sábado, 30 de diciembre de 2017

El bosque (2º Visionado)

Como os habréis dado cuenta, la reseña del otro día ha sido un poco rara. Decidí volver a la sensación de estafa al ver El bosque porque los Todopoderosos me convencieron de que estaba errado, de que si examinaba mis sentimientos, podría reconocer la realidad. Así que, tras echar de nuevo un vistazo a una de las películas más denostadas de mi adolescencia, no pude sino comprobar un nuevo punto de vista.

El hecho de ver la película ya sabiendo qué va a ocurrir, qué es lo que se cuece en realidad, permite observar cómo cada escena (y es que realmente CADA escena) desde una nueva perspectiva en la que todo cuadra a la perfección. Los monstruos no existen. Esa es la realidad que te golpea como un muro a cada momento. En la primera escena, la muerte del chico podría haberse evitado yendo a la ciudad a por medicamentos, pero claro, eso no puede hacerse sin romper el orden establecido, algo que los jóvenes tienen pavor -por los monstruos- y los mayores tienen terror -por vergüenza-.

Vergüenza en romper el orden establecido que los propios fundadores del pueblo escogieron años atrás. Vergüenza por sentir miedo de un riesgo abstracto, de un enemigo que es invisible y acecha en cualquier rincón, que te ataca por las noches si vas solo, si vistes de una determinada manera o si realizas algunas acciones inadecuadas… ¿os suena? ¿Es acaso diferente del que sienten los jóvenes? ¿No recuerda a según que problemas de nuestra realidad? Ese es el resultado: una comunidad aparentemente idílica, aprisionada por un estado de paranoia informe ante cualquier ente discordante (y encima, autoimpuesto).

Ese mensaje sobre nuestos miedos se trae mediante una película de intriga con pinceladas de terror y romance muy bien trazado. Sin embargo, el tramposo final es doloroso para el espectador desprevenido, con el consiguiente odio en el momento de su estreno, especialmente agravado por el mentiroso tráiler, que vendió una película de terror y no un drama de intriga sobrenatural. Este aspecto ha sido una rémora especialmente sangrante a lo largo de todas las películas de Shyamalan, encasillado perennemente como creador de terror cuando no ha hecho más que dramas de gente que es incapaz de entenderse con los que le rodean.

Y es que en el fondo, esta película es una propuesta interesante, más que válida para dedicarle un par de visionados, pues Shyamalan nos brinda el cuento tenebroso por excelencia: sobrenatural pero realista, imposible pero cercano, extraño pero cotidiano…


Además, da pie a un debate muy interesante al ofrecernos una colonia aislada de la maldad del ser humano, una comunidad creada en base a la bondad, la generosidad y el amor mutuo… que se basa en la mentira y el terror para mantenerse a salvo de sí misma. ¿Es lícita su creación? ¿Es mejor vivir en la realidad o en la mentira que se nos presenta? En la propia película se dan sugerencias sobre cómo enfocarlo:
 -  Al principio todos ponen buena voluntad y el día a día funciona, especialmente con la aparición de las aterradoras bestias.¿Pero qué ocurre cuando necesites de la sociedad? Faltan medicinas, conocimientos, diferentes puntos de vista… 
-  ¿Cómo puede seguir este empeño durante más de una generación?
- ¿Cómo huir del dolor y del miedo, cuando el ser humano es el mejor dotado para crearlo a nuestro alrededor?
- ¿Hasta qué punto creamos el mundo en que vivimos? ¿ Hasta qué punto tenemos derecho a escoger el mundo en que vivimos?
- ¿Acaso podemos hacer otra cosa que aceptar el mundo que tenemos? ¿Cómo podemos no temer todo aquello que nos han enseñado a temer?  ¿Quién quiere taparse si no conoce el frío?, ¿quién quiere guardarse si no existe enemigo?, ¿quién quiere ocultarse de lo desconocido?


Sorprende el jugo que puede dar en un cineforum posterior, tanto para el espectador preparado como para el incauto. En el fondo, Shyamalan es un genio incomprendido, cuyos intereses nadie comparte, incapaz de gestionar sus cositas para que los demás las apreciemos. ¡Ay que buen director sería, si tuviera buen productor!


Nota 2: 7

jueves, 28 de diciembre de 2017

El bosque (1º visionado)

Yo fui uno de tantos adolescentes que alucinaron con el pobre Joel Osment y sus inesperados giros de guión. Vaya monstruo de película se había sacado de la manga el director indio. El protegido fue todavía más allá al meternos por el gaznate una película de superhéroes sin ningún tipo de anestesia. Señales fue una experiencia extraña, pero no es extraño que estuviera esperando con ansias la siguiente película de Shyamalan.
Y el tráiler prometía con ganas: un pueblo victoriano perdido en un bosque lleno de peligros,  en el que unos seres aterran a toda la población: el color rojo está prohibido, pues les atrae y nadie que les haya visto ha sobrevivido. Ni en el propio pueblo parece uno estar a salvo, pero ¡ay! Además, la necesidad obliga y parece ser necesario atravesar el bosque para salvar a un ser querido…


Realmente, prometía emoción y un servidor entró al cine con todas las ganas de pasármelo bien. Pocas veces entré más motivado a la sala y, de los 100 minutos que dura la película, estuve a tope durante esos 100 minutos. Shyamalan captó mi atención desde el primer segundo, generando en mí una sensación de incomodidad brutal sin llegar a enseñar NADA que pudiéramos considerar terrorífico.

