martes, 24 de febrero de 2015

Conan, el Bárbaro

Nada más darle al play somos recibidos por poderosas trompetas que nos transportan a la era Hyborea, tierra de grandes hazañas y extraordinarias aventuras. Somos testigos de la forja de una espada sin duda mítica y de cómo un poderoso caudillo alecciona a un pequeño Jorge Sanz sobre las verdades de la vida. La solemne música nos mece mientras el poblado es asaltado por unos bárbaros ¿Vikingos? ¿Mongoles? Las cabezas vuelan y Jorge Sanz empieza a mover ruedas de molino hasta transformarse en un Arnold Schwarzenegger sediento de sangre y venganza. Cualquier cosa es posible en la fascinante era Hyborea, incluso la escena de arriba. Es imposible tomársela en serio pero es imposible no tomársela en serio.


Conan es, aunque no lo parezca, un musical. La atronadora banda sonora nos mece y nos guía a través de la épica, impidiendo cualquier diálogo durante el noventa por ciento del metraje. Trompetas abrumadoras y tambores imponentes nos transportan por escenas épicas que nos explican los orígenes de Conan y tenemos que esperar 22 minutos para encontrar un solo diálogo. Es el momento en que nos damos cuenta de que no los necesitábamos. Como una ópera, se construye sobre la música y regala sólo las palabras que la imagen exige. La venganza de Conan, este bárbaro criado como gladiador, cultivado con los tratados de Namur, la poesía de Dein y la carne de las mujeres más bellas, es imponente y brutal. Lanzando adivinas a las llamas para ir a Zamora, tumbando dromedarios de un puñetazo, mandando a sus dioses a tomar viento, muriendo y resucitando, asaltando un templo porque sí, matando serpientes gigantes, tentando a monjes homosexuales… en la era Hyborea todo es posible. La fanfarria te hace creer que así suena, que ésta si que es la música que solían escuchar estos hombres más cercanos a la edad de piedra que a la de bronce o el medievo…

Se podrían decir mil cosas sobre Conan, los decorados toscos, los monstruos de bajo presupuesto y el poco sentido que tienen muchas cosas. Es una película que tiene demasiadas cosas que no deberían funcionar… pero que funcionan. El desembarco del Chuache en Hollywood es la afortunada confluencia de muchos aspectos. Él sabía que si quería triunfar en la industria necesitaba un papel protagonista a su medida y removió cielo y tierra para conseguirlo: entre el cachondeo del mercado consiguió convencer a unos productores para que inviritieran (poco) dinero, embaucó a Oliver Stone y John Milius para que parieran un guión a partir de los cómics, encontró unos estudios baratos donde rodar (el socorrido desierto Almería), un “don nadie” (Poledouris) se sacó de la manga el mejor trabajo de su vida, una banda sonora que subraya la emoción de cada escena, Chuache muestra su nula capacidad interpretativa, contrata a un surfero amiguete como sidekick y… sale una película tan influyente en el género de la fantasía heroica como puede ser Blade Runner para la ciencia-ficción.

Es tosca, sucia y fea, pero tiene un carisma brutal. Es probablemente la película con más porcentaje de frases épicas y lapidarias, de las que se quedan grabadas a fuego respecto al total de diálogos.Después de todo, hay tan pocos…
Milius (que no es un cualquiera) consigue orquestar una epopeya épica para crear un mundo crudo, brutal y sorprendentemente realista. Chuache puede parecer un musculitos robótico parco en palabras, pero su papel no requiere más que musculatura y unas poses al viento al son de música épica para poner los pelos de punta. Milius se dio cuenta de que si hablaba la cagaba así que provoca que el “actor” austríaco se mueva con gestos hoscos y sólo necesita que su cara de burro y su carisma hagan el resto. Es que el personaje es así, brutal, primario (que no tonto) y directo. Simplemente se convierte en la persona ideal para representarlo. Tulsa Doom, Subotai, el mago Akiro… Actuaciones que normalmente serían esperpénticas parecen espontáneas y reales. Simplemente mola.

Sumergirte en la película te permite rascar debajo de una superficie aparentemente simple donde no importa que no sepamos el nombre de la acompañante o que el amor te permita venir de más allá de la muerte para un último combate. Conan no cree en la verdad de los hombres, cree en sus propios dictados. No se arrodilla ante su Dios sino que le reclama aquello que cree que merece y lo desprecia si no lo consigue. Una vez lo entiendes, lo asimilas, lo absorbes y lo haces tuyo, puedes comprender la inesperada fascinación que causa este bárbaro film.


