miércoles, 23 de enero de 2019

La princesa Mononoke


Los lectores fieles a este sitio conocerán sobradamente el amor que le profeso al Estudio Ghibli. Autores de bellísimas obras de animación, no dejo de visitar sus películas desbordantes de imaginación, grandes historias y amor por el séptimo arte.

Hoy voy a hablar de una de las películas que más disfrute en mi adolescencia, que además fue (casi) la primera película que fui a ver con mis amigos, fuera del alcance de mis padres, saliendo excitadísimo del cine y comentando la película durante horas y horas.

La princesa Mononoke es un gran, es un soberbio film que tiene la particularidad de ser de dibujos animados. Firmado por uno de los grandes maestros del género: Hayao Miyazaki. Después de dos inconmensurables éxitos infantiles (Porco Rosso y Mi vecino Totoro), La princesa Mononoke se dirige esta vez a un público más crecido, aunque los pequeños todavía lo pueden ver y disfrutar. Es una grandiosa epopeya que nos transporta, durante dos horas y cuarto en un recital fantástico, que nos sumerge en el Japón del siglo XV, mezclando referencias históricas, leyendas ancestrales, un recorrido iniciático y un mensaje ecologista. Contiene la especia lírica, el toque de belleza exultante de los grandes films de aventuras de una receta que parece ya perdida. Siendo de otro estilo y otra cultura, movió tantos referentes como el Excalibur de John Boorman, constituyendo el segundo bombazo desde el país nipón, demostrando otra vez que los dibujos no son sólo para niños. Un servidor se quita el sombrero, admirando el despliegue de inventiva, poesía, la atención al detalle y la maestría en la puesta en escena.

La acción se desarrolla, entonces, en el Japón de la era Muromachi (1333-1568), que marca la transición entra la Edad Media y la Moderna en el país (Miyazaki y sus colaboradores han investigado profusamente la época en que recrean la historia, lo que se puede ver sobre la pantalla en las construcciones, las costumbres, la imaginaría, los vestidos… impresiona). En esta época el país es prácticamente virgen, cubierto de profundos bosques casi impenetrables. Sin embargo, el progreso tecnológico está empezando a dejar su huella en la ecología y el orden milenario que ha regido la vida de los seres vivos empieza a romperse.

En el norte del archipiélago vive una tribu pacífica, los Emishi, de los cuales el futuro jefe es el joven príncipe Ashitaka. Su destino se trunca cuando un día, un jabalí salvaje, poseído por una deidad maligna ataca el pueblo. Obligado a abatir a la bestia enloquecida por los demonios, Ashitaka es herido en el brazo, cayendo bajo una maldición que conllevará una muerte inevitable y horrible. Siguiendo los consejos de la gran sacerdotisa, deja a los suyos y parte a Oriente, a la búsqueda del Dios-Ciervo del Bosque, el único con poder para eliminar el sortilegio que amenaza su vida.

Durante su viaje, Ashitaka llega a la villa de los Tatara, una comunidad de herreros dirigidos por Lady Eboshi, una mujer con una voluntad de hierro. Aprovechando el poder de su fortaleza, acoge a las mujeres perdidas y a los campesinos sin tierra, a los que defiende de la hostil naturaleza y de los clanes vecinos, que sueñan con saquear el pueblo. Pero Eboshi es también el objetivo de San, una joven salvaje criada por los lobos, que agravian a los Tatara la devastación que sufre el bosque para encender sus hornos y extender su dominio. San es la llamada “princesa Mononoke”, la princesa de los espectros… La colisión de todos los bandos es inevitable, con resultado tan inimaginable como esplendoroso.

De los numerosos niveles de lectura de la historia, no puedo sino destacar el delicado tratamiento que se realiza del ecologismo, sin caer en maniqueísmos ni tópicos fáciles.

Lady Eboshi podría considerarse la mala de la historia, pues destruye el bosque sin miramientos. Sin embargo, no desea otra cosa que proteger a los suyos: leprosos, prostitutas forzadas y demás desheredados de la tierra. No hay odio en ella, ni maldad, pues ayuda a los suyos a progresar y no deja de ganarse la admiración de sus súbditos.

Por su parte, Mononoke defiende la naturaleza salvaje y primigenia, la defensa a ultranza de la vida fuera de la influencia humana y el respeto de la vida natural que ha regido el planeta durante milenios. Heridos y esquilmados, es fácil comprender la venganza ciega que mueve sus actos. Por un lado, queremos que ganen, pero también su actitud fanática impide cualquier tipo de resolución pacífica, de acuerdo que pudiera satisfacer a todos.


Esto se ve perfectamente reflejado en la actitud de Ashitaka, atrapado entre dos fuegos a los que trata, desesperadamente de guiar hacia la reconciliación y la convivencia antes de que la tensión desemboque en una guerra abierta. Pareciera por momentos que Miyazaki refleja en él a la voz de la verdad, el desarrollo sostenible que satisface a todos. Sin embargo, se guarda también la aparición de matices y fallas que muestran que su posición también tiene defectos, pues el desarrollo sostenible quizás no satisface a nadie…

Y yo me callo ya, pues los personajes están presentados, la trama situada y me están entrando unas ganas de volver a ver la película que no os lo podéis ni imaginar. Acompañadme, por favor.

Nota: 10
Nota filmaffinity: 8.0

"La última vez que estuve aquí esto era un aldea preciosa, quizás hubo un incendio o una inundación, el caso es que todos murieron. Hay muchos fantasmas hambrientos a nuestro alrededor; muertos por la guerra, la enfermedad o el hambre, y a nadie le importa. ¿Qué sufres una maldición dices? El mundo está maldito.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario