoras con la infancia” atreviéndose incluso a insinuar unas cuantas escabrosidades, como las que se intuyen en el enfrentamiento entre Caperucita y el Lobo. El metraje desborda mala leche e ironía, lo que sienta muy bien al ambiente oscuro que impregna el bosque encantado. Se busca y consigue una película que caricaturiza la esencia de los cuentos de hadas a pesar de que algunas escenas parecen gratuitamente rebajadas en crudeza, supongo que para casar con el estilo Disney (que por algo paga) y asegurar el “para todos los públicos” necesario para el buen funcionamiento en taquilla. 

El elenco mezcla estrellas de relumbrón con buenos cantantes y un resultado desigual. Todos están bastante pasados de página pero son capaces de mantener cierta enjundia en sus papeles. Lo que no se puede  negar es que todos ellos disfrutan con lo que hacen, incluso Meryl Streep se ríe mucho de sí misma sobreactuando un papel de bruja que nadie hubiera esperado de ella hace veinte años y que le ha servido para llevarse otra (y ya van...) nominación al Oscar. Depp por su parte sigue haciendo de Depp, cambiando todo el erotismo que debería tener el Lobo por un toque siniestro bien conseguido.


No dejan de ser los cuentos clásicos de toda la vida, así que la historia no va a sorprendernos de ninguna manera. Es difícil formar un todo coherente con ellos y mantener el interés del espectador, pero Marshall lo consigue durante gran parte del metraje, aportando un  buen ritmo y unas logradas coreografías que entretienen aceptablemente. Cuando se agotan los cuentos originales las tramas se mezclan buscando un clímax conjunto que no puede evitar parecer un añadido irregular y forzado, con una serie de acciones confusas que no se sabe muy bien dónde van a ir a parar.

Eso no empaña la gran cantidad de mala leche que destilan los cuentos clásicos: las hermanas de Cenicienta mutiladas y ciegas, Caperucita “violada” por el Lobo, muertes totalmente gratuitas para los dos gigantes (él sufre de allanamiento de morada, le saquean varias veces y y final ¡BOOOM! Muerto. Y encima para rematar, ¡a la viuda también! ¿Qué culpa tenían?). Si es que antes los niños estaban hechos de otra pasta…

El acabado es bonito, no dura en exceso y las canciones son tienen el toque pegadizo que les ha hecho triunfar en Broadway, aunque el obligado toque Disney lo acaba convirtiendo en un musical demasiado oscuro para los niños y demasiado infantil para los adultos que, si bien en el teatro funciona de maravilla, aquí no acaba de engranar del todo. Si te gustó la obra original, o disfrutas con los musicales puede ser un buen entretenimiento. No va a sorprender ni maravillar y puede que no interese lo más mínimo, pero no se puede negar que está bien hecho.

Nota: 4
Nota filmaffinity: 5.4

lunes, 16 de marzo de 2015

Hijos del Tercer Reich

Las dos guerras mundiales han sido los acontecimientos más importantes de la civilización occidental en el siglo XX, por lo que es normal que se hayan hecho inumerables obras y películas en torno a ellas. La gran capacidad de producción de EEUU absorbe todo y es habitual una abrumadora mayoría de obras pasadas por el filtro estadounidense. Pocas obras (en comparación) se pueden encontrar partiendo de otros ojos. Hijos del Tercer Reich es un buen ejemplo de ello, pues sigue la estela de Band of Brothers pero aportando, desde la propia Alemania, un punto de vista inusual al conflicto.






Una alegre fiesta de despedida acaba con una ingenua promesa. Tras acabar una guerra que se plantea corta, todos volverán a encontrarse en el mismo bar en la siguiente Navidad. Los cinco jóvenes que participan no pueden ser más diferentes: un soldado de carrera, una chica de buena familia que quiere ser cantante, un chico que quiere ir a la Universidad para estudiar arte, una joven idealista que no sabe mucho de la vida pero cree en su líder y un judío de familia adinerada que hace lo que puede para soportar las vejaciones del régimen. Reflexionando un poco, se hace difícil que este grupete pueda tener una gran amistad, pero aceptémoslo así. Después de todo, la historia necesita una excusa para empezar y los protagonistas no saben que les esperan cinco largos años de sufrimientos y penalidades.

Los tres capítulos en que está dividida la serie repasan tres momentos vitales de la guerra:

-         - La primera invasión relámpago que parece llevar a una victoria fácil (o no tanto)
-         -  El hundimiento del frente y el proceso para aceptar que los alemanes quizás no ganen la guerra
-         - La retirada desesperada para salvar lo que queda.


Entremedias, el trato a los prisioneros, las guerrillas polacas, la solución final, la vida civil lejos del frente, los hospitales médicos, la retaguardia y cinco vidas que cambian, para siempre, sus sueños y sus ansias. La impía guerra en la que están metidos les reserva papeles que no esperan ni desean. Como en Sin Novedad en el frente (de la que hay abundantes y sentidos homenajes), aquí no hay buenos ni, hasta cierto punto, villanos. Mucho menos hay héroes. Hay personas con sus problemas, muchos miedos y abundantes traumas atrapados en una gigantesca guerra que saca lo mejor y lo peor de todos nosotros.

Mientras tememos la suerte de los cinco protagonistas, se ven reflejadas ciertas ganas de redención. Esto es lo que hicieron nuestros padres y nuestros abuelos, los hijos del III Reich ( El evocador título original es Unsere Mütter, unsere Väter, “nuestra madre, nuestro padre”, en alemán). Si bien no hay un propósito de denuncia, hay una clara voluntad de testimonio. Sentimientos al límite son acompañados por reflexiones sobre la barbarie y la propia condición humana. Los nazis pierden, los malos pierden, y así el mundo fue mejor. O eso es lo que nos han contado. Pero hasta cierto punto, no hay tanta diferencia entre un soldado aliado y uno alemán. Ambos luchan y matan por una causa que muchas veces no entienden o comparten. Siguen las órdenes de sus superiores en un infernal tablero de ajedrez y sufren la agonía y la desesperación que trae la guerra y el ver morir, impotentes a sus compañeros.
Sin tampoco regodearse en ellos, no se eluden los temas más escabrosos, componiendo una historia obviamente dura y, en algunos momentos desagradables. Especialmente en el último capítulo donde cae el Reich y asistimos a la debacle. Estamos acostumbrados a participar en historias con soldados victoriosos o resistencias numantinas imposibles, pero no es habitual ver una ruina de esta magnitud desde el bando que está recibiendo por todos lados dónde la única norma que impera es la de salvar el culo. El tono casi documental que se utiliza permite que algunos pasajes sean más fáciles de tragar, aunque también se aprovecha para pasar demasiado de puntillas sobre otros aspectos del conflicto que deberían ser reflejados con más profundidad.

Y es que esta productora no escatima en medios y tiene poco que envidiar a las grandes compañías en las que se mira. La minuciosidad con que se recrea la época sobrepasa la obsesión, con una profusión de detalles que deja clara la intención de reflejar (casi) todos los aspectos de la sociedad alemana del momento y todos los cambios que se producen durante la guerra.
Por otro lado, tanto esmero en pulir el ambiente provoca que la historia se vuelva algo densa. Se busca abarcar mucho en cada uno de los 95 minutos de capítulo sin salir del ritmo calmado característico de las producciones alemanas, con lo que llegar al final de cada uno de ellos se puede volver un esfuerzo excesivo. Probablemente dividir cada capítulo en dos partes (en total. 6 de 45 minutos) habría dado como resultado una serie menos farragosa y digerible.

Pero atentos, que esto no os impide disfrutar de una de las mejores series bélicas que os podéis encontrar. Son cinco horas llenas de emoción en las que, a pesar de conocer el final, no vamos evitar tener el corazón en un puño y “disfrutar” de buen cine contando una buena historia.


Nota: 8
Nota filmaffinity: 7.9

Publicado previamente en Cinéfagos AQUÍ