No sólo es el talento del director a la hora de generar atmósferas malsanas, era también su gran calidad en el trabajo de fotografía, utilizando con maestría una paleta de colores demencialmente saturada que conviertía cada escena del bosque en una obra de arte, obligándote a sentir lo que el director necesitaba en cada momento, coherentemente con la historia y los sentimientos de cada personaje. Sorprendía apreciar como el rojo destacaba tanto cada vez que aparecía, como un absceso doloroso en la realidad, que parecía que no debiera existir.

La inquietante banda sonora se las pintaba sola para incomodar y dar la sensación de que “algo va mal”, tanto cuando la melodía se forzaba a partir de violines agonizantes, como a base de conversaciones susurradas en medio del terror o cuando la propia película se quedaba muda, a la espera de una escena desgarradora que nunca parecía llegar. No en vano fue nominada a los Oscars, premio más que suficiente para una película más que vilipendiada por todos.

Además, la película contaba con mis dos actores fetiche de aquel momento, Joachim Phoenix (al que adoro desde Gladiator) y Brice Dallas-Howard (que me había dejado tonto en Manderlay), con un par de papeles muy extraños, que casaban a la perfección con el ambiente inquietante de toda la película. Dos tarados que sufrían doblemente con sus problemas y el asedio de los seres del bosque, que tenían todo para clavarse en el alma y perdurar durante toda la vida.

Pero no fue así, pues pocas veces he salido del cine con tanta sensación de haber sido timado, queriendo ir a EEUU para exigir a Shyamalan en persona el dinero de la entrada. Tanto misterio, tanta inquietud, tanta preocupación por unos protagonistas para… ¿eso? Suerte para el director que la figura del hater y de la turba con ganas de ofenderse no estuviera tan desarrollada hace quince años, que si no éste no hubiera podido a salir de casa en su vida. Por mi parte, reconozco que me dolió tanto que no volví a ver una película de Shyamalan en el cine desde entonces.

Supongo que tendría que considerarla como una propuesta inquietante con un giro final que quería emular el golpe de efecto de El sexto sentido que reventaba todo lo que habíamos visto anteriormente. Fallida sin duda.

Nota : 2
Nota filmaffinity: 5.9

domingo, 24 de diciembre de 2017

Dentro del laberinto

Sarah es una adolescente en plena edad del pavo con un exceso de imaginación. Sueña con reinos fantásticos en los que vivir mil aventuras, dónde cualquier cosa es posible. Cuando su plan para la tarde se fastidia al tener que hacer de canguro de su hermano pequeño, desea que el Rey de su mundo de fantasía se lo lleve y así poder estar tranquila. Como hay que tener cuidado con lo que se desea, a la bocazas de Sarah no le quedara otra que atravesar un mágico Laberinto para llegar a la corte del Rey de los Goblins y recuperar a su hermanito.


Dentro del laberinto es quizás la película más famosa del marionetista Jim Henson. Además de ser el creador de Los Teleñecos y colaborar durante años en Barrio Sésamo, Henson fue ante todo un amante de los niños. Creaba para ellos mundos imposibles con los que les invitaba a dejar volar su imaginación, convirtiéndose en un ídolo para muchos de los que fueron niños en los ochenta. La verdad es que Jim Henson molaba (mucho). Fue capaz de ser un gran educador para niños de todo el mundo, y de hecho aún lo sigue siendo, porque su obra permanece entre nosotros. Sus marionetas hacen creer en la magia, con un deje optimista que convierte al mundo en un sitio divertido y bueno para vivir.

El derroche de imaginación que despliega en Dentro del laberinto se utiliza hábilmente para crear un lugar mágico. El surrealista diseño, deudor de Alicia en el país de las Maravillas, te transporta a un mundo nuevo en el que cada giro guarda una nueva sorpresa en este peculiar laberinto. Nada (y todo) es lo que parece en la tierra de los Goblins, sirviendo de sustento para una aventura que hará las delicias de los más pequeños. Para el recuerdo quedan las discusiones con el gusano, el descenso al pantano apestoso, el mítico puzzle de las puertas o la hipnótica batalla final en el infierno de Escher.


El protagonismo absoluto recae en una bellísima y jovencísima Jennifer Conelly, que ya había turbado las fantasías de los adolescentes en Érase una vez en América. Aquí cumple perfectamente con lo que debe ser una adolescente rebelde y contestataria, sin por ello dejar de despertar los sueños efebófilos del antagonista (y de gran parte del respetable). Me parece curiosa como ha ido cambiando mi concepción de ella a medida que he ido creciendo. Cuando era pequeño, recuerdo que me parecía una tirana mandona que merecía todo lo malo que le ocurría, por tratar tan mal a su hermanito. Cuando crecí un poco más, me pareció una persona muy cercana a las chicas que veía en mi día a día, a la que me hubiera gustado conocer. Ahora ya mayor, me identifico con su “sufrimiento” al tener que cuidar de un churumbel al que no tiene por qué apreciar, especialmente en sus desvelos a la hora de arreglar los problemas ocasionados por hablar demasiado. Cosas de madurar, dicen.


