lunes, 24 de noviembre de 2014

Tengo algo que deciros

No todas tienen que ser películas sesudas y de gran trascendencia. De vez en cuando apetece ponerse con propuestas más ligeras que permitan relajarse un poco y, simplemente, pasar un ratito agradable.

Tomasso va de visita al pueblo a ver a su familia y a hacer algo muy importante: salir del armario. Sin embargo, en la noche más importante su hermano mayor se adelanta y es él el que declara su homosexualidad. Ante los altercados provocados en la familia por la noticia, Tomasso decide esperar unos días a que se calmen las cosas antes de salir a su vez del armario, claro que las cosas no tomarán realmente el rumbo que esperaba.

Con un disfraz de comedia romántica al uso se esconde un curioso retrato de la retrógrada sociedad burguesa rural italiana. Es una cinta marcadamente costumbrista que trata las dificultades que puede entrañar salir del armario en una sociedad donde el qué dirán es absurdamente importante y no importa ser alcohólico, infiel, envidioso o criticón, pero ser homosexual te convierte en un degenerado de la peor especie.  

Los problemas para ser uno mismo, la presión para cumplir “el deber familiar” y el qué dirán se entremezclan con una inusual normalización de la homosexualidad, incidiendo principalmente en ridiculizar y mostrar lo estúpidos que son los comportamientos homofóbicos.  El excéntrico y variado crisol de personaje la aleja de las comedias románticas habituales, mostrando su marcado carácter italiano.

A pesar de unos cuantos gags que se acercan demasiado a la vergüenza ajena, encontramos una película con un agradable desarrollo, un par de chistes bien encontrados y una buena defensa de que obtener la confianza para aceptarse a uno mismo y expulsar las verdades ante los seres queridos es mejor que vivir en escondido y engañando a tu conciencia (aunque se nos recuerda con una obviedad a veces excesiva). Todo ello mediante un pequeño recorrido a través de los mejores paisajes del sur de Italia (preciosamente retratados) siguiendo a una familia agradable y cargante a partes iguales.

Es una película irregular, tanto en su carga dramática como en sus momentos cómicos, que nos transporta a lo largo de aquellas comedias italianas corales. Su estructura narrativa típicamente italiana va más allá de la típica película “gay”, mezclando la calma campestre, el bucolismo de los pequeños pueblos rurales con las tensiones de la “familia” y la honestidad del hombre homosexual consigo mismo.

Nota: 3
Nota filmaffinity: 6.3

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sin City 2: Una dama por la que matar

 Bienvenidos a la crítica de pre-estreno de Sin City 2. Aunque no estoy muy seguro de llamarla “pre-estreno” ya que parece que va a ir directo al DVD sin pasar por los cines ni por la casilla de salida. A primera vista puede parecer extraño que la secuela de una película que mola un puñao (y parte del otro) vaya directamente al mercado doméstico pero después de protagonizar una de las mayores estampadas del año (y de los últimos tiempos) en EEUU podemos tener una ligera idea de que la película no ha salido muy bien.


Y es que el bajón es de los gordos. Es imposible no compararla con su predecesora y ver que sale perdiendo en todos los aspectos. En la primera no había una historia protagonista, ya que quién estaba al frente de todos era la propia ciudad, que palpitaba como un ser vivo, escupiendo miseria, lucha y muerte. Con esto se conseguía que todas las historias tuviesen el mismo protagonismo y gozasen con sus minutos para contar epopeyas y tragedias, todas impactantes y con ingeniosos diálogos que dejaban huella. Y ahora… Sí, tenemos tres historias más, pero con un claro protagonismo de “A dame to kill for” que provoca que las otras pasen a ser secundarias y poco importantes.

 La película no deja de ser más de lo mismo (lo que no tiene porque tener nada de malo) con el abuso de CGI, la ciudad envuelta en violencia, corrupción, sexo y las viñetas en movimiento que ya vimos hace nueve años. Lo que nos ofrece Robert Rodriguez son cuatro nuevas historias del cómic plasmadas en la pantalla que, sin estar del todo mal dejan la sensación de que las tres mejores que parió Frank Miller ya se usaron en la primera parte. Tres episodios que desbordaban pasión, tanto al crearse como al pasarse a la gran pantalla. Se notaba que había ganas de hacer las cosas bien y se puso mucho mimo. En esta entrega, en cambio, parece que el director se ha limitado a cumplir cogiendo el comic como story-board y tirando para adelante sin mirar, sin preocuparse por conseguir un ritmo narrativo interesante, corregir las incoherencias temporales o molestarse en disimular que los actores que repiten son ya casi diez años más viejos.

