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domingo, 24 de diciembre de 2017

Dentro del laberinto

Sarah es una adolescente en plena edad del pavo con un exceso de imaginación. Sueña con reinos fantásticos en los que vivir mil aventuras, dónde cualquier cosa es posible. Cuando su plan para la tarde se fastidia al tener que hacer de canguro de su hermano pequeño, desea que el Rey de su mundo de fantasía se lo lleve y así poder estar tranquila. Como hay que tener cuidado con lo que se desea, a la bocazas de Sarah no le quedara otra que atravesar un mágico Laberinto para llegar a la corte del Rey de los Goblins y recuperar a su hermanito.


Dentro del laberinto es quizás la película más famosa del marionetista Jim Henson. Además de ser el creador de Los Teleñecos y colaborar durante años en Barrio Sésamo, Henson fue ante todo un amante de los niños. Creaba para ellos mundos imposibles con los que les invitaba a dejar volar su imaginación, convirtiéndose en un ídolo para muchos de los que fueron niños en los ochenta. La verdad es que Jim Henson molaba (mucho). Fue capaz de ser un gran educador para niños de todo el mundo, y de hecho aún lo sigue siendo, porque su obra permanece entre nosotros. Sus marionetas hacen creer en la magia, con un deje optimista que convierte al mundo en un sitio divertido y bueno para vivir.

El derroche de imaginación que despliega en Dentro del laberinto se utiliza hábilmente para crear un lugar mágico. El surrealista diseño, deudor de Alicia en el país de las Maravillas, te transporta a un mundo nuevo en el que cada giro guarda una nueva sorpresa en este peculiar laberinto. Nada (y todo) es lo que parece en la tierra de los Goblins, sirviendo de sustento para una aventura que hará las delicias de los más pequeños. Para el recuerdo quedan las discusiones con el gusano, el descenso al pantano apestoso, el mítico puzzle de las puertas o la hipnótica batalla final en el infierno de Escher.


El protagonismo absoluto recae en una bellísima y jovencísima Jennifer Conelly, que ya había turbado las fantasías de los adolescentes en Érase una vez en América. Aquí cumple perfectamente con lo que debe ser una adolescente rebelde y contestataria, sin por ello dejar de despertar los sueños efebófilos del antagonista (y de gran parte del respetable). Me parece curiosa como ha ido cambiando mi concepción de ella a medida que he ido creciendo. Cuando era pequeño, recuerdo que me parecía una tirana mandona que merecía todo lo malo que le ocurría, por tratar tan mal a su hermanito. Cuando crecí un poco más, me pareció una persona muy cercana a las chicas que veía en mi día a día, a la que me hubiera gustado conocer. Ahora ya mayor, me identifico con su “sufrimiento” al tener que cuidar de un churumbel al que no tiene por qué apreciar, especialmente en sus desvelos a la hora de arreglar los problemas ocasionados por hablar demasiado. Cosas de madurar, dicen.


El universo es colorista e imaginativo, con el toque artesanal de épocas en que el ordenador todavía estaba en pañales, pero no peca de excesivo ni hortera. Los diferentes lugares que Sarah visita en sus aventuras destacan si acaso por tener el toque exacto de surrealismo para captar nuestra atención sin por ello resultar cargante. Pero, ¿dónde está ese detalle que convierte la película en eterna?

EVIDENTEMENTE, EN ÉL. EL REY.

David Bowie (y su paquetón) derrocha carisma y roba cada escena en la que aparece a base de una actuación cargada de toneladas y toneladas de carisma. Es imposible no fijarse en él y quedarse prendado del Rey Goblin. No hay más que ver el éxito que tiene su presencia en cualquier reunión de cosplayers, incluso treinta años después del estreno de la película. Para muestra, un botón.

Toda la carrera del recientemente desaparecido artista es una de las mejores encarnaciones de carisma gratuito que no debéis dejar de visitar en profundidad. Vale la pena.