El universo es colorista e imaginativo, con el toque artesanal de épocas en que el ordenador todavía estaba en pañales, pero no peca de excesivo ni hortera. Los diferentes lugares que Sarah visita en sus aventuras destacan si acaso por tener el toque exacto de surrealismo para captar nuestra atención sin por ello resultar cargante. Pero, ¿dónde está ese detalle que convierte la película en eterna?

EVIDENTEMENTE, EN ÉL. EL REY.

David Bowie (y su paquetón) derrocha carisma y roba cada escena en la que aparece a base de una actuación cargada de toneladas y toneladas de carisma. Es imposible no fijarse en él y quedarse prendado del Rey Goblin. No hay más que ver el éxito que tiene su presencia en cualquier reunión de cosplayers, incluso treinta años después del estreno de la película. Para muestra, un botón.

Toda la carrera del recientemente desaparecido artista es una de las mejores encarnaciones de carisma gratuito que no debéis dejar de visitar en profundidad. Vale la pena.

Concluyendo, que es gerundio. Dentro del laberinto  es una película hecha con mucho cariño (como todo lo que hacía Henson) que tiene la magia suficiente para maravillar al público infantil, al juvenil y al más maduro que todavía tenga capacidad de soñar. Constituye una invitación para soñar y sumergirse en un mundo fantástico y maravilloso. Y luego está Bowie, claro. Bowie.

Nota: 10
Nota filmaffinity: 7.2
Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

viernes, 22 de diciembre de 2017

Logan

Lobezno siempre ha sido el mutante más carismático de la gran pantalla, e incluso le sirvió para conseguir tener película propia (inicialmente de una serie más grande xD) que cosechó cierto éxito a pesar de su cuestionable calidad. Su continuación tampoco es que fuera gran cosa. Por ello, no pensaba ponerme con esta tercera parte, a pesar de que el tráiler prometía ser una propuesta diferente. Pero bueno, durante mi exilio en el norte, uno se aburre y desespera mucho y claro, se lanza a hacer cosas que no habría hecho normalmente. Bien que hice.

“I hurt myself today to see if I still feel I focus on the pain, the only thing that’s real…” la rota voz de Johnny Cash se clava en las entrañas desde un primer momento. “Me hice daño a mí mismo hoy, para averiguar si todavía sentía algo. Me centré en el dolor, la única cosa que es real…”. Lobezno, el inmortal vive en una agonía infinita. ¿Cómo soportar el día a día cuando todos los que aprecias han muerto y estás condenado a ver amanecer hasta el fin de la eternidad? Nada queda para Logan sino un dolor que le confirma, ndifectiblemente, que todavía sigue vivo y así seguirá por siempre…

Realmente no estaba preparado. En mi ingenuidad, uno esperaba una cosita ligera, quizás con algo de acción más seria, pero sin dejar de ser un entretenimiento fácil. Logan es diferente a casi cualquier propuesta de Súpers que haya visto nunca en la gran pantalla. Desmitifica la figura del mutante invencible, fastidiando cualquier idealización que pudieras tener y le obliga a llevar una existencia descarnada e impía, decidicamente pesimista, sin por ello perder un ápice de carisma. Si no fuera por las garras, podría tratarse de un Western crepuscular al más puro estilo Sin Perdón. A fin de cuentas, el autor del cómic original (Mark Millar) ha declarado haberse inspirado en la película de Clint Eastwood para crear Old Man Logan (un cómic muy original pero tampoco nada espectacular)… Este obvio cambio de ambiente no se aprecia sólo en la insual cantidad de insultos o la violencia visceral que asoma a cada momento, pues es algo que ya hemos visto en Deadpool, sino en el hecho de que la película no tiene supervillanos, ni la Tierra está en peligro, ni aparecen extraterrestres con ganas de marcha. Logan aborda temas completamente maduros como la vejez, la depresión y los remordimientos. Estamos ante un héroe devastado, un perdedor al que sólo le queda coger la siguiente borrachera para soportar todo aquello que ha debido dejar atrás.


A lo largo de 17 añazos, Logan ha sido Hugh Jackman y High Jackman ha sido Logan. Nadie podría haber mejor para trasladar a la gran pantalla la brutalidad de un ser perpetuamente enfadado, siempre presto a sacar las garras y arrojar comentarios sarcásticos pasados de rosca. Pero para representar a este torturado ser lleno de cicatrices que no podrán sanar jamás es algo que creía fuera del alcance del forzudo australiano. Curiosamente se saca el que probablemente es el mejor papel de su vida (justo después de verle en el más vergonzoso de ellos xDDD). Vemos al humano que hay detrás del mutante, lleno de sentimiento y amargura, cuyos comentarios sarcásticos están llenos de maldad y resentimiento. Carisma triste y desagarrador.

Esta rabia sin sentido que aflora del personaje de Hugh Jackman se transforma cuando aparece Laura, una versión femenina de sí mismo, tan rabiosa y salvaje como él, un reflejo de que la redención existe, si recibe la guía adecuada que Logan nunca tuvo. Si me he desecho en elogios para con Jackman, más debo dedicar a la impresionante Dafne Keen Fernández. Sobrecoge encontrar una actriz tan pequeña capaz de transmitir tanta violencia y sed de sangre como ella. Laura Kinney (o X-23 ;)) es puro salvajismo desbocado, que Keen consigue hacer creíble sin perder un ápice del carisma de su “padre”, con la rebeldía de un preadolescente que busca su lugar en el mundo y la búsqueda de una figura paterna a la que querer. Flipa además como se juega tan acertadamente con el bilingüismo del personaje (y de la actriz) para aumentar los problemas de comunicación entre ambas máquinas de matar, Keen cambia de idioma (y de acento) como nada, precioso.