Ver a Marv, ese gladiador desbocado, convertido en una especie de Supermán borracho y bonachón es incluso decepcionante, de la misma manera que Josh Brolin no hace olvidar al Clive Owen de “The big fat kill” (siendo el mismo personaje) e incluso Miho (también con cambio de actriz) pierde grandes dosis de carisma. Es todo un bajón. Por suerte, los nuevos personajes dan un poco de aire fresco y cumplen mucho mejor. El tahúr arrogante interpretado por Joseph Gordon-Lewitt goza de tener la historia más “diferente” del pack y se permite hacer un papel con empaque. Por su parte, Eva Green es el mayor aporte a la película. Es quizás la única que le pone ganas de verdad y nos brinda a una femme fatale cruelmente seductora, desbordando sensualidad por los ojos y pervirtiendo a todo hombre que pasa cerca. Se entiende por qué su historia es la que ocupa más espacio de metraje y la más interesante, aunque peque de ser algo previsible.


Pero es que no hay más. Sin City 2 es exactamente lo mismo que ya habíamos visto. Una preciosista ambientación adornada con el exceso de sangre, sexo y decadencia que ya conocemos, historias de venganza y muerte y… ya. Sin duda es suficiente para satisfacer a los fans que busquen ver su cómic en movimiento pero ya no aporta nada al resto de los espectadores. Su guion es mucho más flojo que su predecesora e incluso los perdedores parecen serlo porque son tontos, perdiendo esa sensación de trágica inevitabilidad que la caótica ciudad provocaba. Muy bonita de ver, pero poco más.

Nota: 3
Nota filmaffinity: 5.2

“Si, contando con las mimbres que tienes, lo más interesante de la película acaban siendo las tetas de Eva Green y el culo de Jessica Alba… Algo malo has hecho Robert”

sábado, 15 de noviembre de 2014

Fruta Prohibida (Jeanette Winterson)

En el CLO de este bimestre ha tocado leer esta corta obra de la que no conocía absolutamente nada. Siempre cojo estas sugerencias con cierta intranquilidad, pero en eso se basa la CLO, hacerte leer cosas que normalmente no leerías. ¿Qué me iba a ofrecer este libro?

Título: Fruta prohibida
Autora: Jeanette Winterson
Título original: Oranges are not the only fruit (hay un juego de palabras intraducible sobre ello en el libro)

“Ésta es la historia de Jeanette, adoptada y criada por su madre como si fuera una elegida por Dios. Celosa y apasionada de su deber, parece destinada a convertirse en misionera, pero se enamora de una de sus conversas. A los dieciséis, Jeanette decide abandonar la iglesia, su hogar y su familia para vivir su amor. Innovadora, punzante y tierna, “Fruta prohibida” se adentra con acierto en los extraños caminos del fanatismo religioso y los excesos humanos.”

Y no podemos negar que el libro descoloca lo suyo. Nos hallamos ante una novela iniciática, al más puro estilo Matar a un ruiseñor pero esta vez la pequeña se cría en un ambiente fanáticamente religioso.

Y mientras Scout crecía arropada en un hogar con un padre amantísimo que le explicaba todos los extraños enigmas que esconde nuestro mundo, Jeanette se cría con una madre histérica que hace cuadrar la realidad con aquello que sus creencias le imponen, encontrando demonios y enemigos de la luz en cualquier rincón. Como cualquier hija, al principio a Jeanette le basta esto, pero cuando empieza  a ir a la escuela y comprueba que la realidad no cuadra mucho con lo que le explica su madre la pobre empieza a confundirse. Está desorientada, no sabe si hay algo raro en su madre (a la que, como todo hijo, adora y tiene en un pedestal), en su mundo (lleno de demonios) o en ella (que no es capaz de ver el mundo tal como debe ser). Esto la llena de intranquilidad e inseguridad, pues no sabe qué es lo correcto y qué no.