Concluyendo, que es gerundio. Dentro del laberinto  es una película hecha con mucho cariño (como todo lo que hacía Henson) que tiene la magia suficiente para maravillar al público infantil, al juvenil y al más maduro que todavía tenga capacidad de soñar. Constituye una invitación para soñar y sumergirse en un mundo fantástico y maravilloso. Y luego está Bowie, claro. Bowie.

Nota: 10
Nota filmaffinity: 7.2
Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

miércoles, 8 de junio de 2016

Feliz Navidad, Mr Lawrence



Cada vez me asombro más ante el vasto legado que nos ha dejado el recientemente desaparecido David Bowie. Este hombre era un culo inquieto que pasó por mil sitios y metió la patita en una cantidad de proyectos simplemente abrumadora. Ejemplo de ello es esta extraña propuesta japonesa que cuenta con la estrella británica de protagonista, visionada a propuesta de fabiReader para el DPM del mes.

Estamos en un campamento de prisioneros japonés de la IIGM. Los ascetas y fervorosos soldados japoneses conviven y custodian a los más floridos de entre todos los prisioneros británicos. El choque cultural que provoca ser originarios de sociedades con códigos de valor tan radicalmente distintas impide cualquier entendimiento. En cambio, coronel Lawrence, oficial de enlace entre unos y otros, se haya en tierra de nadie, repudiado y necesitado por ambos. El Status Quo en que se mueve el campamento se ve tambalear con la llegada del Mayor Celliers (Bowie), un líder nato que romperá todos los esquemas de funcionamiento, especialmente en relación al comandante japonés Yonoi, un tradicionalista en el que podemos observar la otra cara de una misma moneda, a pesar de las diferencias culturales. 

Bowie realiza una actuación a base de puro carisma. Se basta con poner cara de puto amo para que nos lo creamos y hacer avanzar la película, a pesar de que su actuación sea de lo más granítica. No es que en Dentro del Laberinto o El ansia haya necesitado actuar con más entereza, pero nunca había visto el efecto tan exageradamente como aquí. Del resto de personajes, sólo destacaría un jovencísimo Takeshi Kitano, irreconocible en un pequeño papel de sargento cabrón que en fondo –cuando no debe ser un soldado- es un pedazo de pan.

Reconozco que me gustaría saber la cadena de acontecimientos que dieron lugar a la participación de Bowie en una película tan descaradamente japonesa. No es que los medios vengan de un lugar y se realice una co-producción entre dos países, la película es claramente japonesa. El enfoque sobre las angustias morales de los protagonistas, el uso de encuadres poco habituales para lso estándares anglosajones, el ritmo pausado y contemplativo… son características muy reconocibles del cine nipón, que vemos destacar en esta obra, que fácilmente se hace espesa para aquellos no habituados a estas particularidades.

Más allá de sus tics, la realización es impecable, con una fotografía muy pulida y una banda sonora bien escogida. Se hace evidente, nada más profundizar un poco en ella, que el director sabe lo que hace en cada escena. Sin embargo, ¿qué quiere conseguir con la propia película? Al acabar la misma me he quedado sin saber bien qué es lo que deseaba contarme. ¿La diferente relación en el tratamiento de vencedores y vencidos? ¿Una relación homoerótica mal entendida? ¿El choque cultural y las distintas reacciones ante la culpabilidad que ello genera? ¿El reconocimiento de un igual más allá de las barreras sociales? ¿Cómo nos iguala una guerra que no respeta orígenes y pasados?  Si alguien puede aclarármelo, estaré encantado de escucharle :)

Asimismo, debo destacar la poética escena de las celdas. Con todo el horterismo y ridiculo que sólo son capaces de aportar los creadores nipones, se saca de la manga una escena que resume en un plumazo toda la descriptiva sobre el pasado de los dos prisioneros. Si eres capaz de aguantarte las risas al ver a Bowie afeitándose con aire, puedes comprender mucho más que atormenta a un soldado tan eternamente insatisfecho y duro consigo mismo como su Mayor Celliers.