Como ya debe de haber quedado claro, Logan se aleja de las satisfactorias películas de evasión de Marvel, bien acotadas para divertir, agradar a todos los públicos y que, últimamente dejan la sensación de estar viendo la misma película una y otra vez. Logan se ve beneficiado por la poderosa carga emocional que contiene para clavarse en el recuerdo, presentándonos lo que nunca vemos, el ocaso del superhéroe condenado a recordar que ya no es el que fue. Este planteamiento se aprovecha con acierto por el siempre sólido James Mangold (El tren de las 3.10) que incluso es capaz de aportar enjundia a las películas más chorras (Noche y día). Encontramos pues, personajes bien desarrollados (¿a que no os habíais dado cuenta), una fotografía seca y, sobretodo, una parsimonia al desarrollar la historia que sorprende por su ritmo mesurado, dando el tiempo necesario para que pose y deje huella. No obstante, se olvida de poner un tono brutal en las escenas de acción, crudas y desagradables en su factura, pero sin perder un ápice de credibilidad. Muy alejadas de las acrobacias imposibles de los saltimbanquis en uniforme marvelianas, las imágenes de la pequeña Dafne Keen arrancando cabezas y atravesando pulmones deberían revolvernos las entrañas (y lo hacen), pero no por su falta de sentido, sino por su autenticidad.


Y qué canciones, por Crom, qué canciones. La banda sonora se ha escogido con lo más florido del country crepuscular norteamericano (con Johnny Cash a la cabeza), contribuyendo a sumergirnos dentro de una vorágine de turbulenta decadencia en la que Logan parece recordar cada error cometido, lamentando con dolor cada ocasión perdida para ser feliz.

Logan es de estas películas que si te pilla con el pie cambiado, te puede dejar tonto. Mientras te revuelve las entrañas con su descarnada melancolía, es un recordatorio de que todo tiene su final, y éste es, siempre, nostálgico y dramático. Todo un rara avis dentro de su género, te lleva a lugares que nunca esperarías visitar en una película de súpers, recomendable incluso para los profanos e inmejorable despedida para un personaje que nos ha acompañado en la gran pantalla durante los últimos veinte años.

Nota: 9
Nota filmaffinity: 6.9 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Chappie

Lejos quedan los días en que Blomkamp maravilló a todos con Distrito 9. ¿Volvió a acercarse a esos niveles? NI por asomo. Apenas seis años después de la película que le catapultó a la fama, los estudios le dieron su última oportunidad de hacer las cosas “bien” con un presupuesto abultado y nos dejó Chappie, un desesperado intento de trascendencia.

En una ciudad cualquiera de Sudafrica, dónde el crimen ha escapado a cualquier control, las autoridades han decidido crear un cuerpo de policías robóticos. Odiados por todo el mundo, reprimen con puño de hierro allá por donde pasan. Por estas cosas del destino, uno de estos robots acaba desarrollando conciencia y, en vez de destruir, desea crear, ofreciéndose con ingenuidad a un mundo hostil y despiadado.

Si la observamos con cierto (e inmerecido) cariño, podremos apreciar una crítica hacia la anulación de la individualidad, la tendencia de la sociedad en oprimirnos y convertirnos en parte de un engranaje, alejándonos de la búsqueda de uno mismo. El uso del robot que lucha por mantener su identidad incluso tiene su gracia, pero Chappie naufraga abismalmente en un guión que no mantiene la coherencia de sus personajes, que cambian de carácter según la escena (esos matones convertidos en entusiastas hermanitas de la caridad son…), cuyos malvados son los malos porque… lo son (y punto), un guión que pretende tener trascendencia y no consigue más que hartar. Se podría salvar, quizás, si al menos pudiéramos traer a nuestros retoños para reírnos de los torpes devenires del robot y los estúpidos chascarrillos de sus “padres”, pero luego la película saca tanta casquería por los aires que eso se hace imposible. A la que rascas, no encuentras más que acción, mucha acción, tiros por doquier, fuegos artificiales, insultos, mucha sangre, personajes cutres y barriobajeros fuera del sistema en eterna lucha contra los egocéntricos privilegiados.

Este vacío absoluto de guión contrasta con el trabajo de un Blomkamp que demuestra saber cómo y dónde poner la cámara. La puesta en escena es, al igual que su fotografía, desagradable y dificil de disfrutar, pero se nota trabajada, en ningún momento casual. Por otro lado, por más que los rotulistas de los tráilers sigan intentando vendérnoslo como autor «visionario», el director de Distrito 9 solo tiene, en el mejor de los casos, una cierta habilidad para componer imágenes impactantes, pero sus dotes como contador de historias son nulas. Los planos de sus películas, aislados, pueden deslumbrar, pero a la hora de articularlos entre sí Blomkamp se da de bruces contra la dura realidad de la narrativa. Inconexa e incoherente con sus adjacentes, pero con clase a su manera.