Cuando Jeanette llega a la adolescencia ya es consciente de que su madre está algo loca, pero perdona sus excentricidades por su amor a Dios y a las personas. Se ha convertido en una ferviente cristiana que no desea otra cosa que promover la palabra de Dios. Cuando descubre el amor con otra feligresa de su misma edad, su madre aprueba su actitud. Es mucho mejor que se divierta con una amiga fervorosa en vez de pervertirse con los “jovencitos descocados”. El problema viene cuando se descubre que ambas jóvenes son más que amigas, claro. Para la congregación tal relación es a todas luces pecaminosa pero la pobre Jeanette no entiende nada. En todo momento ha sido un amor puro, tierno y sincero que la llena de felicidad y alegría. Se le hace obvio que la felicidad que la embriaga es un regalo de Dios y es imposible que tenga origen en el  pecado. Se intenta explica, se rebela... pero su congregación llega a la conclusión de que está endemoniada, la exorcizan y la expulsan de la comunidad.
Y si la pobre Jeanette ya estaba hecha un lío y no entendía qué funcionaba mal en ella, ahora entiende menos porque la echan de la que ha sido su vida.Tendrá que reconstruirse y buscar la felicidad ella sola, sin referencias ni ayudas.

No es un libro que trate el problema del lesbianismo como tal, sino que se centra en el crecimiento personal de una chica criada en una familia totalmente disfuncional que arrastra unos problemas de autoestima y confusión bestiales (detecto muchas ganas de expulsar demonios interiores). La vida de Jeanette se queda sin referencias de qué es correcto y qué no: su madre la expulsa de casa, no tiene experiencia alguna de la vida fuera de la comunidad, lo único que había sido real en su vida resulta ser el peor de los pecados y no quiere (ni puede) eliminar esos sentimientos. El resultado es que se pregunta y se atormenta continuamente sobre qué hay mal construido en ella. Aunque la situación puede ser algo exagerada, estoy seguro que mucha gente se encontrará identificada con el hecho de que, para poder sobrellevar la vida, lo primero es conseguir aceptarse uno mismo como es y a partir de allí intentar crecer.

Lo más curioso es que no se trata de un libro triste. Al contrario, destila vida y amor. Winterson escribe el libro tal como se lo contaría a un amigo íntimo, con lo que es muy fresco y ameno de leer. Se queda en el extraño punto que existe entre la sátira y la fábula, nutriéndose con acierto de lo mejor de ambos géneros. Sabe entretenerse en pequeños relatos para expresar de otra manera cómo se siente la protagonista y así entendamos mejor lo perdida que está. No interrumpen la acción y sirven de inestimable apoyo para sus ideas.

Es un libro cortito que se lee muy rápido y con momentos muy logrados, como cuando tú sabes que la protagonista está enamorada hasta las trancas pero la pobre es tan inocente que no se da cuenta. Sabe que es más feliz que nadie en el mundo, pero no es capaz de relacionar esa felicidad con el amor ni con las “relaciones ilícitas”. También hay que destacar el paralelismo que se establece entre la Jeanette  -religiosa- que es discriminada en la escuela  con la Jeanette -lesbiana- que es expulsada de la Iglesia. El ajuste es sorprendentemente elegante, quedando patente que Jeanette acaba siendo rechazada, aislada y repudiada por partida doble en su vida por dos aspectos muy diferentes de la sociedad (pobre Jeanette).

Es un tipo de novela muy diferente del que suelo leer, pero no por ello ha sido ingrato. Al contrario, me he sorprendido disfrutando en un género distinto, con una historia fresca y una protagonista con la que es muy fácil empatizar. Muchos se sentirán muy identificados con la protagonista y, quien sabe, puedan exorcizar sus traumas pasados con el libro. Es cortita, extraña y adorablemente  adictiva.

Nota: 7
Nota anobii: 4/5

domingo, 9 de noviembre de 2014

También la lluvia

Ya que hace poco que se anunció que Vivir es fácil con los ojos cerrados iba a ser la representante para competir por los Oscar de este año, se me ocurrió revisar esta película de hace unas temporadas que por diversas cosas se quedó sin ver en su momento.


