jueves, 25 de agosto de 2016

Buscando a Dory



Creo que no fui el único que se quedó a cuadros cuando apareció el primer tráiler de Buscando a Dory. Después de Del revés, ¿Pixar se había atrevido a hacer una película sobre el Alzheimer? Al menos es lo que parecían indicar los síntomas de desorientación y los vacíos de memoria que presentaba el simpático pez azul. Por suerte para nosotros, Pixar no es tan cruel.


Buscando a Dory empieza con un arrebato de lucidez de nuestro querido pez azul en el que recuerda que tiene padres que le esperan en algún lugar. El poder de la nostalgia y la necesidad de recuperar a sus familiares perdidos lleva a Dory y a sus compañeros payasos a emprender una nueva epopeya a lo largo del mundo.  Con un tratamiento mucho más infantil, Buscando a Dory es una película bastante entretenida pero sin rastro de emoción de su predecesora. Todo transcurre con demasiada facilidad para sus protagonistas y la carga dramática que implicaba la tarea de Marlin desaparece sustituida por un torrente de gags de resultado irregular. Incluso la frustrante discapacidad de Dory se convierte más en un chiste recurrente que en un problema de lo más inconveniente.

Además de su rebaja en el tono, al guión le falta naturalidad, convirtiendo la película en un puñado de escenas embutidas de chistes más que en una historia que fluye con agilidad (como sí tenía Buscando a Nemo). Esto se podría perdonar si la calidad de los gags es de primera (estoy pensando en Monstruos SA), pero la mayoría de ellos sólo provocarán risas en los más pequeños (las escenas balleniles, el forzado desenlace en el camión o el recursivo uso de la mirada gato con botas son ejemplos de ello) y apenas un esbozo de sonrisa en los espectadores más talluditos. Asimismo de entre los personajes nuevos, sólo se puede destacar a Hank (el pulpo), un secundario cómico sin personalidad pero con los mejores chistes de la película.

No obstante, la animación es un caso aparte, situándose a años luz de lo que puede ofrecer cualquier otra película de la competencia. La dirección artística es simplemente deslumbrante, con una composición de escenas muy por encima del guión, sacando los colores con facilidad a las recientes Ice Age 5 o Kung-fu Panda 3. En este tema, Pixar/Disney se quedan solos. Los juegos de texturas son magníficos y su diseño vívido e impecable consigue hacer creíble el mundo en que se mueven los personajes. Mención especial para la majestuosa llegada al gran acuario, digna de los mejores documentales oceánicos o para la caída de Dory al sucio puerto industrial, cuya desolación refuerza la sensación de desamparo que sufre nuestra amnésica amiguita.

En sus películas más recientes, Pixar se ha caracterizado por provocar traumas existenciales a los adultos en escenas que son inocuas para los más pequeños. El hecho de que ésta sea su película más infantil desde Bichos no ha impedido a Pixar “atacar de nuevo”.  En los flashbacks que rememoran la infancia de nuestro pececito azul, es probable que los más pequeños sólo se queden con una (demasiado mona) Dory esforzándose por recordar una cancioncilla divertida; pero los adultos van a captar seguro el matiz aterrado que habita en la mirada de sus padres, temerosos sobre si su pequeña será capaz de salir adelante en el vasto mundo, tan poco dado a implicarse o prestar ayuda, una vez se halle fuera de su protección. La infancia de Dory constituye una de las representaciones más inspiradas que he visto de la crianza de un niño con problemas: el sacrificio de unos padres que son perfectamente conscientes que su hijo no es como los demás, pero al que igualmente entregan todo su amor y al que entrenan para poder enfrentarse al mundo el día de mañana. Es todo un detalle poner en valor el denodado esfuerzo de los progenitores que se ven obligados a aceptar estos desafíos y sorprende encontrarlo en una propuesta de este estilo.