Asimismo, el prespuesto que maneja el director es más que abultado (135M$), lo que da para tener unos efectos especiales de primera. Todos los robots se generan mediante captación de movimientos y se mueven con una naturalidad impropia de los personajes generados por ordenador. Asimismo, la plétora de explosiones, tiroteos y peleas rivaliza con las producciones más desmadradas de Hollywood, lo que se complemente con una Banda sonora que es –con diferencia- lo mejor del film, con un Hans Zimmer que se autoplagia a sí mismo de la mejor manera y consigue hacer pasar los tragos más indigestos del metraje.  

Un film protagonizado por un personaje no humano ya no es algo nuevo ni nos pilla de sorpresa. Además, Chappie es hasta simpático en su personalidad, cosa que no podemos compartir con Yo-Landi Visser y Ninja, los componentes del grupo Die Antwoord, que son los personajes humanos con más minutos del metraje. Con una propuesta estética cuestionable, saben llamar la atención y, después de haberlos escuchado, no dudo de sus capacidades musicales, pero hemos de reconocer que actuar no es lo suyo. Les han dado una oportunidad y se nota que se esfuerzan… pero no. Si nos fijamos ya entre las estrellas más consagradas, encontramos nombres interesantes como Dev Patel, Sigourney Weaver o Hugh Jackman; pero su desempeño no puede sino considerarse como ridículo. Han llegado, puesto la chequera, recitado sus frases y fuera, caso especialmente sangrante el del forzudo australiano, con una actuación que sobrepasa en mucho la vergüenza ajena, incluso dentro de su contexto.

 Y es que la película falla por casi todas partes. Hay buenos efectos especiales y alguna que otra escena interesante, pero el pasotismo actoral se conjunta con un ritmo inexistente y un desarrollo confuso (siendo amables). Sus dilatadas dos horas llegan a hacerse pesadas, pidiendo a gritos unos buenos veinte o treinta minutos de recorte para llegar a ser mínimamente digerible.

¿Qué ofrece Chappie, entonces, que no hayamos visto mil veces? Una fotografía muy trabajada, pero feísta y desagradable, la peor actuación de Hugh Jackman  que recuerdo (cosa que tiene su mérito), además de la enésima revisión del mito del monstruo (robot) de Frankenstein, con un desarrollo confuso y un final no especialmente inspirado (sin palabras). Como he leído por ahí, si no fuera porque se toma muy en serio a sí misma, sería la parodia de la parodia de Robocop.

En fin, tras la irregular Elysium, ahora con Chappie parece que toda la frescura que vimos en Distrito 9 ha ido menguando de manera inversamente proporcional al presupuesto de sus producciones, además de transmitir una evidente sensación de estancamiento en un recurrente y reiterativo discurso. Inferior a muchas propuestas similares dentro del género, transmite por lugares comunes y apenas es capaz de entretener durante sus dilatados 150 minutos. Por lo menos la música y los efectos especiales son bastante buenos.

Nota: 2
Nota filmaffinity: 5.8

lunes, 11 de diciembre de 2017

Flash Gordon


Estamos en 1980. La Guerra de las galaxias viene de romper cualquier referente en la taquilla y el merchandising. Superman ha demostrado que los héroes de cómic pueden triunfar en la gran pantalla. ¿Qué mejor que una película que pueda combinar lo mejor de estos dos Universos? Por si fuera poco, contamos con el inefable Max von Sydow  como siniestro malvado y, encima, Queen (¡QUEEN!) se encarga de la banda sonora. Lo tiene todo para triunfar. ¿Qué podría salir mal?

Bueno, pues básicamente, todo. Flash Gordon tiene brilli brilli por los cuatro costados. Y ésta es, amigos, la causa y solución de todos los problemas de la película. A diferencia de la mayoría de propuestas que hemos visto anteriormente, en las que el brilli brilli es un aditivo del proyecto, en este caso se convierten el alfa y el omega de la propuesta, pura desmesura que hace de la película en un despropósito espectacular, o en un espectáculo desproposital, como prefiráis. Dino de Laurentiis se estampó pocas veces con tanto estilo.

No hay más que ver las primeras imágenes de la corte del Emperador (del universo) Ming. Esos rojos y esos dorados saturados…¿Qué necesitamos bufones? ¡Ponemos a unos enanos con sábanas! ¿Una banda sonora de bandera? ¡Contratamos al mejor grupo de rock de la historia! ¿Lugares exóticos? ¡Todos los que se puedan! No en vano Flash Gordon dobla el presupuesto de una película tan menor y poco amiga de los efectos especiales como El imperio contraataca. Está claro, mientras dura el dinero, dura el empeño.


Esta desmesura puede con todo y devora un guión que adapta quizás demasiado literalmente el cómic original.  Por si no os lo habéis leído, este cómic creado en 1934 nos narra las aventuras de un jugador de fútbol americano en las galaxias siderales, donde se enfrenta a mil peligros y se convierte en el salvador del Universo. Todo el cómic destila el horterismo propio de la época, con unos puntos de cómico surrealismo en el que, literalmente, cualquier cosa es posible. Si a algún alma de cántaro le parece que la llegada de Flash a Mongo es una fumada, que busque como se cuenta originalmente (no tiene desperdicio). No en vano, a lo largo de los diversos números Flash llega a hacerse un traje espacial con una bolsa de plástico y unos pantalones deportivos (chúpate esa McGyver), muere un puñado de veces y vence (él solo) contra un equipo de futbol americano formado por gigantes. [Ahora en serio, Flash Gordon es uno de los cómics más influyentes de los años 30-40, otra cosa es que ahora nos parezca risible. ]