Un grupo de rodaje se dirige a un lugar perdido de Bolivia para hacer una película sobre la llegada de Colón a América. Hay ciertos desacuerdos sobre la manera de tratar la figura histórica, pero parece que la película progresa. Pero las compañías hidroeléctricas del lugar quieren privatizar todos los servicios del agua local, lo que provocará graves disturbios en la zona. La intervención del ejército complicará las cosas y pondrá la región al borde de la guerra, ante la cual los miembros del rodaje no podrán mantenerse al margen.
Y es que el agua (en “la guerra del agua”, Bolivia, 1999) es el oro del que se aprovecharon los españoles. Ahora es una multinacional estadounidense la que firma con el Gobierno la privatización de todos los acuíferos del territorio (también la lluvia), con la excusa de que era así como un país debería progresar más económicamente.

El cine de Icíar Bollaín siempre destaca por su corrección formal, y aquí rueda un guión de Ken Loach, por lo que ya podemos tener una idea de por dónde van los tiros. Tomando la idea del “cine dentro del cine” como punto de partida se hace un paralelismo (nada sutil) entre la actitud racista y saqueadora de los Conquistadores con la de las compañías yanquis que buscan saquear los recursos naturales del continente, tratando a los “indios modernos” como una molestia con la que lidiar.
Ya desde un principio tenemos unos personajes muy bien trazados y bien dirigidos, un estupendo Tosar (cómo no), Gael más que correcto, un Karra Elejalde muy cínico y logrado… Bollaín sabe dirigir actores y en eso la película no falla en absoluto. Inicialmente se centran en sacar adelante la película e ignorar los disturbios locales; sólo  aprovecharse de las bajas aspiraciones de los trabajadores bolivianos y así hacer la película y salir rápido del lugar, aunque afloran las opiniones sobre la necesidad de implicarse y dar luz a las injusticias locales.
Una vez los disturbios avanzan, el grupo de rodaje se debate entre buscar la manera de ayudar a los indígenas (que están recibiendo de lo lindo) y salir por patas los más rápidamente posible.

No se puede negar que la película está muy bien hecha. Está rodado con un marcado tono documental como si estuvieran haciendo el “Como se hizo” del film de Colón, pero ese making-off  se mezcla con escenas del propio film, de rodaje, de los entresijos del film y otras que ocurren en el exterior. Este “documental” se va convirtiendo poco a poco en una crónica de los sucesos de la guerra del agua en la que se están presentes los diferentes planos de “realidad”.  Contiene escenas muy trabajadas y poderosas (la cola del casting inicial, el traslado de la cruz en helicóptero, la charla en la iglesia ficticia, el volcado de la camioneta de policía o la incursión por la ciudad en plena batalla) con un marcado tono de denuncia, junto a una dirección de actores impecable en la que se enlaza el pasado y el presente, discursos entrelazados y ácidas críticas a muchos estamentos (el artista con ideales que a la que hay problemas solo piensa el salvar su pellejo, el abuso de un país “low-cost”, la mezcla entre los intereses económicos y los intereses sociales, la reacción de la gente ante la desgracia ajena…), aspectos todos que fácilmente tocan la fibra del espectador y no le dejan indiferente. Se nota que Bollaín tiene un presupuesto mucho más holgado del que disfruta habitualmente y lo aprovecha para realizar una película complicada con una corrección formal impecable.

El guión contiene una gran cantidad de meta-mensajes entrelazados en diferentes niveles que busca reflejar la injusticia a la que se enfrenta un tercer mundo expoliado por un primer mundo post-colonial. Al mismo tiempo juega a entrelazar  las anécdotas del rodaje con las escenas reales rodadas con lo que ocurre en el exterior del rodaje. Por si esta osadía fuera poca cosa, lo mezcla con la evolución de los personajes ante un conflicto, la incapacidad de permanecer indiferente ante la desgracia ajena y los límites que pone cada uno ante la implicación solidaria.

Es mucha cosa para meter dentro de un mismo saco y aunque está muy bien equilibrada, hay ratos que no sabe uno hacia donde quiere se quiere tirar. Da la impresión de que quiere tocar todos los palos al mismo tiempo, sin decidirse con ninguno y lo que consigue es un poti-poti muy bien hecho pero en el que es difícil elegir con qué quedarse. Hay escenas que tiran hacia un lado, otras hacia otro… la manta no da para cubrir todo el cuerpo, pero Bollaín lo intenta sin descanso. Me recuerda mucho a Hotel Rwanda, otra película de crítica social que todo el mundo dirá que está bien hecha (que lo está) pero que luego no son películas que consigan traspasar la pantalla y hacer de ella un ente diferente. Está bien, es buena, todo encaja a la perfección pero dudo mucho que se pueda convertir en la película favorita de  absolutamente nadie.