Finalmente, y como ya viene siendo tradición, la película se ve precedida de un corto. En este caso, Piper. En pleno ejercicio de músculo fotorrealista, Pixar trae su propuesta menos ambiciosa narrativamente y se centra en las primeras cacerías de un polluelo de gaviota, excitado y aterrado ante el mundo que contempla por primera vez. Más allá de las toneladas de potiticidad y los ataques de diabetes que provoca, no hay más que destacar que una animación magnífica que nos hace preguntar dónde está el límite sobre lo que puede generarse por ordenador. No llega al nivel de Lava, pero a Pixar casi que le exigimos mayores alardes.

Buscando a Dory es una película dirigida casi en exclusiva a los más pequeños, con lo que no se puede aprovechar más que para echar unas risas sin exigencias mientras apreciamos el poderío visual que sólo ellos son capaces de desplegar, constituyendo su propuesta más floja desde Cars 2 Sin embargo, debo reconocer que no es nada fácil hacer una comedia en torno a una discapacidad cognitiva sin ser denigrante ni condescendiente; y eso es algo que Pixar ha logrado con creces.


Nota: 5
Nota filmaffinity: 7.0 (O.o) Ni por asomo

Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

martes, 23 de agosto de 2016

Nemesis (James Swallow)



Después de Helsreach, me apetecía seguir con los libros de Warhammer, así que decidí retomar la Herejía de Horus allá por dónde la había dejado, en la entrega Nº13 de la misma. Llevo un poco de retraso, ¡que ya van por el Nº25!

Título: Némesis: La guerra en la sombra
Autor: James Swallow
Título original: Nemesis

Dos años después de la horrorosa matanza de Isstvan IV, Horus le declara abiertamente la guerra al Imperio. Pero en las sombras del Palacio del Emperador un grupo de sujetos poderosos se reúne. Su plan es enviar un equipo de asesinos que ejecute al Architraidor Horus y así acabar con la guerra por el dominio de la galaxia antes de que ni siquiera comience. Lo que no saben es que Horus y sus aliados ya han iniciado su propio plan, igual de siniestro, para acabar con el Emperador.”

Después de que la Herejía de Horus se ha desvelado (creo recordar que en el libro 7), la saga se ha dedicado a ponernos al día de todo lo que ha ocurrido durante esas fechas fuera del foco principal de la acción. Así pues, hemos visto lo que ocurría en Marte, los problemas de los Ultramarines, las unidades de las Legiones traidoras que desconocen su deserción, Próspero… En Némesis la atención se entra en iluminar las sombras que habitan tras las sombras, el Oficio Asasinorum que elimina discretamente a los enemigos del Emperador. ¿Qué mejor que enviar a los más brillantes asesinos de la Galaxia para acabar con el Archienemigo?

La autoría del libro recae en James Swallow, que destaca por ser uno de los autores menos imaginativos de la franquicia. En los comentarios finales del libro, agradece la inspiradora y vital contribución de otros autores como Graham McNeill o Dan Abnett. Dicho esto, y después de haber leído la novela, me queda la duda de cuantas páginas ha acabado escribiendo cada cual, como si la “ayuda” de los pesos pesados de la franquicia tuviera una presencia, digamos, excesivamente importante. Se aprecian claramente tres estilos diferentes a la hora de componer las escenas de acción y desarrollar la trama, como si el libro no fuera otra cosa que un compendio de mini-relatos pegados y agrupados según venían escritos. Las luchas estelares son muy deudores del estilo que McNeill utiliza cuando la acción toma escalas masivas; por otro lado, las escenas de acción son muy diferentes entre sí, como por ejemplo el contraste entre el primer asalto del Eversor a las tropas (en la que apenas se te dice que está matando malos y punto) o la lucha final de la Callidus, todo un lujo de ritmo y coreografía, con la prosa peliculera característica de Abnett. Además, toda la conspiración de Lanza y los Agentes Comerciales es decididamente suya. Parece casi que los otros tuvieran unos cuantos capítulos escritos y Swallow se hubiera limitado a “rellenar los huecos”. Es algo que llama mucho la atención, de vez en cuando la acción “sucede” y en otros, “se te cuenta que sucede”, con el consiguiente efecto en el ritmo y el disfrute.

