¿Desde hace cuánto que no se pasaba una serie por aquí? Bueno ya que nos
ponemos, vamos con el fenómeno más gordo de los últimos quince años. A estas
alturas se han dicho tantas cosas que no es que vaya a molestarme mucho en
profundizar ni añadir nada que no sepáis, simplemente comentaré haré un viaje
general con lo mucho que me gustó y un puñado de las cosas que me llamaron la
atención a lo largo de estos años.
El argumento no os pillará de sorpresa. En las Tierras de Poniente, el dirigente de una de las regiones de los Siete Reinos es convocado por el Rey para que investigue una conspiración en su contra, trasladándose con toda su familia. Rápidamente las cosas se irán de madre, empezando un Juego de Tronos (jé) en que todo está en el aire y nunca se sabe cómo acabarán las cosas.
Así, empezamos una historia de fantasía épica repleta de conspiraciones, traiciones, batallas y todos los momentos molables que uno pudiera imaginar. Tanto en los libros en los que se basa como las temporadas, las primeras cuatro entregas son magníficas tanto en desarrollo argumental como en gestión de personajes. Sin embargo, se guarda un par de giritos inusuales (en aquel momento) que elevaban la expectación generada hasta el infinito y más allá, provocando que tuviera un éxito desmesurado en todos los sentidos.
Primero, no había buenos y malos. Sí, había personajes más éticamente correctos y otros bastante deleznables, pero no se realiza un enfoque de buenos y malos. Como si de un spokon se tratara, aquí tenemos diversos equipos (las casas nobles que luchan por el poder) en las que todas (y ninguna) tiene parte de razón y muchas ganas de triunfar. Así, era fácil tomar partido por una de ellas y disfrutar de la competición con ellas, como si del fútbol se tratara. Durante años, los diálogos de “Yo, de los Lannister” ”Bah, los Stark son unos aburridos”, etc. Fueron más que habituales, dando pie a mucho rato de diversión y debate con el resto de gente que estuviera viendo la serie. Cada casa tenía su grupo de fans y eso era algo que no habíamos visto nunca.
Y luego estaba la puesta en escena: Nunca habíamos visto nada igual. Un despliegue de medios del que sólo disfrutaban las películas con presupuestos más desmesurados. Cientos de extras, armaduras labradas por doquier, escenarios de primera línea repartidos por todo el mundo y efectos especiales a la última. Todo se gastaba a lo grande y con criterio. Cada capítulo se convertía en una experiencia barroca y deslumbrante con la que gozar en todos los sentidos.
Además, las primeras cuatro temporadas contaban con ellos estupendos libros de George R. R. Martin que, con sus cositas, se fueron adaptando a una temporada por libro. Contaban con diálogos llenos de sustancia, personajes tridimensionales a los que amar y odiar por partes iguales y, sobretodo, un sentido de la trama en la que todo bullía a fuego lento estallando en una serie de momentazos que se convertían al instante en hitos de la cultura popular. Cada temporada tenía lo suyo: las cosas que se hacen por amor, el primer Drakaris, la ejecución, la boda roja (y la violeta), la defensa del Aguasnegras y – mi favorito – el juicio por combate.
El problema llega cuando se agotan los libros y Martin todavía no había sacado el quinto (que fue Danza de Dragones), con lo que los guionistas tomaron la decisión de improvisar. Se supone que de acuerdo con Martin, pero pronto se supo que cada historia tomaría rumbos bien distintos. Esto tuvo como consecuencia que Juego de Tronos pasó a comportarse como una serie más convencional, fantasbulosa y barroca, pero que transcurría por cauces menos rompedores. La calidad se resintió, pero como se continuaban con las tramas ya desarrolladas previamente, sirvió para que aumentaran los golpes de efecto, como la destrucción del Septo o la Batalla de los Bastardos. Lo que sí se notó es que la serie ganaba velocidad: los personajes se teletransportaban de un lado al otro del Reino cuando antes tardaban capítulos en llegar (lo que se traducía en tiempo “real” dentro de la serie), provocando un efecto extraño. Esta bajada hacia la convencionalidad se notó especialmente en sus dos últimas temporadas, ya con tramas propias que habían derivado en un Dungeons’n’Dragons supervitaminado que poco tenía que ver con el espectáculo que empezó. Por lo menos contiene la mascare de Desembarco del Rey y muchos padres traumatizados por los nombres que han puesto a sus hijas.