El guión se puede resumir a partir de una de sus frases más famosas: “Flash, te quiero, pero sólo tenemos catorce horas para salvar la Tierra”. Cualquier atisbo de lógica o sentido se manda a tomar viento desde el minuto uno de película. Un malo todopoderoso que luego no es tan terrible, revueltas y cambios de bando según sopla el viento. Las peleas y muertes de personajes se suceden con una desenvoltura y una alegría tan gratuita que no puedo sino evocar las felices aventuras del Batman de Adam West. Además, habría que destacar lo salidos que van todos en ésta película. Flash quiere llevarse a la cama a Dale Arden al momento de conocerla. Ella tarda a lo mejor treinta segundos más en estar interesada en lo mismo. Tan pronto como aparece en pantalla, Ming proclama su interés en embarazar repetidamente a nuestra heroína. Aura (la hija de Ming) bebe los vientos por el príncipe Barin (James Bond en calzones verdes), pero eso no impide que quiera pasarse a Flash por la piedra, y así… No amigos, la escena no es de William Blake.

Después de todo este rato, podríais pensar que la película no me ha gustado nada, pero la verdad es que me lo he pasado en grande. ¿La razón? La que estáis pensando. Brilli brilli. No me importa que la animación de los hombres halcón sea peor que la que veíamos en El mago de Oz, o que tengan la poca vergüenza de plantar un partido de fútbol americano delante de un alocadísimo Max von Sydow … ¡porque si! Simplemente, mola. Flash Gordon se regodea en el exceso para dar lugar a una obra tan surrealista y tan disfrutable que no puedes sino verla con una sonrisa de oreja a oreja. Y encima tiene las narices de dejar un final abierto para una posible continuación. Quedaron atrás todos los enemigos y aún queda la duda de un futuro mejor, ¡amos anda!

Ahora mismo me declaro un firme admirador de Flash Gordon. ¿Queréis ver una divertida película sin complejos? ¿Estáis dispuesto a devorar estrellas que sacien tu ser? Simplemente, Flash Gordon.

PD: No entro a valorar la banda sonora, que tiene el “honor” de ser la peor canción de la historia de Queen (si, peor que el enamorado de su coche). Si os atrevéis, aquí os la dejo:



Nota: N/A
Nota filmaffinity: 5.3
Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

sábado, 9 de diciembre de 2017

Muerte de la luz (George R. R. Martin)

En espera del sexto libro de Canción de hielo y fuego (je), me entretengo con el libro debut de Martin, un drama romántico con toques de ciencia-ficción. Creo que no hay nada más parecido a la saga que le hizo famoso (je je)
  

Título: Muerte de la luz
Autor: George R. R. Martin
Título original: Dying of the light
“Worlorn, durante su esplendor, albergó el famoso Festival de los Mundos Exteriores; ahora es un planeta moribundo que se aleja irremediablemente de la Rueda de Fuego para sumirse en una noche sin fin. A él viaja Dirk t’Larien con la esperanza de reencontrar el amor de Gwen Delvano y expiar errores del pasado; pero en su lugar hallará a Gwen unida por jade-y-plata a Jaan Vikary y a su teyn, Garse Janacek, en un vínculo incomprensible de amor y de odio, tan terrible y a la vez tan grandioso como el fin inevitable de Worlorn.”

Para el joven Martin, la fuerza más importante es la del amor. Fuera quedan ambiciones y envidias. Pero no solo el amor hacia una pareja o hacia un amigo, sino el amor ante una cultura o hacia una forma de vida, a pesar de que ésta, lentamente, se despida del universo, como hace el moribundo planeta Worlorn, alargando sus últimos estertores en una lenta y melancólica agonía. En honor de esta idea, creo un mundo fascinante, habitado por animales extraños y tétricos, imbuidos de una oscura aura de decadencia. Cada ciudad/estado brilla con luz (u oscuridad) propia, identificable y distintiva, construidas con una imaginación en la que se enfrentan ferozmente las tradiciones, el progreso y aquello que nunca volverá.

La premisa sobre la que se basa Muerte de la luz (no olvidemos, la primera novela larga de Martin) es, ciertamente, brillante. La analogía del mundo marchito, que se apaga –tal como aquel amor que se da por supuesto y que no se cuida- se talla con agudeza e ingenio. Las primeras cincuenta páginas en que se desarrolla y este Universo se despliega ante tus ojos es fascinante, sin duda lo mejor del libro. Sin embargo, a medida que avanza el libro, se va poco a poco dejando esta idea –sin abandonarla del todo, por suerte- y se desarrolla mediante una trama que destila un romanticismo trágico bastante más convencional y predecible.

Como ya hemos dicho, Martin es aquí apenas un veinteañero, probablemente dolido por los primeros amores frustrados, algo descreído con el mundo pero con la voluntad (y el ego) de mostrar todo lo que sabe, que ya es bastante. Su calidad ya es notoria en el diseño de los personajes, entre los que destacan:

Dirk t’Larien: Me atrevería a decir que es un trasunto idealizado del propio Martin, evocando una historia del pasado idealizada con los tintes románticos que permite la literatura. Empieza como un perdedor proveniente de un mundo civilizado, asustado al principio por la descarnada sinceridad de Worlorn, pero que pronto se lanza a cualquier locura para paliar (aunque sea ante sí mismo) todos aquellos momentos del pasado en que fue un cobarde.