Para rematar la jugada, tampoco es que la historia llame mucho la atención: por un lado, tenemos el proceso de reclutamiento de este grupo de asesinos para su misión, que se produce con excesiva parsimonia; por otro, tenemos la investigación criminal de un asesino muy expeditivo en un planeta perdido de la Galaxia en el que, ¡Oh, casualidad! Horus va a hacer una visita y Erebus ha plantado la semilla para crear un Asesino del Caos. Obviamente, todas las misiones confluirán en un clímax pretendidamente épico que no ha acabado de llenarme más allá de un par de momentazos contados. 

Pero bueno, vamos a los personajes, que son muy característicos de cada uno de los diversos tipos de asesino que tenemos en el mundillo del 40k. La gracia es que mientras los jugones ya los conocen y verán que están bien trasladados, los profanos no se sentirán perdidos, ya que se introducen con acierto, explicando su idiosincrasia sin volverse pesados. 

El equipo está liderado por el Asesino Vindicaire, el francotirador paciente que más nos puede recordar a los videojuegos de Splinter Cell o similares. Calculador como los mejores James Bond, siempre tiene un plan secreto con el que salir adelante, es un soldado taciturno perfectamente consciente de que debe hacerse “lo que debe hacerse” sin importar el coste y quién cae en el camino, lo que le causará ciertos problemas a la hora de liderar el grupo. 

Aunque no sea el personaje más importante, el más inesperado y mejor construido es la Asesina Culexus. Concebida como una asesina de psíquicos, en este caso es una paria criada casi dentro de un laboratorio, que no entiende muchas convenciones sociales y no sabe muy bien qué hacer con su vida, más allá de acabar con el objetivo que se le asigna. Se me hace muy entrañable como mezclan su letalidad y su ingenua manera de ver el mundo. Se muestra siempre dispuesta a aprender algo nuevo y disfrutar de lo bonito que tiene la vida pero al mismo tiempo no tiene el más mínimo inconveniente en reventar la cabeza a un puñado de soldados enemigos.

El tío duro del grupo es el Asesino Eversor. Descritos como seres sedientos de sangre que no saben pensar, este Eversor en concreto sí se presenta como un descerebrado asesino pero, una vez calmado, se transforma en un simple Vegeta de tres al cuarto. No esperaba que tuviera mucha personalidad ni tampoco la tiene, pero me sorprende el contraste que se produce entre el baboso destripador cuando se pone el mono de trabajo y el malhablado gruñón cuando descansa. Un “quiero ser malote pero no llego” de manual. 

La siguiente del pack es la infiltradora asesina Callidus. Con ella se ha realizado un trabajo muy bueno para asemejarse a la imagen que todos los jugones tendríamos de la misma: un ser que ha pasado por tantas personalidades que ha perdido la suya propia y se convierte en Nadie cuando no se encuentra en una misión. Se acerca tanto al tópico que acaba por no tener ningún tipo de gracia o hecho diferencial de ningún tipo. Cuesta reconocer cuando es ella quién habla o actúa, más allá de que es letal y punto. Por lo menos Swallow Abnett le permite tener un momento de gloria con una pelea de las más rebonicas del libro. 

Los dos tipos de asesinos que no hemos visto antes en la franquicia son bien diferentes pero molan a su modo. Sabíamos que existía el tipo Venenum, especializado en los venenos (obviamente). A pesar de querer darle características especiales a la asesina Venenum del grupo, su modus operandi se parece demasiado a una Callidus venida a menos, siendo la asesina con menos gracia de todos. Sin embargo, también es quién tiene la personalidad mejor desarrollada, arrastrando traumas del pasado que la condicionan. Mientras que el resto de asesinos pasará delante de todos para cumplir la misión, su celo para evitar los daños colaterales es inesperadamente puritano. Se convertirá en el puntal sobre el que gira toda la misión, especialmente cuando se empiecen a desvelar secretos que era preferiría mantener ocultos.