No sólo por el montón de imitadores que surgieron tras su sombra, de presupuestos ridículos y resultados vergonzantes, la influencia que Conan, el Bárbaro ha tenido en todos los aspectos de la fantasía es descomunal.  Magos, conquistadores, bestias, espíritus, reyes, dioses y demonios, seres fantasiosos, titanes, magia y horrorosos rituales, sacerdotes y hechiceros, brujas, templos sagrados, orgías, fascinantes criaturas, espadas, lanzas, martillos, hachas, vestimentas de pieles, escudos, cascos, antorchas…Creo que nadie puede pensar en la fantasía heroica, en los bárbaros y que no le venga a la mente la figura de Conan, el personaje encarnado por nuestro Chuache. No necesita una gran interpretacion ni resultar conmovedor ni nada por el estilo, porque él es Conan el bárbaro. Él no llorará. Nosotros lloramos por él.



 Nota: ¿9? ¿5? (Díficil decidirse. Mola y ya está)
Nota filmaffinity: 6.6

Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

domingo, 22 de febrero de 2015

La Terminal

Cuando uno está de vacaciones intenta aprovechar para quedar con los amiguetes, montar timbas y acabar todas las cosas pendientes que no se pueden hacer mientras se está trabajando, pero de vez en cuando lo que apetece es aplatanarse en el sofá y dejar que se vea lo que ponen por la tele sin ni siquiera molestarse a cambiar de canal (pasa un par de veces al año o así…). Y vaya, ponían La Terminal, ésta era de Spielberg, ¿no?

Debido a una serie de problemas políticos, el pasaporte de Viktor Navirsky queda invalidado cuando intenta salir del aeropuerto de Nueva York. Incapaz de entrar en EEUU y de coger un avión de vuelta a su casa, se ve obligado a encontrar la manera de vivir dentro del aeropuerto a la espera de que la guerra civil de su país acabe. Sin hablar inglés, sin dinero y sin posibilidad de moverse, Viktor se transforma en un moderno Robinson, atrapado en el extraño ecosistema del aeropuerto.

El argumento da para presentar una tragedia con todas las penurias que un vagabundo sin papeles y sin dinero debe soportar para vivir en un ambiente hostil, pero a Spielberg esas cosas no le suelen ir, así que el dramón se transforma en una comedia absurda al más puro estilo Big Fish. ¿Y quién mejor para presentarlo que el tonto más simpático de todo Hollywood? Tom Hanks es uno de estos pocos elegidos para hacer de bobalicón carismático sin parecer demasiado tonto ni demasiado listillo. Su Viktor Navorsky es agradablemente Forrestgumpiano y se aleja de cualquier tipo de deconstrucción del personaje. Se dedica a ser (casi) él mismo y pasear su sonrisa con una solidez entrañable, sin histrionismos ni estupideces.

Y es que la película lo único que quiere es contarte una historia (y eso el tito Spielberg lo hace muy bien). Una historia ñoña de un hombre simple y adorable, con una visión de la vida y un tesón que ya nos gustaría tener. La narración flojea a veces y la trama principal parece necesitar de descansos, que Spielberg aprovecha para rellenar correctamente con un buen puñado de historias secundarias. Son pequeños relatos muy cotidianos imbuidos dentro de la trama general, asomando la cabecita aquí y allá. No destacan por su profundidad pero se siguen agradablemente, sobrando quizás el papel de Zeta-Jones que parece estar sólo porque debe haber un partenaire femenino.

Sería muy fácil que esta propuesta fuera pesada, lenta o chorra, pero Spielberg sabe bien lo que hace. Las diferentes desventuras de Viktor se suceden con naturalidad, manteniendo un ritmo y un tono que capta nuestra atención y queramos saber más de la historia. Después de todo, si en algo destaca Spielberg es en ser un buen artesano de historias. Es que casi da igual lo que nos cuente, nosotros nos la vamos a tragar con patatitas y vamos a pedir más. Y aquí no pasa nada emocionante ni especialmente entretenido, pero le aporta la dosis adecuada de azúcar, lo estructura con clase y consigue que nos entretengamos con cualquier cosa.