Cine político de factura impecable pero que vale más por el tema que toca (y lo necesario del mismo) que por la capacidad de trascender. Pero tiene razón. ¡Claro que tiene razón!

Nota: 7
Nota filmaffinity: 7.2

martes, 4 de noviembre de 2014

El Código da Vinci (Dan Brown)

El código daVinci fue uno de estos fenómenos de ventas que aparece de vez en cuando. Todo el mundo se lo leyó, todo el mundo hablaba maravillas de él, que si polémico, que si revelador, desafiante… Indudablemente yo también me lo leí y acabé medio indignado porque algo con tantos errores de bulto triunfara, pero bueno, cosas que pasan. El libro apareció el mes pasado por mi vera, así que decidí ver cómo soportaba el paso del tiempo y poder leerlo sin el efecto del boom de hace diez años.

Título: El código da Vinci
Autor: Dan Brown
Título original: The daVinci code

“Antes de morir asesinado, Jacques Saunière, el último Gran Maestre de una sociedad secreta que se remonta a la fundación de los Templarios, transmite a su nieta Sofía una misteriosa clave. Saunière y sus predecesores, entre los que se encontraban hombres como Isaac Newton o Leonardo Da Vinci, han conservado durante siglos un conocimiento que puede cambiar completamente la historia de la humanidad. Ahora Sofía, con la ayuda del experto en simbología Robert Langdon, comienza la búsqueda de ese secreto, en una trepidante carrera que les lleva de una clave a otra, descifrando mensajes ocultos en los más famosos cuadros del genial pintor y en las paredes de antiguas catedrales. Un rompecabezas que deberán resolver pronto, ya que no están solos en el juego: una poderosa e influyente organización católica está dispuesta a emplear todos los medios para evitar que el secreto salga a la luz.
Un apasionante juego de claves escondidas, sorprendentes revelaciones, acertijos ingeniosos, verdades, mentiras, realidades históricas, mitos, símbolos, ritos, misterios y suposiciones en una trama llena de giros inesperados narrada con un ritmo imparable que conduce al lector hasta el secreto más celosamente guardado del inicio de nuestra era.”

Creo que a estas alturas no hace falta que nos entretengamos mucho con la trama, ¿verdad? Doy por supuesto que es bien conocida por todos: Langdon se ve implicado en una historia de falso culpable y se ve obligado a resolver enigmas a toda prisa para limpiar su imagen y salvar la vida.

El libro se vende como verídico, proclamando la total corrección de los datos que aporta, revelando secretos ocultos de la Iglesia… Entre las ganas que le tenemos a la Iglesia de que desnuden sus vergüenzas y el tono conspiranoico que toma el libro desde el primer momento, es normal que el morbo y la polémica se elevaran e hicieran correr el libro como la pólvora. Que el Vaticano intentara prohibirlo no hizo más que incrementar el efecto Barbara Streisand y consiguió que todo el mundo se lo leyera (o casi). En cuanto a los secretos religiosos, teniendo en cuenta la cantidad de errores de continuidad que hay respecto al mundo real (Terremotos en Andorra, líneas de tren Puigcerdá-Oviedo, cuadros de 2x2m moviéndose en brazos….), no es necesario darles excesiva validez (aunque a muchos les guste la versión de la historia que presenta). Hay cosas que serán ciertas, pero Brown se guarda el derecho de “mover estados de sitio”  si le interesa, como debe hacer cualquier autor de ficción.

