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jueves, 7 de marzo de 2019

La vida privada de Sherlock Holmes


Sherlock Holmes. Para muchos, el primer nombre que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de detectives. No en vano es (prácticamente) el primer detective de éxito de la literatura y el personaje humano de ficción más veces llevado a la pantalla grande.

Pero he aquí uno de los problemas: Con tantas traslaciones del personaje, ¿con cuál nos quedamos? Desde los seriales en los albores de la televisión que definen la imaginería del personaje o a las representaciones más modernas e idas de olla que han recordado al mundo la popularidad del personaje, pasando por versiones perrunas de lo más destacable, cada creador ha cogido lo que más le ha gustado de las novelas de Conan Doyle, ha recortado por allí, añadido otras cosas por allá… Hay de sobras por dónde escoger.

Todos sabemos que Sherlock Holmes es un personaje de lo más singular, de los que siguen cualquier pista para dar en el clavo. Con su lupa, su pipa y su gabán (que apenas usa en los libros), es inconfundible. Sin embargo, de entre todas las versiones que podemos encontrar de él, he decidido quedarme con la que nos presenta Dios, este… Eh… Billy Wilder; principalmente por su interés en ahondar en el personaje antes que buscar la cabriola desafiante de un caso imposible de resolver.

En La vida privada de Sherlock Holmes, sigue habiendo un caso que da pie a la película, cómo no. Una misteriosa damisela amnésica aparece en el portal de Baker Street y la pareja de investigadores se ve envuelto en un caso de conspiración que tiene todos los ingredientes de cualquier historia del género: un compañero, una chica, una hermandad privada, un misterio de estado, un monstruo del lago Ness, un hermano, un amor, un engaño....De por sí, ya es una película de detectives bastante aprovechable, pero además, Billy Wilder dedica sus buenos 40 minutos a explicar en qué se entretiene la segunda mente más brillante del Imperio Británico cuando no está trabajando.

Así pues, se nos presenta a un Holmes muy inusual, pero que al mismo tiempo es canónico y realista como el que más. Pregunta, investiga, es astuto y sagaz, pero también terriblemente misógino y arrogante, abusa y toma lo que necesita de todos cuántos le rodean. A su manera, es uno de los que más se acerca al Holmes literario. Relatos que le han hecho famoso, que conoce y critica por “falsos y exagerados”, cuidándose bien de hacer patente sus objeciones: "No mido 1,90, no me gusta que me hagas vestir de esta manera, ni que digas que soy un misógino, que tomo una reducción de cocaina del 5%..." Una brillante traslación con un ejercicio de estilo marca de la casa. Al mismo tiempo, añade un poco de picante al mejor estilo Wilder al insinuar con ingenioso arte la homosexualidad del detective, además de su incapacidad de “apagar” su brillante mente sin ayuda de estupefacientes. Estos “defectillos” humanizan eficientemente al mito de nuestra imaginería, arrastrándolo un poquito por el barro.

Encarnando al detective, tenemos a Robert Stephens, uno de los actores más brillantes de su generación, que realiza un impecable trabajo, dando forma con una naturalidad insultante a mi Holmes favorito. No obstante, se hace obligado destacar el papel de Colin Blakely, cuyo Watson es ciertamente impagable, especialmente cuando se le hace objeto del fino humor que destilan las obras de Wilder.

Esta obra, escrita y dirigida por el propio Wilder (con la ayuda de I. A. L. Diamond) tenía un montaje original episódico que superaba los 200 minutos, que se quedaron en 125 tras diversos tijeretazos, perdiéndose dos de las cuatro historias previstas y enfadando mucho al director. Estos recortes provocan que la trama quede algo inconexa y el final sea algo apelotonado. Sin embargo, esto no impide que La vida privada de Sherlock Holmes sea una estupenda comedia por sí misma, dotada de diálogos afilados y una buena cantidad de cargas de profundidad bien capaces de provocar las risas del espectador atento. Es sorprendente la naturalidad que despide cada escena, incluso las más inverosímiles, como el baile de Watson en el teatro o la excursión en bicicleta por los bellísimos castillos escoceses (si tenéis ocasión de realizarla, ¡no la dejéis pasar!)