La película surgió a modo de unas “vacaciones de escritor” en que Spielberg se tomó un pequeño descanso durante los dos años en que estuvo trabajando a destajo preparando a la vez la desgarradora Munich y la compleja La guerra de los mundos. Momentos en que se necesita un entretenimiento ligero y en verdad es lo que consiguió. La historia es simple e incluso insulsa y realmente no tiene nada por lo que debería llamar la atención, pero, a su manera, funciona.
Así pues, no hay rastro de una crítica política muy fácil de tirar ni se incide en la vida de los pordioseros de los aeropuertos. Simplemente se provoca una situación de la que sacar punta, se pone un malo y a partir de allí, de piedrecita en piedrecita con más o menos gracia. No hay aspavientos ni artificios extraños ni excentricidades, sólo una excusa de historia, personajes bien construidos y muy normalitos y un desarrollo agradable. Los toquecitos de esperanza y buen rollito made in Spielberg junto con el carisma de Hanks hacen suficiente. ¡Incluso puede parecer que Viktor haya disfrutado el año que ha pasado encerrado en el aeropuerto!

Evidentemente, no es uno de los mejores trabajos de Spielberg, pero sí un entretenimiento agradable que ver con una sonrisita tonta en la boca un domingo tarde con ganas de hacer el vago. En manos de cualquier otro habría sido un engendro infumable, pero el resultado es adecuadamente digno.


Nota: 6
Nota filmaffinity: 6.5

domingo, 15 de febrero de 2015

Tiger and Bunny

Los títulos más representativos del anime japonés consiste en series eternas, con multitud de arcos argumentales, rellenos impropios y unos altibajos de calidad que transmite la sensación de series estiradas hasta el límite. DragonBall, Naruto, Bleach… Son referencias dentro del género, definitorias de un estilo y una manera de hacer las cosas, pero que palidecen ante los productos más medidos, con un final previsto y trazado desde un inicio. Propuestas como Cowboy Bebop o Death Note son quizás menos conocidas y menos populares, pero sí mantienen una calidad más definida a lo largo de sus capítulos. Estas pequeñas propuestas permiten ver algo diferente, con más toques de originalidad y frescura, como es el caso que nos ocupa hoy,  Tiger and Bunny.

HeroTv es el canal estrella de la ciudad de Sternbilt City (una especie de mezcla entre Tokyo y New York). La televisión funciona como un enorme reality show donde participan los súper-héroes de la ciudad (llamados NEXT), mutantes con poderes que compiten para progresar en una clasificación dónde obtienen puntos por detener delincuentes o salvar vidas humanas, todo ello retransmitido en directo por televisión.
Los NEXT deben actuar en todo momento. Son estrellas y tienen patrocinadores (reales) que satisfacer, galas y concursos benéficos a los que acudir, fans persiguiéndoles y una vida privada filmada por las cámaras. El protagonismo de la serie recae en Wild Tiger, un veterano NEXT venido a menos, que, en un desesperado intento de relanzar su carrera debe aceptar convertirse en side-kick de un novato con sus mismos poderes llamado Bunny.

La sugerente premisa del reality show con X-men se refuerza con el hecho de que los capítulos que vemos son, en su mayoría, transmisiones "directas" del programa. Con lo que contamos con todo lo que podríamos esperar en un gran hermano: cámaras subjetivas, seguimientos por helicóptero, coaching continuo por parte de los realizadores (“no les detengas aún, que estamos en publicidad”), un exageradísimo product placement , estrellas que deben cuidar su estilo y sus eslóganes, el sillón del confesionario…
Como en una competición pseudo-deportiva, es difícil no coger cariño a uno u otro y desear su victoria más allá de la trama como tal. Los capítulos, autoconclusivos al inicio y con un par de arcos argumentales posteriormente, permiten profundizar en unos personajes muy trabajados. La serie se detiene en cada uno de ellos el tiempo suficiente  para que conozcamos sus objetivos en la vida, los problemas de su día a día y qué significa ser un héroe para cada uno de ellos, pues para algunos es un trabajo, otros quieren ser famosos y hay los que, simplemente, quieren ayudar a la gente. 



Todos los personajes están diseñados para ser productos de merchandising tal como se haría en el mundo real, ya sean colecciones de cromos, figuras, pósters… Detalles que aperecen en la propia serie y que, como deber ser, puedes comprar por un módico precio. No se dejan ningún detalle para crear una imaginería rica y original que pide a gritos más espacio para desarrollarse.
Kotetsu es impetuoso, idealista y metepatas, Bunny Barnaby es un tio bueno de revista que quiere ganar dinero y que guarda un par de secretos ocultos en el zurrón. Blue Rose es una tsundere con un pavo encima que no sabe que hacer con él. Fire Emblem es un travesti con un sentido del humor muy puñetero (y mucho estilo). Sky High es el típico héroe yanqui que luego demuestra tener más profundidad de la esperada. Rock Bison es un español muy bruto, muy motivado y, obviamente,  con poco cerebro. Origami Cyclone es quién tiene los poderes menos útiles, lo que le provoca muchos problemas de autoestima y, finalmente, Dragon Kid es una loli muy machorra con muchas dudas sobre lo que se espera de su feminidad.  