Una vez consideramos el libro como un tebeíllo, la verdad es que mola bastante. Desde el primer momento nos lanzan por un thriller que avanza a toda velocidad, salpicado de puzles “desafiantes” (suficientemente simples como para poderse resolver fácilmente pero suficientemente complejos como para no ser evidentes y dejarte con la sensación de “qué bueno que soy” cuando te olías la respuesta), giros inesperados, un poco de paranoia y toquecitos de acción cuando toca. Los capítulos son cortísimos, de dos o tres páginas que se leen en nada, lo que ayuda al efecto “un capítulo más”, que no cuesta nada.  Es muy fácil de seguir, con descripciones simples y efectivas y un poco de morbo que da motivación extra.
Realmente es un libro que se disfruta más cuando te lo ventilas casi del tirón. Entonces se convierte en una película de acción y se devora con ganas pues sabe mantenerte en vilo. Si te lo empiezas a tomar con un poco más de calma, tendrás tiempo de digerirlo y rápidamente le encuentras lagunas a la trama, los personajes se convierten en sabiondos cargantes, aparecen errores de continuidad o te empiezas a preguntar sobre la casual causalidad de todo, con lo que el disfrute se pierde.   


El libro está protagonizado por el inefable y conocido Robert Langdon. Este pedante profesor de simbología de Harvard siempre tiene un momento para recordarte sus pretendidos problemas de claustrofobia y su capacidad para ver símbolos ocultos en cualquier lugar y en cualquier situación, siempre dispuesto a darte una explicación académica a todas las dudas que se le presentan. En muchos casos me recuerda al Profesor Layton (con videojuego propio), tan centrado en sus símbolos como abstraído de la realidad. Brown consigue presentarlo como alguien tan desubicado y sobrepasado por la situación que se hace fácil sentir cierta simpatía por él mientras leemos sin descanso. A la que nos lo tomemos con calma, se vuelve hostiable con demasiada facilidad. 

Se supone que ya lo conocemos de la novela anterior Ángeles y Demonios, pero por cuestiones del éxito y de las editoriales se publicó posteriormente en España y en medio mundo (y en una cabriola temporal, la película se convirtió en secuela).

A su lado está la detective Sophie Neveu que es quién lleva el peso dramático de la trama. Está implicada directamente en el asesinato y es de donde se articula la historia. Eso no quita que su papel no sea otro que el de acompañar al protagonista a modo de comparsa, dialogar con él para que sus deducciones no sean monólogos aburridos y recibir por todos lados.

Como todo libro de este estilo, se necesita un experto en el tema, el Gandalf de turno, una figura veterana que aporta todo el trasfondo y la sabiduría allá donde el protagonista falla. El papel lo toma Sir Leagh Teabing, un trasunto de Henry Jones Sr. pero con todos los tópicos del humor inglés más pasado de página. Si no te da por atizarle en los primeros cinco renglones incluso acaba cayendo bien.

Y el principal antagonista es el fantasmagórico monje Silas, recogido de la calle y criado para ser el perfecto servidor sin mente ni capacidad de decisión por el Opus Dei y así exterminar a todos los enemigos de la orden. Es manipulado por una extraña figura que queda en secreto durante todo el libro.

Con lo fácilmente devorable que era, un lector católico mínimamente creyente se sentía escandalizado y rápidamente intentaba desmontarlo (y lo distribuía a sus conocidos para que también lo hicieran). De la misma manera, un descreído disfrutaba del mal lugar en que se deja al Opus Dei y a la Iglesia, aceptando como desmonta la tradición católica (y lo distribuía a sus conocidos para que también lo hicieran). El libro consiguió tener ese efecto con una fuerza sorprendente. Me preguntaba cómo resultaría su lectura una vez pasado el boom en el que todo el mundo tenía que leérselo sí o sí. Al final no deja de ser otra cosa que un thriller decente y entretenido.  Desprende un aroma a pre-fabricado bien grande con personajes muy arquetípicos y una trama destinada a causar polémica y vivir del ruido que genera. No será nunca un referente en el género pero funciona. Después de todo, es todo lo facilona que uno pudiera desear, haciéndose ideal para un lector poco habitual que seguro se sumergirá en sus páginas con ansias de que le sean revelados los más oscuros secretos.

Es sorprendente como un libro de 500 páginas puede pasar tan rápido y después dejar tan poca huella. Si te metes en su juego, estarás una semana (no deberías tardar más) bien viciado; si te lo tomas con calma se le ven demasiado las costuras y ves sus muchos defectos (que ya he ido nombrando). Entre la facilidad que tienes para pasar páginas, el morbo que genera su lectura, su ritmo frenético y la polémica que le acompaña, es fácil entender (a posteriori) porqué se convirtió en un best-seller descomunal. Sirvió seguro para que muchos no-lectores se lanzasen a la lectura y pasasen de acabar su libro anual a llegar incluso a un libro trimestral. Reconozco que esperaba encontrarme un engendro horrible y al final ha sido un fast-food muy divertido.