Queda, eso sí, un estupendo homenaje al epítome de los detectives británicos, con una historia que pone al aire sus vergüenzas sin por ello dejar de remarcar su genialidad y unos cuantos toques de polémica (tuvo que levantar ampollas en su estreno). Ideal para pasar dos horas agradabilísimas en compañía de dos personajes espléndidamente retratados que son tan conocidos como si fueran de la familia. Holmes, simplemente, el detective deductor por excelencia.

Nota: 7
Nota filmaffinity: 7.0

viernes, 5 de junio de 2015

Sillas de montar calientes

Oh, Mel Brooks. Como no echar a reír sólo de leer su nombre. La cantidad de risas que me ha deparado con cada una de sus películas es más que difícil de medir. Se ha sumergido en todos y cada uno de los géneros cinematográficos para estudiar sus mecanismos y generar parodias desternillantes de todos y cada uno de ellos. De todas sus obras, mi cariño estará siempre con la primera que vi, la que me abrió la puerta a un mundo absurdo y delirante. Aunque no sea su mejor obra, me es imposible no disfrutar de cada momento de esta demolición de todos los tópicos habidos y por haber de los Westerns. No deja títere con cabeza.

El poblado del oeste más anodino de los poblados del Oeste (al que sólo le falta llamarse “pueblo del Oeste”) se entromete (como si se pudiera mover) en la ruta del ferrocarril que un magnate mangante está construyendo. Éste aprovecha su poder para hacer la vida imposible a sus habitantes, que reclaman un Sheriff que ponga fin a estos desmanes. Como nuestro magnate mangante tiene poder sobre el inepto Gobernador, consigue que éste nombre al más improbable de los Sheriffs para así sabotear cualquier intento de salvar el pueblo.

Es fácil observar que estamos ante el argumento más típico entre los típicos que podríamos pensar para un Western. A partir de aquí, Brooks genera una parodia con una sutileza cercana a cero, un humor grueso para todos los públicos y andanada tras andanada hacia los prejuecios raciales, de clase o sexuales de todas aquellas mentes bienpensantes en una de las películas que mejor son capaces de encarnar el concepto de “paja mental”.

Antes de la llegada de Leslie Nielsen (al que habría que hacer un monumento), Mel Brooks era el rey absoluto de la comedia absurda y además de plantar al primer sheriff negro del cine yanqui, aquí consigue aportar al género alguna de las escenas más demencialmente ingeniosas –la música orquestal música extradiegética que se convierte en diegética, una Marlene Dietrich seduciendo lo imposible, la conspiración en la iglesia que no tiene un diálogo sin punta ni hilo o la pelea final contra el malo maloso, de las más delirantes que podemos encontrar-. No obstante, la película falla en que se esfuerza más en buscar el gag continuo que en dotar al argumento de un poco de sentido, pecando de excesivamente liviano incluso dentro de los cánones del género, lo que se hace especialmente patente cuando los chistes no acaban de funcionar.


Es irregular, chorra y pasadísima de página, pero es imposible no verla con una sonrisa divertida en los labios, especialmente cuando aceptamos que la lógica salte por los aires y cualquier cosa (sí, realmente cualquier cosa) se convierta en posible.

El tiempo la ha conservado bastante bien e incluso, aunque empieza floja y parodia un género ya marginal, te engancha con ese epílogo largo y surrealista, contagiado de una vorágine loca que rompe la cuarta pared a lo bestia:
El malo de la película coge un taxi y dice al conductor:
-Sáqueme de esta película
No se puede ir más lejos, ¿o no? Un conjunto desternillante.