Después de unos capítulos autoconclusivos para que conozcamos a los personajes, la aparición de súper-malos conforma los arcos argumentales principales con obvios ecos de obras de envergadura como X-Men, Juez Dredd o incluso Watchmen. En cierto modo es un slice of life de acción al que le cuesta un poco arrancar, pero que una vez lanzado, consigue un crescendo de bandera. La mezcla inspirada de influencias da lugar a un guión ligero y fácil de seguir, con poca profundidad pero muy redondo y sobretodo con un final más que satisfactorio, que deja todo atado y bien atado.  

La animación de la serie es una simple delicia, con un HD que realza su trabajadísima imaginería. Desde el punto de vista gráfico es de lo mejorcito que podemos encontrar en los animes de Japón. El diseño aprovecha de la mejor manera el CG para conseguir una acción dinámica y vibrante, que consigue pegarte al asiento sin dejar de ser para todos los públicos.  Su diseño diferencial es su mayor acierto pero ¡ay! también su mayor defecto. HeroTV no deja de ser un programa japonés, y todos sabemos que los japoneses son unos horteras enfermizos, con lo que casi cada capítulo contiene una o dos escenas de las que duelen a la vista. No por la composición en sí, sino por los añadidos y el cómo se espera de una estrella nipona se comporte en público.  

Su historia transita por todos los lugares comunes del género de superhéroes pero su planteamiento la hace inesperadamente original. La acción se equilibra bien con la intriga para componer un entretenimiento muy logrado sin apenas altibajos. Si cogemos un gran cómic de la Marvel y lo pasamos por un filtro nipón, el resultado sería Tiger and Bunny. El horterismo que destila en algunos capítulos puede hacerse doloroso (el capítulo del concierto es  grotesco) pero eso no debería impedir disfrutar con una trama que entra como nada y una serie que se devora de principio a fin.

Lo mejor de todo es que es una serie cerrada. 25 capítulos de 25 minutos (y tres OVAs con historias paralelas autoconclusivas) muy bien aprovechados y plenamente disfrutables.


Nota: 7

Nota filmaffinity: 6.9

sábado, 7 de febrero de 2015

Centurión

Estaba yo una tarde tonta ahí, sin nada que hacer ni tampoco muchas ganas de moverme. Llueve fuera y hace frío. Realmente apetecía no comerse mucho la cabeza y ponerse una de acción sin exigencias, pero bueno, no esperaba un engendro así. Esto de empezar el año con una candidata firme a estar entre lo peor del año tiene su mérito.

Después de que los pictos arrasen un campamento fronterizo, los romanos deciden enviar una legión a pacificar la zona. Sin embargo, toda la legión es exterminada en una única emboscada en un bosque. Los siete supervivientes quieren llegar a Londres pero para ello deciden huir hacia el norte y así despistar a sus perseguidores. Lo que no saben es que los pictos van comandados por una mala muy mala que come romanos para cenar y que no tiene la más mínima intención de dejar supervivientes, empezando así una caza implacable por las montañas escocesas.

Los primeros diez minutos prometen. El asalto inicial al campamento mola, hay pocos medios pero se usan con cabeza. Después de una matanza digitalmente sangrienta (ay ese abuso de ordenador…), una huída a vista de pájaro al estilo Señor de los Anillos y parece que empieza la historia. Pero es que luego… básicamente el guión se va a tomar viento, es que no tiene sentido. No sólo el hecho de que un pueblucho de pictos se cargue del tirón una legión entera (4200 hombres!), que tengamos a un negro campeón olímpico de maratón en el ejército, es que hay decisiones de la historia que son tan tontas que cuesta trabajo creértelas. Hay personajes que desaparecen, diálogos que faltan de una manera obvia, escenas mal cortadas (¡a mitad de frase!), enemistades que aparecen porque sí, frases lapidarias sin sentido, una mala macizorra muy bien maquillada que odia a los romanos porque los odia, una bruja tia buena macizorra que no tiene otro objetivo que enamorar al protagonista y luego un final incoherente y estúpido del todo insatisfactorio... Tendría para rato.