Gwen Delvano: El amor imposible e idealizado de Dirk. Desde un primer momento, se muestra como una mujer inalcanzable para el protagonista. No sólo está entregada a un trabajo de vital importancia, sino que está unida a un hombre que es todo lo que Dirk no puede ser. Las heridas del pasado siguen doliendo en un corazón que, aun así, guarda un cierto cariño con aquel que compartió su vida. Aplastada por una situación que no ha escogido, se mueve azorada entre la nostalgia de aquello que pudo ser, los compromisos adquiridos para más de una vida y las duras condiciones de una sociedad que toma todas las decisiones por ella.

Su pareja actual, su unido por el hierro es Jaan Vikary. Parte como uno de los noble más importantes de su planeta,  pero ha sido exiliado del mismo justo por ser más abierto de mente, buscando antes el progreso de su pueblo que aferrarse a unas tradiciones ancestrales y anacrónicas. Orgulloso hasta la saciedad, también se trata de un hombre lleno de honorabilidad que está siempre dispuesto a arriesgarse para salvar a aquellos a quién aprecia.

Garse Janacek es el Teyn de Vikary. Un Teyn evoca la relación de hermandad entre dos hombres de la Hellas clásica. Una amistad // amor fraternal más allá de cualquier prueba, para los que todo es compartido y todo se permite. Admira a Vikary con un fervor desmedido, soportando con resquemor todas las trasgresiones que éste hace de sus creencias religiosas. No aspira más que a compartir una vida llena de decencia con Vikary, pero Jaan se lo impide. Garse es un ser veleidoso, creído y arrogante, lleno de desprecio por Gwen, a la que considera causa de su infortunio y su exilio, pero al mismo tiempo capaz de mantener una enfermiza lealtad por el amor que profesa para con su compañero.

Pero estos no son los únicos habitantes del planeta moribundo. Llegamos a conocer a la veintena de humanos que todavía quedan en el mismo, descritos con la habilidad propia de Martin, capaz de que nos hagamos una idea de todas las aristas que perfilan a un personaje con apenas unas líneas de descripción. De ellos, los que más se clavan en la memoria son justo los más odiables, como Ruark Arkin, un comerciante que bajo una capa de cordialidad esconde a un ser pusilánime y rastrero, eterno enamorado de una Gwen a la que nunca pudo ni podrá tener, o Bretan Braith, último representante de un clan para el que el honor (un honor anacrónico e inamovible) constituye la base de su existencia, es un cazador implacable, un guerrero inagotable y un malnacido de los que hacen época.

Resulta fácil dejarse llevar inicialmente por la indignación de una mujer que busca liberarse después de haber sido atrapada bajo las redes de una sociedad misógina, pero es cuando empezamos a descubrir porqué la sociedad se comporta de esta manera, que la situación se vuelve más perturbadora. La trágica historia nos explica como la sociedad se abocó a la extición, al perder a casi todas las mujeres y que, por tanto, las convirtió en tesoros valiosos y propiedades comunitarias, a pesar de partir de una posición arrogantemente igualitaria. Se trata, pues, de una situación realmente desagradable, pero que se describe y aprecia con toda la complejidad del extraño vínculo de amor/amistad que hay entre los hombres, complicado todavía más por las intrincadas reglas de duelos de honor, tácticas de batalla y trofeos de conquista, bajo la inusual mezcla de tradiciones ancestrales y una tecnología llena de exotismo.

A fin de cuentas, es tanto un conflicto entre amores nuevos y viejos como entre culturas irreconciliables. Está lleno con tantas mentiras, medias verdades y malentendidos que me entristece. Todos sus personajes están encerrados en un mundo marchito en el que estoy seguro que morirán, incapaces de dejar de lado sus diferencias para sobrevivir.

El esfuerzo con que se dota de verosimilitud y fascinación a este imposible Universo contrasta con la propia ingenuidad de la historia, propia de un chavalín de veinte años (como era este Martin), que suena con amores imposibles y aventuras más allá de las estrellas, totalmente predecible y, porque no decirlo, algo tostona, que bien podría firmar una Lena Valenti o una Stephenie Meyer poco inspirada. En fin, Martin ha creado un Universo fascinante y casi no lo usa para otra cosa que marear la perdiz para ver quién se acuesta con quién. Evidentemente, fastidia lo que podría haber sido –y no es- esta novela.



Eso no quita que se trate de una propuesta muy curiosa, con aspectos aprovechables que derrocha imaginación en su concepto. Irregular en su conjunto, puede servir para acercarse a un Martin muy novato al que se le ven mimbres pero al que todavía le queda por mejorar en su ejecución. No obstante, la melancolía que invade el texto, propia de un mundo que desaparece, es ideal para dejarse llevar por un imposible y a buen seguro puede marcar a alguien que la lea en el momento adecuado de su vida.

Nota.: 6
Nota goodreads: 3.55/5

lunes, 20 de noviembre de 2017

Kong - La isla calavera

Reconozco que cuando fui al cine a ver esta película, lo hice un poco obligado por las circunstancias. Entre que iba después de unan película de Godzilla que no había visto, pretendía ubicarse en un universo compartido de monstruos gigantes y Kong nunca es que me haya hecho mucho tilín, pues bueno, pensaba pasar. Pero bueno, las cosas pasan y acabé entrando al cine a ver este engendrín tan simpático.