El último de los tipos de asesino que encontramos en el grupo es el Vanum. De éste no habíamos oído hablar nunca, pero pronto aprendemos que se especializa en el control de la información y su uso discrecional para abatir objetivos. A medio camino entre un espía clásico y un hacker, resulta extraño encontrar un personaje de este estilo en el brutal mundo del 40k. Aunque su aura de patán friki de las cosas mecánicas mola, no casa de ninguna manera con la forma de comportarse que tendría un adepto del Mechanicus. Un seguidor de la tecnología del siglo XXI chirría mucho con la idiosincrasia el Universo y seguro provocará espumarajos a los puristas del trasfondo. 

Así mismo, también encontramos el compendio de cameos obligatorio en estas propuestas: Rogal Dorn, Erebus, Horus e incluso el Emperador hacen una breve aparición para recordarnos que esta novela ocurre durante la Herejía, añadiendo un poco de épica y trascendencia a una historia que no acaba de tenerla.

Cada vez me gustan menos los libros de Swallow. A pesar de que La huida de la Einsestein era de lo más disfrutable, sus flojísimas historias de los Ángeles Sangrientos y ésta entrega de la Herejía de Horus se hallan entre los libros más prescindibles de la franquicia. Un autor irregular, cuanto menos.. 

Si bien me hace gracia que la franquicia dedique algunos libros a aquellos ejércitos menos populares con un papel secundario en el destino del universo (estoy pensando en la novela de la Legión Alfa, por ejemplo), en este caso es un factor que lastra la propia epicidad del libro. Tenemos a los mayores asesinos de la galaxia en uno y otro bando, pero nada de lo que hagan afectará al statu quo de la Galaxia (detalle que el versado en el trasfondo conoce sobradamente), lo que le quita mucha gracia al libro. Por si fuera poco, la manera en que confluyen los dos grupos de súper-asesinos con una investigación criminal “standard” es de lo más forzado, increíble incluso para los estándares que se suelen manejar en la franquicia. 
 
Swallow ha compuesto una entrega bastante irregular, que va de un lado a otro sin control y mezcla páginas brillantes con capítulos que no aportan nada al entretenimiento. Se ha leído sin dificultad, pero no tiene nada que lo haga destacable. Los personajes no tienen personalidad más allá del tópico y la cantidad de veces en que la acción “se te cuenta” en vez de “verla” le hace bajar aún más enteros. No es el más flojo de la saga (los hay peores) pero no es un libro a recomendar más allá de a los completistas y, decididamente, no ha sido un gran retorno a la Herejía.

Nota: 2
Nota goodreads: 3.66/5

domingo, 21 de agosto de 2016

Rocky



Si hubieras dicho a alguien en 1974 que Stallone iba a ser una estrella de la acción, se te habría reido en la cara -eso sí sabía de su existencia, claro-. Había aparecido en un par de películas eróticas, contado con papeles secundarios en otras propuestas más serias (Bananas), pero, realmente, no era nadie. Un actor más con talento de los cientos que se pueden ver pululando por Los Ángeles, amargados al ver esfumarse sus sueños de grandeza, conformándose con trabajos pequeños, y en ocasiones, turbulentos. Pero como a Rocky, le surgió una oportunidad. Una gran oportunidad. No ganó. Pero vaya si triunfó.

Rocky se aventura tímidamente en la fantasía cuando el campeón del mundo de los pesos pesados (Carl Weathers) decide programar un combate de Año Nuevo con un absoluto desconocido – en la idea de demostrar que EEUU es aún la tierra de las oportunidades. Rocky es el escogido por la simple razón de que su apodo, el Potro Italiano, es chistoso y da pie a un contraste racial que seguro le reportará dinero. Una vez lanzado el desafío, Rocky es consciente de que se trata de la oportunidad de su vida y empieza su entrenamiento. El film se inspira entonces en las películas de boxeo típicas de los años cuarenta, haciendonos partícipes del duro entrenamiento que el dueño del gimnasio local (Burgess Meredith) impone a Rocky, siguiendo un ritual muy característico, levantándose a las cuatro, bebiendo seis huevos crudos y saliendo a correr por las calles de Filadelfia antes de la batalla final.