Pero oye, que la fotografía es muy chula e incluso hay un par de escenas de acción resultonas, pero es que una vez empieza la persecución, parece como si el director va olvidando cómo se rueda y nos va dejando una película cada vez más vacía, sangrienta e inconexa.
Se podría entender si fuera la primera película del director, pero Neil Marshall ya nos ha deleitado (o dado vergüenza ajena) con hazañas de marines contra hombres-lobo (Dog Soldiers), espeleólogas contra vampiros subterráneos (The descent) o guerreras post-apocalípticas contra punkarros caníbales (Doomsday). El esquema es siempre el mismo: un grupo se queda aislado y debe huir a lo largo de toda la película. No hay una historia ni realmente unmotivo, sólo correr para salvar la vida. En Dog soldiers o The Descent le quedaba chulo ¿Por qué aquí no hay por donde coger a la película? Una vez los romanos (con una mentalidad muy moderna) salen corriendo somos bombardeados con una colección de muertes, evisceraciones, decapitaciones y desmembramientos digitales más propio del cine de terror que del de acción, conformando un machembrado entretenidillo a ratos pero absolutamente fallido en su conjunto.

De la misma manera, tampoco hace falta ponerse fino para darse cuenta de que la ambientación histórica es de traca. Las tropas romanas no luchan así (ni se dejarían coger en una emboscada tan chusca), ni las espadas ni las lanzas se usaban así, faltan muchos años para que se inventen los estribos, los personajes históricos no coinciden… pero bueno, no es que la película presuma de verosimilitud.

Marshall insiste con otra ronda de survival thriller, pero esta persecución en sandalias está tan mal hecha que se puede volver aburrida incluso para los fans del género. La historia brilla por su ausencia, el guión es pésimo y la historia de amor es penosa, concluyendo además con un último tercio totalmente sonrojante. Mucha torpeza empaña lo que podría ser una idea decente y que, incluso, no empieza nada mal! Por lo menos es corta!

Nota: 1
Nota filmaffinity: 5.3

lunes, 2 de febrero de 2015

Big Hero 6

En 2008 Disney compró Pixar y John Lasseter, que nos maravilló en la compañía del flexo, se hizo cargo de los principales proyectos de animación de Disney. Desde entonces el incremento de calidad ha sido notable siguiendo una tendencia curiosa sin olvidar nunca su público objetivo: se alternan cuentos de hadas “no tan clásicos” (EnredadosFrozen) con propuestas que rompen muchos esquemas y reglas que la conservadora compañía ha seguido tradicionalmente (BoltRompe Ralph). El turno para Big Hero 6 es de estas últimas: Disney nos hace una de superhéroes. ¿Quién lo hubiera dicho hace diez años?


Las películas de animación suelen tener un rasgo que me gusta pues al ser producidas por estudios que no hacen muchas películas pero que sí publican con cierta regularidad. Disney, Pixar, Ghibli, Aardman, Dreamworks Animation… Los equipos a cargo se mantienen con el tiempo y existe la posibilidad de apreciar y seguir la línea de estilo de los distintos estudios. Disney tuvo una gloriosa era dorada a principios de los 90 (Aladdin o El Rey León entre otras) pero la aparición de nuevos actores en el circo y una serie de proyectos de calidad cuestionable provocaron que Disney se desinflara en lo que mejor se le daba. Sus películas parecían anticuadas (Hermano osoChicken Little)  y palidecían ante el atrevimiento de los recién llegados  (ShrekBuscando a Nemo), por lo que ya no podían aspirar a reventar taquillas como antaño. Al final Disney tomó la decisión que sólo pueden tomar los potentados: compró a su mayor rival y se aseguró que tuviera las mejores condiciones para trabajar a gusto, recuperando así el trono de las taquillas y (porqué no) de la calidad en la animación.

Big Hero 6 cae teóricamente en el saco de las “diferentes” y empieza por tener una admirable mezcla de influencias en su imaginería. La cuidada integración entre la arquitectura occidental y la estética oriental con que se representa esta ficticia “San Fransokyo” revelan las dos influencias principales de la película: los cómics y el manga. El tradicionalismo del pasado y la tecnología del futuro juntos. El híbrido imposible que se construye está impregnado de realismo, utilizando de la mejor manera el motor gráfico que se desarrolló para Enredados y que se ha seguido usando en las películas posteriores. El resultado es un escenario colorista y brillante, en el que se entrelaza la progresión tecnológica con la tradición reconocible de nuestra época.