Y al final, no se puede decir que me ha aburrido ni un poco. Kong – La isla calavera nos mete, un poco porque sí, al final de la guerra de Vietnam. Cuando las tropas no sueñan más que con volver a casa, una unidad es desviada a una remota isla del Índico para escoltar una “operación geológica”, excusa que utiliza el gobierno para ocultar una expedición para encontrar y capturar a King Kong, un simio gigante de 80-100m de alto que allí habita. Como no puede ser de otra manera, la isla esconde mil peligros y el Rey Mono no pondrá su captura nada fácil.


No sé si decir que es lo más cuestionable o lo más destacable, pero el guión es un auténtico despropósito desde el minuto uno. A diferencia de otras propuestas recientes (miremos por ejemplo la recién reseñada Robin Hood), esto no es un problema tan grande, puesto que Kong abraza el pulp más salvaje con todas las ganas posibles, dejando claro que no tiene ninguna intención de tomarse en serio a sí misma.

Esta es la mayor diferencia de los dos planteamientos. Kong invita con toda su alma a apagar el cerebro, ignorar la monodimensionalidad de los personajes principales, la extraña causalidad de los entuertos que ocurren aquí y allá (la de cosas que ocurren “porque sí”, jué) o la extraña presencia de unos personajes secundarios que parecen no hacer otra cosa que entorpecer a los protagonistas, correr de aquí para allá, enamorarse aleatoriamente y morir sin apenas más que tres palabras de diálogo. Kong es un festival de acción y fuegos artificiales sin más excusa que la caza de la bestia.


Pero bueno, vaya pedazo de festival. El director Jordan Vogt-Roberts goza de su primer presupuesto abultado, pero lo afronta consciente de la total falta de enjundia del guión que tiene entre manos. Con la excusa de buscar a la bestia peluda gigante, se toma muy en serio el ofrecer una bestial (je je) orgía de destrucción y cabezas cortadas la mar de rebonica.

PIM PUM BANG AAARGHHH MUEREEEE NOOO CRUNCH ÑAM ÑAM

Esto es toda la película. Si Kong tuviera una barra de vida en la parte superior de la pantalla, podríamos decir que estamos dentro de un videojuego. Criaturas gigantescas, ostiones por doquier y muertes tremandamente imaginativas para unos humanos que van pasando a toda velocidad de una fase a otra. A pesar de que Kong varía un poco en tamaño según el momento, es el King Kong más majestuosamente desmesurado que recuerdo haber visto en el cine. En fin, un gran trabajo de CGi por parte de los creadores.

Con este panorama, el trabajo actoral oscila entre lo patético y lo lamentable, con cierto esfuerzo para ver quién es el que hace la chorrada más grande. De entre ellos es obvio destacar a Tom Hiddlestrom, que sigue aprovechando el tirón que da Loki para ganar pasta a mansalva con el mínimo esfuerzo (que me aspen si su personaje no es Nathan Drake) y también a un Samuel L. Jackson pasadísimo de vueltas como casi sólo él sabe, que estoy seguro se habrá divertido de lo lindo rodando la película.

Kong desprende el aroma de película de serie B al que tanto cariño tenemos. Sus escenarios, la gratuidad argumental y la dispersión de la cutrez son toda una invitación a admirar un placer culpable de esos que son tan malos que les coges cariño. Claro que luego ves el presupuesto de 185M$ y te prguntass qué ha ocurrido. No negaremos que hay que pagar a las estrellitas y hay mucho efecto especial resultón, pero bueno, con ese músculo económico detrás, ya podrían haberse currado algo más el resto de apartados técnicos. Tiende a ser una mala combinación pedir ser considerada de serie B cuando tienes pasta pide gran superproducción.

 
Preguntando por aquí y allá he recibido quejas sobre lo poco que se parece este Kong al clásico de los años treinta, echando a faltar la mítica escalada por el Empire State y el secuestro de la lluvia de turno. Estoy totalmente de acuerdo a que no se parece en nada, casi podríamos decir que recuerda más ser una versión super-vitaminada de la versión Nintendera (Donkey Kong): un animal noble pero brutal, simple pero imbuido de majestad y siempre dispuesto a comerse un buen calamar. A fin de cuentas, ¿no le habrían caído más ostias si el director se hubiera limitado a re-imaginar la película clásica? ¿Es que nadie se acuerda de la fallida revisión a cargo de Peter Jackson y las críticas que recibió?

Curiosamente, ni el despróposito del guión ni el alejamiento de la película clásica traen consigo el aburrimiento. El film sabe ser entretenido, ofreciendo un compendio de fuegos artificiales tan vacío como espectacular en el que cabe cualquier cosa, capaz de dejarte intrigado sobre cuál será la siguiente majadería. Por decirlo de alguna manera, en esta mejunje de King Kong viajando al centro de la Tierra a través de las minas del Rey Salomón con ayuda de Patlabor y Robinson Crusoe, a nadie le hubiera extrañado que apareciera Piolín devorando al gato Tom, o un marciano de Mars Attacks montándoselo con la Gremlin sexy.


La verdad es que la película cumple lo que promete: Monstruos gigantescos luchando sin descanso durante dos horas. En ese sentido hay que reconocer que la propuesta es bastante honesta y por eso se ha ganado 3 puntos.

Nota: 3
Nota filmaffinity: 5.8