Sabiendo que se iban a dejar un pastizal enorme en la puesta en escena, se
escogió a un montón de actores desconocidos para la mayoría de personajes. Con
la obvia excepción de los protagonistas que nos acompañarían a lo largo de las
siete temporadas (como Sean Bean o Lena Headley), prácticamente nadie conocía a
Peter Dinklage, Kit Harrington o Maisie Williams. La mayoría de ellos han
aprovechado su fama durante los años siguientes, pero ninguno ha sido capaz de
hacer un papel que haya perdurado (casi) en lo más mínimo, habiendo vuelto al anonimato
salvo en las convenciones de fans. Este acompañamiento a lo largo de los diez
años que ha durado la serie nos ha permitido ver cómo han ido creciendo y
madurando, algo especialmente impactante en el caso de los que empezaron siendo
niños y acabaron siendo veinteañeros como Maisie Williams o Isaac
Hempstead-Wright.
La fiebre de Juego de Tronos llegó a niveles sorprendentes. Desde
entonces no se ha vuelto a repetir una serie en la que “todo” el mundo
estuviera atentísimo al capítulo de la semana que no te podías perder de
ninguna de las maneras. Es que ni siquiera lo podías comentar en la cantina del
trabajo sin que te cayeran protestas desde la mesa de al lado porque alguno no
se había levantado a las 5 de la mañana para ver el capítulo antes de entrar a
trabajar. En un primer momento, deslumbrados por el poderío de la serie y,
posteriormente, para ver cómo terminaba este cacao, cada año y medio teníamos
dos meses en los que el mundo se paraba y toda la atención se fijaba en las
Tierras de Poniente.
¡Ay, el final! Sin llegar a los enfados por el desenlace de Lost,
toda la última temporada supuso una bajona de tal calibre que se convirtió en
meme por derecho propio. En ocho capítulos se puso el turbo-boost sin mirar
atrás, cerrando tramas desarrolladas durante años en minutos como si no hubiera
un mañana. Un chimpún y a otra cosa a temas en los que estaba en juego el
destino del Universo, con agravios y rencores irreconciliables que se tornaban
rencillas a la mar. Por lo menos nos dio la destrucción de Desembarco del Rey y
el genocida más inesperado (jé) de aquellos cuya comprensión lectora brilla por
su ausencia. Siendo una chufla apresurada con poco gravitas y no mucha
coherencia, a mí no me parece tan catastrófico como se suele considerar, vista
la tendencia que había cogido la serie en los últimos años. Cierra con pocos
cabos sueltos y, si te haces un poco el tonto con algunos temas, sostiene con
un mínimo de dignidad el pifostio en el que se habían metido los “imaginativos”
guionistas, cerrando así el Juego de Tronos con algo parecido a un ganador.
Cuentan por ahí que los Showrunners estaban más pendientes de una futura serie
de Star Wars (que se acabó por cancelar) que iban a hacer a continuación que en
realizar la última temporada de la serie y que fueron Kit Harrington y Emilia
Clarke los que tuvieron que tomar las riendas del proyecto y hacer lo que
pudieron para sacar adelante la temporada. Y bueno, salió lo que salió. No creo
que sea verdad, pero me gusta la idea.
En fin, esto no impide que Juego de Tronos haya sido la serie de su
época. No sólo eclipsaba cualquier otra producción sino que sigue siendo la
referencia para cuando un proyecto quiere venirse arriba y estamparse a lo
grande. Un viaje estupendo con el que gozar horas y horas, con golpes de efecto
inolvidables, personajazos por doquier y miles de teorías con las que
disfrutamos debatir. El final fue un poco meh, pero el viaje vale la pena de
sobras.
Nota: 10 (A pesar de
todo, uno lo ha gozado como lo ha gozado).
Nota filmaffinity: 8.5
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