Hace poco comenté sobre la capacidad de algunos directores para crear personajes inolvidables a partir de un robot sin expresión facial. Seguro que Williams y Hall han pensado en Totoro para sacarse de la manga al genial BeyMax, un robot sanitario que roba el protagonismo desde el momento en que aparece a pesar de tener apenas unas líneas de diálogo (quiero uno para Navidad). Es un torpón y achuchable gigante de hierro que se autorepara (con zelo) y tiene problemas con la batería baja pero que hará lo que sea necesario para subir el ánimo de su amo, incluso meterse dentro de una banda de superhéroes frikis que imitan a los Vengadores. Se nota que el equipo creativo quiere dejar claro que algunas cosas están cambiando dentro de la casa madre. El diseño quiere ver qué se puede hacer si se mezcla Disney y Marvel…y así quitarnos el miedo en el cuerpo para cuando veamos al ratón Mickey con las garras de Lobezno (¿apuestas para el próximo Kingdom Hearts?).

Los moldes tradicionalistas también evolucionan en el guión… los personajes no destacan por su profundidad, pero sí que se alejan de los tópicos esperables. El protagonista es un niño “normal” que busca su lugar en un mundo “realista” y tiene inicialmente problemas esperables en un adolescente (luego ya se sale de madre). No hay princesas ni príncipes en esta historia, e incluso el supergrupo está formado por personajes de la vida real, de los que seguro que conocemos más de uno en nuestro día a día (puedo asegurar que “conozco” a una Holly Lemon, a un Fred o a un Wasabi), un grupo de empollones que ven la oportunidad de hacer algo grande.

La primera media hora de Big Hero 6 se muestra los altibajos emocionales que sufre Hiro -un adolescente superdotado para la robótica- en uno de los inicios más duros y bien montados que recuerdo en una película Disney, te deja la lagrimita a punto de salir (sin llegar a los dolorosos niveles de Up). Por suerte para nuestros niveles de neurotransmisores, BeyMax se hace cargo rápidamente del peso de la película. La trama se desarrolla y un humor slapstick bien encontrado alivia la tensión emocional generada.

Y aquí es cuando Disney se toma las vacaciones, deja de innovar y permite que Marvel tome el mando. Una vez creado el supergrupo (cameo de Stan Lee incluido) lo que vemos es una película de superhéroes más convencional. Un ritmo vivo, unas coreografías muy bien trazadas y un manejo impecable de los giros del guión –como ya mostró Marcos- componen un producto de acción para todos los públicos muy funcional y decididamente entretenido cuyo gran sabor de boca sólo se ve lastrado por un final algo previsible y un flojo antagonista que parece estar sólo porque debe haber un malo maloso.

Para los que lo vean en el cine, se hace obligado comentar el corto que precede a la película, traducido de alguna manera como Buenas Migas. En cinco minutos nos enseñan un recorrido por la vida amorosa de un hombre a través de la gastronomía de su perro, constituyendo un tierno y sentido homenaje para los no humanos que también forman parte de la familia. Es una buena manera de comprobar cómo se pueden contar historias capaces de emocionar sin complicarse (aparentemente) la vida.



Se observan cambios en los temas y los esquemas de las películas de Disney. Sube la calidad y se rompen tópicos mientras se amplía el espectro de público. Tomando el ejemplo de Pixar, esta película apunta certeramente a niños de todas las edades. Superhéroes made in marvel, imaginería bien cuidada, duelos de robots, puños fuera… ¿Quién quiere más? Una propuesta la mar de entretenida que ver estos días en el cine.

 Nota: 7
Nota filmaffinity: 7.3

sábado, 31 de enero de 2015

El Hobbit - La batalla de los cinco ejércitos

Si, ya sé que hace más de un mes que la vi, pero últimamente tengo un repaso bien grande en las reseñas, toca ponerse un poco al día! 

Hay que reconocer que Peter Jackson sabe hacer una cosa bien: que cada Navidad estemos pendientes de lo último que ha hecho, ya sea para despotricar o para adorarle. Recuerdo con cariño la espera para el Señor de los Anillos (y lo que disfruté), las ansias con King Kong (y lo estafado que me sentí) y los problemas de agenda para asistir a las dos primeras de el Hobbit (y para ésta). Entre que son estrenos mundiales y se repiten las fechas,  las películas de este hombre se convierten casi en un ritual que uno no puede perderse. 

Habíamos dejado a nuestro Hobbit y nuestros enanos con un dragón despierto al que le han buscado mucho las cosquillas. Para concluir la trilogía ya solo queda la madre de todas las batallas.