Lo que hace a esta película extraordinaria no es que intente sorprendernos con un argumento original, con giros y complicaciones; lo que quiere es que nos impliquemos con ella a un nivel elemental, casi primario. Va sobre el heroísmo, sobre reconocer tu potencial, sobre dar lo mejor de ti y atreverte a ir a por tu chica. Tópico y manido diremos, pero no lo es, en absoluto. No lo es porque realmente funciona; Rocky apunta a nuestras entrañas y nos involucra emocionalmente, consiguiendo hacernos partícipes de su suerte. Nos sorprendemos al darnos cuenta (después de haber visto tantas películas similares) de que esta vez sí nos importa.

 Es un logro que se debe reconocer. Casi todo hay que achacárselo al esfuerzo de Stallone, que escribió esta historia y mendigó por Hollywood durante años antes de poder financiarla. Una de las condiciones que más tiraba para atrás a las productoras fue su exigencia para protagonizar la película. Ahora mismo no puedo imaginar a otro actor en la época dándole tanto empaque a Rocky como él, pero en aquel momento, la proposición sobrepasaba la temeridad. Finalmente, encontró su oportunidad, lucho con todo lo que tenía y tuvo la pizca de suerte necesaria para salir adelante.

El momento más icónico de la película, cuando Stallone, entrenando, sube las escaleras del museo de arte de Filadelfia y lanza su puño a la ciudad, es de los que ponen a todo el público a vibrar y es, al mismo tiempo, un mensaje a toda la industria cinematográfica. Ahí está la gracia, pues Rocky no habla solo del boxeo, sino de la vida, de los combates que debemos realizar cada día. A pesar de ser una película sobre el deporte, es un drama inesperadamente realista, en el que nosotros, humildes luchadores que contemplamos con cierta melancolía nuestra vida y soñamos con lo que pudiera haber sido, nos identificamos con un Stallone al que notamos como cercano (nunca lo hubiéramos dicho), admirando las desventuras de este rudo personaje. Rocky es uno de nosotros, un personaje que rebosa talento y posibilidades pero que, desilusionado ante el panorama sombrío que le rodea, se cerraba puertas e imponía limitaciones, en vez de lanzarse ante lo que puede ser el fracaso, pero también el éxito.


El director del film (John Avildsen) se encarga de aportar una factura intimista, componiendo un retrato de perdedores muy alejado de otras propuestas más sentimentalistas o idealistas, con una puesta en escena bien medida que aprovecha los relativamente reducidos recursos para convertirse en inolvidable. Inolvidable también es su carismática banda sonora que casi todo el mundo es capaz de identificar o reconocer. La “Fanfare for Rocky” o “First Date” son temas característicos que nos meten en la piel de un héroe camino a la gloria, pero es el tema de Bill Conti “Gonna fly now” el que ha trascendido para convertirse en una canción mítica de la banda sonora de nuestras vidas.

Si es que nos ponemos a tope sólo con escuchar las primeras notas…


Este film es una propuesta por la que – al igual que el mismo Rocky- nadie daba un duro, pero que se convirtió en un éxito rotundo en todo el mundo. Quizás por la cercanía de sus personajes, por la naturalidad de su desenlace, por sus brillantes diálogos (seguro sacados de la vida real del propio Stallone), por su brillante interpretación de Stallone o por su prodigiosa banda sonora, pero es una película que todo cinéfilo debe ver y disfrutar en algún momento de su vida.

Nota: 9
Nota filmaffinity: 7.0

PD: Su éxito de público se tradujo también en un gran éxito de crítica, quedando nominado a los Osars en casi todas las categorías (era un año muy flojo, la verdad) y llevándose tres de ellos (Película, director y montaje). Algunos dirán que le robó el título a Taxi Driver, pero yo disfruto mucho más con Rocky antes que con Travis Bickle.

Publicado previamente en Cinéfagos AQUI