Nota: 6
Nota anobii: 3.5/5

domingo, 2 de noviembre de 2014

Un juego de inteligencia

Dentro del DPM de este mes nos vamos  a Alemania. De Weingartner sólo conocía la sugerente Los EduKadore. Así que a botepronto, nos vamos a divertir con cañonazos nada sutiles sobre los defectos de la sociedad occidental. Esta vez la película se centra en uno de los medios de ocio más habituales de la sociedad occidental: la telebasura y la lucha por las audiencias.


Weingartner sabe que lo mejor es empezar con fuerza y exagera de la manera más bruta e innecesaria presentándonos la vida del rey de la telebasura. Reiner es el mejor creador de realities del país, que triunfa creando programas a cada cual más zafio y vomitivo. Su vida es un compendio de excesos y vicios que se ve truncado al ser atropellado por la víctima de uno de sus programas que quería desquitarse.  Reiner se lo toma como una oportunidad de encauzar el resto de sus días y decide embarcarse en una odisea para desenmascarar a las televisiones y demostrar como trucan las audiencias para que triunfe la telebasura.

Y mientras que Los Edukadores me gustó, ésta es de los engendros peor rodados que he visto en un buen trecho. Entiendo que es necesario demostrar la vileza de la telebasura, pero la demonización gratuita y grosera que se realiza es de traca. La presentación de personajes es digna de las peores películas de serie C mientras que el trabajo actoral se asemeja a la capacidad interpretativa de los actores del cine porno. Una vez ha pasado la primera ronda de pedradas el autor se centra en lo que debería ser la historia, pero lo hace mediante personajes incoherentes, sinsentidos repartidos por ahí, frases pretendidamente profundas sin fundamento y absurdeces continuas. Tal cantidad de despropósitos choca con el tono documental con el que se presenta la historia haciendo difícil que nos podamos tomar en serio la cinta (no me voy a entretener a enumerar las muchas incoherencias y errores de continuidad que hay, son demasiados).

Y ahora que ya hemos puesto las cualidades cinematográficas de la película a la altura del betún, hay que reconocerle que la crítica que realiza sobre la telebasura está muy bien tirada. Hay dos cuestiones causa/efecto que plantea:

-     A la gente le gusta la telebasura => sube la audiencia => Las TVs programan más telebasura => Desaparecen los programas no basuriles (la gente tendría la culpa de que haya telebasura)

-          Las TVs solo ponen telebasura => No hay opción de ver otro tipo de programas => La audiencia de la telebasura  sube => Aún hay más programas de este tipo (Si se le diera la opción de ver programas de calidad, la gente los vería).

El debate está torpemente planteado en la película pero da mucho juego y permite discutir sobre muchos aspectos de nuestra sociedad que seguro no hubiéramos cuestionado. Un pequeño punto a favor que hemos de concederle. En casa, después de despotricar por sus muchos errores, tuvimos una larga y curiosa discusión sobre el tema, llegando más o menos a la conclusión de que El público habitual no ve la televisión para culturizarse o satisfacer sus inquietudes intelectuales. Ve la televisión para entretenerse y/o olvidar sus problemas durante un par de horas. De ahí a que cualquier chorrada que le permita aparcar el cerebro funcione bien, especialmente si tiene un componente morboso que siempre pone mucho.

Además, la película ha quedado bastante desactualizada con la aparición de Internet y la televisión a la carta. Aquel espectador que mira la televisión con cierto espíritu crítico sobre qué ver simplemente ha dejado de seguirla. Se ha cansado de contemplar pasivamente lo que se le ofrece en parrilla y se molesta a buscar las series/programas/documentales/películas que desea ver directamente. Ya sea en los servidores que tienen los canales, las productoras, videoclubs, DVDs comprados y otros medios encuentra algo de su gusto para utilizar la pantalla que hay en la "sala de estar" (el auge de las series es un efecto claro de esto).