Durante seis horas hemos disfrutado de una agradable aventura que no dejaba de avisar que algo gordo iba a venir. Jackson ya nos había dado pistas de que quería acabar a lo grande y vaya si lo ha hecho. El planteamiento de toda la película es simple: “la vamos a liar todo lo parda que podamos”. Es momento de dar el todo por el todo y fliparse de la manera más bestial, poco importa si para ello hay que generar errores de guión o de continuidad. Entre la gratuidad de los duelos finales, la necesidad de generar muertes mutuas para eliminar personajes, la nula capacidad estratégica de los ejércitos (a pesar de que se quiere dar el pego con la dirección del aeropuerto, encontramos estúpidos saltitos sobre murallas defensivas bien formadas, soldados que desaparecen…) y el clásico síndrome del héroes y la armadura de plastelina: si eres de los importantes, tu armadura (aunque no tengas) te protege, sino no lo eres, te atraviesan como plastelina. Podemos estar de acuerdo en que no se han molestado mucho en mantener la coherencia.

El conjunto tiene poco sentido pero debemos recordar que lo que toca explicar en el libro son apenas cinco páginas. Me parece incluso normal que, si quieres explicar la batalla de los cinco ejércitos, te inventes todo. 
Se le ha ido la castaña, pero no olvidemos que sí algo sabe este hombre es hacer las cosas a lo grande. El ataque inicial de Smaug a Ciudad del Lago es una animalada excesiva, así como la eterna batalla final pero no podemos negar que sabe petarlo a lo grande. El neozelandés tenía ganas de poner a enanos dando hostias como panes, dinero de sobra para gastar y se nos quedó muy a gusto. Las coreografías molan, la cantidad de flipadas sobrepasa cualquier mesura y si tu cerebro no vomita el guión puedes gozar con ganas la exagerada cantidad de fuegos artificiales.
Eso sí, tampoco es necesario que te inventes (¿por qué?) un personaje tan estúpido, innecesario y hostiable como el ayudante del gobernador. Lo tienes molestando y tocando las narices para que luego ni siquiera se muera… Sin duda, lo más desagradable de la película.


¿Esto hace de El Hobbit una buena película? ¿Es mala? Es una flipada con todas las letras, de las que te disfrutas a gusto pero también guarda un buen puñado de escenas que duelen de ver. Tiene sus defectos (grandes) pero asegura una buena dosis de diversión, para que negarlo. Por otro lado, la cantidad de gente soltando bilis y despotricando sobre ella ha sobrepasado cualquier medida. Un buen montón de espectadores que han ido al cine a verla sólo para amargarse y poder luego lanzar mierda. No entiendo como ha provocado tanta sobrerreación y porqué hay tanta gente que parece disfrutar con una actitud  que no comprendo y que se deja ver últimamente en las grandes superproducciones que no son automáticamente orgásmicas. Obviamente no son obras maestras pero tampoco son la bazofia pura que muchos parecen vender.


No obstante, debo admitir que éste es el film que más se aleja del universo tolkeniano. Aunque los enanos de las películas anteriores habían sido un poco rarunos, daban el pego como pertenecientes a la Tierra Media. Pero que me aspen si lo que hay en la película no es un Señor de los Enanos o unos Rompehierros. ¿Estamos viendo elfos del Bosque Negro o unos altos elfos  de Ulthuan? Si me dicen que en vez de una película Tolkien estamos viendo una de Warhammer Fantasy hasta me lo creo (e incluso digo que es una buena adaptación y todo).


En fin, una vez apagamos el cerebro y lo metemos dentro del chip de diversión y nos hacemos los tontos con los errores de guión y de continuidad podremos disfrutar de un espectáculo divertido y muy pasado de rosca.  Yo me lo he pasado teta con ella, aun apreciando que es una película mala en muchos aspectos. Después de tres años siendo fieles a la cita anual con el director hemos concluido una trilogía que acabó como tal como empezó, con mucha diversión. Lástima que muchos no se quisieran dar cuenta de que esto no era el Señor de los Anillos. 

 ¡Vivan los fuegos artificiales sin sentido! (de vez en cuando)

Nota: 4
Nota filmaffinity: 6.5


Nominada a mejores efectos sonoros para este año. ¡No es mala cosa para tanto duro gastado!

sábado, 24 de enero de 2015

Pasaporte para Pímlico

Después de unos cuantos meses con películas densas el DPM nos ha brindado una propuesta más ligerita, una pequeña comedia de los británicos Ealing Studios, conocidos por la creación de clásicos del cine en la época post-IIGM.