En resumen, sin ser una película que me haya entusiasmado, me ha resultado interesante. Se hace diferente y denota buen hacer, a pesar de que no estoy muy seguro de qué es lo que he acabado de ver. Descoloca justo por ello, haciéndose demasiado espesa y espantando fácilmente a un espectador desprevenido. Por otro lado, su lirismo puede encandilar a las almas proclives a ello. Aunque la mía no parece querer colaborar con ello…

Nota: 4
Nota filmaffinity: 6.8

viernes, 13 de septiembre de 2013

El ansia

Dentro de la CVO, este mes se ha propuesto esta película (Gracias angeluco). Una película de vampiros sin colmillos, que no brillan y que no tienen ningún reparo en alimentarse de sangre humana, aunque sea a base de cuchilladas.

Miriam es una vampiresa que colecciona amantes. Cuando se enamora de alguien, lo convierte en vampiro para que le acompañe toda la eternidad… hasta que Miriam se cansa de él. Entonces, esa persona que había permanecido siempre joven, envejece de repente y pasa a vivir el resto de la eternidad (pues no puede morir) en un estado de sufrimiento semi-vegetal (pues sin la voluntad de Miriam no puede vivir). Al desaparecer su amor por John, Miriam se fija en la científica Sarah, que investiga cómo vencer a la vejez y que parece haber encontrado la manera de detener el reloj biológico.

El inicio es más que interesante, una primera escena vampírica con mucha fuerza, música de Bauhaus, Bowie dándolo todo… pero luego todo pierde mucho fuelle. La película parece perderse en ínfulas preciosísticas, dejando de lado totalmente cualquier pretensión de contar una historia con argumento.

ACTORES: David Bowie, excelentemente caracterizado, borda la actuación de un amante que creía ser eterno pero, aterrado, ve llegar su final. Deneuve está imponente en su papel de vampiro inmortal, fría y despiadada, despliega con gran acierto una prepotencia inhumana muy lograda. Susan Sarandon completa el trío de actores con el papel más difícil con una metamorfosis bastante aceptable.

DIRECTOR: Lo que más me sorprende de la película es su autoría. Nunca hubiera esperado de Tony Scott que me deparara una película tan contemplativa y lenta como esta. La película transcurre con una calma que puede llegar a ser exasperante, cada escena viene completada por alguna imagen de cortinas al viento, palomas moviéndose… El trabajo del director de fotografía es importante, sin duda. El punto glam ochentero está más que logrado y contribuye a crear un ambiente decadente muy logrado. Toda la película transcurre bajo una atmósfera ampulosa y opresiva, consiguiendo crear el efecto de que ser un vampiro es más una maldición que te condena a vivir toda la eternidad. Luego Scott se permite no caer en efectismos y sustos fáciles, sino que se centra en narrar con pulso firme una historia. El ambiente estético y sensual es notable, pero la narración es demasiado inconsistente debido al extraño aroma a surrealismo alucinatorio. El exceso de cámara lenta tampoco ayuda a que la película sea de fácil digestión.

GUIÓN: La trama es marcadamente aparatosa y con visos de ser poética, pero que dista de poseer ningún aspecto destacable o profundo. La historia acaba siendo confusa y tramposa en algunos momentos. La atención se centra en demasiados aspectos y el conjunto no acaba de convencer en ningún momento. 

Es una película que se deja ver justamente porque "luce bien" y ese es su objetivo, por momentos hasta parece que la música de fondo no acompaña a la imagen sino que la imagen acompaña a la música de fondo: tan así es su grandilocuencia, su “glamorosidad”. En fin, aprobada con lo justo. Es para pasar un rato al lado de una película extraña que basa sus méritos en sus rarezas y en su intento de reinventar el cine vampírico, pero que puede que repela ante su delirio y atípica reformulación del mito.

Nota: 5
Nota filmaffinity: 6.3