La idea planteada es muy buena, pero está muy mal trasladada a la pantalla (pero mucho mucho). Hay que reconocerle que provoca y da pie a reflexiones interesantes pero luego falla en todo: lagunas en el guión, personajes incoherentes, malas actuaciones, escenas mal hechas…

Nota: 2
Nota filmaffinity: 6.0

martes, 28 de octubre de 2014

55 días en Pekín

Abordamos uno de los mejores ejemplos de lo que supone el concepto de superproducción hollywoodiense de los sesenta (aunque se rodara en las Rozas): Cientos de extras, escenarios suntuosos, estrellas en pantalla y un gran esfuerzo de recreación histórica. Un asedio de los de verdad, como el Álamo, pero en el extremo oriente.

A finales del siglo XIX, las potencias occidentales han tomado posesión de gran cantidad de territorios del Imperio Chino. Éste mantiene la soberanía sobre su pueblo, pero los colonos hacen y deshacen a su antojo, abusando de su superioridad tecnológica. La emperatriz encabeza un gobierno títere por lo que el pueblo Chino, harto de abusos, desata una revuelta dispuesta a expulsar a todos los extranjeros del país. Todos los países con representación en las embajadas se verán obligados a olvidar sus  diferencias y colaborar entre ellos para sobrevivir en el asedio que sufre el barrio occidental de Pekín, en espera de unos refuerzos que, quizás, nunca llegarán.

Inusualmente, el rigor histórico con el que está realizada la película es de destacar, tanto en el apartado bélico como en los hechos principales y la recreación de la época.  Luego está el hecho de que el mayor estadounidense que acaba de llegar a la zona acaba siendo el comandante del ejército combinado, aunque es probablemente debido al dinero de Hollywood, que no deja de ser quién paga la película. Eso sí, me ha hecho mucha gracia comprobar que no hay apenas un personaje oriental de ojos rasgados e incluso los extras son totalmente castizos más allá de la primera fila de personas (que se repiten en cada escena). Rodar en Las Rozas tiene sus problemas, no creo que hubiera muchos chinos en la época ^^.

Hay que reconocer que al principio la película descoloca. No sabe bien con qué tipo de género quedarse y baila de lado a lado, pasando de ser una película bélica, tener detalles de romance, un poco de intrigas políticas, recordando a un western exótico… para acabar quedándose como una sólida película de aventuras de gran presupuesto.

Esta mezcla de géneros no se produce casualmente, ya que el rodaje fue tremendamente caótico, con cambios de guión casi diarios, trifulcas con las estrellas (Ava Gardner  ya tenía verdaderos problemas de alcoholismo) y un equipo de rodaje gargantuesco que exigía estar en miles de lugares a la vez. Tanta tensión unida a la disoluta vida del director derivó en un grave colapso que hizo incluso necesaria su hospitalización, obligando a sus ayudantes a acabar las últimas escenas que faltaban.

Nicholas Ray hace descansar el peso de la película acertadamente en las dos estrellas masculinas. Charlton Heston ha sido uno de los mejores machos alfa de honor intachable que podemos encontrar en el cine y el flemático David Niven encarna con mucho cinismo al embajador británico y líder del bando occidental. Se nota que hay complicidad entre ambos, con escenas y diálogos muy aprovechables que no se sostienen cuando aparecen el resto de personajes, mucho más funcionales y desdibujados, especialmente una Ava Gardner que no sabe muy bien qué hace ahí (vaya personaje más soso le toca interpretar).


El abultado presupuesto se refleja en una suntuosa puesta en escena, con unos artesanales interiores muy trabajados y una cantidad de extras nada desdeñable, además de unas escenas de acción muy bien resueltas. Aunque a veces parezca que sea un “¿Qué hacemos ahora? ¡Bah, metemos esto”, están introducidas con acierto en la historia, manteniendo un brioso ritmo que no decae una vez empieza el asedio. El conjunto presenta, obviamente, algunos fallos: es demasiado larga, con escenas abiertamente innecesarias como el baile en la embajada y tramas que no llevan a ningún lado, resueltas abruptamente (la hija mestiza y todo lo relacionado con la baronesa).

No es una pel·lícula con tela que cortar, es muy de “encargo”. Contiene una historia simple pero bien contada y parece no buscar otra cosa que entretener, lo que consigue una vez pasada una primera parte algo errática. El tortazo que se pegó en las taquillas unido a la hospitalización del director provocó que fuera la última película “grande” que rodara.

Nota: 6
Nota filmaffinity: 7.1


Publicada previamente en Cinéfagos Aquí