Nota: 6

Nota filmaffinity: 6.1

jueves, 4 de abril de 2013

Sabrina

Para descansar un poquito durante las vacaciones, siempre es agradable un dulcecito de uno de los grandes como es Billy Wilder. Volver a sus películas de vez en cuando supone un reencuentro con la elegancia y el buen hacer.

Estamos en plenos años 50. Los Larabee son una de las famílias más importantes de la industria de EEUU. Sabrina es la hija del chofer de la familia. Es joven, inocente y lleva toda la vida perdidamente enamorada de David Larabee, que la ignora -como hija de criados que es- y no repara en su existencia excepto para burlarse de ella. Sabrina es enviada a París para que se forme en la mejor escuela de cocina del mundo y vuelve a casa de los Larabee convertida en una mujer sofisticada y seductora, a la última moda y que rápidamente llamará la atención de los dos hermanos Larabee, tanto del hedonista David como del serio y formal Lynus.

Sabrina no es otra cosa que la comedia romántica más simple imaginable, pero rodada a la perfección. Destila elegancia, buen hacer, personajes carismáticos, buenos diálogos en una adaptación de una historia tan vista y manida como la de la Cenicienta. Plantó muchas semillas y si ha creado tanta escuela… por algo será, ¿no?

ACTORES: Tener a tres pesos pesados como Bogart, Hepburn y Holden dándolo todo en sus papeles es simplemente delicioso. Añaden un plus de carisma y verosimilitud a sus personajes que casi te lo hacen todo solo. El duelo interpretativo entre los dos seductores es cáusticamente magnífico y Hepburn simplemente resplandece y seduce a todos con una insultante naturalidad que desmorona. Personajes simples y bien construidos que estos fantásticos actores convierten en definitivamente carismáticos.

DIRECTOR: Sólo Wilder puede conseguir que  un triángulo entre el guapo y seductor Holden, el pequeñajo, tieso e incansable fumador Bogart y la hermosa joven ciega de amor por uno por otro, por otro por uno...resulte divertido y encantador
Es sorprendente como una historia tan manida y simple es guiada con tal maestría narrativa. Luces, signos, ambientación, elipsis, ángulos de cámara, manejo del espacio-tiempo, todo está cuidado para embellecer una historia tonta que se convierte en encantadora y eterna.
Una vez vuelve de París, Sabrina lleva un vestuario magnífico que -junto a su carisma- se convierte en el paradigma de la sofisticación. Este continuo cuidado de todos y cada uno de los vestidos que se ven en la película -diseñados por Givenchy- fueron merecidamente premiados con un Oscar®.

GUIÓN: Wilder convierte a La Cenicienta en un cuento de hadas de final feliz y formalmente tan tópico como previsible, pero en medio se desarrolla un guión ingenioso, de diálogos bien encontrados, con momentos memorables de comedia sofisticada, loca y romántica (un grupo de secretarias saltando junto a Holden sobre un plástico irrompible bajo la mirada de Bogart, por ejemplo). El desarrollo es correctísimo y ha sido imitado posteriormente hasta la saciedad. Cumple todos y cada uno de los tópicos esperables y es obvia y exageradamente previsible, pero Wilder le da el toque necesario para convertirlo en encantador.
Me resulta curiosa la distinción que se hace entre las clases -no olvidemos que ocurre en los años 50- y el hecho de que después de tanto sufrimiento y burla, Sabrina siga enamorada de David al volver de París. El carácter de los personajes ha quedado un poco desfasado para los cánones actuales, pero su solidez, sus brillantes diálogos y el trabajo actoral solventan el problema.

Si, realmente me sorprende que una historia tan tonta y previsible pueda entrar tan bien pero bueno, la mano de Wilder se nota… y mucho.

Y por cierto… QUE BELLEZÓN AUDREY HEPBURN!! Como no enamorarse de ella en un papel así…

Nota: 8
Nota filmaffinity: 7.5


Además del Oscar® por su espectacular vestuario, la película estuvo nominada a Actor, Actor de reparto, Actriz, Director y Guión. No triunfó en una ceremonia dominada por la eterna La ley del Silencio.