Londres se recupera tras la devastación de la guerra. Entre cráteres y ruinas la ciudad se reconstruye y sus habitantes soportan con estoicismo las privaciones y el racionamiento. Una explosión de una bomba alemana abandonada revela un secreto que cambiará la vida del barrio de Pimlico: unos antiguos documentos prueban que Pimlico no pertenece al Reino Unido ¡sino a la Borgoña! ¡Jolgorio y alborozo! Los Pimlicos (ahora borgoñones) ya no se ven sometidos al yugo de las leyes británicas, se pueden olvidar de las privaciones y vivir en libertad. Aunque bueno, gobernar un pequeño estado dentro de otro igual no es tan fácil como hubieran previsto…

La premisa inicial puede parecer absurda (y bueno, lo es) pero una vez pasado este Rubicón y aceptamos la independencia pímlica nos encontramos con un desarrollo aplastantemente lógico. El nuevo país necesita crear estructuras propias, se producen conflictos diplomáticos, hay que proveer para la población, se debe prever una invasión… ¡Incluso se tiene en cuenta a las (recién nacidas) Naciones Unidas! Cómo no, da lugar a un buen puñado de gags bien logrados que sacan punta al reflejar aspectos de la sociedad y el carácter británico.
Si es que, cuando las cosas van mal dadas, ¿Qué mejor para tocar las narices a la nación que sabotear algo tan puramente londinense como el metro? ¿Qué mejor manera de reflejar que ya no se es el Reino Unido que sufriendo una tremenda canícula estival? Un ligero aroma a sátira acompaña el metraje y a un grupo de personajes muy entrañables a los que es fácil coger cariño.

Podríamos discutir que el guión no tiene muchas complicaciones ni se rompe la cabeza en exceso, simplemente tiene la consistencia y el contenido adecuado para componer una comedieta agradable y resultona. Los gags son abundantes y mantienen siempre un puntito de mala idea muy simpático. Sin dejar de ser pulcramente blancos, eso sí, que paga la corona británica y aún no hemos llegado a 1950, ¡no pidamos peras al olmo! Sin ser un prodigio ni destacar por su virtuosidad, se mantiene en una corrección muy destacable dónde en en ningún momento parece sobrar (ni faltar) nada.
Siempre se nos ha mostrado al Reino Unido como uno de los países vencedores de la guerra. Se nos enseñan imágenes de británicos orgullosos y triunfantes, pero en la mayoría de películas se obvian los sufrimientos que provocan los bombardeos alemanes y el sufrimiento de los civiles. Como mucho hemos visto imágenes de evacuación de niños al campo (casi siempre como si fueran unas vacaciones o el inicio de unas aventuras mágicas) y alguna que otra escena de entrar al metro para protegerse de las bombas, pero poco más. En Pasaporte para Pimlico sí que lo tenemos. Los barrios están destrozados y no hay apenas casa que no tenga un roto, se proyectan reconstrucciones de barrios enteros, se reflejan las cartillas de racionamiento (¡incluso se reciben con agrado porque garantiza que tendrás con qué comer!), la carestía de una época desagradable y la nostalgia de una época mejor donde podías pasear por la ciudad sin temor a caer en algún agujero o hacer explotar una bomba olvidada, gente colaborando con lo poco que tiene para tirar para adelante con el optimismo ingenuo que da el haber sobrevivido a una guerra cruel. En cierto modo me recuerda a las películas españolas de los 50-60. La pobreza está por todos lados pero se respira un aroma alegre que te obliga a sacar una sonrisita en el sufrimiento (Los ladrones somos gente honrada, Usted puede ser un asesino, El pisito).

En parte es justo esa la función de los Estudios Ealing. Inaugurados en los años treinta, el gobierno británico les contrató desde el inicio de la guerra para producir un puñado de comedias bienintencionadas que subieran la moral de la población. A lo largo de los años nos dejaron un buen puñado de comedias que se basaban en un humor blanco y alegre, siempre con un punto socarrón muy bien encontrado. Destacan entre ellas piezas como El hombre del traje blanco, The ladykillers (con remake de los hermanos Coen), Whiskey a gogo! o la pieza que nos ocupa hoy. Pequeñas comedias llenas de picardía y buenas intenciones.

Si dentro de tus vidas cinéfilas quieres descargar con algo diferente y ligero, reírte con una comedia bien hecha de otra época, sin comerte mucho la cabeza, entonces puedes intentar pasar un buen rato con los alegres pimlícos en los apenas ochenta minutos que dura la película. Se ven en nada y, decididamente, te hacen reír un poco.


Nota: 6
Nota filmaffinity: 7.0